El Estado en su laberinto
Raúl Prada Alcoreza
En un libro titulado Marx dentro de sus límites, Louis Althusser hace el balance de la crisis del marxismo. Este libro corresponde a 1978, cuando se dice que estalla esta crisis después de una larga acumulación de contradicciones, tensiones, tendencias e interpretaciones, sobre todo después de ventilarse abiertamente los problemas de la construcción del socialismo real, pero también de la fecha interpeladora por excelencia, que es 1968, cuando los estudiantes toman las universidades y los obreros toman las calles, cuestionando tanto a sus gobiernos, a las instituciones universitarias, al régimen salarial, que es un régimen de explotación, al capitalismo así como al socialismo real, buscando otros caminos y oros horizontes de la rebelión. Podríamos considerar a estos escritos que inauguran otra etapa de Althusser, marcada no solamente por la tragedia personal, sino por los alcances de los cuestionamientos que toca. Después de haber abierto un debate con su interpretación de la obra de Marx en Para leer el capital y en la Revolución teórica de Marx (1965-1967), y un conjunto de escritos polémicos de la época, en las que sobresale Ideología y aparatos ideológicos del Estado (1970), escritos que dejan huella por la audacia y la lucidez de tocar con el dedo en la llaga, abre un nuevo escenario reflexivo con El porvenir está por venir (1992), libro publicado póstumamente, una autobiografía crítica, angustiante, empero también de asombrosa claridad y sinceridad. Considerando este recorrido, con sus propios desplazamientos y rupturas, ya desde 1977-1978 Althusser trabaja sus propios distanciamientos con el partido Comunista Francés y las interpretaciones marxistas de su tiempo. Marx dentro de sus límites retoma la discusión sobre Ideología y sobre el Estado, cuestionando las concepciones del propio Marx y del marxismo, colocándose en los límites mismos de esta teoría o de este campo teórico, que incluso podemos considerarlo como una episteme. Desde el comienzo comienza la polémica, desde ¡Finalmente la crisis del marxismo ha estallado!, donde se define al marxismo de la siguiente manera:
Por marxismo entendemos, en el sentido más amplio, no sólo la teoría marxista, sino también las organizaciones y las prácticas que se inspiran en la teoría marxista, que han conducido tras una larga y dramática historia a las revoluciones rusa y china, etc., para desembocar no sólo en la escisión del movimiento obrero mundial tras la unión sagrada de los partidos socialdemócratas y la Revolución de Octubre, sino también, tras la disolución de la Tercera Internacional, en una escisión en el movimiento comunista internacional mismo, escisión abierta entre la URSS Y China, escisión larvada entre los partidos llamados “eurocomunistas” y el PCUS[1].
Después de esta historia dramática y sobre todo después de conocerse, por las develaciones del XX Congreso del PCUS, las atrocidades cometidas por el régimen de Stalin y los grotescos procesos de depuración de 1927-1938, además de la calamitosa experiencia de las democracias populares (1949-1952), constatando que, a pesar de todo esto, termina sobreviviendo todo un sistema teórico y práctico a pesar de las revelaciones[2]. Esta persistente inercia de lo mismo le lleva a concluir a Althusser que el resultado es que los marxistas, y así se consideran los comunistas, han sido incapaces de rendir cuentas de su propis historia[3]. Esta conclusión es grave, es como no poder dar cuenta de sí mismos. La telaraña de justificaciones ha terminado envolviendo y entorpeciendo el pensamiento, la facultad crítica, condenando entonces a los marxistas a un viaje extenuante hacia el naufragio.
A Marx le gustaba repetir una frase perturbante: Yo no soy marxista[4]. ¿Qué quería decir? ¿Qué Marx es el único no-marxista entre los marxistas? Según Altusser, Marx exigía que se piense con cabeza propia. Esto tiene que ver con la capacidad crítica, recogiendo la tradición filosófica de la crítica, del pensamiento que pone en suspenso las pretensiones mismas de la teoría. Empero, parece que este mensaje no ha sido entendido por la mayoría de los marxistas, sobre todo de los marxistas militantes. Ahora bien, la crítica de Marx va más lejos, no se trata tanto de entenderlo como el gran autor de la gran crítica de la economía política, sino de entender que la crítica al capitalismo se realiza en la lucha de clases.
En contraposición del sentido común formado en los partidos de la izquierda marxista, Althusser plantea que la teoría marxista no es exterior sino interior al movimiento obrero, cuestionando las tesis sostenidas en su momento por Lenin en el famoso libro ¿Qué hacer?, escrito en 1902, en un contexto determinado. Fuera de este contexto, usar el texto de manera des-contextuada para la formación del partido y de la militancia, texto que propone la inoculación de la consciencia de clase para sí desde el exterior al interior del movimiento obrero, es una generalización abusiva, insostenible desde el análisis histórico y político de los contextos y procesos concretos. Por otra parte, la tesis de que la consciencia de clase viene del exterior de movimiento obrero, de los intelectuales de vanguardia, para sembrarse en el ámbito de las luchas económicas, convirtiéndolas en luchas políticas, transformando la consciencia en sí en consciencia para sí es incorrecta históricamente. Comencemos retomando las reflexiones de Althusser.
Tomemos una cita de la correspondencia de Marx en la carta a Joseph Weydemeyer:
En lo que concierne, no es a mí a quien corresponde el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha que entre ellas se libra. Historiadores burgueses habían expuesto antes que yo la evolución histórica de esta lucha de clases y economistas burgueses habían escrito su anatomía.
Refiriéndose a su aporte dice:
Lo que yo he aportado de novedad, es 1) demostrar que la existencia de las clases está ligada solamente a fases históricamente determinadas del desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases lleva necesariamente a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no representa más que una transición hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases[5].
