Apuntes sobre la episteme
boliviana
Raúl Prada Alcoreza
A modo de introducción
Vamos a desplegar algunos apuntes sobre la episteme boliviana, apuntes de los que
no esperemos un dibujo completo de los horizontes de visibilidad y de
decibilidad de las arqueologías del saber periféricos, en este caso de un país
andino amazónico y chaqueño. Esta tarea, la de una arqueología de los saberes
en Bolivia, la dejamos pendientes para una investigación exhaustiva. Deben
considerase temporalidades, contextos y espesores culturales, la historia de la
literatura, de las expresiones artísticas, estéticas y culturales, también, por
qué no, sobre todo los saberes corporales, la gramática de los cuerpos, la gramática
de las multitudes, que son las que abren verdaderamente los horizontes. Los “intelectuales”,
si podemos seguir usando este término tan discutible, se ponen a trabajar sobre
estos horizontes abiertos por los colectivos convulsionados. Esto ha sucedido
en Bolivia en toda la dramática historia de su insurgencia permanente. Ahora
nos encontramos ante un nuevo horizonte, el abierto por los movimientos
sociales y las luchas indígenas, sobre todo en el intenso periodo de 2000 a
2005; este horizonte es pluralista y comunitario, también ecologista y territorial.
Ante este horizonte abierto la mayoría de los “intelectuales” ha preferido
retroceder y defender sus saberes aprendidos en horizontes históricos pasados y
sobrepasados por la nueva condición de visibilidad.
A propósito, lo que ofrecemos en estos apuntes,
es un recorrido crítico de lo que llamaremos el pensamiento político de la
cuestión nacional y estatal, pensamiento construido en la experiencia
convulsiva social posterior a la Guerra del Chaco. Lo que interesa es lograr
una caracterización de las sugerentes expresiones críticas y búsquedas de
iluminación, de inteligibilidad, de comprensión de las formaciones sociales y
económicas periféricas. Lo que importa es lograr comprender la correspondencia
con su tiempo y sus problemas, aprender de esa experiencia, también de las representaciones
construidas. Así como, sobre todo, comprender la diferencia de tiempos que
vivimos, de horizontes históricos-culturales que vivimos, de periodizaciones
del ciclo del capitalismo que vivimos, por lo tanto también de sus crisis. No
se trata de cuestionar una forma de pensamiento, una forma de saber, una forma
de conocimiento, sino de lograr comprender su estructura y sus alcances.
Lo que importa ahora es vislumbrar los desafíos
que enfrentamos después del ciclo de movimientos sociales de 2000-2005,
desafíos políticos y epistemológicos. Por eso importa una revisión como la que
efectuamos. Hay que anotar que el ideologüema
del que hablamos, de la episteme de esa
formación discursiva y enunciativa, de alguna manera se ha clausurado. Se notan
su culminación crepuscular cuando se desatan las movilizaciones y
construcciones discursivas políticas y culturales kataristas, después de la masacre del valle, perpetrada por la
dictadura del General Bánzer Suárez (1974).También se nota en los quiebres, en
los desplazamientos conceptuales que se dan después de estos acontecimientos.
Una notoria intelectual crítica, sensible a estas irrupciones y
desplazamientos, como Silvia Rivera Cusicanqui expresa en sus escritos las
rupturas con el ideologüema del
nacionalismo revolucionario.
También las intervenciones, prólogos , ensayos y polémica de Javier Mediana,
sobre todo el haber abierto un campo de publicaciones como las de Hisbol, donde
se plasmas las investigaciones antropológicas del mundo andino, muestra también
las marcas de la ruptura y el distanciamiento con una forma de pensar del iluminismo
criollo.
