martes, 14 de mayo de 2013

Los síntomas de la decadencia



Los síntomas de la decadencia
Comportamientos ignominiosos
Raúl Prada Alcoreza

Un pequeño grupo de constituyentes, visiblemente manejables, se ha reunido y ha hecho declaraciones altisonantes, exigiendo a la Asamblea Legislativa que ya de una vez ratifique normativamente la reelección del presidente y del vicepresidente. En su declaración se dice que apoyan lo que aprobamos los constituyentes de mayoría en la Constitución de Oruro, reelección indefinida. ¿Dónde estaban estos constituyentes cuando el poder constituido, concretamente el Congreso, se nombraba constitucional, y revisaba la Constitución aprobada por el poder constituyente? No dijeron nada, fueron obedientes a las determinaciones equivocadas del ejecutivo. No defendieron la Constitución aprobada por ellos, dejaron que el Congreso manipule el 30% de la Constitución aprobada en Oruro por la Asamblea Constituyente. Una vez aprobada por el pueblo la Constitución, revisada por el Congreso y promulgada por el presidente, no dijeron nada. No defendieron a la Asamblea Constituyente frente a la violación ejercida por el Congreso en contra de los atributos ilimitados del poder constituyente. Se dejaron ningunear, como dice la voz popular. Cuando se aprobaron y promulgaron las leyes inconstitucionales, que deberían ser fundacionales, y terminaron siendo restauradoras del Estado-nación, dejando de lado las transformaciones institucionales y estructurales, que requiere la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, no dijeron nada. Callaron, no defendieron el mandato constitucional. Dejaron que se promulgue la Ley Marco de Autonomías y Descentralización Territorial, que es inconstitucional, pues no responde a la Constitución, se desentiende del entramado de competencias autonómicas, desconoce los territorios indígenas y mantiene un sistema financiero centralista, cuando se debería establecer un sistema financiero autonómico y descentralizado. Cuando se promulgó la ley del Régimen Electora, que atenta contra los Derechos de los Pueblos Indígenas y Originarios, además de vulnerar la representación plurinacional, que comprende normas y procedimientos propios, tampoco se pronunciaron. También callaron cuando se promulgó la Ley de Deslinde jurídico, que resulta no solamente inconstitucional, pues atenta contra el pluralismo jurídico, sino también es una ley colonial, donde prácticamente se hace desaparecer a la Jurisdicción Indígena Originaria Campesina, subordinándola a la Jurisdicción Ordinaria. Podemos seguir con una lista más larga, pero no lo haremos; escribimos en otros textos difundidos sobre estos temas[1]. Lo que llama la atención es que en los temas cruciales, fundacionales del Estado plurinacional, estos constituyentes trasnochados, alterados ahora, callaron aquellas veces, fueron cómplices del desconocimiento de la voluntad del constituyente. Ahora, en un tema menor, el de la reelección, pues no puede ser otra cosa, no es un tema relativo a las transformaciones  estructurales e institucionales, es un tema electoral, se les ocurre pronunciarse, llamados desesperadamente por el ejecutivo para descalificar a Rebeca Delgado. Lo hacen en contra de la Constitución promulgada, contra el texto evidentemente claro de las Disposiciones Transitorias.
Al presidente de la Comisión de Constitucionalidad se le ha ocurrido la peregrina idea de que las disposiciones transitorias son eso “transitorias”, corresponden a un pequeño lapso de tiempo. ¿Este señor es presidente de la comisión de constitucionalidad? Ningún estudiante de derecho constitucional se atrevería a decir semejante sandez. Las Disposiciones Transitorias son constitucionales, forman parte del cuerpo constitucional. Exigen la misma obligación que todos los artículos de la Constitución; se refieren a temas y tópicos pendientes, como las relativas al Régimen Electoral, como la relacionada al cómputo de los mandatos anteriores, en relación a las elecciones de autoridades departamentales, a la prórroga del mandato de los Alcaldes, Concejales municipales y Prefectos de Departamento. Las Disposiciones Transitorias también disponen sobre la sanción de las leyes fundamentales, la Ley del Órgano Electoral Plurinacional, la Ley del Régimen Electoral, la Ley del Órgano Judicial, la Ley del Tribunal Constitucional Plurinacional, así como la Ley Marco de Autonomías y Descentralización. De la misma manera dispone de los departamentos que disponen del régimen de autonomías, sobre los procedimientos de elecciones de autoridades. En esta perspectiva, dispone sobre el desarrollo legislativo y sobre la revisión del escalafón judicial. En lo que respecta al territorio indígena establece que la base son las Tierras Comunitarias de Origen. Así mismo dispone sobre el régimen de concesiones, instituye que las concesiones deben adecuarse al nuevo ordenamiento jurídico de la Constitución. Dispone también sobre la vigencia de los tratados internacionales. En lo que respecta a los requisitos para los servidores públicos, exige que una de las condiciones para acceder al desempeño de las funciones públicas sea hablar por lo menos dos idiomas oficiales. Como se puede ver, todas estas Disposiciones Transitorias son obligatorias, deben cumplirse, atendiendo a los temas pendientes. Entre los temas pendientes se encuentra el numeral II de la primera disposición, que dice claramente: Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones. No se puede interpretar este texto, como lo hace un embrollado senador de Cochabamba, que cree que se puede interpretar un texto literal como si su significado fuera precisamente lo contrario de lo que está escrito. El argumento es estrambótico, dice que el espíritu constituyente está en los documentos dejados por los constituyentes, concretamente en la Constitución de Oruro. Olvida que la interpretación se hace del texto literal promulgado, no del dejado de lado por sus mismos jefes del ejecutivo, a los que defiende rastreramente, dejado de lado por el anterior Congreso, donde había un número significativo de diputados y senadores del MAS, siendo la primera fuerza política. Esta es una asombrosa anécdota de una sui generis interpretación “semántica”, que separa espíritu constituyente del cuerpo escrito. El senador no se inmuta cuando dice que se puede interpretar un texto con el significado de otro texto, aunque sean totalmente contradictorios.
Estos constituyentes, que se proclaman airados defensores de la Constitución, no responden a estas cuestiones y problemas candentes. Prefieren cerrar los ojos, taparse los oídos, y comportarse de una manera indigna para un constituyente, cuya principal responsabilidad es defender la Constitución y vigilar por su cumplimiento. No les avergüenza aprobar la inconducta del TCP, que está completamente sometido al ejecutivo. Se nota que tampoco comprenden que por el camino escogido, de forzar una reelección inconstitucional, pudiendo lograr una reelección por el camino constitucional, haciendo una reforma parcial a la Constitución y mandando la reforma al referéndum, llevan al presidente a una situación insostenible, a una elección inconstitucional, por lo tanto ilegitima. Al imponer por la fuerza, por violación grotesca de la Constitución, una reelección imprevista por la norma fundamental, lo único que hacen es mermar la propia convocatoria, manifestando claramente una profunda debilidad e inseguridad, atrayéndose el voto en contra de parte de la población, que hubiera votado por el presidente, si no fuera por estas desmedidas conductas incongruentes.
Estos constituyentes serviles cometen varios errores crasos; primero se atribuyen hablar a nombre de los constituyentes de mayoría, cuando no convocaron a nadie. Lo que se debería hacer es convocar a los asambleístas, por lo menos de mayoría, y debatir el tema, para sacar una resolución de consenso. Esto de atribuirse representaciones que no les corresponde es parte de las acostumbradas violencias descomunales del gobierno en contra de la Constitución, de los movimientos sociales, de las naciones y pueblos indígenas originarios. Otro error que cometen, es que ponen en peligro a la Constitución promulgada, le quitan crédito, devaluándola con su actitud servil, pisoteando el texto constitucional. Un tercer error evidenciado, es que estos constituyentes estuvieron completamente ausentes cuando se tenía que defender la Constitución en los temas cruciales de transformación normativa,  trasformaciones estructurales e institucionales, en el desarrollo legislativo, que debería ser fundacional y no restaurador. Un cuarto error que cometen es que son cómplices del derrotero al abismo, con su actitud se suman a los y las llunk’u que aplauden el naufragio y atentan contra el proceso. Estos constituyentes pasan tristemente a la historia del proceso constituyen, a la triste e increíble historia de una Constitución pisoteada por los que deberían aplicarla.
He escuchado una declaración de una constituyente lisonjera, del departamento de Oruro, ahora funcionaria de Estado, descalificando a Rebeca Delgado, también constituyente y ahora asambleísta. Se hacen alusiones personales, además de develar una deshonestidad sin límites, diciendo que Rebeca Delgado no hizo nada en la Asamblea Constituyente, cuando dirigió una de las comisiones. Estos extremos de indecencia muestran la decadencia moral de la que increpa a una diputada valiente, que se ha atrevido a defender la Constitución dos veces; primero, con el pleito de la Ley de Extinción de Bienes, sobre la que el propio TCP le dio la razón; y segundo, respecto al fallo del TCP sobre la reelección, consulta efectuada por la Asamblea Legislativa, en tono de interpretación descalabrada de la Constitución acerca del tema en cuestión. Hay pues una gran diferencia entre esta diputada, Rebeca Delgado, que sigue siendo constituyente, como todos los constituyentes, hasta la aprobación de una nueva Constitución, y este grupo de constituyentes serviles, que prefieren ser usados a comportarse como corresponde, defendiendo la Constitución.
Rebeca Delgado ha dejado en claro que no está contra la reelección, sino que comprende que el único camino para hacerlo es respetando la Constitución. El ejecutivo y el llunkirio generalizado parecen no entender lo que se dice. Siguen con la letanía de decir que quieren la reelección del presidente, lo hacen a gritos para que el jefe sepa que son incondicionales; cuando este no es el tema, sino cómo se lo logra, con qué procedimientos. No obviamente mediante una imposición perversa. Eso ya no es reelección, eso es una suspensión de los derechos y garantías constitucionales, eso es un Estado de excepción. Sin embargo,  ese es el camino escogido por el oficialismo y el llunkirio generalizado. Es triste, pues apena ver cómo la movilización prolongada de 2000 al 2005, que abrió el decurso del proceso, y como el dramático proceso constituyente, terminan con las más bochornosas y degradantes inconductas inconstitucionales, inconductas desesperadas, que lo que único que manifiestan es angurria de poder. Es triste, pues se observa que el ejecutivo, la Asamblea Legislativa, el TCP, y estos constituyentes serviles se han vuelto los sepultureros del proceso de cambio.
Estamos ante la crónica de una muerte anunciada, haciendo paráfrasis al cuento de Gabriel García Márquez que lleva ese nombre. Los que deberían ser los garantes del cumplimiento de la Constitución son los que precisamente le clavan la daga varias veces, hiriéndola mortalmente. Es una paradoja brutal. Y todo se hace bajo el discurso de defensa de la Constitución; parece una película macabra; pero, es la mismísima cruda “realidad”. El ejercicio del poder se ha convertido en el teatro de la crueldad[2], donde las simulaciones más pavorosas se ensañan contra los cuerpos “martirizados” del pueblo, convertido en un espectador atónito. El tema de la reelección no es el más luctuoso, ha habido peores cosas, sobre todo aquellas que tienen que ver con los temas cruciales de las transformaciones estructurales, las transformaciones pluralistas, comunitarias, autonómicas, participativas e interculturales del Estado, que son mandatos constitucionales no cumplidos. Ya estamos acostumbrados a esta forma descarnada de manifestación extravagante del poder. No es que sorprende que lo vuelvan a hacer, sino que, por nuestro lado, también se ha vuelto una costumbre responder a estos síntomas de la descomposición política; no se puede callar ante ninguna de las atrocidades del poder desenvuelto, sean temas mayores o menores.
Estos comportamientos ignominiosos son como los anuncios crepusculares de la muerte del proceso y la Constitución. A la decadencia política le sigue la decadencia moral; hay como una algarabía en los últimos momentos del festín; los celajes que anuncian la noche sin luna. Es el momento de la efervescencia, todo vale, ya no hay reglas ni normas que respetar, todas son manipulables. Ocurre como dijo una vez uno de los asesores de la cúpula, que ahora sigue fungiendo de tal; este ilustre asesor decía que como siempre fuimos dominados, sufrimos violencia, ahora nos toca dominar, hacer sentir nuestra violencia. Este asesor, que obviamente, no tiene nada que ver con Frantz Fanón, quien consciente de la violencia cristalizada en los huesos del colonizado, comprendiendo que la descolonización devuelve la violencia al colonizador; sin embargo, sabia claramente, que no se trata de ocupar el lugar del otro, el lugar del patrón, volverse el nuevo patrón, sino de destruir la estructura de dominación colonial. La diferencia entre el tristemente ilustre asesor y Frantz Fanón es abismal; el asesor busca desahogarse, manifestando  a voz en cuello, resentimiento y el espíritu de venganza, como conceptúa Friedrich Nietzsche. A eso reduce la “revolución”; en cambio, el teórico de la descolonización apunta a desmontar el poder, la dominación colonial y capitalista. El problema es que la violencia simbólica y física desatada no es contra los patrones, que se han vuelto aliados del gobierno, sino contra el pueblo, como es el caso del “gasolinazo”, contra las naciones y pueblos indígenas originarios, como es el caso del TIPNIS, contra la Constitución, como son los numerosos casos de elaboración, aprobación y promulgación de leyes inconstitucionales.
La Asamblea Legislativa ha aprobado la ley de reelección inconstitucional. No se puede esperar otra cosa de una mayoría de asambleístas dispuestos a firmar cualquier cosa, a veces sin haber leído, como cuando aprueban contratos, incluso en inglés; no se puede esperar otra cosa de una mayoría de asambleístas que optó por la concepción mercantil de la política[3], no se puede esperar otra cosa de una mayoría de asambleístas que han perdido toda dignidad, acostumbrados a que los maltraten, a que los ninguneen, a que los desprecien, como lo hace el presidente nato del Congreso, que lo que único que hace es ordenar, controlar, vigilar y castigar. De acuerdo a declaraciones de la presidenta de diputados, ahora dicen que no necesitan 2/3, cuando la Constitución exige dos tercios para las reformas parciales de la Constitución. Lo que hacen no es, ciertamente, la reforma parcial, como corresponde, sino una violación atroz de lo que establece la Constitución; pero, de todas maneras, se trata de un tema que afecta al texto constitucional; por lo tanto se requeriría, en todo caso, 2/3. A estas alturas de la desmesura violenta de las imposiciones, ya no importa nada, “hacemos lo que nos da la gana”. Estas escenas patéticas forman parte de los comportamientos ignominiosos a los que nos acostumbraron; también son síntomas de la decadencia. Cuando se suspende todo pudor, toda ética, toda moral, cuando no se tiene vergüenza de nada, cuando se considera que todo vale para conseguir los fines, este maquiavelismo vulgar, entonces los dados están echados, hay que leer lo que cae en la mesa, el número fatal. 
Haciendo un balance de lo acontecido, es muy probable que el proceso haya muerto; el desarme del proceso por parte del gobierno ya ha ido muy lejos. Son estas termitas que carcomen la madera con la que se debería construir el Estado plurinacional, las que han horadado la materia política del proceso, las que lo han llevado a sus más profundas contradicciones, las que han suplantado el proceso por el teatro de la crueldad, por la simulación grotesca de los cambios, que no se dieron, por la folklorización de lo plurinacional y la descolonización. Son estas termitas del proceso las que festejan esta usurpación tosca, haciendo gala de sus comportamientos, que consideran leales, cuando no son otra cosa que rastreros. Es probable que esto, la muerte del proceso, ya haya acontecido, pues un proceso sólo podría subsistir mediante el empuje de las transformaciones, la profundización y el ejercicio de la democracia participativa. Nada de esto se ha dado; en vez de esto, se han repetido, mediante un rápido aprendizaje, las mañas de la vieja clase política, la indolencia de esta casta, que cree que han nacido para gobernar. La diferencia, entre unos y otros, entre los de ahora y los de antes, radica en que los nuevos aprendices de brujo lo han hecho de una manera expansiva, llegando a límites jamás sospechados.  El prebendalismo, el clientelismo, la corrupción, son los procedimientos más usados y apreciados, como método de control, por los nuevos discípulos políticos.
Es probable que el proceso haya muerto; empero la responsabilidad de los constituyentes consecuentes, de los movimientos sociales anti-sistémicos, lo que queda de ellos, de las organizaciones sociales no cooptadas, del pueblo boliviano, es defender el proceso, aunque haya desaparecido, en contra de los sepultureros oficialistas, pues de lo que se trata es de luchar por lo imposible, dejando constancia que este proceso pertenece al pueblo boliviano, a los movimientos sociales, a las naciones y pueblos indígenas, y no a los impostores y usurpadores, que usufructúan del poder a nombre precisamente del mismo proceso que entierran.  