La idea de que la teoría socialista viene de intelectuales burgueses, formados en la ciencia, que adquieren la figura de vanguardia, viene de Kautky y es retomada por Lenin en 1902 al pie de la letra, sin ninguna clase de crítica. Parama Althusser esta es una premisa voluntarista e idealista, que va a ser retomada por los partidos comunistas sistemáticamente, de manera acrítica y des-contextuada. Este supuesto de exterioridad de la teoría socialista condena a la experiencia en la lucha de clases del movimiento obrero a los límites de la lucha espontánea y economicista, sin poder acceder a los horizontes de la lucha revolucionaria y política a no ser que se cuente con la ayuda de los intelectuales de vanguardia. Este supuesto no solamente expresa el desprecio de los saberes obreros sino también reproduce la idea de la división del trabajo devenida de la estructura organizativa del capitalismo. De manera opuesta Althusser demuestra que la teoría revolucionaria emerge del interior de movimiento obrero, comprendiendo el desarrollo y desplazamiento de la lucha de clases, sus procesos, sus contextos y sus coyunturas. Marx y Engels forman parte de organizaciones obreras, viven en estas organizaciones la experiencia de sus luchas; por otra parte, van a romper con su anterior conciencia, como lo dicen expresamente, produciendo rupturas epistemológicas y nuevas apertura. Esta problemática de las rupturas esta tratada adecuadamente en La revolución teórica de Marx, texto polémico escrito por Louis Althusser. Todavía en la Tesis sobre Feuerbach Marx mantiene un tono humanista, en la Ideología alemana pronuncia un tono positivista, dejando ventilar una filosofía de la historia todavía inocente, sin desligarse del todo de la concepción especulativa de la filosofía de la historia de Hegel. En los cuadernos de 1857-58 (Grudrisse) se da lugar un plan de distanciamiento de Hegel, retomando la dialéctica, empero desmitificada. En las Contribución (1859) se comienza a perfilar un discurso maduro y autónomo, sin lograr dejar del todo la sombra de la filosofía heredada. Sólo en El Capital tendremos el tratamiento del modo de producción capitalista de una manera desprendida y propia, el análisis concreto de las estructuras del modo de producción capitalista; sin embargo, tampoco esta obra está exenta de problemas. El segundo y el primer tomo se escriben antes del primer tomo; el primer tomo lo escribe Marx buscando un comienzo de exposición científico y lógico, que conllevara problemas. Es el primer tomo que se publica contando con la vigilancia de Marx, las publicaciones del segundo y tercer tomo quedan a cargo de Engels y de Kautsky. En lo que respecta al primer tomo, el comienzo por la mercancía como célula de la sociedad capitalista y de la exposición de la formación del valor, se desconecta de los temas y problemáticas tratados en el segundo y tercer tomos. Ese comienzo por lo más simple, por la simple determinación, suena a hegelianismo; se trata de una exposición lógica, no necesariamente histórica, tampoco materialista. Estos son los problemas transferidos a la historia de los escritos y las investigaciones, en las distintas etapas de la producción intelectual de Marx, problemas comprensibles en todo desarrollo del conocimiento. En esta historia critica, lo que importa es anotar que el despliegue de la producción teórica e investigativa de Marx se realiza desde adentro del movimiento obrero, no desde afuera. En esta producción Marx y Engels no actúan como intelectuales burgueses, como lo sugeriría la interpretación peligrosa de Kautsky, sino como intelectuales orgánicos del movimiento obrero, intelectuales que han roto con las concepciones burguesas de a teoría y de la ciencia, intelectuales que han roto varias veces con su propia conciencia anterior, ocasionando desplazamientos epistemológicos, respecto de la filosofía heredada.
Desde esta perspectiva los problemas de organización no pueden ser tratados conservando los supuestos discutibles de un texto como el ¿Qué hacer?, texto de Lenin, que corresponde a la coyuntura de 1902, revisado y circunscrito a su contexto por el propio Lenin en 1907, texto que plantea la formación del partido de militantes profesionales, en principio externos al movimiento obrero. Los problemas de organización en los contextos y procesos de la lucha de clases no pueden ser planteados y resueltos sino teniendo en cuenta la especificidad, las problemáticas y desafíos de esos contextos y esos proceso. Una concepción radicalmente distinta de partido la va realizar Antonio Gramsci, quién no sólo va a sufrir la represión fascista sino va vivir en carne propia la derrota de las revoluciones proletarias en Europa; particularmente en el norte de Italia. El partido concebido como articulación de dispositivos contra-hegemónicos y como espacios, estructuras y prácticas articuladoras de la hegemonía proletaria nos traslada definitivamente a otro concepto de organización activa. No vamos a discutir aquí categorías polémicas como las relativas a la distinción entre el intelectual orgánico y el intelectual humanista, ni su relación y articulación en la labor del partido, términos que aparecen en los Cuadernos de la cárcel. Esta discusión queda pendiente; de todas maneras, lo que hay que tener en cuenta es que estos escritos han sido hechos en condiciones de represión y vigilancia fascista, por lo tanto muchos de ellos han tenido que ser escritos de tal forma que puedan escapar a la censura y vigilancia. Lo interesante del planteamiento de Gramsci es que abre la posibilidad de concebir distintas formas de partido y de resolver de distintas maneras los problemas de organización, quizás teniendo en cuenta mayores complejidades. Por otra parte, hay que tener en cuenta que la historia efectiva de los partidos obreros, proletarios y de izquierda nos va mostrar los distintos recursos empleados en el proceso de su formación, a pesar del discurso oficial de referencia, que tiene que ver con la lectura acrítica del ¿Qué hacer?