Arqueología del ideologüema del nacionalismo
revolucionario
Uno de los proyectos, que realizó en parte, de
Hugo Zemelman Merino era escribir un libro sobre el pensamiento
latinoamericano, concentrarse sobre todo en la episteme latinoamericana. Para
tal efecto tomó en cuenta como referentes a connotados intelectuales críticos,
de los que se podría decir construyeron un pensamiento propio. Entre ellos se
encontraban dos bolivianos, uno era Sergio Almaraz Paz, el otro era René
Zabaleta Mercado. Del primero decía que le asombraba su lucidez sobre la
cuestión nacional y sobre el segundo su lenguaje tan rico y metafórico, tan
propio y creativo, a la vez poético y conceptual. Al primero no lo conoció,
pero leyó sus libros; al segundo lo conoció en México. De Marcelo Quiroga Santa
Cruz tenía una gran consideración por su papel político; en lo que respecta a
la labor intelectual del país, en general apreciaba mucho lo que se producía en
Bolivia. Una vez nos dijo, de tantas llegadas consecutivas que tuvo desde 1985
hasta 1995, que Bolivia era un país apto para la epistemología. Se refería a
las condiciones históricas y políticas para la construcción de un pensamiento
propio. Le impresionaba la historia rebelde de las clases populares, del
proletariado minero y los estratos explotados de la sociedad, le llamaba la
atención la historia de insurrecciones que habían marcado las temporalidades
políticas. En el periodo que estuvo aprendía el valor de la emergencia indígena
de la gente que trabajaba la episteme andina en el colectivo Episteme. El libro proyectado salió
publicado por Siglo XXI, es un aporte a una especie de arqueología del
pensamiento latinoamericano.
¿Cómo caracterizar a Sergio Almaráz Paz, a René
Zavaleta Mercado y a Marcelo Quiroga Santa Cruz? Se trata de un pensamiento
nacional, fuertemente vinculado a la defensa de los recursos naturales, sobre
todo el primero y el tercero. Aunque su labor intelectual no puede reducirse a
este decurso, va más allá, fuertemente vinculada a comprender la formación
social y económica boliviana, particularmente el segundo. Los tres terminan
vinculados a una formación marxista, sobre todo el primero y el segundo. El
primero venía de su experiencia en el flamante Partido Comunista que impulsó a
fundar, después de abandonar la juventud del PIR; el segundo, venía del MNR y
termina militando en el Partido Comunista. Parecen historias complementarias
con rutas inversas. El tercero tiene otra historia, más vinculado a la
literatura, después al ensayo, bastante distanciado de la Revolución Nacional
de 1952, de la que tenía muy poca consideración. Su participación como diputado
opositor en el gobierno del General René Barrientos Ortuño va a ser notoria
sobre todo por sus críticas, acusaciones y denuncias a su gobierno. Empero su
papel como ministro del Gobierno del General Alfredo Ovando Candia, empujando
la nacionalización de la Gulf Oil, lo va encumbrar como político y luchador de
los recursos naturales, combatiente de la soberanía.
Definitivamente cuando forma el PS1 y logra una votación importante en los
barrios obreros y los populares, después de insistir en sucesivas elecciones,
se proyecta como un candidato alternativo, incluso a la decadente y complicada
UDP. Los tres intelectuales bolivianos forman parte de una trayectoria y una
tradición. Hablamos de un pensamiento crítico y nacional. No me atrevería a calificarlo
de nacionalista, prefiero usar un término que se empleó después, para
caracterizar un posicionamiento político en la cartografía ideológica; se trata
del término que caracteriza el posicionamiento de la izquierda nacional para
distinguirlo del planteamiento o mas bien de los planteamientos políticos de la
izquierda tradicional, estructurados sobre todo por el POR y los partidos
comunistas.
Los libros de Sergio Almaraz Paz forman parte
de esta herencia nacional; Petróleo en
Bolivia, El Poder y la Caída y Réquiem para una República son
investigaciones y ensayos iluminadores sobre las estructuras de poder que
condicionan la historia política y económica del país. En Petróleo en Bolivia asistimos a un penetrante análisis de la
dramática historia del petróleo en Bolivia y en el mundo, se abren los
entretelones de las determinantes de la Guerra del Chaco, se muestra el
comportamiento sinuoso de la Gul Oil, así como de los personeros de gobierno de
turno. También se narra la lucha por la recuperación del petróleo, donde se
involucran personas comprometidas, algunas instituciones patrióticas, las
resistencias populares y las tomas de posición de organizaciones. Se forja la
narración de la historia de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB),
sobre todo en su etapa inaugural, y un análisis comparativo de los contratos, donde
se hace evidente el entreguismo de fundionarios de gobierno y de los bufetes.