La decadencia
La decadencia, que significa muchas cosas, como ocaso, declinación, descenso, declive, crepúsculo, degeneración, caída, es una figura usada para expresar el derrumbe de los regímenes, de los imperios, de los gobiernos; así como también, se usa el término para expresar el crepúsculo de épocas, etapas o periodos. Se ha hablado mucho de la decadencia del capitalismo; ha pasado un siglo y el capitalismo no cae, mas bien cambia, se transforma, adquiere otras formas y otra estructura de composición. Ciertamente el término de decadencia es una metáfora usual; también se la ha usado para referirse a la corrosión, a la corrupción, al hundimiento ético y moral. Es un término “subjetivo”, por así decirlo; cuando lo usamos nos dejamos llevar por las impresiones. ¿Cuál es el valor de este uso metafórico de decadencia? Expresa el estado de ánimo, las impresiones dejadas como huellas agobiantes, que hacen como signos de desmoralización. Entonces, cuando usamos el término decadencia, lo hacemos para referirnos a un estado de ánimo, a un clima o atmósfera sensible, que presiona a la gente, la convierte en escéptica o incrédula, en el peor de los casos, en angustiada. Muchos llegan a decir, “al final todos son iguales, para eso es el poder, por eso se llega al poder, para usarlo en beneficio propio”. Sin embargo, también el término de decadencia pude contener significaciones “objetivas”, por así decirlo. Sobre todo cuando se lo usa para interpretar ciertos síntomas del comportamiento político; esto ocurre cuando el comportamiento político deja de ser creíble, es puesto en duda. Cuando se hace elocuente que lo que dicen los políticos no concuerda con los hechos. Particularmente cuando lo que hacen es una vulneración flagrante de los derechos. Entonces, cuando esto ocurre se puede hablar de una decadencia; esta constatación adquiere sus contrastes alumbradores cuando los “sujetos” aludidos son precisamente los que se reclaman de “revolucionarios”. Por lo menos en el imaginario, la “revolución” es idealizada como una figura trastrocadora, una remoción profunda, una subversión contra todo lo odiado, el poder, la violencia, la corrupción, la manipulación, las trampas de los políticos tradicionales. Cuando los “revolucionarios” hacen lo mismo, se puede hablar de una decadencia de esa “revolución” que estaba en curso, llámesele como se la llame, socialista, comunitaria, descolonizadora, democrática, cultural.
No vamos a hablar de las hipótesis interpretativas de por qué ocurre esto, esta decadencia política; ya lo hicimos en otros escritos[4]. Nos interesa ahora reflexionar sobre la descripción de estos síntomas de la decadencia. ¿Cuál es el imaginario de los que manifiestan estos síntomas? ¿Cuál es el perfil subjetivo de los que efectúan esta sintomatología de la decadencia? Es difícil esperar que los que expresan estos síntomas sean conscientes de los mismos; por así decirlo, los “decadentes” no son conscientes de su decadencia, salvo las consciencias más lucidas, ungidas por las nostalgias conservadoras, quienes se encuentran desgarrados por el avasallamiento del tiempo, observando su propio crepúsculo. Empero, estas son las excepciones honrosas. La gran mayoría de los comprometidos consideran que lo que hacen es lo que deberían hacer, pues no hay otra cosa que hacer, es lo único que se puede hacer como muestra de lealtad. Éstas no son consciencias desdichadas, en el sentido hegeliano, en tanto desgarradas, sino, al contrario, son consciencias satisfechas consigo mismas. Se trata de una satisfacción con la condición trivial lograda. El mayor logro es el reconocimiento del jefe; no hay necesidad de hacerse problemas, de si lo que se hace contradice los postulados, los principios, los valores, los objetivos. Todo esto al final no importa; lo que importa es continuar, preservarse, conservarse, mantenerse, cueste lo que cueste. Lo que importa es que al día siguiente, al despertar, se siga en el mismo puesto, en el mismo lugar, con el mismo gobierno; nada de sorpresas. Tampoco importa hacerse problemas con que si es o no es un proceso de cambio; lo importante es que el jefe dice que lo es y seguimos adelante. Hay como un auto-convencimiento; eso basta. Lo peor, cuando se llega a este estado de ánimo, a esta autosatisfacción, es encontrarse con los que ponen en duda, los y las que cuestionan, los y las que critican. Esos son enemigos del proceso de cambio; hay que pulverizar a esta gente, destruirlos, con todas las armas al alcance, denigrarlos, descalificarlos. Por eso, no es sorprenderse del esmero con el que se dedican a combatir a la crítica, a los y las que ponen en duda las ordenes. Se desgañitan por hacerlo, en contraste al mínimo esfuerzo, incluso nulo, por atender el desarrollo legislativo u otra tarea que implique la custodia del proceso y la Constitución.
Empero, no todos los involucrados en la decadencia, tienen el mismo perfil ni comparten el mismo imaginario. Hay quienes elaboran más, comprenden que hay diferencias entre lo que se postula y lo que se hace, incluso saben que es preferible mejorar, corregir errores; sin embargo, concluyen que, por el momento, no se puede hacer otra cosa; hay que dejar las modificaciones para después. Ahora hay que defender el gobierno. ¿Contra quién? Contra el fantasma de la derecha; esta siempre está presente, es como una eterna conspiradora; lo hace desde todas partes. No importa que ahora, sea una minoría política; todavía cuenta con recursos, es fuerte económicamente, además cuenta con apoyo internacional. Entonces se justifican todos los errores con este argumento, la defensa del gobierno. Olvidan que la mejor defensa es la transformación, la profundización, la democracia participativa. Se encierra, como si estuvieran sitiados; por eso actúan represivamente.
Sin embargo, el perfil de mayor incidencia es el de los diseñadores de la estrategia política, si podemos llamar estrategia a lo que bosquejan y terminan implementando. Para ellos todo está claro; no cabe la posibilidad de la duda. No hay errores, hay una contante experimentación de la estrategia, de su implementación; ésta es indiscutible. Está elaborada con toda claridad, además está aprobada por el jefe. Estos diseñadores conciben que lo único que existe es la estrategia política, lo demás está demás, son documentos logrados en el camino. Son enunciados ideales. La Constitución es un referente ideal; empero, lo que vale “pragmáticamente” es la estrategia política. Lo único real es el Estado, lo demás es utopía; hay que usar el Estado para transformar. Si en el camino se vulneran derechos; éstos son los costos colaterales; todo sea por alcanzar los objetivos de la estrategia política. ¿Cuáles son estos objetivos? Consolidar el poder “popular”, fortalecer el Estado; no importa si este Estado sigue siendo el Estado-nación; lo que importa es que está en nuestras manos. Eso es suficiente. Lo que hay que garantizar es la perdurabilidad y la continuidad. Cuánto más tiempo tengamos más cambios se podrán hacer, aunque vayamos lento. Si el modelo económico sigue siendo extractivista, aunque éste es un problema, hay que considerar que es parte de la transición; lo que importa es que está nacionalizado. Se necesitan recursos económicos para invertir socialmente y productivamente. Este es el pragmatismo de los diseñadores, de los estrategas políticos. Debido a su vanidad, a su imaginario egocéntrico, no se dan cuenta que lo que hacen se parece a lo que las élites que criticaron hicieron, por lo menos las más progresistas. Un poco más de Estado, un poco más de programas sociales, acompañados por la estridente propaganda y publicidad. Así, de este modo, privilegiando su estrategia política, abandonan la Constitución y lo que consideran utopías.            
 
 
      
     


[1] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Descolonización y transición. Horizontes nómadas 2012; La Paz.
[2] Teatro de la crueldad: Término usado por Artaud para referirse al teatro de la realidad.
[3] Ver de Raúl Prada Alcoreza La concepción mercantil de la política. Bolpress 2013; La Paz.
[4] Ver de Raúl Prada Alcoreza Defensa Crítica del proceso. Bolpress 2013; La Paz.

viernes, 10 de mayo de 2013

Disyuntivas del momento político


Disyuntivas del momento político
Análisis de coyuntura
Raúl Prada Alcoreza

¿Cuál es el estado de situación de las fuerzas en juego? No tanto en lo que respecta a la capacidad de la convocatoria electoral, que de todas maneras hay que hacerlo, sino en lo que respecta a su relación con el proceso de cambio, su relación con las tareas a cumplir, las transformaciones estructurales e institucionales. Comenzaremos con las fuerzas políticas que deberían impulsar el proceso de transformaciones y profundizarlo.
El MAS, la fuerza política mayoritaria, que ha ganado las dos elecciones “nacionales” consecutivas, la de 2005 y la de 2009, que debería ser la fuerza que garantice el cumplimiento de la Constitución, se ha embarcado en una actitud justificadora de todo lo que hace el ejecutivo, incluyendo, claro está, las decisiones inconstitucionales que ha tomado. La fuerza casi incontenible manifestada durante el 2005, llegando a prolongarse hasta el 2009, en todas las elecciones habidas, incluyendo el revocatorio de mandato, la elecciones para la constituyente, la elección de prefectos, primero, y después de gobernadores, atravesando las elecciones municipales, avanzando en las elecciones de aprobación de la Constitución, llegando a las elecciones de 2009, se encuentra mermada en su convocatoria, disminuida en su credibilidad. El desencanto de la gente se ha evidenciado en la complicada experiencia de la segunda gestión de gobierno. La derrota sufrida por el MAS en la elección de magistrados, frente al voto nulo, mostró que el partido de “mayoría” ya no era una mayoría. La derrota sufrida en las elecciones para la gobernación del Beni, a pesar de la encuesta de IPSOS que le daba la victoria, duplicando el voto del adversario, también muestra que el MAS no logró ser mayoría en este departamento amazónico, a pesar de los ingentes recursos desplegados y esfuerzos inmensos emprendidos, incluso poniendo al propio presidente en la campaña. El descrédito generalizado, sobre todo en las ciudades, particularmente del occidente, ha disminuido grandemente la confianza de la gente, des-cohesionando la capacidad organizativa en los barrios. Las organizaciones sociales de influencia, como las de los trabajadores, la de los mineros, de los cooperativistas, además de los gremios y otras asociaciones, han tenido conflictos con el gobierno. La percepción positiva de que se trata de “nuestro gobierno” ha cambiado. Ya no se piensa así. Se tiende a acercarse a la opinión negativa de que se trata de un gobierno parecido a los demás gobiernos. Es posible que esta no sea la situación en el área rural, donde mas bien se nota una tendencia a seguir afirmando una percepción positiva. Sin embargo, en este caso, faltaría hacer un mapeo más detallado. En resumen, podemos decir que el MAS ya no es el partido o movimiento incontenible que parecía serlo a un principio. Estos vestigios no pueden ser sustituidos por la propaganda y la publicidad desmedida, a la que se empeña el gobierno, queriendo cambiar la situación, con la pujanza ilusoria de los medios de comunicación. En resumidas cuentas, el MAS, que no llegó a ser nunca un instrumento político de las organizaciones sociales, que se convirtió más bien en un instrumento electoral del ejecutivo, no es, lastimosamente, una garantía para continuar y profundizar el proceso, a pesar de su todavía significativa convocatoria electoral. Pasando del MAS a las organizaciones sociales, ¿qué pasa con lo que fue la base orgánica del proceso de cambio, del proceso constituyente, y de la defensa del proceso, qué pasa con las organizaciones sociales?
El Pacto de Unidad se ha roto con el conflicto del TIPNIS, las organizaciones campesinas apoyan al gobierno, y las organizaciones indígenas se colocan en posición crítica. La COB se encuentra movilizada por reivindicaciones salariales, en defensa de una jubilación digna, que no es otra cosa que salario diferido, en contra los métodos monetaristas de transferir la solidaridad a los trabajadores, desentendiéndose el Estado de apoyar con un fondo adecuado en la perspectiva de una jubilación digna para todos. Revisando las posiciones de las organizaciones campesinas, las llamadas “trillizas”, la CSUTCB, la CNMCIOB “BS”, las “bartolinas”, la confederación de mujeres campesinas, y la CSCIB, los colonizadores, llamados ahora interculturales, no es posible encontrar allí una garantía para la profundización del proceso. Lo que se tiene, en vez de esto, es un apoyo incondicional al gobierno. Puede que las bases, las comunidades campesinas, los sindicatos de base no estén de acuerdo con este posicionamiento de la dirigencia; empero, esto no se puede saber, a ciencia cierta, hasta las elecciones de las nuevas dirigencias, en los Congresos postergados.
Este panorama nos muestra que las fuerzas de la re-conducción del proceso son todavía escasas, como para acometer la tarea de envergadura que se propone. Lo que se ha mostrado es franqueza crítica, una compresión perspicaz de los peligros en los que se bate el proceso. Esta perspectiva crítica se ha manifestado en varios documentos, declaraciones y pronunciamientos de movilizaciones. El documento de re-conducción del Pacto de Unidad, acordado en Cochabamba, el Manifiesto de re-conducción de intelectuales críticos, dirigentes y el CONAMAQ, la plataforma de lucha de las VIII y IX marchas indígenas en defensa del TIPNIS, los pronunciamientos de distintas movilizaciones regionales, que ponen en el tapete los problemas del proceso, así como las plataformas reivindicativas de los trabajadores asalariados. Empero, esta razón, así lo diremos, no es suficiente para re-conducir el proceso. La razón no es fuerza de por sí, requiere convocar, requiere realizarse en movilización, en alianzas de fuerzas, en articulación del bloque popular, en fuerza política, en el sentido de la acción y la incidencia. ¿Cómo se logra cambiar esta correlación de fuerzas?
Las otras fuerzas políticas y sociales, que no están con el proceso de cambio, aunque hayan terminado de pactar con el gobierno, como los empresarios privados, tienen su propio proyecto, que, en términos sintéticos, llamaremos el de terminar con el proceso de cambio. Están los llamados partidos de oposición, a excepción del Movimiento sin Miedo (MSM), que no podemos decir que está contra el proceso, pues ha participado en un momento, como aliado del MAS, tanto en el proceso constituyente, así como en las dos elecciones “nacionales”. Tiene su propia perspectiva del proceso, que llamaríamos mas bien institucionalista. No vamos a discutir aquí la interpretación que tiene el MSM del proceso; esto lo dejaremos para otra ocasión. Lo que interesa ahora es anotar dos cosas; una, que lo que llamamos derecha está interesada en conformar un frente amplio de oposición para hacer frente al MAS; la otra, que el MSM está interesado en conformar un frente alternativo de centro. Por lo que toca a la primera opción no se puede esperar otra cosa que la terminación del proceso (Termidor); por lo que toca a la segunda opción, en el mejor de los casos, se puede esperar la institucionalización constitucional de lo que hasta dónde ha llegado el proceso; sin embargo, es muy difícil esperar su profundización. Una perspectiva radical no se encuentra en la visión del MSM.
¿Podrá la derecha conformar un frente amplio? ¿Podrá este frente amplio contar con la convocatoria electoral como para ganar las elecciones al MAS? Es muy difícil saberlo ahora. A lo que apunta la derecha es a beneficiarse con el voto en contra, con el desencanto de la gente, sobre todo de las ciudades, no necesariamente de apoyo a sus partidos, a su frente amplio. Tal como va la marcha de las cosas, si continúa el deterioro del gobierno y su descrédito, sobre todo en las ciudades, puede llegarse a una situación parecida a la que busca la derecha. ¿Hará algo el MAS para parar el deterioro de su imagen y la descomposición de su credibilidad? Para tener la posibilidad de hacer algo por lo menos hay que ser consciente de lo que pasa; empero, si, en vez de atender a una evaluación objetiva, se insiste en la ilusión de la propaganda y la publicidad, entonces la propia posición de autosatisfacción presumida se convierte en un mecanismo en contra, en la navaja del haraquiri. Sin embargo, no hay que olvidar que, para nosotros, ya no se trata de ganar las elecciones, aunque sea por un margen exiguo, pues de este modo tampoco no se resuelve el problema, la crisis del proceso. Tampoco se trata de perderlas, sino definitivamente de otra cosa: de la re-conducción del proceso antes de las elecciones de 2014. Pues se trata de realizar y materializar las transformaciones contenidas en la Constitución.
Volviendo al tema, a la relación de las fuerzas con las dinámicas del proceso, vemos que el mayor peso de las fuerzas se inclina por desentenderse del proceso mismo, dejando que éste siga su propia espontaneidad, que a estas alturas ya es la de su caída. A estas mayoritarias fuerzas lo que les interesa es o conservar el poder, en un caso, o recuperar el poder perdido, en otro caso, o, si se quiere, institucionalizar lo que hay, en un tercer caso. ¿Cómo se puede recrear el campo popular para que pueda re-conducir el proceso?
Primero, tiene que darse un sentido compartido de que la tarea es la re-conducción, pues no va haber otro proceso en mucho tiempo; el proceso “real”, existente, es éste, que vivimos, con todas sus dramáticas contradicciones. No basta que algunos críticos estén convencidos de esto. Segundo, es indispensable la renovación de las dirigencias campesinas, la convocatoria a Congresos de las organizaciones sociales, donde, además de las delegaciones representativas, se debata ampliamente las perspectivas del proceso y las responsabilidades en la coyuntura. Tercero, re-articular el  bloque popular, ampliando incluso su convocatoria a los pequeños y medianos empresarios, buscando consenso de los sectores medios, que se han mantenido reacios al proceso. Cuarto, intervenir el gobierno, formar un gobierno provisional revolucionario, encargado de la re-conducción, acompañando esta medida con movilizaciones generales, en la perspectiva de la revolución cultural, obligando al Congreso a cumplir con la Constitución, re-encauzando la legislación hacia la elaboración participativa de leyes fundacionales. Logrando de esta forma un reposicionamiento del bloque popular. Quinto, deben ser las organizaciones sociales, el conjunto del bloque popular, las que debatan y decidan que se hace para las elecciones de 2014.
En conclusión, si bien la coyuntura aparece aparentemente como electoral, el fondo de su espacio-tiempo, de sus dinámicas moleculares, la malla que sostiene las significaciones políticas puestas en juego, es la que tiene que ver con las tendencias encontradas del proceso. El reducir el proceso a la compulsión electoral, el reducir la defensa del proceso a la defensa del gobierno, el reducir la continuidad del proceso a la re-elección, además de la forma grotesca, impuesta, manipuladora, como se la quiere efectuar, vulnerando la Constitución misma, es ya un síntoma de la enfermedad crónica. Esta actitud reduccionista nos muestra que no se ha comprendido el sentido histórico-político del proceso; se lo ha interpretado como una simple toma del poder, con la consecuente  pulsión de conservación del poder. Esto denota, en el mejor de los casos, como un cambio de élites, es decir, como si se tratara de ocupar el lugar del otro, el lugar del patrón, en vez de demoler con la estructura de poder y dominación heredada. Esta concepción avara de la política se complementa con la concepción mercantil de la política[1].
La disyuntiva en la coyuntura es dejarse arrastrar por el punto de convergencia, las elecciones de 2014, o lograr hacer emerger el substrato de la coyuntura, que es el proceso mismo, por lo tanto la responsabilidad con el proceso. Si ocurre lo primero, como hemos dicho, el proceso muere, aunque gane el MAS; se hace más evidente si pierde. Si ocurre lo segundo, se abre la posibilidad de re-conducir el proceso, por lo tanto de continuar por la única vía posible de la continuidad, la profundización y radicalización del proceso. Empero, como el desenlace no depende de los buenos deseos sino de la incidencia de fuerzas, entonces el desenlace estriba en la direccionalidad de las tendencias, de las capacidades, de la disponibilidad, del sentido de las fuerzas. ¿Para modificar la correlación de fuerzas del momento, qué tendrían que hacer las fuerzas que apuntan a la re-conducción? Convencer a las fuerzas más próximas que este es el camino. Estamos entonces en un momento crucial del debate; empero, cuando las fuerzas “mayoritarias” no quieren debatir, descalifican el debate, se tapan los oídos y cierran los ojos, se hace más difícil la tarea. Por lo tanto, como condición indispensable, se trata de romper este monopolio de silencio impuesto.
Otra ilusión gubernamental es creer que por medio del control total se puede modificar e incluso invertir esta tendencia de desgaste y deterioro político. Este control se desplazaría en distintos planos; control de los aparatos de Estado, de los órganos de poder, principalmente del Congreso; control de las organizaciones sociales, a través de la cooptación de las dirigencias; control de la opinión pública, copando los medios de comunicación de masas, no sólo estatales, sino privados, a través de su compra; control del partido y de la militancia, también de los funcionarios, exigiendo lealtad y sumisión, comprometiéndolos por medio de circuitos prebéndales y redes clientelares. Lo que hace el control es, unas veces, retrasar el desgaste y el deterioro, otras veces, incluso lo apresura, pues radicaliza las contradicciones. El control supone vigilancia y censura, incluso puede desencadenar la represión, en el peor de los casos; acompañando a la subordinación de los dispositivos institucionales, que deberían ser democráticos e independientes; buscando de este modo el cumplimiento celoso de la voluntad del ejecutivo. Sin embargo, el control no sustituye la experiencia de la gente, sus ánimos, sus predisposiciones, sus percepciones; lo que hace es poner en duda, montarse artificialmente en los ánimos de la genta, tratando de incidir en ellos, buscando inducir otros estados de ánimo. La incidencia del control no arraiga, a no ser que se dé en lapsos prolongados de largo plazo; incluso, en este caso, el arraigo no es profundo, cualquier crisis puede desprender sus efectos, entonces la gente puede salir del estupor. Por eso, el optar por el control total es una ilusión del poder. Ante el deslizamiento del desgaste, deterioro y descomposición política, lo mejor es corregir los errores, atender las causales de la corrosión, tocar las raíces de los problemas; no ocultarlos.
       