En Bolivia llama la atención la preponderancia del sindicalismo en la formación de los partidos obreros, proletarios y comunistas. Quizás tengamos que hacer una excepción con los partidos socialistas. Si bien es cierta la presencia de militantes universitarios y profesionales, éstos van a ser tragados por las condicionantes de las organizaciones sindicales mineras y obreras[6]. La presencia de dirigentes mineros y obreros en estos partidos, la preponderancia sobre ellos de la Central Obrera Boliviana (COB), la valides programática sobre ellos de las tesis de la COB, manifiesta claramente la condicionante sindicalista en la formación de estos partidos. Ciertamente el Partido de Izquierda Revolucionario (PIR) y posteriormente el Partido Comunista va contar en sus filas con la presencia y participación de académicos e intelectuales de origen no proletario, empero el crecimiento del partido, su inserción en el movimiento obrero y su influencia política va estar fuertemente condicionada por la organización sindical. Algunos intérpretes han considerado esta experiencia como una limitante a la lucha política, recurriendo otra vez a la lectura acrítica de ¿Qué hacer? Lo que no hay que olvidar de atender es la historia específica de la lucha de clases en Bolivia y las formas concretas de su desenvolvimiento. Quizás esta no haya sido su debilidad sino mas bien su fortaleza. No hay que buscar aquí las razones de las derrotas del movimiento obrero en los momentos de de exigencia y de desenlaces políticos, como cuando se dio la Asamblea Popular (1971) y el gobierno de la Unidad Democrática y Popular (1982-84). El problema de estas derrotas se encuentra en la correlación de fuerzas, en la ausencia de estrategias y tácticas apropiadas, por lo tanto en el error de la interpretación de esos momentos, de los contextos y de la formación social boliviana. En pocas palabras, en la ausencia de una interpretación descolonizadora. Estas consideraciones nos llevan a la problemática de la cuestión estatal.
Antes de tocar este campo problemático vamos a hacer algunas consideraciones sobre la relación entre marxismo y movimiento obrero; este campo abierto histórico-político y teórico, de prácticas discursivas y prácticas no-discursivas. Éste, que parecía territorio liberado, aunque lleno de contradicciones, terminó siendo retomado por la reproducción de la maquinaria estatal.
Lo primero que habría que hacer al respecto es cambiar radicalmente el enfoque de este tema y los tópicos concomitantes; no tiene sentido discutir si el marxismo es externo o interno al movimiento obrero. Como el mismo Althusser lo reconoce, se trata de un ámbito de prácticas, de instituciones, de organizaciones, de partidos involucrados en la lucha de clases y en la lucha contra el capitalismo. La teoría misma corresponde a prácticas, practicas teóricas que se producen prioritariamente en ámbitos institucionales como los académicos y universitarios, pero también se producen en ambientes no institucionales y no académicos. El problema aquí es saber de qué practicas se trata, cuáles son sus reglas y cuales sus formaciones. En el caso del movimiento obrero y de la lucha de clases, el campo problemático es mayor, nos referimos a una gama de prácticas entrelazadas que dan lugar a desplazamientos y movilizaciones, que utilizan también un conjunto de formas organizativas. En este mapa de fuerzas en movimiento no está de ninguna manera exenta la práctica teórica, sobre todo cuando se trata de la crítica, de la interpelación, del análisis y la comprensión del movimiento obrero mismo y de la lucha de clases especifica. Desde esta perspectiva se puede decir que la crítica de la economía política nace de las entrañas mismas del movimiento obrero, de la lucha de clases contra la explotación capitalista y la dominación del Estado. La práctica teórica critica es inherente al movimiento obrero; esto se comprende en lo que respecta a la interpelación y la formación enunciativa anticapitalista. La incorporación y articulación de Marx y Engels al movimiento obrero se da en este proceso de formación discursiva anticapitalista. Se trata de hacer inteligible las contradicciones inherentes a la formación y acumulación del capital en las sociedades atravesadas por los mercados. Esta interpretación, comprensión y conocimiento se da en el análisis crítico de la economía política a la luz de la lucha de clases concreta. Ciertamente esto no puede darse de manera directa, es indispensable desembarazarse de la formación y de las teorías heredadas, es menester también comprender las contradicciones propias de la lucha de clases y del movimiento obrero, sus limitaciones, sus condicionamientos y potencialidades históricas. Es así que se puede entender que las teorías, en este caso las teorías críticas, los conceptos componentes, son herramientas empleadas en la lucha de clases. No son libros sagrados ni conceptos absolutos, como algunos monjes militantes lo creen. Por lo tanto, las teorías mismas y sus conceptos deben ser también sometidos al análisis crítico, para entender su entrelazamiento y articulación en el movimiento obrero y en la lucha de clases, pero también para mejorar la inteligibilidad de las sociedades capitalistas.
La cuestión estatal
Para hablar del Estado debemos hablar del concepto de superestructura, que es más o menos una configuración compleja que articula derecho, política, cultura e ideología. En este extenso campo se sitúa el mapa institucional que contiene al Estado. La maquinaria heredada, reconstituida, mejorada y fortalecida una y otra vez, a pesar de las revoluciones. Nada mejor como volver al prefacio de El capital de 1859, donde Marx precisamente propone estas disquisiciones teóricas y diferenciaciones conceptuales entre estructura o base y superestructura.
