Sobre el concepto de revolución
Raúl Prada Alcoreza
Según Alain Badiou, discípulo de Althusser y militante maoísta, la revolución es un paradigma que corresponde primordialmente al siglo XX, como uso teórico, como referencia, como utopía y también como modelo, aunque se desatan históricamente las revoluciones o las formas de revolución desde el siglo XVIII. Este acontecimiento es particularmente importante en el caso de la revolución francesa de 1789, que se va a convertir en el modelo de revolución, incluso usado para hablar de esa forma por el propio Marx. Aunque la idea de revolución se transforma ya con la insurgencia de la Comuna de París. Se trata de la revolución social, de acuerdo a las interpretaciones de los investigadores políticos como Hannah Arendt y Antonio Negri, no así de una revolución política, que es el caso de la guerra anticolonial norteamericana, de acuerdo a los investigadores. Badiou dice que durante el siglo XX se usaron modelos y programas ultimatistas y finalistas; se nota claramente este uso en los bolcheviques, aunque también en este caso debemos referirnos a una nueva transformación del concepto o de la noción de revolución. Se pensaron nuevas tesis para oriente, para el caso de los eslabones débiles en la cadena de dominación capitalista, en la fase imperialista; esto significaba pensar la revolución en países de aplastante mayoría campesina, aunque con presencia de un proletariado nucleado en las ciudades industrializadas, donde se implantaron empresas industriales con inversión de capitales europeos. De esta forma la revolución ya no es pensada para los países altamente industrializados, de avanzado desarrollo capitalista, con una fuerte clase obrera organizada, sino para países donde el proletariado se obligaba a pensar la combinación de tareas. De esta manera la idea de revolución permanente, que ya aparece en Marx, sobre todo cuando estudia los acontecimientos nacionales y las revoluciones en Europa efectuadas durante la mitad del siglo XIX en adelante, adquiere nuevas connotaciones en países a los que se caracteriza de desarrollo desigual y combinado. Lenin habla de una revolución ininterrumpida y Mao va definir el proceso como guerra prolongada. Como se puede ver, incluso durante el siglo XX, cuando más se utiliza el concepto de revolución, en los discursos de la izquierda radical y en la ideología de convocatoria a la lucha de clases, la idea de revolución se transforma. El problema aparece cuando las revoluciones obreras son derrotadas en la Europa central y se detiene la construcción del socialismo en un solo país, aunque sea el más grande y extenso geográficamente. Antonio Gramsci va a proponer un desplazamiento de la noción cuando plantea que no se trata de resolver el problema del poder por un acto insurreccional, pues no se soluciona el tema con la toma de los palacios, sino que la lucha continua en los lugares donde se consolidó, afincó, la sociedad burguesa, como si estableciera un conjunto subterráneo y semi-subterráneo de trincheras. Desde esta perspectiva propone una lucha larga contra-hegemonía y define al partido de una manera distinta a la de Lenin. Podríamos decir que el concepto de revolución encuentra sus límites en una comprensión de la lucha por la hegemonía proletaria en un mundo capitalista. Resulta aleccionador referirse a experiencias intensas como la revolución mexicana, una revolución campesina, que atraviesa el territorio mexicano y perdura varias décadas, desde 1910 hasta incluso incorporando la década de los cuarenta. ¿Cómo pensar la revolución en estos casos, que más se acercan a la figura de una guerra prolongada, que empero tienen otras características? Yendo para atrás, a los fines del siglo XVIII, la guerra de los esclavos africanos en la Isla La Española, en la parte que se conoce como Haití, cuando una insurrección de esclavos vence al ejército francés y los expulsa de la isla. ¿Esta guerra profundamente colonial es una revolución? En todo caso habría que pensar la revolución de una manera más compleja, incluyendo la reversión de la violencia colonial. Si incluso vamos un poco más atrás y miramos los levantamientos indígenas del siglo XVIII en la región andina, ¿esta guerra colonial, que plantea la reconstitución del Tawantinsuyu, es una revolución? Ahora se usa el término aymara de Pachacuti para referirse a estos ciclos de trastrocamiento profundo civilizatorio. Recorriendo la historia, situándonos en la revolución nacional de 1952 en Bolivia, que parece aproximarse, como experiencia política y social, a la figura