[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza La concepción mercantil de la política. Bolpress 2013; La Paz. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Defensa de la Constitución y del proceso


Defensa de la Constitución y del proceso
Apoyando a Rebeca Delgado
Raúl Prada Alcoreza

Se sabe que es difícil salir al frente, colocarse en la posición crítica, cuando se está en la bancada oficial. La mayoría de esta bancada, especialmente, los grupos de poder, no lo permiten. Un miembro común de la “mayoría” parlamentaria considera que su labor es ser soldado, obediente, subordinado a las determinaciones de los clarividentes, la cúpula de la dirigencia “partidaria”. Este sentido común de “mayoría” desprecia la crítica, la considera una desmesura de libertad. Considera que el bloque, en este caso la bancada oficial, debe mantenerse unida, monolítica; concibiendo que la unidad se logra por disciplina y sumisión a los mandatos de las direcciones. A este sentido común de sumisión no se le entra en la cabeza que las decisiones deben ser discutidas y consensuadas, que debe haber una construcción colectiva de la decisión política. Están acostumbrados a obedecer sin chistar. Sin embargo, hay excepciones honrosas, que abren rutas a construir una unidad dinámica, no aparente, que sólo se puede generar a través del ejercicio crítico y autocrítico, buscando corregir los errores, en constante vinculación con los movimientos sociales anti-sistémicos, sin reducirlos a simples espectadores y aplaudidores de discursos en las concentraciones.
Rebeca Delgado ha vuelto a salir a la palestra en defensa de la Constitución y del proceso; esta vez lo hace declarando la inconstitucionalidad del fallo del Tribunal Constitucional (TCP) sobre la pretendida re-elección impuesta, sin respetar la norma constitucional. En contra de la algarabía de la cúpula de poder ha dicho que no se trata de estar contra la re-elección, sino de hacerlo como manda la Constitución: reforma parcial de la Constitución y referéndum constitucional. Esta es la única manera de fortalecer la candidatura de Evo Morales Ayma. Lo otro, lo que quiere hacer el llunkirio generalizado, es empujar al presidente a una re-elección inconstitucional, deslegitimada desde un principio, a pesar del fallo constitucional, que es un procedimiento legal, no legítimo. Aunque se diga que su fallo es inapelable; este legalismo, este procedimiento leguleyo, no está por encima de la Constitución, tampoco del pueblo que es dónde se deposita la soberanía. La Constitución se ha pronunciado; no se puede hacer una reelección sin reforma constitucional. Ahora le toca al pueblo pronunciarse.
Seguramente ahora Rebeca Delgado será atacada despiadadamente por los llunk’u. No saben hacer otra cosa. Dirán que se ha pasado a la derecha. No saben decir otra cosa. No discuten. Sólo acusan como inquisidores renovados. Están lejos de entrever que lo que hacen merma la fortaleza del proceso, corroe las fuerzas de defensa del proceso, debilita la candidatura del presidente, lo llevan a la desproporción de una imposición, que lo único que ocasiona es llevar el agua al molino de la derecha. En vez de convocar a las fuerzas en apoyo de una reforma constitucional, buscando consensos en la re-conducción del proceso, acumulando fuerzas perdidas, retomando un discurso legitimo, basado en la estructura de la Constitución. El llunk’u lo resuelve todo adulando al “jefe”, alabando al “jefe”, agazapándose a su figura. Cree que esa actitud indigna es “revolucionaria”. Un líder no requiere de este llunkirio, a no ser que sea vanidoso. Un líder requiere de crítica, pues el gobernar no es tarea fácil, menos cuando el gobernar debe desembocar en transformaciones estructurales.
La política, menos la política que debe ser transformadora, se reduce al canto al “jefe”. Los problemas políticos no se resuelven con salmos. La política es debate, supone el debate, la asamblea, la deliberación, la conformación del consenso, que no es el resultado de la obediencia, sino precisamente de la discusión. En el caso que nos ocupa, que es, en el fondo, la re-conducción del proceso, pues está en crisis, que toca también, de manera particular, el tema de la re-elección, debe haber discusión y deliberación, sobre todo por lo que atinge a la Constitución. No se puede vulnerar la Constitución impunemente, sin traer consecuencias. Lo que ha hecho, primero la Asamblea Legislativa, luego el TCP, es desacreditar la Constitución con sus interpretaciones perversas y adulteradoras de los contenidos escritos del texto constitucional. Al final, la consecuencia es que la Constitución no valga nada, no defina ya nada. ¿No es este precisamente el objetivo de la derecha? El diablo no sabe para quien trabaja.
He escuchado un argumento que llama la atención; se pregunta: ¿Por qué tenemos que respetar las disposiciones transitorias acordadas con la derecha y propuestas por ella? No se trata de respetar algo que ha propuesto la derecha y se ha terminado de acordar con ella, sino se trata de respetar lo que ha quedado en la Constitución aprobada por el pueblo boliviano y promulgada por el presidente. Lo que se tiene que entender es que la Constitución es, al final de cuentas, la construcción dramática del pacto social, incluso después de la aprobación de la Constitución de Oruro. Aunque los constituyentes debemos desaprobar la intervención del poder constituido, el Congreso convertido en constitucional, el haber vulnerado los atributos ilimitados del poder constituyente, revisando la Constitución aprobada por la Asamblea Constituyente, de todas maneras, ocurrió de este modo el camino a la aprobación y la promulgación de la Constitución. Se revisó el 30% de la Constitución aprobada en Oruro.  La Constitución aprobada por el 64% del pueblo boliviano fue la Constitución revisada por el Congreso. Una vez aprobada y promulgada no se puede pedir volver a los artículos modificados del texto de Oruro. Esto implica desconocer la Constitución aprobada. Esta actitud es peligrosa y atentatoria en contra de la Constitución. La responsabilidad política, la defensa del proceso, radica en la defensa de la Constitución aprobada y promulgada. Una actitud distinta, manipular la Constitución a gusto y antojo, destruye la base constitucional del proceso de cambio. Esta destrucción de la Constitución es destrucción del proceso, diga lo que se diga, incluyendo el estrambótico argumento de acudir a la voluntad del constituyente, voluntad que no se respetó en todas las leyes promulgadas, además de no respetar el núcleo estructural de transformaciones estructurales exigidas, como la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, como el cumplimiento de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, la prohibición de exportar materias primas, la no mercantilización de los recursos naturales, mas bien destinados al vivir bien, el pluralismo jurídico, la construcción de la economía social y comunitaria con enfoque sustentable.
Los otros argumentos pergeñados por los voceros oficialistas, asambleístas y funcionarios, y por el TCP, ya los discutimos en otros textos publicados y difundidos[1]. Lo que haremos ahora es dos cosas; primero, apoyar la valiente actitud crítica de Rebeca Delgado, enfrentando al llunkirio generalizado, enfrentando a la cúpula del poder, encaramada, sin legitimidad alguna, medrando de la sombra del caudillo. Poniendo en mesa el insostenible fallo del TCP, ratificando la fatua “interpretación” de la Asamblea Legislativa, que hace malabarismos inconcebibles para dar la vuelta a los artículos constitucionales pertinentes. Lo que pone en mesa Rebeca Delgado es la usurpación de una cúpula palaciega de la representación del proceso, la impostura de este entorno respecto a lo que corresponde a los movimientos sociales, el haberse apoderado del proceso de cambio, que es un producto histórico y político colectivo. También pone en mesa las contradicciones profundas del proceso, así como el haber atentado contra el MAS, contra su competencia a deliberar y a intervenir en las decisiones políticas. Dejando en claro que no está contra la reelección sino contra la forma perversa como se quiere lograrlo. Por otra parte cuestiona la conducción e influencia negativa del vicepresidente, quien sería responsable de esta orientación autoritaria y antidemocrática, además de desconocer la competencia de los movimientos sociales, derivando en una especie de despotismo ilustrado.
Como se puede ver se trata de temas fundamentales relativos a la defensa del proceso. No se pueden soslayar los temas puestos en la mesa por Rebeca Delgado, quien exige un debate a la bancada del MAS. Son temas ineludibles, que no se resuelven con el barato electoralismo al que han caído los del ejecutivo, la directiva de la Asamblea Legislativa, los órganos de poder del Estado y las dirigencias sociales cooptadas. El proceso no se reduce, de ninguna manera, a la compulsión electoral. El proceso es de cambio, de transformación estructural e institucional. La realización del proceso depende de la participación social, de la movilización, de la materialización de la revolución democrática y cultural, que no se puede reducir a la demagogia de los discursos, pues esta revolución se efectúa por la transferencia del poder a la sociedad movilizada. Las organizaciones sociales, los movimientos sociales anti-sistémicos, las organizaciones indígenas, los sindicatos de trabajadores, los constituyentes consecuentes, los intelectuales críticos, las organizaciones feministas, de defensa de los derechos de la mujer y los derechos de las subjetividades diversas, además de otras organizaciones de defensa de las distintas generaciones de derechos constitucionalizados, incluyendo los derechos de los seres de la madre tierra, debemos apoyar a esta voz valiente, que defiende la posibilidad del cambio contenida, como germen, en la Constitución. La crítica de Rebeca Delgado es una convocatoria al pueblo a defender su proceso.
La otra cosa que vamos a hacer es un análisis de coyuntura, lo que se juega en esta coyuntura. La mayoría de los analistas va coincidir que ya se trata de una coyuntura electoral. ¿Es así? ¿Se reduce el acaecer politico de la coyuntura a la dimensión electoral? Déjenos disentir con esta apreciación. Es cierto que ingresamos a la compulsa electoral en lo que queda de los dos años, de aquí y ahora para delante, hasta fines de 2014; también es cierto que el gobierno no dejó nunca de hacer campaña electoral; ha reducido la política al electoralismo. Los llamados partidos de oposición se encuentran en campaña para las elecciones nacionales, esto desde la campaña por las elecciones del departamento del Beni, ganadas por la oposición. Las mismas organizaciones sociales, como la COB, parecen haber caído en la misma compulsión electoral, cuando anuncian formar el partido de los trabajadores, el instrumento político se los trabajadores, empero, lastimosamente orientado hacia las elecciones de 2014. Lo mismo ocurre con el CONAMAQ, que también ha decidido formar un instrumento político; también desafortunadamente pareciendo orientarse a responder a la concurrencia en las próximas elecciones. Aunque en estos dos últimos casos, el de la COB y  el de CONAMAQ, el proyecto de instrumento político no pueda reducirse a la coyuntura electoral, de todas maneras está como emplazando a descender hacia el electoralismo, cayendo en el campo gravitacional votante. Sin embargo, todas estas consideraciones no son suficientes como para terminar caracterizando a la coyuntura como electoral.
Estos dos últimos años, hacia el 2014, forman parte de la segunda gestión de gobierno del presidente Evo Morales Ayma. Se trata de dos gestiones que forman parte de lo que se ha venido llamando el proceso de cambio, de la revolución democrática y cultural. Sobre todo la segunda gestión se ha caracterizado por entrar en contradicción con la Constitución, con el proceso, con el pueblo y con las organizaciones indígenas. Se puede considerar la segunda gestión gubernamental, el lapso que le toca, como relativo a la crisis del proceso de cambio, cuando el propio proceso entra en profundas contradicciones. Entonces estos dos últimos años son claves en lo que respecta a la realización del proceso o, de lo contrario, a la experiencia dramática de su periclitación. Por eso, preferimos caracterizar la coyuntura como relativa a la intensificación de la crisis del proceso, a la radicalización de las contradicciones profundas del proceso, al desenlace de los enfrentamientos entre las fuerzas sociales, que resisten a la restauración del Estado-nación - las organizaciones indígenas, desde la perspectiva de la descolonización; las organizaciones de los trabajadores, desde la perspectiva salarial y de la recuperación del llamado salario diferido, la jubilación -, contra las fuerzas mayoritarias estatales y gubernamentales que optaron por el realismo político y el “pragmatismo”, que cada vez más se evidencia como descarnado oportunismo.
Entonces la caracterización de la coyuntura puede asumirse no tanto desde la perspectiva del futuro inmediato, las elecciones, como desde el pasado mediato, el proceso de cambio. Desde esta segunda perspectiva, de más largo alcance, mas bien ponderada por las exigencias de transformaciones estructurales e institucionales, se puede evaluar mejor lo que se juegan en el lapso de los dos años que siguen adelante. Se juega, por decirlo de un modo dramático, el destino del proceso, la reconducción del proceso. Si el bloque popular, que ha abierto este proceso, después de seis años de luchas sociales (2000-2005), la movilización prolongada, no logra re-articularse, re-dinamizar su potencia, impulsar nuevamente el desplazamiento de sus fuerzas, re-conduciendo el proceso, retomando los mandatos de los movimientos sociales anti-sistémicos, de las naciones y pueblos indígenas originarios, del pueblo boliviano, recuperando el programa politico, inscrito en la Constitución, el proceso terminaría languideciendo en las convalecencia decadente de un electoralismo, postrado en la cama de enfermo terminal, que no es más que la simulación de la democracia. La responsabilidad del bloque popular es reposicionar a los movimientos sociales antes de las elecciones de 2014. Si esta tarea queda en el camino, si, por último, el gobierno “pragmático” termina imponiendo su visión de “realismo político”, sometiendo a las organizaciones sociales por medio del prebendalismo y el clientelismo, habría terminado de clausurar las posibilidades efectivas del proceso de transformaciones, decayendo en la misma práctica política de todas las elites gobernantes, que lo único que hacen es conservar el poder. La estrategia gubernamental se reduce a este vulgar objetivo.