El primer trabajo emprendido para resolver las dudas que me asaltaban fue una revisión crítica de la Filosofía del derecho de Hegel, trabajo cuya introducción apareció en los Deutsch-Französische Jahrbücher. Mis investigaciones obtuvieron como resultado que las relaciones jurídicas (Rechtsverhältnisse), al igual que las formas de Estado, no pueden ser comprendidas ni por ellas mismas (aus sich selbt zu begreifen sind) ni por la pretendida evolución general del espíritu humano, sino que, por el contrario, están enraizadas (wurzeln) en las condiciones materiales de la vida (Lebensverhältisse), cuyo conjunto Hegel, como los ingleses y los franceses del sigo XVIII, entiende con el nombre de “sociedad civil” (bürgerliche Gesellschaft), y que la anatomía de la sociedad civil debe ser buscada, a su vez, en la economía política. Yo había comenzado la experiencia (Erfahrung) de ésta en París, y la continué en Bruselas, adonde había emigrado tras una orden de expulsión de Guizot.
El resultado general que se me ofreció, y que, una vez adquirido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede formularse brevemente de este modo.
En la producción social de su vida, los hombres (die Menschen) toman parte (eingehen) en relaciones (Verhältnisse) determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción (Produktionsverhältnisse) que corresponden (entsprechen) a un grado determinado de desarrollo de las fuerzas productivas (Produktivkräfte) materiales.
El conjunto (die Gesamtheit) de estas relaciones de producción forma la estructura (Struktur) económica de la sociedad, la base (Basis) real, sobre la que se levanta (erhebt) una superestructura (Überbau) jurídica y política, y a la que corresponden formas de conciencia social (gesellschaftliche BewuBtseinsformen) determinadas.
El modo de producción (Produktionsweise) de la vida material condiciona (bedinft) el proceso vital social, político y espiritual (geistig) en general. No es la conciencia de los hombres lo que condiciona su ser, sino que, todo lo contrario, su ser social es lo que condiciona su conciencia. En cierto grado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción (Widersprch) con las relaciones de producción o, lo que no es sino una expresión jurídica para designarlas, con las relaciones de propiedad (Eigentumserhältnisse) en cuyo seno se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo que eran, estas relaciones se convierten en trabas para las fuerzas productivas. Entonces se abre un periodo de revolución social. Con el cambio de la base (Grundlage) económica, se produce un cambio de toda la enorme superestructura (Ungeheuere), con mayor o menor rapidez.
Cuando se consideran tales cambios (Umwäzungen), hay que distinguir siempre entre el cambio material, que puede ser fielmente constatado al modo de las ciencias de la naturaleza, de las condiciones de producción económica, (y las) formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en suma, las formas ideológicas (ideologische Formen) en las que (worin) los hombres se hacen conscientes de ese conflicto (Konflikt) y lo llevan hasta el final (ausfechten). Del mismo modo que no se juzga a un individuo por la idea que se hace de sí mismo, no podría juzgarse a una época de semejante conmoción por su conciencia; por el contrario, es preciso explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto (Konflikt) actual entre fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción.
Una formación social (Gesellschaftsformation) no puede nunca morir antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productivas que puede contener, nunca unas relaciones de producciones nuevas y más elevadas (höhere) las reemplazan antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hagan aparición en el seno de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone más que las tareas que puede acometer, pues al mirar más de cerca se encontrará siempre que la tarea (Aufgabe) no surge más que allí donde las condiciones de su cumplimiento (Losüng) existen ya o, al menos, están elaborándose.
A grandes rasgos, los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno pueden ser considerados como etapas progresivas (progressive Epochen) de la formación social económica. Las relaciones de producción burguesas son la última forma antagonista del proceso de producción social, antagonista no en el sentido de antagonismo individual, sino de un antagonismo que nace de las condiciones de existencia sociales de los individuos; sin embargo, las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social se acaba, pues, la prehistoria de la sociedad humana[7].
La lectura que hace Altuhusser, interpretando detenidamente el texto que acabamos de citar, distingue claramente las contradicciones inherentes a la estructura de lo que ocurre en la llamada superestructura, habla de un intervalo de alternativas de las contradicciones, desde la correspondencia hasta el antagonismo. Entonces se da una correspondencia, que puede llegar a ser conflictiva, y un antagonismo entre fuerzas productivas y relaciones de producción en la estructura o base económica. Cuándo ocurre esto se abre un periodo de revolución social. También menciona la situación de una correspondencia entre el derecho y el Estado con las formas de conciencia ideológica. En ningún caso habla Marx de una correspondencia de la estructura con la superestructura. Esta es la interpretación insostenible del economicismo y de la hipótesis del determinismo económico. Lo que dice Marx al respecto de las relaciones entre estructura y superestructura es que la superestructura se levanta sobre la base o estructura económica. De aquí no se pueden deducir relaciones de determinación. Esto no es más que una abusiva interpretación, que fuerza la lógica y cae grotescamente en un hegelianismo mezclado con un materialismo positivista. Marx no habla de una superación de las contradicciones, correspondientes a la esfera de la estructura, realizada en la esfera de la superestructura, la superestructura no es una síntesis de la estructura, al modo hegeliano, de manera distinta, habla de una elevación del derecho y del Estado, de un levantamiento de la superestructura. Se trata de dos mundos distintos, el de la estructura y de la superestructura. Marx escribe que el modo de producción de la vida material condiciona el proceso vital social, político y espiritual. No dice que determina. En su interpretación Althusser concede el primado en última instancia de la estructura sobre la superestructura. En sus libros anteriores, sobre todo en la Revolución teórica de Marx, habla de sobredeterminación. En ambos casos, en la compleja idea de sobredeterminación, que parece más adecuada, y en la idea de primado en última instancia, mantiene la configuración de que se trata de dos mundos que no se corresponden, pero si se puede entender que se superponen. Se podría decir que constatamos aquí una laguna teórica sobre la naturaleza de las relaciones existentes entre, por un lado, la base, y por otro, la superestructura[8].