clásica de revolución, ¿este acontecimiento corresponde del todo a este paradigma o mas bien plantea fenómenos políticos que sólo pueden entender analizando la complejidad de procesos inherentes a la transición, procesos contradictorios que enfrentan al proyecto proletario y a proyecto nacionalista en los términos del poder dual? Volviendo a nuestra contemporaneidad, el siglo XXI plantea otros problemas; enfrentamos fenómenos mas bien diferidos, resistencias múltiples de sujetos plurales, de movimientos sociales diferenciales. Estos fenómenos sociales, políticos y culturales, que convocan a identidades colectivas, ya se los ve aparecer a fines del siglo XX. Es caso del levantamiento zapatista es paradigmático, se hace una guerrilla no para tomar el poder sino para obligar al Estado mexicano a conversar. Se combina la guerrilla con la lucha política e ideológica, interpelando desde las instituciones indígenas al Estado. Lo que ocurre en México se va a desarrollar en una escala mucho mayor en Bolivia durante las movilizaciones sociales e indígenas de comienzos del siglo XXI (2000-2005), incluso se va a expulsar al gobierno neoliberal más característico del periodo, abriendo el curso de la historia a un proceso constituyente y al primer gobierno indígena-popular. Considerando este mapa conceptual de la idea de revolución, de sus transformaciones, sus límites y los usos de nuevas representaciones, vemos que hay una polisemia de significados que muestran mas bien la riqueza de las luchas sociales anticapitalistas, antiimperialistas y anticoloniales.
Quedarse con un esquema pobre y reducido de revolución, casi siempre circunscrito a la toma del palacio, es tirar por la borda la comprensión de la compleja realidad, sustituyéndola por un estereotipo para congoja de monjes-militantes, que convirtieron a la revolución en una nueva religión, reproduciendo los arquetipos coloniales del cristianismo. Lastimosamente la izquierda tradicional latinoamericano ha preferido recurrir a la reiteración de discursos y a la desmesura ideológica, en vez de optar por la apertura a la complejidad y el análisis específico de la realidad concreta, arrastrando al movimiento obrero al fracaso. Sin embargo, el marxismo teórico ha ido avanzando y aportando en el análisis histórico, social, político y cultural. De aquí vienen los nuevos planteamientos sobre las nuevas formas de las luchas sociales anticapitalistas. Estos aportes son instrumentos de lucha y conceptos dinámicos que hacen inteligible las experiencias de los movimientos sociales, de las formas de la lucha de clase y de la guerra anticolonial. Escapan de los términos consoladores para consumo de egos insufribles.
No sé de donde se sacan eso de que las dictaduras militares se las consideraba procesos. Decir eso no es nada serio. A las dictaduras militares latinoamericanas se las clasificó de dos maneras, una como bonapartistas, cuando se daban regímenes populistas que intentaban suspenderse sobre la lucha de clases e impulsar proyectos nacionalistas; otra como gobiernos títeres al servicio del imperialismo norteamericano en el contexto de la guerra fría. Algunas apreciaciones flojas hablaron rápidamente de fascismo latinoamericano, transfiriendo de una manera des-contextuada los fenómenos políticos totalitarios de Europa. Pero, hablar de procesos, para referirse a las dictaduras militares, eso no aconteció, por lo menos en la academia, en la teoría en las investigaciones.
Se usó desde un principio el término de proceso de cambio para referirse a las consecuencias de las movilizaciones sociales del 2000-2005, sobre todo para referirse a las tareas que tenía que cumplir el gobernó de Evo Morales Ayma, se incluyó en la composición de este proceso al proceso constituyente y al proceso de nacionalización. Sin embargo, los discursos que se refieren al periodo en cuestión también hablan de revolución cultural y de revolución democrática, combinando términos e ideas que corresponden a distintos enfoques. En todo caso, el proceso es una temporalidad; en un mundo histórico, como el que vivimos, las cosas pasan en el tiempo, se dan como proceso. No es insensato entonces hablar de proceso, tampoco de poner en cuestión el uso del concepto proceso. De lo que se trata es de comprender las contradicciones del proceso y de la coyuntura y empujarlo a su profundización, a su transformación, que puede seguirse llamando revolucionaria, si se quiere, pero suponiendo toda la polisemia de significados y experiencias que comprende.
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