Disyuntivas del momento político
¿Cuál es el estado de situación de las fuerzas en juego? No tanto en lo que respecta a la capacidad de la convocatoria electoral, que de todas maneras hay que hacerlo, sino en lo que respecta a su relación con el proceso de cambio, su relación con las tareas a cumplir, las transformaciones estructurales e institucionales. Comenzaremos con las fuerzas políticas que deberían impulsar el proceso de transformaciones y profundizarlo.
El MAS, la fuerza política mayoritaria, que ha ganado las dos elecciones “nacionales” consecutivas, la de 2005 y la de 2009, que debería ser la fuerza que garantice el cumplimiento de la Constitución, se ha embarcado en una actitud justificadora de todo lo que hace el ejecutivo, incluyendo, claro está, las decisiones inconstitucionales que ha tomado. La fuerza casi incontenible manifestada durante el 2005, llegando a prolongarse hasta el 2009, en todas las elecciones habidas, incluyendo el revocatorio de mandato, la elecciones para la constituyente, la elección de prefectos, primero, y después de gobernadores, atravesando las elecciones municipales, avanzando en las elecciones de aprobación de la Constitución, llegando a las elecciones de 2009, se encuentra mermada en su convocatoria, disminuida en su credibilidad. El desencanto de la gente se ha evidenciado en la complicada experiencia de la segunda gestión de gobierno. La derrota sufrida por el MAS en la elección de magistrados, frente al voto nulo, mostró que el partido de “mayoría” ya no era una mayoría. La derrota sufrida en las elecciones para la gobernación del Beni, a pesar de la encuesta de IPSOS que le daba la victoria, duplicando el voto del adversario, también muestra que el MAS no logró ser mayoría en este departamento amazónico, a pesar de los ingentes recursos desplegados y esfuerzos inmensos emprendidos, incluso poniendo al propio presidente en la campaña. El descrédito generalizado, sobre todo en las ciudades, particularmente del occidente, ha disminuido grandemente la confianza de la gente, des-cohesionando la capacidad organizativa en los barrios. Las organizaciones sociales de influencia, como las de los trabajadores, la de los mineros, de los cooperativistas, además de los gremios y otras asociaciones, han tenido conflictos con el gobierno. La percepción positiva de que se trata de “nuestro gobierno” ha cambiado. Ya no se piensa así. Se tiende a acercarse a la opinión negativa de que se trata de un gobierno parecido a los demás gobiernos. Es posible que esta no sea la situación en el área rural, donde mas bien se nota una tendencia a seguir afirmando una percepción positiva. Sin embargo, en este caso, faltaría hacer un mapeo más detallado. En resumen, podemos decir que el MAS ya no es el partido o movimiento incontenible que parecía serlo a un principio. Estos vestigios no pueden ser sustituidos por la propaganda y la publicidad desmedida, a la que se empeña el gobierno, queriendo cambiar la situación, con la pujanza ilusoria de los medios de comunicación. En resumidas cuentas, el MAS, que no llegó a ser nunca un instrumento político de las organizaciones sociales, que se convirtió más bien en un instrumento electoral del ejecutivo, no es, lastimosamente, una garantía para continuar y profundizar el proceso, a pesar de su todavía significativa convocatoria electoral. Pasando del MAS a las organizaciones sociales, ¿qué pasa con lo que fue la base orgánica del proceso de cambio, del proceso constituyente, y de la defensa del proceso, qué pasa con las organizaciones sociales?
El Pacto de Unidad se ha roto con el conflicto del TIPNIS, las organizaciones campesinas apoyan al gobierno, y las organizaciones indígenas se colocan en posición crítica. La COB se encuentra movilizada por reivindicaciones salariales, en defensa de una jubilación digna, que no es otra cosa que salario diferido, en contra los métodos monetaristas de transferir la solidaridad a los trabajadores, desentendiéndose el Estado de apoyar con un fondo adecuado en la perspectiva de una jubilación digna para todos. Revisando las posiciones de las organizaciones campesinas, las llamadas “trillizas”, la CSUTCB, la CNMCIOB “BS”, las “bartolinas”, la confederación de mujeres campesinas, y la CSCIB, los colonizadores, llamados ahora interculturales, no es posible encontrar allí una garantía para la profundización del proceso. Lo que se tiene, en vez de esto, es un apoyo incondicional al gobierno. Puede que las bases, las comunidades campesinas, los sindicatos de base no estén de acuerdo con este posicionamiento de la dirigencia; empero, esto no se puede saber, a ciencia cierta, hasta las elecciones de las nuevas dirigencias, en los Congresos postergados.
Este panorama nos muestra que las fuerzas de la re-conducción del proceso son todavía escasas, como para acometer la tarea de envergadura que se propone. Lo que se ha mostrado es franqueza crítica, una compresión perspicaz de los peligros en los que se bate el proceso. Esta perspectiva crítica se ha manifestado en varios documentos, declaraciones y pronunciamientos de movilizaciones. El documento de re-conducción del Pacto de Unidad, acordado en Cochabamba, el Manifiesto de re-conducción de intelectuales críticos, dirigentes y el CONAMAQ, la plataforma de lucha de las VIII y IX marchas indígenas en defensa del TIPNIS, los pronunciamientos de distintas movilizaciones regionales, que ponen en el tapete los problemas del proceso, así como las plataformas reivindicativas de los trabajadores asalariados. Empero, esta razón, así lo diremos, no es suficiente para re-conducir el proceso. La razón no es fuerza de por sí, requiere convocar, requiere realizarse en movilización, en alianzas de fuerzas, en articulación del bloque popular, en fuerza política, en el sentido de la acción y la incidencia. ¿Cómo se logra cambiar esta correlación de fuerzas?
Las otras fuerzas políticas y sociales, que no están con el proceso de cambio, aunque hayan terminado de pactar con el gobierno, como los empresarios privados, tienen su propio proyecto, que, en términos sintéticos, llamaremos el de terminar con el proceso de cambio. Están los llamados partidos de oposición, a excepción del Movimiento sin Miedo (MSM), que no podemos decir que está contra el proceso, pues ha participado en un momento, como aliado del MAS, tanto en el proceso constituyente, así como en las dos elecciones “nacionales”. Tiene su propia perspectiva del proceso, que llamaríamos mas bien institucionalista. No vamos a discutir aquí la interpretación que tiene el MSM del proceso; esto lo dejaremos para otra ocasión. Lo que interesa ahora es anotar dos cosas; una, que lo que llamamos derecha está interesada en conformar un frente amplio de oposición para hacer frente al MAS; la otra, que el MSM está interesado en conformar un frente alternativo de centro. Por lo que toca a la primera opción no se puede esperar otra cosa que la terminación del proceso (Termidor); por lo que toca a la segunda opción, en el mejor de los casos, se puede esperar la institucionalización constitucional de lo que hasta dónde ha llegado el proceso; sin embargo, es muy difícil esperar su profundización. Una perspectiva radical no se encuentra en la visión del MSM.
¿Podrá la derecha conformar un frente amplio? ¿Podrá este frente amplio contar con la convocatoria electoral como para ganar las elecciones al MAS? Es muy difícil saberlo ahora. A lo que apunta la derecha es a beneficiarse con el voto en contra, con el desencanto de la gente, sobre todo de las ciudades, no necesariamente de apoyo a sus partidos, a su frente amplio. Tal como va la marcha de las cosas, si continúa el deterioro del gobierno y su descrédito, sobre todo en las ciudades, puede llegarse a una situación parecida a la que busca la derecha. ¿Hará algo el MAS para parar el deterioro de su imagen y la descomposición de su credibilidad? Para tener la posibilidad de hacer algo por lo menos hay que ser consciente de lo que pasa; empero, si, en vez de atender a una evaluación objetiva, se insiste en la ilusión de la propaganda y la publicidad, entonces la propia posición de autosatisfacción presumida se convierte en un mecanismo en contra, en la navaja del haraquiri. Sin embargo, no hay que olvidar que, para nosotros, ya no se trata de ganar las elecciones, aunque sea por un margen exiguo, pues de este modo tampoco no se resuelve el problema, la crisis del proceso. Tampoco se trata de perderlas, sino definitivamente de otra cosa: de la re-conducción del proceso antes de las elecciones de 2014. Pues se trata de realizar y materializar las transformaciones contenidas en la Constitución.
Volviendo al tema, a la relación de las fuerzas con las dinámicas del proceso, vemos que el mayor peso de las fuerzas se inclina por desentenderse del proceso mismo, dejando que éste siga su propia espontaneidad, que a estas alturas ya es la de su caída. A estas mayoritarias fuerzas lo que les interesa es o conservar el poder, en un caso, o recuperar el poder perdido, en otro caso, o, si se quiere, institucionalizar lo que hay, en un tercer caso. ¿Cómo se puede recrear el campo popular para que pueda re-conducir el proceso?
Primero, tiene que darse un sentido compartido de que la tarea es la re-conducción, pues no va haber otro proceso en mucho tiempo; el proceso “real”, existente, es éste, que vivimos, con todas sus dramáticas contradicciones. No basta que algunos críticos estén convencidos de esto. Segundo, es indispensable la renovación de las dirigencias campesinas, la convocatoria a Congresos de las organizaciones sociales, donde, además de las delegaciones representativas, se debata ampliamente las perspectivas del proceso y las responsabilidades en la coyuntura. Tercero, re-articular el  bloque popular, ampliando incluso su convocatoria a los pequeños y medianos empresarios, buscando consenso de los sectores medios, que se han mantenido reacios al proceso. Cuarto, intervenir el gobierno, formar un gobierno provisional revolucionario, encargado de la re-conducción, acompañando esta medida con movilizaciones generales, en la perspectiva de la revolución cultural, obligando al Congreso a cumplir con la Constitución, re-encauzando la legislación hacia la elaboración participativa de leyes fundacionales. Logrando de esta forma un reposicionamiento del bloque popular. Quinto, deben ser las organizaciones sociales, el conjunto del bloque popular, las que debatan y decidan que se hace para las elecciones de 2014.
En conclusión, si bien la coyuntura aparece aparentemente como electoral, el fondo de su espacio-tiempo, de sus dinámicas moleculares, la malla que sostiene las significaciones políticas puestas en juego, es la que tiene que ver con las tendencias encontradas del proceso. El reducir el proceso a la compulsión electoral, el reducir la defensa del proceso a la defensa del gobierno, el reducir la continuidad del proceso a la re-elección, además de la forma grotesca, impuesta, manipuladora, como se la quiere efectuar, vulnerando la Constitución misma, es ya un síntoma de la enfermedad crónica. Esta actitud reduccionista nos muestra que no se ha comprendido el sentido histórico-político del proceso; se lo ha interpretado como una simple toma del poder, con la consecuente  pulsión de conservación del poder. Esto denota, en el mejor de los casos, como un cambio de élites, es decir, como si se tratara de ocupar el lugar del otro, el lugar del patrón, en vez de demoler con la estructura de poder y dominación heredada. Esta concepción avara de la política se complementa con la concepción mercantil de la política[2].
La disyuntiva en la coyuntura es dejarse arrastrar por el punto de convergencia, las elecciones de 2014, o lograr hacer emerger el substrato de la coyuntura, que es el proceso mismo, por lo tanto la responsabilidad con el proceso. Si ocurre lo primero, como hemos dicho, el proceso muere, aunque gane el MAS; se hace más evidente si pierde. Si ocurre lo segundo, se abre la posibilidad de re-conducir el proceso, por lo tanto de continuar por la única vía posible de la continuidad, la profundización y radicalización del proceso. Empero, como el desenlace no depende de los buenos deseos sino de la incidencia de fuerzas, entonces el desenlace estriba en la direccionalidad de las tendencias, de las capacidades, de la disponibilidad, del sentido de las fuerzas. ¿Para modificar la correlación de fuerzas del momento, qué tendrían que hacer las fuerzas que apuntan a la re-conducción? Convencer a las fuerzas más próximas que este es el camino. Estamos entonces en un momento crucial del debate; empero, cuando las fuerzas “mayoritarias” no quieren debatir, descalifican el debate, se tapan los oídos y cierran los ojos, se hace más difícil la tarea. Por lo tanto, como condición indispensable, se trata de romper este monopolio de silencio impuesto.
Otra ilusión gubernamental es creer que por medio del control total se puede modificar e incluso invertir esta tendencia de desgaste y deterioro político. Este control se desplazaría en distintos planos; control de los aparatos de Estado, de los órganos de poder, principalmente del Congreso; control de las organizaciones sociales, a través de la cooptación de las dirigencias; control de la opinión pública, copando los medios de comunicación de masas, no sólo estatales, sino privados, a través de su compra; control del partido y de la militancia, también de los funcionarios, exigiendo lealtad y sumisión, comprometiéndolos por medio de circuitos prebéndales y redes clientelares. Lo que hace el control es, unas veces, retrasar el desgaste y el deterioro, otras veces, incluso lo apresura, pues radicaliza las contradicciones. El control supone vigilancia y censura, incluso puede desencadenar la represión, en el peor de los casos; acompañando a la subordinación de los dispositivos institucionales, que deberían ser democráticos e independientes; buscando de este modo el cumplimiento celoso de la voluntad del ejecutivo. Sin embargo, el control no sustituye la experiencia de la gente, sus ánimos, sus predisposiciones, sus percepciones; lo que hace es poner en duda, montarse artificialmente en los ánimos de la genta, tratando de incidir en ellos, buscando inducir otros estados de ánimo. La incidencia del control no arraiga, a no ser que se dé en lapsos prolongados de largo plazo; incluso, en este caso, el arraigo no es profundo, cualquier crisis puede desprender sus efectos, entonces la gente puede salir del estupor. Por eso, el optar por el control total es una ilusión del poder. Ante el deslizamiento del desgaste, deterioro y descomposición política, lo mejor es corregir los errores, atender las causales de la corrosión, tocar las raíces de los problemas; no ocultarlos.
       