Vamos a dejar de lado esa idea progresiva de la historia de los modos de producción, que es insostenible, a la luz de las investigaciones históricas, etno-históricas, entonlógicas, antropológicas, también económicas de las sociedades. Seguramente Marx quería contrastar en bloque todas estas etapas, que llama prehistórica, de lo que considera que es la resolución del antagonismo inherente a la producción social, la historia propia mente dicha. Ahora, lo que nos interesa es concentrarnos en la maquinaria del Estado, maquinaria inscrita en el complejo ámbito de la superestructura.
El Estado como instrumento separado[9]
Comencemos con una paradoja. Para Marx, Lenin y Mao el Estado es un instrumento separado de la lucha de clases pero para servir mejor a la clase dominante. Esta interpretación se opone a los que sostienen la hipótesis del atravesamiento del Estado por la lucha de clases. El Estado no puede estar atravesado por la lucha de clases, pues se desmoronaría en un instante. Para servir mejor como instrumento a la clase dominante, en la lucha de clases en la que está involucrada, no puede dejar que la lucha de clases le atraviese. Incluso en los peores momentos de la crisis política se apela a la unidad, al patriotismo, al deber y a la responsabilidad de los funcionarios. No hay que olvidar que gran parte de los funcionarios vienen de las clases populares, empero esta su condición no modifica el contenido de clase del Estado; se reproduce en ellos, debido a sus tareas, que deben cumplirlas, que apuntan a lograr la separación efectiva del Estado. La administración estatal aparenta neutralidad mediante leyes, normas y reglamentos, que terminan siendo administradas celosamente por los funcionarios. Si bien la mayoría de los funcionarios de base puede provenir de las clases populares, se tiene el cuidado de que los altos puestos del Estado estén ocupados por gente procedente de la clase dominante, la burguesía. El núcleo duro y de emergencia, encargada de la represión y del cuidado de las fronteras, es conformado, consolidado y reproducido, para mantener la continuidad del orden. El Estado debe mantenerse hasta en los peores momentos donde se constata su desaparición, aunque sea como idea. Empero, a pesar de estos derrumbes, que terminan siendo momentáneos, el Estado se reconstruye a partir de las propias ruinas que han quedado. Hay muchos ejemplos en la historia de los estados al respecto. No nos vamos a detener en ellos, tampoco a describirlos, sino basarnos en esta experiencia para mostrar la fuerza reproductora del Estado. ¿Por qué ocurre eso?
Cuando se dan las revoluciones, en algunos casos la clase dominante no desaparece, sino que sigue manejando los hilos de la producción social; en otros, puede haber desaparecido, empero es sustituida por otra clase dominante. Tampoco hay que olvidar que hay fracciones en la propia clase dominante; estas fracciones disputan el dominio y el control del Estado. Este instrumento separado de la lucha de clases no puede permitir que la lucha entre las fracciones arrastre al abismo al conjunto de la clase dominante; el interés general debe preponderar sobre los intereses particulares. Hay también otras situaciones que hay que considerar, cuando la burguesía es vencida por la revolución social, puede ocurrir dos cosas: 1) que los sublevados victoriosos sustituyan el aparato de dominación del Estado por otras formas políticas de participación y asociación colectiva, como en el caso de la Comuna de Paris; 2) que los dirigentes de los sublevados utilicen la maquinaria estatal, este fabuloso instrumento, para constituirse en la nueva forma de dominación, por ejemplo, el dominio de la burocracia, como ha ocurrido en la mayoría de los países llamados socialistas. Como puede verse, en la amplia mayoría de los casos, podríamos decir, casi en todos los casos, a pesar de la excepción que confirma la regla, el Estado como instrumento separado de la lucha de clases reaparece, reconstruyéndose de sus ruinas o prestando su maquinaria al servicio de una nueva clase dominante.
Pregunta: ¿El Estado está incorporado en los cuerpos induciendo conductas y comportamientos, constituyendo subjetividades que lo reproducen? Responder esta pregunta es salirse de la teoría del Estado e ingresar a las teorías del poder, de las relaciones de poder, que sostienen a las instituciones, al mapa institucional, y por eso mismo a esa mega-institución que es el Estado. Habría que relacionar entonces el ámbito de las relaciones de poder con las formas de reproducción del Estado, a través de los agenciamientos y prácticas de la gente, en el marco de las organizaciones y estructuras institucionales usadas para distintos fines. En este contexto espontáneo de reproducción, no hay que olvidar tampoco la actividad estratégica y consciente de ciertos grupos y personas, que intencionalmente apuestan a la reproducción del Estado, pues creen que sin Estado no hay destino o que más allá del Estado no hay nada. Esta creencia es una expresión de su pertenencia al dominio de la clase o al dominio de la burocracia o, en su caso, en lo que respecta a la situación de los países periféricos y Estado-nación subalternos, se trata de la pertenencia a las redes y estructuras de dominación mundial, de la burguesía internacional. Por lo tanto, puede comprenderse que el Estado no es un instrumento neutral, que puede ser usado por cualquiera sin traer consecuencias. El Estado es un instrumento de dominación, ha sido construido sobre la estrategia de separación de esta maquinaria de la lucha de clases, para servir de mejor manera a la dominación. El Estado no puede soportar que se pongan en suspenso todas las dominaciones, pues ya no tendría ningún sentido su existencia. En el supuesto extremo teórico e hipotético de una situación donde habrían quedado suspendidas las dominaciones, el Estado tendría que inventarlas. Entonces no tiene ningún sentido pretender mantener el Estado cuando precisamente se persigue acabar con las dominaciones. La tarea en este caso es destruir el Estado y construir otro ámbito de relaciones políticas, que promueva la suspensión y la desaparición de las dominaciones. Estas otras formas asociativas sustituyen al Estado.