[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza La constitucionalidad a la deriva. Horizontes nómadas; La Paz.
[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza La concepción mercantil de la política. Bolpress 2013; La Paz. 



sábado, 4 de mayo de 2013

La constitucionalidad a la deriva


La constitucionalidad a la deriva
Raúl Prada Alcoreza

 

Índice:


Las desventuras del Tribunal Constitucional                                                    
Reelección del presidente: ¿Debate leguleyo o constitucional?                           
El espíritu constituyente                                                                                           
Interpretación desde el espíritu constituyente                                                                
Exorcismo político                                                                                                       
                          














Las desventuras del Tribunal Constitucional
El Tribunal Constitucional, que además lleva el denominativo de Plurinacional - lo que resulta desmesuradme grande e incongruente a lo que efectivamente representa, el Estado-nación en su crepúsculo -, ha resuelto fallar a favor de la reelección del presidente y del vicepresidente, a pesar del cuerpo escrito en las Disposiciones transitorias de la Constitución aprobada por el pueblo y promulgada por el presidente. El parágrafo II de estas disposiciones dice textualmente: Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones. El espíritu de este escrito no puede estar zafado del cuerpo inscrito. Otra interpretación, sería la de otro texto, no de la Constitución promulgada. Esta simple lógica ha sido desconocida por el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP), así como este tribunal ha desconocido el espíritu constituyente consecutivamente en sus resoluciones ambiguas anteriores. Se olvidó que el espíritu constituyente es la abolición del  Estado-nación y la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, la defensa de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originario, de los territorios indígenas, de los derechos de los seres de la madre tierra. Al optar por una reelección inconstitucional, en vez de hacerlo constitucionalmente, es decir, con una reforma parcial a la Constitución, acompañada por un referéndum constitucional, ha habilitado formalmente la reelección, empero, en la práctica la ha convertido en una violación a la Constitución, invalidando en la práctica la reelección misma. Este estrambótico malabarismo del TCP muestra, una vez más, su incompetencia para resolver e interpretar problemas y temas constitucionales. El TCP no es una garantía de defensa y cumplimiento de la Constitución. Estamos en manos de un dispositivo más de poder del ejecutivo. El TCP es un tribunal que condena a la Constitución al cadalso.
Los oficialistas, el llunkirio generalizado, no dejan de mostrar su algarabía y satisfacción por el fallo. Creen haber logrado una victoria; ¿victoria sobre quién?  ¿Sobre la derecha, que es una insignificante minoría congresal? No, la victoria es contra el espíritu constituyente, contra la Constitución y contra el pueblo. Una vez más, en un tema no-crucial para las transformaciones estructurales e institucionales, que demanda la Constitución, en un tema de conservación del poder y continuidad de la cúpula dominante, se atenta contra la Constitución. Ya antes se hizo sobre temas cruciales como el relativo al entramado de las competencias autonómicas, las autonomías indígenas, el pluralismo jurídico, la condición plurinacional, los territorios indígenas. También es un victoria,  por más paradójico que parezca, contra ellos mismos, contra su objetivo de conservarse en el poder. No hay instinto de sobrevivencia. Lo que han hecho, la pretendida astucia criolla, pues a eso se ha reducido la política, es como un boomerang; lleva el agua al molino de la derecha. Se incrementa el descredito y la desconfianza popular. Todo se reduce a la compulsa electoral; el mandato de las transformaciones se ha evaporado. Se pierden las oportunidades de re-conducción del proceso, precisamente para fortalecer las capacidades de transformación, la continuidad de la irradiación popular y de la movilización; se opta por la concepción vulgar y silvestre politiquera de administración y usufructuó del poder.
¿Cuáles son los argumentos del TCP para justificar su fallo? Que los mandatos se contabilizan desde la promulgación de la Constitución, desde la fundación del nuevo Estado. No vamos a discutir aquí lo que implica la fundación de un nuevo Estado, ya lo hicimos en otros textos[1], que no puede ser otra cosa que la abolición del Estado-nación, que no se ha efectuado, mas bien se lo ha restaurado, y la construcción del Estado plurinacional,  del que no se han puesto ni los cimientos ni un solo ladrillo. Tampoco vamos a repetir lo que ya se dijo, que lo escrito en la Constitución dice otra cosa acerca desde cuándo se computa. Sólo haremos recuerdo que este tribunal constitucional es impuesto por la Asamblea Legislativa y el Órgano electoral, cuando precisamente el oficialismo perdió las elecciones de magistrados frente al voto nulo, lo que anulaba, de por sí, las elecciones de magistrados. Esta forma de instituirse vulnera la Constitución y desconoce el voto democrático. ¿Qué se puede esperar de un tribunal constitucional que nace de esta forma? El problema es que nos movemos en un juego de simulaciones, en un montaje de escenarios bañados de publicidad y propaganda exacerbados, en la descomedida manifestación de astucias criollas y de trampas políticas. Bajo esta “lógica” de poder no importa si es constitucional o no un fallo, lo que importa es la verdad del poder, la imposición de fuerzas, la conservación del poder a cómo de lugar. La discusión sobre la constitucionalidad o inconstitucionalidad del fallo está demás. No entra. En vano desgañitarse en el tema. Hay oídos sordos. Lo que está en juego es otra cosa, la manifestación descarnada de los juegos de poder. Tampoco, como se ve, se trata de una discusión “ideológica”,  menos de la interpretación de la Constitución. No interesa. Los discursos están para eso, para justificar, digan lo que digan, lleguen incluso al extremo de la incoherencia y de la perversión de los sentidos. La ética y la moral están suspendidas. Lo único que importa es la materialidad descomunal del poder. Lo otro es para idealistas e inocentes. La “realidad real” del oficialismo es el poder; esta concepción  “pragmática” se reduce al enunciado el poder produce realidades.
De lo que acabamos de describir se deduce lo siguiente: No se trata de una discusión racional, no es tampoco una discusión sobre la verdad del texto constitucional; se trata sólo de correlación de fuerzas. Lo que queda del espíritu de la movilización social, de la voluntad de cambio, lo que pueda reunirse de los fragmentos de los movimientos sociales anti-sistémicos, que abrieron el proceso de cambio, si quiere hacer algo, intervenir en el decurso de los acontecimientos, que marchan a un descalabro general del proceso político, no tienen otra alternativa que recurrir también a la fuerza, a la movilización, a re-articular el bloque popular, para re-conducir el proceso. No tiene perspectiva el querer discutir con los voceros oficialistas, ni con la mayoría de la Asamblea Legislativa, menos con el TCP; no escuchan. Tiene sentido el debate en relación a la comunicación popular, con las organizaciones sociales, pues el análisis y la reflexión están destinados a despertar nuevamente la potencia social.

Reelección del presidente: ¿Debate leguleyo o constitucional?
Se ha suscitado un debate sobre la constitucionalidad de la reelección del presidente. El gobierno, el presidente, el vicepresidente, los voceros de la Asamblea Legislativa, interpretan que esta reelección está totalmente habilitada por la Constitución, pues el conteo de las dos elecciones continuas permitidas constitucionalmente se contabilizan desde el 2009, una vez aprobada y promulgada la Constitución, con el nacimiento del Estado plurinacional. Por lo tanto la elección de 2014 sería la segunda. En cambio, la llamada oposición interpreta de otra manera; dice que el conteo comienza el 2005, la segunda elección continua permitida es la de 2009; de este modo no sería posible la participación en las próximas elecciones de Evo Morales Ayma. Antes de iniciar la contrastación del debate con lo que establece la Constitución, debemos hacer conocer nuestra sorpresa ante semejante esfuerzo por debatir el problema de la reelección, incluso retrotrayéndose a interpretaciones de la Constitución. La misma mayoría de la Asamblea Legislativa preparó una ley interpretativa que habilita la reelección, y la envió al Tribunal Constitucional para su consulta.
No se dio lugar una discusión parecida en otros temas, más cruciales, por cierto; no se dieron estos esfuerzos, por lo menos en su intensidad, con respecto a los problemas cardinales de la estructura constitucional; problemas que plantea la Constitución en la perspectiva de las transformaciones estructurales e institucionales que exige la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. No se debatió con la misma intensidad y preocupación el desarrollo legislativo de las leyes fundacionales. Al oficialismo y a la oposición le interesan las elecciones, no les interesa discutir los alcances de las transformaciones estatales. Esta anotación pone en el tapete el interés político del oficialismo y de la oposición, su reducción de la interpretación de la Constitución, su reducción de la política a la compulsa electoral.
El Artículo 168 de la Constitución dice expresamente:
El periodo de mandato de la Presidenta o del Presidente y de la Vicepresidenta o del Vicepresidente del Estado es de cinco años, y pueden ser reelectas o reelectos por una sola vez de manera continua.
El parágrafo II del artículo 411, de Disposiciones transitorias, establece que:
Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones.

Con esta disposición transitoria debería quedar saldada la discusión. No es un argumento sostenible que las disposiciones transitorias son transitorias (tautología), por eso responden a un corto tiempo. ¿A quién se le ha ocurrido que las transiciones duran sólo unos días, una pizca de tiempo? Las disposiciones transitorias ayudan a transitar de una etapa constitucional a otra etapa, basada en la nueva estructura normativa de la Constitución promulgada. Esta disposición transitoria habla y resuelve claramente el problema de la transición. No hay discusión en esto. Además las transiciones políticas, económicas y culturales pueden durar mucho tiempo, combinando medianos y largos plazos. De eso tratan precisamente las teorías de la transición.

Sin embargo, no necesariamente puede terminar la discusión ahí. La misma Constitución plantea la posibilidad de una reforma total o parcial de la Constitución.  En caso de una reforma total establece que esto lo puede hacer una nueva Asamblea Constituyente, convocada por referéndum, por dos tercios de la Asamblea Legislativa o por el propio presidente. Para una reforma parcial de la Constitución, la misma carta magna establece, en el artículo 411, correspondiente a la Quinta parte, relativa a la Jerarquía normativa y reforma de la Constitución, que: 

La reforma parcial de la Constitución podrá iniciarse por iniciativa popular, con la firma de al menos el veinte por ciento del electorado; o por la Asamblea Legislativa Plurinacional, mediante ley de reforma constitucional aprobada por dos tercios del total de los miembros presentes de la Asamblea Legislativa Plurinacional. Cualquier reforma parcial necesitará referendo constitucional aprobatorio.

Entonces, si la mayoría legislativa, el gobierno y el MAS requieren una nueva participación en elecciones del presidente, una tercera vez, pueden acudir a una reforma parcial de la Constitución. Para esto pueden optar por una iniciativa popular o por la aprobación de la reforma constitucional  por dos tercios del total de los miembros presentes de la Asamblea Legislativa. No hay donde perderse. La Constitución también es clara en relación a esta posibilidad y situación requerida. ¿Entonces por qué tanto problema? La mayoría tiene la potestad de aprobar una reforma constitucional que habilite al presidente a una tercera elección continua. Ese podría haber sido el sentido de la ley interpretativa de la Constitución mandada a consulta del Tribunal Constitucional; sin embargo, la mayaría congresal se han embrollado en los argumentos y en el manejo de los dispositivos jurídicos.

Están demás los argumentos que buscan justificar el conteo desde el 2009, decir que se ha acortado el anterior periodo constitucional, lanzar la tesis del alcance transitorio de las disposiciones transitorias. También están demás los argumentos opuestos que dicen que el presidente no puede ser reelecto, porque así lo establece la Constitución; de todas maneras se requiere un  referéndum para habilitar una reforma constitucional, que habilite al presidente a una tercera elección. Bastan dos tercios de los asambleístas para una reforma parcial que habilite una tercera elección. De todas maneras, cualquier reforma parcial necesitará referendo constitucional aprobatorio.

No hay necesidad de rasgarse las vestiduras, ni por el lado oficialista, ni por el lado de la oposición. El problema estaría resuelto constitucionalmente. No se puede seguir perdiendo el tiempo en una discusión tan estridente.

La discusión es otra. ¿Por qué no se han desarrollado leyes fundacionales del Estado plurinacional? ¿Por qué se ha restaurado el Estado-nación y toda su institucionalidad? ¿Por qué no se han efectuado trasformaciones estructurales e institucionales que sostengan la construcción del Estado plurinacional? ¿Por qué se ha violado la Constitución sistemáticamente, una y otra vez? El problema se encuentra en la inconstitucionalidad de las leyes promulgadas por el gobierno. Empero este problema no va a ser debatido ni por el oficialismo, ni por la oposición, que son partidarios, desde distintos ángulos, del Estado-nación. La construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico no les interesa ni al oficialismo ni a la oposición. Este es el mandato constitucional y el horizonte abierto por la lucha de los movimientos sociales anti-sistémicos. Esta es la esperanza y el proyecto de los protagonistas del proceso de cambio, los movimientos sociales, las multitudes, el proletariado nómada, las naciones y pueblos indígenas originarios, el pueblo. Este problema ha sido planteado y discutido por esta potencia social. Problema ignorado por el oficialismo, que cree que ya el Estado plurinacional ha sido conformado; ignorado también por la oposición, que puede aceptar un nombre como plurinacional, en la medida que se quede en sus dimensiones nominales y folklóricas.

Llama la atención la desesperación por la reelección del presidente, indiferente de la preocupación por el proceso de cambio. Hay como una apuesta de garantizar la continuidad del proceso por medio de la reelección, como si la reelección por sí misma salvara al proceso de sus profundas contradicciones. Esta apuesta es una evidente manifestación de la reducción de la política a la connotación carismática de la figura del caudillo. El “destino” del proceso, por así decirlo, se concentra en la fatalidad del cuerpo del caudillo; no hay otro horizonte que el de los contornos de la pasión del cuerpo del caudillo. Todo gravita en el peso específico de esta corporalidad y su irradiación simbólica. Los que se reclaman de “revolucionarios”, los que emulan a los jacobinos del siglo XVIII o a los bolcheviques del siglo XX, han volcado el sentido de las “transformaciones” y el alcance del cambio a lo que suceda con la existencia del líder. La semántica política se ha reducido a su dramática somatización.

Estos “revolucionarios” del siglo XXI no son más que las sombras desdichadas del cuerpo del caudillo. Existen porque existe el caudillo, quien proyecta sus sombras, dependiendo de los ángulos de la luz, así como de la inclinación de los planos. Todo el programa de “transformaciones” se reduce a la reelección. Esta es la pobreza política de esta corriente mayoritaria, que combina nacionalismo, populismo y un socialismo crepuscular. También es el recorrido sintomático del camino al suicidio político. En el debacle constatado de la conducción del proceso de cambio, en la explosión alarmante de las contradicciones profundas, apostar con todas las fuerzas a la reelección, sin evaluar la crisis del proceso, sin reencausar sus cursos, sin proponerse una reconducción del proceso, es sencillamente inclinarse por el suicidio político.

Como van las cosas, desmoronamiento y descomposición del ejercicio de poder, los escenarios posibles corresponden a las distintas versiones de la muerte del proceso. En el caso improbable de una victoria electoral por mayoría absoluta por parte del MAS, no se puede esperar otra cosa que el reforzamiento de las prácticas políticas, las formas de gobierno, los manejos clientelares y prebéndales, que han llevado a la agudización peligrosa de la crisis del proceso. Esto no es otra cosa que continuar con la condena del proceso a repetir la reiterada historia de las revoluciones, que han cambiado el mundo y se han hundido en sus contradicciones. En el caso probable de una victoria electoral por debajo del 50%, peleando ampliar el margen del núcleo duro electoral del MAS, que se estima que es del orden del 30%, la correlación de fuerzas congresales, y la perentoria obligación de formar coaliciones para gobernar, repetiría, de otra manera, la historia negociada de los pactos, de la llamada democracia pactada. Esta sería la constatación estadística de la muerte del proceso. En el otro caso probable, de una derrota electoral, aunque sea por mínimas distancias, se ratificaría sin lugar a dudas la muerte del proceso. Por donde se lo vea, la conducción política dominante, “pragmática” y apegada al realismo político, habría llevado al proceso al derrotero de su propia destrucción.

La salida teórica más plausible al decurso dramático de las contradicciones del proceso es la reconducción del proceso mismo. Esta tesis política se basa en la certeza de que no va a haber otro proceso; los procesos no son producto de la imaginación política, tampoco de deseos, sino que se desatan por acumulación orgánica, organizacional, de experiencia, de saberes, de memorias, de alternativas y subjetividades constitutivas. Otro proceso puede darse en décadas. Por lo tanto, teóricamente queda defender el proceso, hacerlo críticamente, transfiriendo la conducción del proceso a sus protagonistas, los movimientos sociales anti-sistémicos, las naciones y pueblos indígenas originarios, respondiendo a la usurpación y suplantación de grupos de poder, subidos a la cresta de la ola de las movilizaciones. Esto significa formar un gobierno provisional revolucionario, encargado de la reconducción, obligando al Congreso a cumplir con la Constitución, mediante la movilización general, acompañando la reconducción con el ejercicio de la democracia participativa, plural, directa, comunitaria y representativa.

Inclinarse por una estrategia electoral, buscando una salida, formar una alternativa, sin plantearse reconducir el proceso, es trasladar el problema político, la crisis del proceso, al computo electoral. El MAS ha confundido el proceso politico con la eterna compaña electoral; ha creído que  su asenso estadístico en las elecciones de 2002 se ha debido a una estrategia electoral. Desde entonces, se ha embarcado en una recurrente y compulsiva campaña electoral. Nada más equivocado, los resultados electorales de 2002 y 2005, además de los sucesivos, se han debido a las vitorias políticas y territoriales logradas por las movilizaciones desatadas desde el 2000 al 2005. Estas victorias políticas quebraron las estructuras psicológicas de dominación, pusieron en evidencia la crisis múltiple del Estado-nación,  la crisis de representación, la crisis de la clase política, de los partidos políticos, del sistema politico, de tal manera que las masas se encontraron en condiciones de votar por alguien que sale de su seno, ya no estaban dispuestas a votar por los doctorcitos. Sin las movilizaciones de la guerra del agua y el sitio de cuatro ciudades durante el 2000, el MAS nunca hubiera sido la segunda fuerza del Congreso el 2002. Sin la movilización prolongada de seis años de luchas semi-insurreccionales (2000-2005), el MAS no se habría nunca convertido en gobierno. Las siguientes elecciones ganadas se deben a la irradiación de esta prolongada movilización, incluyendo las elecciones a la Constituyente, el referéndum revocatorio, la aprobación de la Constitución, las elecciones de 2009. Transferir la lucha política a la compulsa electoral es una ilusión, responde al fetichismo electoral, a la “ideología” cuantitativa de la verificación electoral.

La crisis del proceso es material, responde a la materialidad histórica, política, social e institucional. Esta crisis no se resuelve electoralmente. Buscar conformar una alternativa electoral al MAS, un frente de izquierda, sin pasar por la reconducción, es caer en la misma ilusión electoral. Se eluden las respuestas políticas a la crisis política. Se prefiere la verificación de las convocatorias electorales. En estas condiciones, en las condiciones del desencanto de la gente, respecto a las expectativas del proceso, es como cavar la fosa junto a todos los sepultureros del proceso. Las masas no acudieron a las urnas por las elecciones mismas, acudieron a la votación como ratificando su apoyo al proceso de cambio,  proceso irreductible a la cuantificación estadística y a la verificación electoral. Las masas acudieron a las urnas porque se movilizaron contra el sistema, contra el Estado,  contra el neo-liberalismo, contra la clase política, contra las empresas trasnacionales. Las masas acudirían nuevamente con entusiasmo a las elecciones si se desata nuevamente la movilización general; esta vez por la reconducción del proceso.

Acudir a las elecciones, en estas condiciones, como frente alternativo de izquierda, es repetir los magros resultados electorales de la izquierda alternativa. Lo alternativo no es electoral, es político, radica en la lucha política, en la movilización, en la rearticulación del bloque popular que abrió el proceso, en la recuperación del ejercicio de la democracia participativa, en la deliberación abierta de las multitudes y los cabildos. Si no se materializa esta lucha política no hay reconducción, si no hay reconducción, nos encaminamos a la cura artificial de las elecciones, que no va a hacer otra cosa, que ratificar, de una u otra manera, la muerte del proceso.

Ciertamente la reconducción del proceso es difícil y hasta puede ser imposible. El principal bloque de defensa del proceso, el Pacto de Unidad, se ha dividido. Las organizaciones campesinas se encuentran cooptadas a nivel de sus dirigencias; una de las organizaciones indígenas ha sido escindida, la CIDOB. La defensa del TIPNIS ha logrado una gran convocatoria durante la VIII marcha indígena, obligando al gobierno a recular y aprobar una ley en defensa del TIPNIS, la Ley 180. Parecía que esta convocatoria en defensa de la madre tierra y de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios podía re-articular el bloque popular, recomponer alianzas sociales, lanzarse, de este modo, a la reconducción. Empero, esta convocatoria no se volvió a repetir en la IX marcha indígena. Ha continuado la resistencia en el TIPNIS, sobre todo contra la consulta espuria del gobierno; sin embargo, la resistencia de las comunidades es solitaria, sin repercusiones en el resto del pueblo boliviano.

La COB ha decidido conformar un instrumento político de los trabajadores; este proyecto ya tiene su historia. Podemos retomar esta historia política desde la formación de los partidos marxistas como el POR, el PIR, después el Partido Comunista, incluso transitando por la experiencia populista y nacionalista del PRIN, que fue una división del MNR, con el legendario líder obrero Juan Lechín Oquendo a la cabeza. Podemos continuar esta historia política con los frentes de izquierda que llevaron a dirigentes obreros y campesinos a las candidaturas presidenciales y vicepresidenciales; una de esas experiencias fue la de la del Frente Revolucionario de Izquierda (FRI). Estas experiencias, que son como los antecedentes del proyectado instrumento político de los trabajadores, no tuvieron el éxito esperado en cuanto a convocatoria electoral. Ciertamente, no todas estas experiencias se conformaron para participar en elecciones, tampoco son experiencias parecidas. La historia del POR, del PIR y del PC no se pueden comparar con la historia del PRIN, tampoco con los frentes de izquierda electorales, como por ejemplo con el FRI. Sin embargo, se puede hablar de una analogía compartida; pretendieron ser partidos de los trabajadores. Esto no está lejos de la pretensión de conformar el instrumento político de los trabajadores. Pero, para qué se conformaría un instrumento de esta índole. ¿Para participar en las elecciones de 2014? ¿No es esto reducir la connotación política de la lucha de los trabajadores a un acto electoral? ¿No ocurrió algo parecido con el proyecto de creación de un instrumento político de las organizaciones sociales campesinas, indígenas y populares, que debió haber sido el MAS? El MAS nunca llego a constituirse en un instrumento político de las organizaciones sociales; quedó en proyecto. Se convirtió en un instrumento electoral, un aparato de convocatoria electoral en todo el país.

Varios grupos marxistas se entusiasmaron con el proyecto de conformar un instrumento político de los trabajadores. En este entusiasmo bien intencionado falta la labor crítica y analítica. No se contrasta la pretensión con la historia de estas formas de organización políticas, que terminaron involucrándose en las elecciones. No sé preguntan sobre el perfil del mismo proyecto, sobre los alcances del contenido politico. Sólo se dejan impresionar por el nombre, instrumento político de los trabajadores; de esta proposición proyectiva deducen que ya es una alternativa al MAS, una alternativa de izquierda. La situación no es tan fácil de resolver con hipótesis tan apresuradas. Los partidos políticos tradicionales de los trabajadores, que ciertamente se constituyeron, en principio, como externos a la clase obrera, como partidos de intelectuales, para luego introducirse en las organizaciones sindicales obreras, se plantearon como tarea prioritaria la formación de la “consciencia de clase”. El PRIN apostó al carisma de su líder principal y a la participación de experimentados dirigentes sindicales; en este caso, la formación de los trabajadores se asumía de una manera mas bien empirista. Los frentes de izquierda electorales, que llevaron candidaturas obreras y campesinas, se basaron en la garantía de la presencia de dirigentes obreros y campesinos. Todas estas experiencias contienen premisas implícitas racionalista. La fuerza de convocatoria radica en la racionalidad del proyecto obrero, en las razones profundas de sus postulados emancipatorios, en su crítica racional al modo de producción y explotación capitalista. Esto es suficiente para convencer a las masas, a la multitud, al pueblo. Mucho más si se plantea la figura de la alianza obrero y campesina; simbólicamente estarían presentes las grandes mayorías, el proletariado y el campesinado. El problema es que el pueblo no responde a esta convocatoria racionalista. ¿Por qué? El campo politico no es un espacio de retórica argumentativa, de enfrentamientos discursivos, de pretensiones de verdad; no es un espacio racionalista. El campo abigarrado de la lucha política es un espacio de concurrencia, contrastación, contradicción, enfrentamiento de fuerzas. Las convocatorias no se realizan racionalmente, sino por apelación afectiva, pasional, imaginaria, subjetiva. La fuerza de convocatoria de los nacionalismos y populismo radica precisamente en estas dinámicas afectivas; también se explica la atracción de los líderes carismáticos. Para que un proyecto racionalista, como la dada desde la interpelación marxista a nombre del proletariado, de los obreros y de los trabajadores, pueda disputar estas convocatorias afectivas, debe, dado el caso, lograr hacer emerger el mito desde la misma interpelación racionalista, o, en su defecto, convencer argumentativamente a las grandes mayorías de la justeza de su proyecto político. Ahora bien, esto último implica desmitificar, develar la “ideología” inmersa en las masas. Esto último parece haber sido el trabajo “ideológico”, el trabajo desmitificador, de los partidos marxistas.

En la historia política del siglo XX los partidos marxistas llegaron al poder por lucha armada, en sus formas insurreccionales, en sus formas revolucionarias, así como de guerra prolongada, también en sus formas de guerrilla; pero, también, como resultado de la ocupación del ejército rojo en la guerra anti-imperialista. Son mas bien escasas las experiencias de la llegada al poder por la vía electoral. Cuando ocurre esto, estos partidos se encuentran involucrados en frentes de izquierda, coaligados con otras fuerzas progresistas. Estos frentes con gran convocatoria responden a una larga acumulación organizativa, de alianzas, de difusión y formación de cuadros. Estos frentes de izquierda logran disputar los escenarios democráticos formales en determinadas coyunturas, que podríamos llamar crisis de legitimación del poder burgués. Los partidos de la burguesía, sus aliados conservadores, ligados a los intereses del latifundio, se encuentran deslegitimados, cuestionados e interpelados. Hay crisis de representación; la casta política dominante ya no es creíble. La crisis económica ha calado en la gente, ha afectado a la economía popular; esto puede venir acompañado, además de menguados ingresos, por desocupación, carestía y subida de precios de bienes de consumo alimentario, de vivienda, de salud y educación. Como que nace una esperanza de la gente en el proyecto socialista. Empero, esto no es tan fácil que ocurra. Se requiere también que los partidos que acceden más fácilmente a la convocatoria, como los partidos nacionalistas y populistas, hayan perdido también credibilidad o no se hayan podido conformar, no sean todavía fenómenos sociales y políticos. En estas condiciones, como que se da una valoración  colectiva del proyecto socialista. Los partidos marxistas, el proyecto socialista, involucrados en frentes de izquierda, se habrían vuelto en los principales defensores de la democracia. Estas circunstancias se dan cuando se sale de una larga noche, la de las dictaduras militares o formas totalitarias conservadoras.

A fines del siglo XX y principios del siglo XXI  aparecen gobiernos de izquierda en Sud América, incluyendo el gobierno de izquierda sandinista de Nicaragua, como resultado de votaciones electorales. Estos gobiernos de izquierda, de una u otra manera, de una forma más abierta, clara y declarada o más bien, más mezclada, se identifican como socialistas, como portadores del proyecto del socialismo del siglo XXI, en la mayoría de los casos, o socialismo comunitario, como en el caso de Bolivia. La referencia al discurso marxista reaparece de una manera más matizada o, en su caso, con mayor insistencia o pretensión; sin embargo, estos gobiernos, no se conformaron sobre la base de una convocatoria electoral racionalista, como es el caso de los partidos marxistas de los que hablamos, insertos en frentes de izquierda, apelando a una argumentación lógica. Esta “nueva izquierda” ha despertado el mito, ha logrado convocatorias afectivas, ha renovado imaginarios sociales milenaristas, incluso religiosos, combinándolos, en una composición abigarrada, con un renovado y transformado proyecto socialista. Se trata de una “nueva izquierda” que ha asumido también renovadas formas populistas y nacionalistas. Esta combinación ha resultado en una extensa y aplastante convocatoria electoral.

Disputar la convocatoria de estos nuevos populismos compuestos desde la conformación de frentes de izquierda alternativos, que reproduzcan el estilo racionalista de los partidos marxistas tradicionales o el estilo de un marxismo ajustado, adaptado y adecuado a las organizaciones sindicales, es una tarea desmedida. Intentar repetir e imitar el proyecto del instrumento politico del MAS, desde el ámbito de los trabajadores, es retomar el inacabamiento mismo del proyecto en una escala menor. Decimos esto valorando la idea inicial de instrumento político de las organizaciones sociales, instrumento al servicio de las organizaciones sociales, como parte de la dinámica de los movimientos sociales anti-sistémicos, emergido de las bases, sobre la plataforma de la experiencia asambleísta, colectivamente deliberante y autogestionaria; sin embargo, mostrando, al mismo tiempo, que este proyecto inicial quedó como posibilidad, reducido, en la práctica a la reiteración de las mediaciones y delegaciones representativas, desplazando las relaciones horizontales, sustituyéndolas por relaciones verticales, mandos centralizados, reducidos a un grupo palaciego.

¿El instrumento político de los trabajadores puede cambiar esta orientación? La COB actual tiene por lo menos dos problemas de inicio; no es el poder dual, que fue la COB nacida de la revolución de 1952; por otra parte, la COB no ha sindicalizado a la gran masa del proletariado nómada, que trabaja a destajo, mayoritariamente compuesto por mujeres. La COB se ha reducido a sectores sindicales que podríamos llamar privilegiados, no solamente por gozar de seguro, derechos laborales, sino incluso, en algunos casos, como el de los mineros, con buenos salarios. El sector más combativo no es el proletariado minero sindicalizado, como lo fue en los periodos gloriosos de la COB, sino un sector radicalizado del sindicato de maestros. Sobre estas condiciones y con esta composición de su perfil actual, la COB está obligada a resolver varios problemas ante la tarea de conformar un instrumento político. Primero, para retomar la experiencia política de este bloque organizado de trabajadores, es urgente recuperar su memoria, recuperando el tiempo perdido, mediante un balance histórico crítico de sus trayectorias. Segundo, dar respuesta al tema pendiente: ¿Por qué el proyecto político de transición, bajo hegemonía proletaria, periclita en 1971 con la derrota de la Asamblea Popular? ¿Se requiere algo más que la hegemonía proletaria, como por ejemplo, incorporar la problemática colonial, de la colonialidad, de la dominación simbólica y física sobre los cuerpos, abriéndose a otras luchas contra las estructuras de poder polimorfo? Tercero, asumir otras formas de anti-capitalismo, como el devenido desde la perspectiva indígena y de la defensa de la madre tierra, además de los feminismos radicales de-coloniales, así como el de las subjetividades diversas. Cuarto, sindicalizar al proletariado nómada, organizarlo en la defensa de sus derechos, articulándolos a la luchas políticas emancipatorias y de liberación. Quinto, comprender la experiencia de las movilizaciones sociales anti-sistémicas desatadas, donde la COB no fue de ninguna manera la protagonista. Sexto, replantearse el proyecto politico emancipatorio y liberador del proletariado más allá del socialismo, asumiendo críticamente la experiencia socialista del siglo XX.

El instrumento politico de los trabajadores, una vez resuelto estos problemas pendientes, debe plantearse la construcción de una convocatoria que contenga al país mismo. No parece posible construir esta convocatoria popular a través de las viejas estrategias de hegemonía proletaria. Más parece necesario formar consensos políticos, voluntades colectivas, composiciones alternativas, con los otros sectores populares. Como se puede ver, no se trata, de ninguna manera, de renunciar al instrumento politico, sino, al contrario, de evitar reducirlo a una caricatura, a un mero instrumento electoral, repitiendo a escala la triste historia del MAS. O, en su caso, sin poder superar el límite de las convocatorias reducidas de los partidos obreros. La tarea primordial de un instrumento político de los trabajadores es luchar con las formas actuales del capitalismo, escapando del círculo vicioso de la izquierda, que cree seguir peleando con las formas del capitalismo del periodo de la revolución industrial y las formas imperialistas de la primera mitad del siglo XX. El dominio del capitalismo financiero ha trastrocado la composición orgánica del capital y el propio funcionamiento del sistema capitalista, sus ritmos y sus ciclos. En la época del ciclo largo del capitalismo, bajo hegemonía estadounidense - la misma que ha entrado en declive, en la fase precisamente financiera de todo ciclo largo, en la cual emergen bloques de competencia, buscando convertirse en el nuevo centro hegemónico de un siguiente ciclo largo del capitalismo -, la dinámica de la acumulación ampliada de capital ha reactivado expansiva e intensamente, aplicando nuevas tecnologías de punta, que podríamos considerar devastadora, las formas de la acumulación originaria de capital, por despojamiento y desposesión, extendiendo peligrosamente el modelo extractivista a toda el orbe, sobre todo en los territorios de las periferias, aunque también en los propios territorios de los centros del sistema-mundo capitalista. En este contexto, no se puede sostener que la lucha económica del proletariado es la misma que la de la primera mitad del siglo XX. El proletariado, sobre todo su mayoritaria composición nómada, no puede sostener el desarrollismo y el modernismo como parte de su horizonte “ideológico” socialista. Esto los convertiría en aliados de la burguesía crepuscular del imperio, de la descomunal estructura de poder del sistema-mundo capitalista, que apuesta al extractivismo, para continuar su acumulación ampliada, realizada de manera desbordante y destructiva, comprometiendo la reproducción de la vida en el planeta.

El Consejo de Ayllus y Marcas del Qullasuyu (CONAMAQ), en su último tantachawi, ha decidido también conformar un instrumento político, eta vez de las organizaciones indígenas originarias. Ante la división del Pacto de Unidad, la constatación del curso que ha tomado el gobierno, desplazándose a políticas públicas extractivistas, bajo un discurso desarrollista, que lo llevó a posiciones anti-indígenas, el CONAMAQ considera que es imprescindible formar un instrumento politico de las organizaciones indígenas, que retome la defensa de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, la defensa de los derechos de los seres de la madre tierra, la defensa de la Constitución y la defensa del proceso, proceso que no pertenece al MAS. Retomando además la histórica y fundamental tarea de descolonización, de reconstitución territorial y construcción civilizatoria alternativa, basada en la herencia cultural y cosmovisión de los pueblos indígenas. El proyecto de instrumento politico de las organizaciones sociales vuelve a aparecer en su proyección inicial, en su irradiación descolonizadora, en su alteratividad civilizatoria a la modernidad hegemónica y dominante. Empero, no dejan de reaparecer las analogías con el fracasado proyecto de instrumento político del MAS, convertido en mero instrumento electoral. Mucho más aún, en este caso, no es sostenible proyectarse a una estrategia electoral, como parece darse, en tanto una de las preocupaciones del consejo indígena originario, ante la proximidad de las elecciones de 2014.