Se ha hablado de un periodo de transición, que en la teoría marxista se lo ha identificado con la dictadura del proletariado, que no significa dictadura política, como algunos intérpretes vulgares lo creen, sino el desmontaje democrático y participativo de la fabulosa maquinaria estatal; ciertamente no hablamos de la democracia formal institucionalizada. No se trata de la dictadura del partido, de la burocracia, de la nomenclatura, de un grupo reducido o de un hombre, sino se trata de la aplicación de un contra-dominio, de una contra-dominación, que usa otros instrumentos y otras instituciones para transitar la transición transformadora y emancipadora. En Bolivia esta transición ha sido concebida como Estado plurinacional comunitario y autonómico. Obviamente no tiene nada que ver con el Estado-nación y con la vieja maquinaria estatal. Se trata de una invención colectica en la perspectiva descolonizadora de las naciones y pueblos indígenas originarios y campesinos, los movimientos sociales y el proletariado nómada. Como dijimos en un escrito anterior[10], el Estado plurinacional ya es un no-Estado, pues supone la participación, la democracia participativa plural, la construcción de instituciones interculturales y plurinacionales, el reconocimiento pleno a las condicionantes territoriales y de los ecosistemas. En otras palabras supone múltiples asociaciones productivas, políticas y ecológicas que efectúen el desmontaje de las polimorfas dominaciones, basadas en la herencia colonial. Respecto a esta tarea de transición, el mantener la separación instrumental del Estado, con toda la compleja maquinaria institucional, con la repetición de la división del trabajo de los especialistas y funcionarios, es optar por la reproducción del Estado, la restauración del Estado-nación, por lo tanto de la reproducción proliferante de las dominaciones. ¿Quién domina en este caso? ¿Una nueva casta? ¿Una nueva clase? ¿La burocracia? ¿La dirigencia coptada por el Estado? ¿O, de manera particular, siendo un Estado-nación subalterno, la dirigencia que se hace cargo del Estado es intermediaria, hace de mediación en la reproducción de las formas de dominación mundial, en el proceso de acumulación ampliada de capital? ¿Entonces se trata de los nuevos intermediarios del poder mundial? Estas preguntas no pueden responderse de manera inmediata, se requiere vivir la experiencia histórica de todo el proceso. Sin embargo, se pueden muy bien dibujar tendencias en un campo de correlación de fuerzas concurrentes y en lucha.
En la corta experiencia de la gestión de gobierno, sobre todo durante el lapso de tiempo transcurrido desde la aprobación de la Constitución, podemos constatar tendencias muy fuertes a mantener el Estado, restaurar el Estado-nación, usar esta maquinaria para mantener el orden, la unidad de la vieja institucionalidad, manteniendo a su vez todo el engranaje administrativo heredado. ¿Cuáles son las condicionantes de esta inercia material? ¿Qué fuerzas se despliegan para lograrlo? Juega en todo esto un rol gravitatorio la inercia de la propia maquinaria estatal, que tiende a conservarse, a reproducirse, a defenderse de cualquier contingencia, pero también de cualquier intento de transformación. El aparato y maquinaria estatal no ha cambiado, sigue siendo la misma; las normas, los procedimientos, la administración de las normas sigue siendo la misma. Lo que conlleva de suyo que la gestión pública sigue siendo la misma. La cartografía institucional del ejecutivo sigue siendo prácticamente la misma, acompañada por las instituciones y las unidades descentralizadas. Lo que ocurre es que la sedimentación administrativa sigue amontonando estratificaciones organizacionales unas sobre otras, acumulando yuxtaposiciones en la geología institucional del Estado. ¿Qué ha cambiado? Podríamos decir la orientación de los discursos, que ahora hablan contra el proyecto neoliberal, retirado del escenario por la lucha de los movimientos sociales. ¿Pero, qué consistencia tienen estos discursos? ¿Son sostenidos por prácticas y modificaciones institucionales? El problema radica aquí; si bien el proyecto neoliberal es retirado del escenario político, su práctica efectiva, sobre todo en el gabinete económico, sus dispositivos legales, sus formas administrativas y sus concepciones monetaristas no han desaparecido del todo. Se encuentran en los ambientes de las oficinas gubernamentales y en los grupos de decisión de decretos y leyes. Por otra parte, instituciones más antiguas, que tienen que ver con la historia misma de la formación del Estado como las Fuerzas Armadas, es decir, el ejército, el aparato militar, no han vivido transformaciones de ninguna clase desde las reformas de 1953, cuando se restaura el ejército, salvo las dadas por las modernizaciones que tiene que ver con el adoctrinamiento norteamericano en la Escuela de las Américas. Se dan intentos de reforma en el gobierno del General Juan José Torres, buscando una orientación antiimperialista, empero esto queda en proyecto. En la actual gestión de gobierno no se ha efectuado una reforma de las Fuerzas Armadas; había la oportunidad para hacerlo, pero se perdió esta oportunidad. Cuando la Asamblea intentó cambiar la condición de las Fuerzas Armadas y de la Policía, se enfrentó a resistencias poderosas. La decisión del presidente fue que la situación quede en statu quo, tal como estaba en la anterior Constitución, para de este modo evitar mayores conflictos, que se avecinaban. A propósito, no se puede valorar como grandes cambios la ampliación del ingreso a postulantes indígenas; esto no cambia la lógica estructural de las Fuerzas Armadas. La concepción nacionalista, no plurinacional, manifiesta claramente el alcance de esa apertura, que no llega de ninguna manera a ser descolonizadora.