El proyecto de instrumento político indígena originario tiene que sortear varios problemas y desafíos. En primer lugar, no puede reducir el proyecto de instrumento político a un proyecto electoral. De principio, esta sería la muerte del proyectado instrumento político descolonizador. En segundo lugar,  no es aconsejable restringir la convocatoria política sólo a los indígenas. Como en el caso del instrumento politico de los trabajadores, las convocatorias restringidas a sus propios ámbitos territoriales y poblacionales limitan la capacidad política, terminan repitiendo la historia de los partidos de clase o partidos indios, que no pudieron salir de sus convocatorias vanguardistas, circunscritas a núcleos conscientes y de convencidos del proyecto en cuestión. En la lucha política la acumulación política cuantitativa y cualitativa es fundamental. No se logra capacidad de transformación sin contar con convocatorias masivas, sin convencer y seducir a la mayoría popular. Por eso, es indispensable construir una convocatoria del instrumento político indígena originario a todo el pueblo. No se trata de una convocatoria populista, al estilo de los partidos populistas, tampoco de formar un frente, al estilo de los partidos marxistas, sino, que partiendo de las tradiciones comunitarias y asambleístas, es menester generar espacios colectivos deliberativos de formación de consensos. El instrumento político indígena originario está más obligado, que otros proyectos de instrumentos políticos, a desplazar las prácticas políticas habituales de la clase política. El instrumento político indígena originario puede convertir la matriz comunitaria en un paradigma politico alterativo a las prácticas políticas institucionales y partidarias, retomando enfoques territoriales, alianzas complementarias, confederaciones guerreras, en las luchas anti-coloniales, anti-capitalistas, alter-modernas, proyectando la alternativa civilizatoria al desarrollo capitalista.

Como se puede ver el panorama politico de la coyuntura es altamente complicado. El llamado “proceso de cambio”, que es el nombre que se emplea para referirnos a temporalidades y espacialidades, a espacio-tiempos entrelazados, que marchan más o menos paralelamente, también cruzándose, entrabándose y afectándose, que pueden ser tomados como acontecimientos de múltiples singularidades en composiciones variadas, se encuentra debatiéndose en el estallido de sus propias contradicciones profundas. En lo que queda del periodo de gestión de gobierno, los dos años hasta el 2015, es un lapso electoral. El gobierno, todos los aparatos de Estado, controlados por el gobierno, el MAS y las organizaciones sociales controladas por el gobierno, se hallan ya en campaña electoral, aunque nunca hayan salido de este tipo de consumación política, sólo que en estos periodos se entregan a esta compulsión con más asiduidad. La apuesta del MAS, como hemos dicho a un principio, es la reelección del presidente. No vamos a repetir los argumentos del análisis de esta estrategia electoral. Frente a esta alternativa, lo que llamamos derecha tradicional, hablamos de los partidos políticos y las expresiones políticas ligadas a las oligarquías regionales, parecen sondear la posibilidad de un bloque conservador, de una alianza que haga frente al MAS. Desde la izquierda al MAS, por así decirlo, se sondean posibilidades de un frente de izquierda, tanto desde la perspectiva de los trabajadores como desde la perspectiva indígena originaria. Por otra parte, el partido que fue aliado del MAS, el MSM, intenta, a su vez, conformar un frente alternativo al oficialismo, a partir de una visión más institucional del proceso.

Estas disposiciones políticas parecen mostrarnos la tendencia a una dispersión de la votación, quizás con cierto grado de concentración en opciones polarizadas, el MAS y el frente único de la derecha, con cierta participación estadística de los frentes o el frente de izquierda, disputando la votación consciente. Este panorama no es nada halagador en lo que respecta a las perspectivas del proceso de cambio. El proceso se habría estancado, habría quedado detenido por el estallido de sus contradicciones, transfiriendo sus problemas cualitativos al espacio artificial de las verificaciones estadísticas electorales. Ante este panorama, teóricamente, parece que la respuesta más plausible es la re-conducción del proceso. Empero, esta reconducción no aparece como viable, dadas las circunstancias, acompañadas por contradicciones agudizadas por el debilitamiento de las mismas organizaciones sociales, sus prácticas clientelares, prebéndales, mediante las que fueron cooptadas sus dirigencias. El intento de una reconducción pasa necesariamente por recuperar la autogestión y la autonomía de las organizaciones sociales. Para que pueda darse esto es menester que las organizaciones sociales puedan asistir a un recambio de las dirigencias, convocar a Congresos, re-articular el bloque popular, formando consensos sociales para tal efecto. La formación de los instrumentos políticos pendientes lleva su tiempo; no es una tarea que se efectúa y realiza de la noche a la mañana. Ante la perentoriedad de lo que queda de la gestión de gobierno y de la fase electoral, los dos años, se requiere de un pacto social para la reconducción del proceso, cumplir con un programa mínimo de pasos de reconducción, consensuado. Un programa que busque reposicionar al bloque popular y recuperar la fuerza inmanente del proceso. Lo que se tenga que hacer para las elecciones del 2014 depende de la reconducción del proceso, además es una decisión que tienen que tomar las organizaciones sociales.
                                                          

                
El espíritu constituyente
En el Capítulo Sexto, Tribunal Constitucional Plurinacional, del título III de la parte correspondiente al Órgano Funcional del Estado, el artículo 196 dice:

I.El Tribunal Constitucional Plurinacional vela por la supremacía de la Constitución, ejerce el control de constitucionalidad, y precautela el respeto y la vigencia de los derechos y las garantías constitucionales.

II. En su función interpretativa, el Tribunal Constitucional Plurinacional aplicará como criterio de interpretación, con preferencia, la voluntad del constituyente, de acuerdo con sus documentos,  actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto.

La voluntad constituyente se refiere a lo que también se nombra como espíritu constituyente. ¿Qué es el espíritu constituyente? Ciertamente se trata de una metáfora cuando se habla del espíritu; la metáfora se remite no sólo a la voluntad, sino al sentido de lo escrito. También se refiere al contenido subjetivo del texto constitucional. Ahora bien, el espíritu no se desajusta, no se desentiende del cuerpo escrito, no entra en contraposición con la escritura. Precisamente es el significado del significante, si recurrimos a Ferdinand de Sausurre. Lo curioso del uso oficial de este artículo es que se pretende remitir el espíritu constituyente al texto constitucional aprobado en Oruro. Se puede decir que el espíritu constituyente de ese texto era precisamente que el conteo de la secuencia permitida por la Constitución comenzaba desde la promulgación de la nueva Constitución. El texto se cambió en el Congreso convertido en constitucional, que revisó el texto aprobado en Oruro; el texto dice:

Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones.

¿Cuál es entonces el espíritu del constituyente? ¿De cuál de los textos? Si volvemos al texto de Oruro, entonces, la consecuencia necesaria es que se debería volver a todo el texto aprobado en la ciudad del Pagador. La consulta al Tribunal Constitucional tendría que ser sobre hacer válida la Constitución aprobada en Oruro e invalidar la Constitución aprobada en el Congreso. Si no se hace esto, entonces hay una comprobada incoherencia y manipulación al sólo quererse remitirse a un artículo de los 411 aprobados y promulgados. Querámoslo o no el texto constitucional aprobado por el 64% del pueblo boliviano es el que contiene el artículo 196 citado. Entonces el sentido buscado debe ser el del escrito de la Constitución promulgada. No hay donde perderse. ¿Este sentido es o no la voluntad del Constituyente? No, pues la Constitución aprobada en Oruro tenía otro contenido. El 30% de la Constitución aprobada en la ciudad del Pagador fue cambiado. Entonces lo que dice este artículo no es lo que expresaba la voluntad del Constituyente. Se cambio por los acuerdos políticos en el Congreso. El sentido dado a este artículo y otros cambiados es otro, distinto al espíritu constituyente. ¿Qué se hace en este caso para interpretar la Constitución promulgada? El parágrafo II  dice que la interpretación debe darse con preferencia, de acuerdo a la voluntad del constituyente, contando entonces con sus documentos,  actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto. Esto se entiende como que el uso de los documentos, las actas y resoluciones no debe desfasarse del tenor literal del texto. ¿De cuál texto? Obviamente del texto promulgado, no del aprobado en Oruro, aunque este texto haya perdido en la parte interpretada el espíritu del constituyente, sustituido por el sentido del acuerdo político, expresado en el artículo 196.

¿Se puede desconocer lo escrito en el texto promulgado? No, sin un referéndum que plantee el retorno a la Constitución aprobada en Oruro. En este caso se volvería a la voluntad del Constituyente expresada en el texto de Oruro. Así tendría que ocurrir con los otros artículos cambiados por el Congreso constitucional. ¿Qué clase de voluntad se encuentra en el artículo 196 de la Constitución promulgada? La voluntad de los congresistas. Al final se transfirió la voluntad de los constituyentes a la voluntad de los congresistas; después, el texto aprobado en el Congreso, fue ratificado por el referéndum constituyente. Este fue el resultado del decurso de la construcción dramática del pacto social, querámoslo o no.

Desde todo punto de vista no es aconsejable ni comprensible lo que hacen los voceros del gobierno y de la mayoría de Asamblea Legislativa, embrollar la interpretación de la Constitución promulgada. Es meterse en una encrucijada al desconocer el texto promulgado. Por este camino, ponen en peligro la misma Constitución. Esto lo hacen con fines electorales. No les importó interpretar a su manera, sin respetar el espíritu constituyente, cuando aprobaron y promulgaron leyes que resultaron inconstitucionales. Como dijimos en otro artículo[2], llama la atención que al oficialismo le importe el debate constitucional y haga alusión al espíritu constituyente en el tema de la reelección, cuando esto no aconteció para nada cuando se trataron las leyes que deberían ser fundacionales.

Si a un constituyente de mayoría le preguntaran ¿con qué Constitución se queda, con la aprobada en Oruro por la Asamblea Constituyente o con la aprobada en La Paz por el Congreso Constitucional? Con seguridad respondería con la aprobada en Oruro por la Asamblea Constituyente. ¿Quiénes descartaron el espíritu constituyente? Los del Congreso Constitucional. Esta fue la estrategia del gobierno. Nunca se preguntó a los constituyentes qué es lo que se debería hacer antes del referéndum constituyente. Con una falta total de consideración a la Asamblea Constituyente, al poder constituyente, el poder constituido, el ejecutivo y el Congreso, decidieron revisar la Constitución aprobada por los constituyentes y efectuar los cambios que les parecieron convenientes, en el marco de acuerdos políticos. Ahora, estos mismos que decidieron descartar el espíritu constituyente piden volver a esta voluntad para interpretar el artículo 196 de la Constitución promulgada. ¿Quién entiende este comportamiento?

El argumento de interpretar desde el espíritu constituyente no está bien fundamentado, tampoco es  honesto. No miden las consecuencias, sobre todo la de poner en peligro la validez de la misma Constitución promulgada. Tampoco les interesó el espíritu constituyente a la hora de elaborar, aprobar y promulgar leyes, que resultaron inconstitucionales. Sólo les interesa la reelección. El peso de la decisión política gravita en este tema. Esta inclinación devela su compulsión electoral; se encuentran muy lejos de una preocupación por las transformaciones estructurales e institucionales, muy lejos de la interpretación integral de la Constitución y de su aplicación. No se dan cuenta que no está en cuestión la posibilidad de reelección del presidente; lo que se discute es el modo como se habilite la misma; forzando una interpretación estrambótica o acatando la Constitución. Esta conducta no parece ser un apoyo efectivo al presidente para su reelección, sino todo lo contrario. Lo empujan a una situación inconstitucional, des-cualificando su postulación, debilitándola desde la circunstancia de des-legitimación. La excesiva muestra de llunkirio termina mermando la fuerza de una reelección. ¿Por qué inclinarse hacer las cosas torcidas? ¿No es mucho mejor que el pueblo termine decidiendo en un referéndum la reforma parcial a la Constitución? ¿No es acaso este comportamiento que espera el pueblo de un presidente que responde a la Constitución, sobre todo al sistema de gobierno constitucional que es el de la democracia participativa? ¿Por qué generar conflictos desgastantes?

Este problema no es generado por la reelección del presidente, sino por la reelección del vicepresidente. El Congreso del MAS sólo eligió a Evo Morales Ayma como candidato a la presidencia; la candidatura a la vicepresidencia estaba pendiente. La astucia de la mayoría de la Asamblea Legislativa es mandar una consulta al Tribunal constitucional donde se incluye al vicepresidente. Con esto zanjan el tema del vicepresidente saltando el Congreso del MAS.

No sabíamos cómo iba a responder el Tribunal Constitucional. Su dilema era grave; o resuelve confesar la subordinación al ejecutivo y validar un proyecto de ley interpretativo estrambótico e inconstitucional, o resuelve interpretar la Constitución como corresponde, asumiendo las condicionantes establecidas en la Constitución promulgada. Aunque el Tribunal Constitucional nos tiene ya acostumbrados a resoluciones ambiguas, ésta resolución pendiente no parecía fácil de zafarse. Está en juego la existencia misma del Tribunal Constitucional, de una manera o de otra. Si resolvía lo primero, habrá evidenciado su condición inconstitucional al subordinarse al capricho del ejecutivo; si resolvía lo segundo, es probable que el ejecutivo decida liquidarlo o, en todo caso, arrinconarlo, poniéndolo como en suspenso. Ahora sabemos cómo ha resuelto, ha optado por lo primero, por la subordinación, la sumisión, la dependencia indisimulada al ejecutivo. Ha optado por la inconstitucionalidad.

El senador por Cochabamba Adolfo Mendoza saca una tesis insólita semántica, dice que si bien la letra del artículo 196 establece que los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones; el espíritu de este escrito quiere decir que los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución no serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de función. Es decir, todo lo contrario[3]. En otras palabras el senador sugiere que el espíritu del cuerpo escrito es precisamente lo contrario de lo expresado. A esto se reduce el espíritu del constituyente. Este malabarismo y prestidigitación es digna de un mago; no importa lo que está escrito, lo que importa es la interpretación de acuerdo al espíritu del constituyente, aunque se diga que tiene que estar de acuerdo al tenor literal del texto.

Ahora bien, este malabarismo semántico es síntoma de algo, es síntoma de la forma cómo se ejerce mayoría en el Congreso, en las políticas públicas, en la práctica política oficialista. Se cree que la mayoría absoluta otorga impunidad, otorga potestad como para cambiar las reglas lógicas y lingüísticas, que se puede acudir al espíritu constituyente cuando conviene y cuando no conviene no, que se puede hacer de todo pues el poder produce verdades. Se puede volver al texto constitucional aprobado en Oruro en un artículo sobre la reelección y no en los otros artículos de la Constitución. En otras palabras, se puede hacer lo que se quiere, de acuerdo al interés político del momento. Esta forma de hacer política es decadente; expresa la degradación de una práctica de gobierno, de la práctica política oficial, que desprecia además el sentido común de la gente, no sólo desprecia a la opinión pública. Se puede demostrar lo contrario de lo que está escrito en la Constitución promulgada. Estas demostraciones espantosas tienen que ser escuchadas por el público, con la pretensión, además de que sean aceptadas. Lo que llama la atención de todo esto, no es sólo que se efectúe este malabarismo semántico, sino que después de decirlo se sientan satisfechos, como después de haber cumplido una labor. ¿Qué clase de labor es esta? El objetivo principal es conservar el poder; en esto no hay sorpresa, lo hacen todos los gobiernos, de derecha o de izquierda. Lo que sorprende es que se busque conservar el poder, cosa que es comprensible, con los argumentos más insólitos, cosa que ya no es del todo comprensible. Hay un exceso de actuación ante el jefe, una búsqueda estridente de llamar su atención, de decirle yo estoy contigo en todo, en tus aciertos y en tus errores, que para mí no son errores, sino una muestra de tu grandeza. Puedo hacer lo que sea por ti, adulterar una interpretación, manipular el significado de lo escrito, de tal manera que diga lo contrario. Este llunkirio que de por sí es desagradable e indigno, es la muestra patética de que se ha perdido todo principio de realidad, toda coherencia discursiva; se ha caído ya no en la retórica política sino en una adulación sin límites y en una desbordante manipulación sin ningún decoro. No es necesario caer en esta degradación para lograr la reelección del presidente.

¿Cuál es el interés de los llunk’u que medran a la sombra del caudillo? Mantener la proyección de su sombra que los cubre. Se constata el interés de la clase política oficial de mantenerse, de conservarse en sus puestos, de seguir ejerciendo en los espacios de dominio ganados. Poco importa lo que pase con el proceso de cambio mismo; se soslayan sus contradicciones y se opta por la propaganda, de la que parecen convencidos. Se puede llegar a comprender que este “pragmatismo” de sentido común, este realismo político, que cada vez más se parece al oportunismo, haya reducido el proceso de cambio a la mera conservación del poder y la eterna campaña electoral. Lo que no se comprende es que no avizoren, estos voceros oficiales, que lo que hacen al final vulnera y debilita su objetivo, conservación del poder. Esta práctica no sólo que no es legal, no es constitucional, sino que deslegitima, resta credibilidad, descalifica la misma función de gobierno y el ejercicio de la mayoría del Congreso. Este exceso está demás para cumplir con el objetivo, conservación del poder, concretamente lograr la reelección.

Dejemos estos contrasentidos ahí, en su propia desesperación. Volvamos a la reflexión sobre el espíritu constituyente, que es lo que ciertamente se debe rescatar en la interpretación y aplicación de la Constitución.