La relación del Estado con el ámbito económico es complicada, sobre todo por la ambigüedad de las políticas. Ciertamente la medida de nacionalización de los hidrocarburos, que es más el inicio del proceso de nacionalización, marca el paso hacia la recuperación soberana del control de los recursos; después de la medida no se continua con una estrategia clara de refundación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) como empresa operativa y productiva, tampoco se formulan políticas encaminadas al control técnico efectivo del proceso de producción, con una orientación evidente hacia la industrialización, estancando el proceso de nacionalización atrapado en el mismo modelo extractivista, en el círculo vicioso de la dependencia, en el vínculo perverso con en el mercado externo, condenando en este contexto a la restricción de la naciente YPFB a tareas administrativas. La relación con la minería es peor, pues no se modificaron las normativas mineras, el Código minero, dejando el control abrumador de los recursos naturales y de los yacimientos en manos de las empresas trasnacionales. El proyecto de industrialización del gobierno es incipiente e improvisado, las mega-hidroeléctricas una aventura antiecológica, orientadas a alimentar de energía a la potencia emergente de Brasil, por lo tanto al proyecto geopolítico de la burguesía brasilera articulada al dominio de la burguesía internacional. El mapa de caminos en construcción no responde a una estrategia productiva propia, ausente todavía, se encuentra más ligado a las direcciones de los flujos transoceánicos. En este panorama desolador, hay que incluir lo que pasa con la burguesía intermediaria boliviana. Después del desenlace del enfrentamiento con las oligarquías regionales, cuando estas son derrotadas, éstas, en su condición de empresas agroindustriales han cobrado peso en el mercado interno, alimentando a la población, también han cobrado peso en el mercado externo, así como han incursionado en acuerdos con el gobierno.
Haciendo un balance rápido, en relación al dominio económico de la las oligarquías regionales, de la burguesía intermediaria, se puede apreciar que se ha renunciado a la reforma agraria, la política económica agraria se orienta más a lograr un acuerdo con los empresarios, no así a transformar el agro fortaleciendo a la economía comunitaria, como establece la Constitución. Por otra parte, la inversión en la empresa hidrocarburífera, la inversión en las empresas públicas en gestación, así como las inversiones en obras, inversiones que, en conjunto, ciertamente han modificado la participación del Estado en la economía, dándole una mayor preponderancia, constatando que la inversión pública ha cobrado peso gravitatorio, no ha cambiado la estructura de un modelo económico dependiente. Este incremento de la inversión pública y de la participación del Estado en la economía no llega, sin embargo, a transformar la estructura económica, el modelo extractivista, tampoco ha sustituido el control de las empresas trasnacionales de las áreas estratégicas de los hidrocarburos y de la minería, la misma situación se repite con el control de las empresas agroindustriales sobre el espacio productivo agrícola y pecuario. En general, podemos decir que estas son las condicionantes materiales de la inercia estatal. No hay transformaciones institucionales, no hay transformaciones estructurales, no hay reforma agraria, no hay cambio del modelo económico extractivista.
Otro factor concomitante y condicionante de la inercia estatal, esta vez subjetivo, es la ideología, si podemos hablar así, de los funcionarios públicos, incluyendo a los puestos altos, ministros, viceministros, directores y jefes de unidad. ¿Qué se piensa del proceso? ¿Qué se piensa de la coyuntura? ¿Cómo se asumen las contradicciones? Vamos a describir ciertos rasgos de las formas de representación y de conducta, pues no es posible describir el conjunto de posicionamientos de los funcionarios públicos, lo que daría lugar a una distribución más abierta. Lo que interesa son ciertos posicionamientos de los sujetos ante los temas candentes del proceso.
En primer lugar hay que anotar que la amplia mayoría de los funcionarios ha sido ajena al proceso abierto por las luchas sociales de 2000-2005; por lo tanto, una vez que el gobierno indígena-popular asume el gobierno, después de las elecciones de diciembre de 2005, se ven sorprendidos, interpelados y compelidos a adecuarse a las nuevas circunstancias. Un pequeño grupo de nuevos funcionarios ingresa, por su vinculación con el proceso, con el MAS o con las organizaciones sociales, sin experiencia en la administración pública o muy poca, aunque con ganas de cambiar la gestión. La mayoría de este pequeño grupo ha sido tragado por la administración pública, por lo tanto por la administración de normas y las tareas recurrentes de las oficinas. No cambiaron para nada el aparato público. Hay otro grupo de funcionarios en esta composición de la burocracia estatal, son los famosos consultores, que se convierten en indispensable por el estilo abierto en la gestión pública desde los gobiernos neoliberales. Se trata de funcionarios pagados prioritariamente por la cooperación internacional, los cuales ingresan a través de convocatorias y de concursos. Presentan buenos curriculum vitae; muchos de ellos tienen trayectoria y experiencia como consultores. Es como su modus vivendi y su modus operandi. Hacen diagnósticos, evaluaciones, propuestas, son incorporados a tareas especiales, como las relativas a las formulaciones de proyectos. En la medida que el gobierno no encontró respuestas en sus propios funcionarios de planta para las tareas de cambio, terminó incorporando a estos consultores para que elaboren propuestas de transformación o, por lo menos, documentos que dibujen las visiones de estas propuestas. Es de esperar que la mayoría de estos documentos terminaran siendo altamente conservadores, más cerca de la reproducción de lo mismo que propuestas de cambio. Las formas de participación de los no-funcionarios, de las organizaciones sociales, de la gente del pueblo, de las comunidades, no encontraron espacio en la gestión de gobierno, tampoco fueron incorporadas a la gestión pública y a las decisiones políticas, salvo como espectáculo, donde no se recoge criterios colectivos formados, sino se tiene a la masa como espectadora y legitimadora de las decisiones tomadas por grupos de “elite”. En el contexto de este ambiente puede explicarse la ausencia de la crítica y de la predisposición a la crítica, al contrario, estamos ante una población de aduladores y personal predispuesta mas bien a justificar todas las acciones del gobierno. Hay un esmero por encontrar el sentido a las políticas y a las medidas, aunque sean metidas de pata. En esta atmósfera es muy difícil encontrar la posibilidad de la identificación de errores políticos, estratégicos o tácticos, a no ser que sean errores de procedimiento respecto a la norma. Se entiende entonces que se produce en este ambiente recurrente una retroalimentación de todo el sistema burocrático, de las políticas gubernamentales y de los aparatos estatales. Tomemos como ejemplo una figura desoladora, si el barco se encontrará a la deriva, se concibe mas bien que está en buen curso, así todos terminan reforzando la ruta al naufragio. Podríamos decir que esta forma de funcionamiento circular, como en un círculo vicioso, es una desconexión con lo ocurre efectivamente en los territorios accidentados de la realidad.