Interpretación desde el espíritu constituyente                            

Para Henri Bergson el espíritu tiene que ver con la duración y la memoria, con la cualidad y la subjetividad; en términos más amplios con la intuición, que para Bergson es el método de precisión de la metafísica. En el caso que nos toca, el espíritu constituyente, el espíritu se acerca a la voluntad; lo que quiso decir el constituyente, el sentido que quiso darle al texto constitucional. Este espíritu se encuentra expresado en el prólogo, en los 11 primeros artículos, en la estructura integral de la Constitución. En el preámbulo se escribe:

Dejamos en el pasado el Estado colonial, republicano y neoliberal. Asumimos el reto histórico de construir colectivamente el Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, que integra y articula los propósitos de avanzar hacia una Bolivia democrática, productiva, portadora e inspiradora de la paz, comprometida con el desarrollo integral y con la libre determinación de los pueblos.

Los dos primeros artículos de la Constitución son fundacionales:

Artículo 1°.- Bolivia se constituye en un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías. Bolivia se funda en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico, dentro del proceso integrador del país.

Artículo 2°.- Dada la existencia precolonial de las naciones y pueblos indígena originario campesinos y su dominio ancestral sobre sus territorios, se garantiza su libre determinación en el marco de la unidad del Estado, que consiste en su derecho a la autonomía, al autogobierno, a su cultura, al reconocimiento de sus instituciones y a la consolidación de sus entidades territoriales, conforme a esta Constitución y la ley.

El espíritu constituyente se encuentra en la constitucionalización de los derechos fundamentales y los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, además de contener implícitamente, en el postulado del vivir bien, los derechos de los seres de la madre tierra. El espíritu constituyente responde a cuatro modelos fundacionales; el modelo político de Estado plurinacional comunitario y autonómico; el modelo territorial que se configura en el pluralismo autonómico, teniendo como su característica fundamental las autonomías indígenas; el modelo económico, que se abre al horizonte de la economía social y comunitaria, comprendiendo las condicionantes ecológicas, prohibiendo la exportación de materias primas, definiendo a los recursos naturales como no mercantilizables, destinados al vivir bien; el macro modelo civilizatorio del vivir bien, que articula los modelos anteriores y se definió, en la Conferencia de los Pueblos contra el Cambio Climático de Tiquipaya-Cochabamba, como modelo alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo. El espíritu constituyente se encuentra en el entramado de competencias autonómicas, exclusivas, privativas, concurrentes y compartidas. El espíritu constituyente es la perspectiva pluralista, donde se encuentra el pluralismo jurídico, que comprende tres jurisdicciones, la ordinaria, la indígena originaria campesina y la agroambiental. El espíritu constituyente se expresa en la definición del sistema de gobierno como de la democracia participativa, el ejercicio plural de la democracia, directa, representativa y comunitaria; así mismo y como consecuencia en la participación y control social; en la construcción colectiva de la ley, de la decisión política de la gestión pública. El espíritu constituyente se encuentra en la exigencia de la equidad de género y la alternancia. También podemos decir que el espíritu constituyente se encuentra en la transversal de interculturalidad.

Como se puede ver, este es el espíritu constituyente explicitado en el texto constitucional, este es el espíritu constituyente que ignoran el gobierno, la Asamblea Legislativa, los voceros oficialistas y el Tribunal Constitucional. Sólo se refieren al espíritu constituyente cuando quieren imponer una forma de reelección que no se encuentra en la Constitución promulgada. Hay una forma de reelección posible, incluso si se busca realizarla por tercera vez. Pero esto es lo que no se quiere. ¿Qué clase de espíritu es este? Obviamente no es el espíritu constituyente convocado; se trata del espíritu de resentimiento de la “consciencia desdichada”[4]. Los voceros oficiales sustituyen el espíritu constituyente por el espíritu de resentimiento de la “consciencia desdichada”. El malabarismo semántico e interpretativo de los voceros deriva en esta suplantación “espiritual”. Nada más canallesco para exorcizar el espíritu constituyente.

Retomando nuevamente el tema sugerente del espíritu constituyente, que el acontecimiento subjetivo del acontecimiento político que es la Constitución; el espíritu constituyente es la constitución de la duración, de la memoria, de la cualidad histórica de la percepción política de las multitudes, del proletariado nómada, de las naciones y pueblos indígenas originarios, del pueblo boliviano. Se da como un plegamiento subjetivo e imaginario; pliegue, despliegue y repliegue de la constitución subjetiva descolonizada, emancipada y liberada.  Es este espíritu el que tiene que animar a la interpretación de la Constitución, en la aplicación  de la Constitución, que transmite el mandato de la abolición  del Estado-nación y la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Esto es precisamente lo que no hace el gobierno, la Asamblea Legislativa, los órganos del Estado; han optado por restaurar, consolidar y defender el Estado-nación, dispositivo colonial del sistema-mundo capitalista y del orden mundial de la dominación imperial. ¿Con qué moral pueden hablarnos del espíritu constituyente?   


Exorcismo político
Se dice del exorcismo que es una práctica religiosa o mágica, como un ritual, para expulsar al espíritu maligno que posee el cuerpo de la persona afectada. Usamos esta metáfora para aludir la práctica de los políticos oficialistas de exorcizar el espíritu constituyente del cuerpo inscrito de la Constitución, así como de los cuerpos de las multitudes y de los movimientos sociales, que forman parte integral e inmanente del poder constituyente. Lo primero que hace el oficialismo, una vez aprobada la Constitución en Oruro por la Asamblea Constituyente, es hacer revisar el texto constitucional aprobado por el Congreso, convertido en constitucional. El poder constituido suplantaba las funciones y atribuciones del poder constituyente. Los voceros del oficialismo no dijeron nada, más bien aplaudieron. Incluso el vicepresidente en un discurso declaro que se mantuvo el núcleo de la Constitución, reconociendo las revisiones. El gobierno y la Asamblea Legislativa iniciaron la elaboración de leyes sin atender a los condicionamientos de la Constitución, que establece, de manera clara, la construcción colectiva de la ley. Tampoco tomaron en cuenta la interpretación integral de la Constitución, el espíritu constituyente, menos los mandatos transformadores exigidos en la transición. Todas las leyes promulgadas por el presidente son inconstitucionales; en vez de ser fundacionales restauraron el Estado-nación; no fueron la base jurídico-política de la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Los voceros oficialistas no dijeron nada, tampoco convocaron al espíritu constituyente. En el conflicto del TIPNIS desconocieron flagrantemente la Constitución, los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, la consulta con consentimiento, previa, libre, e informada. Los siguen haciendo con las leyes que siguieron, al desconocer los acuerdos con el Pacto de Unidad, que elaboró el Anteproyecto de Ley de la Madre Tierra, logrando consensuar un proyecto de ley instrumental, que contenía el espíritu del anteproyecto. En vez de aprobar la ley consensuada y puesta en agenda en la Asamblea Legislativa, el gobierno y la Asamblea Legislativa prefirieron destrozar esta ley de la madre tierra y elaborar un bricolaje de ley, donde introducen como marco el desarrollo integral, subordinando a la madre tierra al desarrollo. Después elaboran un proyecto de Ley Marco de Consulta que tiene las caracterizas evidentes de una ley colonial que reitera el etnocidio.  Ante estos hechos que desconocen abiertamente el espíritu constituyente el gobierno, la mayoría de la asamblea, los voceros oficialistas, no dijeron nada. Ahora, cuando se requiere ir a la reelección del presidente, ante las condicionantes y limites que establece la Constitución, desesperados proponen una interpretación estrambótica de los artículos relativos a la reelección, a las disposiciones transitorias y a la interpretación del Tribunal Constitucional. Su principal argumento es volver al espíritu constituyente; llama la atención que recién recurra a esta convocatoria en un tema menor, en comparación con los temas estratégicos que contemplan las leyes que deberían ser fundacionales.  También llama la atención que se lo haga de una manera que mas bien se parece al exorcismo del espíritu constituyente,  siguiendo su costumbre vulneradora de la Constitución. Vamos a detenernos nuevamente a analizar estos síntomas de una práctica política que combina demagogia y violencia estatal, simbólica y física, violando sistemáticamente la Constitución y desconociendo el espíritu constituyente, el sentido transformador y descolonizador del texto. 

El artículo 196 de la Constitución, correspondiente al capítulo sexto, Tribunal Constitucional Plurinacional, relativo al título III,  Órgano judicial y Tribunal Constitucional, dice:


En su función interpretativa, el Tribunal Constitucional Plurinacional aplicará como criterio de interpretación, con preferencia, la voluntad del constituyente, de acuerdo con sus documentos, actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto.

Éste es el artículo que usan los voceros oficiales para pretender demostrar que el artículo 411, correspondiente a la quinta parte de la Constitución, Jerarquía normativa y reforma de la Constitución, relativa a Disposiciones transitoria, en el parágrafo II, donde el tenor literal es:

 Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones.

Quiere decir, de acuerdo a la “voluntad del constituyente”, de acuerdo con sus documentos, actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto lo contrario, es decir, que:

Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución NO serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones.

El tenor literal del texto no contiene esa negación; ¿de dónde sale esta? La frase es afirmativa, no negativa. Los documentos, actas y resoluciones, tienen que estar de acuerdo al tenor literal del texto. El espíritu constituyente no puede desfasarse del cuerpo de la inscripción inscrita. Si ocurriera esto muere la vida del sentido de la inscripción. Ya no hay posibilidad de interpretación de ninguna clase ente la muerte. Ante el cadáver del texto literal los voceros oficiales quieren convocar el espíritu constituyente, que ya se ha alejado del cuerpo que lo cobijaba. Lo único que acompaña ante el cuerpo inerme de lo escrito, aprobado por el pueblo boliviano y promulgado, es la pronunciación insólita de un discurso que le dice al cadáver tu espíritu constituyente decía NO en Oruro, aunque tu texto inscrito dice SI. Despierta Lázaro con el espíritu constituyente, vuelve a la vida. 

Por cierto, esta es una “interpretación” forzada, que adultera el tenor literal del texto. Como dijimos, cuando se separa sentido de significante, espíritu de inscripción, significación de escritura, muere la posibilidad de interpretación. Lo que hay es  una turbia y manipulada “interpretación” de un texto muerto, que es en lo que queda el parágrafo del artículo sobre disposiciones transitorias, debido al uso perverso que hacen de éste los voceros oficiales, que más se parecen a unos prestidigitadores.

Como escribimos en un texto anterior, es el gobierno popular y el Congreso constitucional los que extirparon el espíritu constituyente en un 30% de lo aprobado en la Constitución de Oruro, suplantando el espíritu constituyente por el espíritu  de los congresistas, que básicamente era un acuerdo político. Lo grave de lo que hicieron, fuera de violar las competencias del poder constituyente por un poder constituido, es introducir los términos de nación boliviana, república, haber sacado la posibilidad de la reforma agraria, incorporando en lo cambiado un sentido conservador. Frente a este hecho consumado, los voceros defensores del “espíritu constituyente” no dicen nada; callan y callaron. Ahora lanzan sus gritos al cielo y se desgarran escandalosamente las vestiduras cuando se tiene que discutir la forma de viabilizar la reelección. Esta conducta perturbada asombra por sus pretensiones y sus poses. Pretende que el sentido de lo escrito es todo lo contrario del tenor literal, hace gala de fidelidad al jefe y convoca ritualmente al espíritu constituyente, cuando ellos fueron los que lo exorcizaron, no sólo con la modificación congresal, sino en la violación sistemática de la Constitución a lo largo de lo que viene de la segunda gestión de gobierno, promulgando leyes inconstitucionales, restaurando el Estado-nación, dispositivo colonial del orden mundial del sistema capitalista. Esta falaz y estridente pose cae por su propio peso.

Si se quiere volver al texto constitucional en Oruro, cosa que los constituyentes de mayoría estaríamos de acuerdo, entonces hagamos una reforma total de la Constitución promulgada; esto equivale a convocar a la Asamblea Constituyente, lo que implica también llevar la Constitución de Oruro a un referéndum constitucional. Sin embargo, esto no lo van a hacer; no están interesados en ninguna consecuencia. Sólo emiten demagogia en relación a un artículo de la Constitución, artículo que no es de lo más importante del texto y de la estructura constitucional. Con esta actitud de llunkirio extremo colocan al presidente en una situación no sólo incomoda sino peligrosa. Quieren llevarlo a la reelección en contra de las disposiciones normativas de la Constitución, cuando se puede ir a la reelección respetando estas disposiciones, convirtiendo una reforma parcial a la constitución y el referéndum consecuente en parte de una buena campaña electoral. Estas improvisaciones torcidas, malabaristas, lo único que hacen es deslegitimar la reelección del presidente. El llunkirio ha llevado al proceso de cambio al abismo y al presidente al peligro de su deslegitimación. A los llunk’u no les interesa meditar sobre estos temas, sobre estas consecuencias políticas; lo que les interesa es mantenerse en los espacios privilegiados donde se encuentran, usufructuando del poder.

Ahora bien, la pregunta es: ¿Por qué se hace todo este teatro? ¿Cuál es la estrategia, la táctica, el objetivo, o lo que se llame? ¿Se quiere más elecciones consecutivas, hasta el 2025? ¿Si fuese este el caso, por qué no se presenta una reforma parcial de la Constitución en este sentido? ¿Por qué se ocultan las cosas, para volver más tarde, en las subsiguientes elecciones a volver a repetir los escándalos? ¿Por qué esta falta de honestidad y transparencia? Al parecer los llunk’u creen en la astucia, prefieren la manipulación y el engaño como medio de táctica de sorpresa. Por medio de estos procedimientos han convertido al ejercicio de gobierno, al ejercicio legislativo, al ejercicio del poder, en un laberinto sin salida.

¿Cómo explicar este desatino inescrupuloso, que lo único que hace es embrollar las cosas y complicar la situación?  ¿Hay como una costumbre de hacer esto, de aprovecharse de las circunstancias, las mínimas ventajas comparativas, las confusiones revueltas a propósito? Esta opción aparentemente astuta, que no es otra cosa que una maña tramposa, se da cuando no hay una estrategia política, no se tiene un proyecto político, pues se ha renunciado a éste, que es la Constitución. Cuando no se tiene un programa político, como lo entiende el marxismo, entonces se recurre a estas ambivalencias, a estos juegos puntuales que pretenden astucia. La apuesta es por el sensacionalismo, la bulla, la escenificación, la propaganda, la publicidad y la permanente campaña electoral. Con estas prácticas el ejercicio de la política ha perdido perspectiva; se trata de agotar en el momento el alcance de las acciones. ¿Qué se construye con estas constantes improvisaciones? El panorama de la incertidumbre; es como un juego al azar, con la diferencia de que no es la teoría de los grandes números la que termina encontrando regularidades en la misma secuencia de irregularidades, sino son las estructuras de poder local, regional y mundial, las que condicionan la marcha de los hechos, empujándolos a los objetivos históricos de estas estructuras, la acumulación ampliada de capital, el despojamiento y desposesión de los recursos naturales, la colonización interna de territorios y cuerpos, modulando y construyendo subjetividades afines a la reproducción del capital y del poder. Por eso, al orden mundial no le preocupa las fintas anti-imperialistas, mientras no sean otra cosa que puestas en escena, tampoco le preocupan las improvisaciones de los gobiernos, sabe que todo vuelve a su curso por el peso específico y el campo gravitatorio de las estructuras de dominación enclavadas en el orbe.

El indicador que se obtiene de una discusión tan estridente como la de la reelección, a la que le prestan tantas atenciones tanto oficialistas como opositoras, así como los medios de comunicación, es que lo que ocurre indica la pobreza política de oficialistas y de oposición, así como la profunda debilidad informativa y comunicativa de los medios. Como dijimos en otro artículo[5], el problema no es la reelección sino la crisis profunda del proceso de cambio, el desajuste entre la práctica gubernamental y la Constitución. El tema de la reelección se puede resolver constitucionalmente; lo que tiene que resolverse políticamente es la crisis del proceso; esto no ocurre sin la participación de los movimientos sociales anti-sistémicos. Una discusión sobre la reelección no se aclara si no se la visualiza desde un contexto mayor, el de la crisis del proceso. Quedarse a discutir lo que permite o no la Constitución es inútil; es un debate de abogados. Lo que importa y es imprescindible es avizorar una salida a la crisis del proceso, que no se resuelven con reelección o con otra salida electoral, sino con el cumplimiento de las transformaciones estructurales e institucionales que exige la Constitución.

                 

                          



  



[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Horizontes de la descolonización. Horizontes Nómadas. La Paz.
[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Reelección del presidente: ¿Discusión leguleya o constitucional? Bolpress 2013; La Paz.
[3] Esta “tesis” la sacó a relucir dicho senador en un debate en la Red A, en el programa del comunicador Jhonn Arandia. El programa fue televisado la noche de 27 de febrero de 2013; La Paz.
[4] Ver de Raúl Prada Alcoreza Consciencia desdichada y dialéctica colonial; Bolpress 2013; La Paz.
[5] Ver de Raúl Prada Alcoreza Reelección del presidente: ¿Discusión leguleya o constitucional? Bolpress 2013; La Paz.