Se produce una psicología especial en los funcionarios públicos respecto al proceso. Se lo concibe como si hubiera concluido, ya se habría dado el cambio, de lo que se trata ahora es de administrarlo. Cuando se topan con oras perspectivas, preocupadas por el cambio, escuchan estas propuestas de transformación institucional y estructural como alocadas o románticas. De lo que se trata es de ser prácticos y eficientes. Se da lugar a un discurso justificador de las prácticas administrativas, a las que califican como trabajo técnico; el compromiso es cumplir con las tareas asignadas, de acuerdo a los procedimientos. Vamos a dejar de lado otra clase de funcionarios, ya acostumbrados a los cambios y que han logrado sobrevivir a los mismos, a quienes no les importa mucho lo que pasa, de lo que se trata es de cumplir con los horarios de trabajo, pues esta es una masa que no incide en las predisposiciones y posicionamientos, salvo que termina sosteniendo las posiciones conservadoras. Este mapa de las predisposiciones subjetivas y de las voluntades explica también el condicionamiento a la inercia y reproducción estatal.
Una de las representaciones más sintomáticas que se hacen los funcionarios es respecto al Estado plurinacional comunitario y autonómico. Consideran que la fundación del Estado plurinacional se reduce al reconocimiento de las lenguas nativas, en el mejor caso, a su uso en la administración, en el caso más reductivo, se reduce al aprendizaje de las lenguas por los funcionarios, por lo menos la más hablada en la región. También se aceptan los cambios de símbolos y quizás de ceremonias, también cambios de nombres y sobre todo escuchar y repetir los términos nuevos en los discurso. Pueden crearse nuevas unidades, muy pocas, o incluso nuevos viceministerios, mucho más reducidos, y en el mejor de los casos hasta ministerios, contados con los dedos de la mano, pero estos cambios terminan siendo de poca irradiación, más bien resultan símbolos decorativos ante la abrumadora gestión liberal. Es inimaginable una descolonización institucional, una transformación institucional, una transformación de la gestión pública en los términos de la condición plurinacional, la condición comunitaria, la condición autonómica, la condición intercultural. Lo mismo ocurre con valores y propuestas alternativas como el vivir bien; al respecto, se ha escuchado decir a altos funcionarios del gobierno y de la Asamblea Legislativa Plurinacional, que el vivir bien no es nada más que el bienestar. La condición comunitaria queda relegada a las comunidades campesinas, se trata de una entidad local y rural. Con esto se está lejos de comprender la matriz comunitaria del Estado plurinacional en la Constitución. La condición intercultural queda circunscrita a programas especiales, de ninguna manera se puede convertir en ejes transversales de las transformaciones institucionales, de la transformación pluralista y participativa de la gestión pública. Los temas estratégicos y orientadores del cambio de modelo económico como los relativos a la economía social y comunitaria son supeditados a las políticas de equilibrio macroeconómico, monetaristas; en el caso de algunas proyecciones, a diseños e implementaciones provisionales de empresas públicas, que no terminan de sostener el imaginario de la revolución industrial. Como se puede ver, la predisposición subjetiva es a mantener la separación del Estado de la lucha de clases, de la lucha anticolonial y descolonizadora, a mantener la separación del Estado de la aplicación efectiva y consecuente de la Constitución, es decir, de las transformaciones institucionales y estructurales económicas, políticas, sociales y culturales.
[1] Louis Althusser: Marx dentro de sus límites. Akal 2003; Madrid. Pág. 19.
[2] Ibídem: Pág. 20.
[3] Ibídem: Pág. 21.
[4] Expresión dirigida por Marx a Lafargue, contada por Engels en una carta a Berstein.
[5] Karl Marx y Friedrich Engels, Correspondance Marx-Engels. Lettres sur “Le Capital”, Paris, Éditions sociales, 1964, p. 59. En castellano se puede ver K. Marx y F. Engels, Cartas sobre El Capital, Barcelona, Laia, 1974; pp. 50-51.
[6] Hay que anotar que esto ocurre en los momentos de mayor influencia política de estos partidos, no estamos teniendo en cuenta su etapa de declive y decadencia, cuando se convierten en partidos pequeños, conformados por miembros casi exclusivamente de las clases medias.
[7] Traducción hecha por Althusser. Esta traducción aparece en Marx dentro de sus límites, en el capítulo VIII, titulado Un límite absoluto: la superestructura. Ob. Cit.; págs.74-75.
[8] Louis Althusser: Marx dentro de sus límites. Ob. Cit.; Pág. 78.
[9] Revisar de Louis Althusser el capítulo IX ¿En qué sentido es el estado “instrumento” y “separado”? Libro citado.
[10] Transformaciones pluralistas del Estado. Libro colectivo de Comuna. Muela del diablo; La Paz.