La investigación de El poder y la Caída
asombra por hacer inteligible lo que hoy podríamos llamar la genealogía del
poder en Bolivia, la estructura del poder minero, de los llamados barones del estaño. El análisis es
penetrante y devela el diagrama de fuerzas institucional, sobre todo por las
tesis en juego, la vinculación entre la estructura económica y la estructura
política; no tanto tomando esta última como superestructura, como en un
análisis esquemático marxista, sino mostrando las compenetraciones de ambas
estructuras, estructura o base económica y superestructura o estructura
estatal, política, ideológica y cultural; su invención, institución y
configuración a partir de ciclos, particularmente el ciclo del estaño, ligado
al ciclo de la hegemonía del capitalismo británico. El análisis de la
temporalidad política y de las temporalidades estructurales del poder es sobresaliente
por el enfoque analítico de lo concreto. ¿De qué estamos hablando en estos
casos? ¿De una economía política, de una sociología política, de una
antropología política? Hablamos de un autor que tiene la habilidad de moverse
en varios campos teóricos para dar cuenta de realidades complejas como las
formaciones económicas y sociales periféricas. Quizás el libro más apasionado
es Réquiem para una república, donde
hace una evaluación crítica de la Revolución Nacional (1952-1964). Con un
lenguaje camusiano enfrenta la decadencia de la revolución, de la que dice que
hay que aprender sus lecciones. Psicología
de la vieja rosca prácticamente abre el análisis del libro, en tanto que Psicología de la nueva rosca clausura el
recorrido de una temporalidad decadente. Empero hay capítulos conmovedores como
Cementerios mineros donde interpela a
la nación desde la experiencia del proletariado minero y dice que llegará un
día cuando los mineros se nieguen seguir sosteniendo la nación sobre el
escarnio de su propio cuerpo. El capítulo más elocuente sobre la decadencia de
la revolución es El tiempo de las cosas
pequeñas, donde se describe el minucioso y detallado retroceso del gobierno
y del partido nacionalista, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR),
retroceso del que no se dan cuenta, no toma conciencia, incluso cuándo se
encuentran al otro lado de la vereda enfrentando al pueblo;
por ejemplo en el enfrentamiento den Sora-Sora contra las milicias mineras
(1963).
La obra de René Zavaleta Mercado es prolífica y
puede caracterizarse por periodos; desde la Formación
de la Consciencia Nacional hasta Lo
nacional-popular en Bolivia el autor atraviesa intensamente por distintas
elaboraciones teóricas que tratan de responder a una obsesión de vida: ¿Cómo
hacer inteligible una formación histórica y social abigarrada? Luis Tapia
Mealla caracteriza esta trayectoria como La producción
de un conocimiento local.
Requeriríamos tiempo y espacio para detenernos en la producción de René
Zavaleta Mercado; por estas razones preferimos concentrarnos en la última
producción intelectual de la autor, publicada póstumamente; hablamos de Lo nacional-popular en Bolivia.
La querella del
excedente es un
capítulo impresionante donde se analiza la Guerra del Pacífico desde una
perspectiva densa y compleja que pone en consideración las condiciones
histórico-políticas de Bolivia, Perú y Chile en el momento de la guerra. Es un
análisis de la condición de sus bloques históricos, de su articulación
específica entre estructura y superestructura, relacionados a la legitimidad y
hegemonía logradas en sus sociedades, además de la evaluación de la
construcción estatal. Como se puede ver el enfoque teórico gramsciano atraviesa
este análisis histórico-político. Otro capítulo imponente es El mundo del temible Wilka, donde se
interpreta la guerra aymara en la Guerra Federal (1898-1899) en el contexto del
mundo capitalista, del ciclo del capitalismo inglés y la revolución industrial,
en el contexto de la perversa relación ente la acumulación originaria y la
acumulación ampliada de capital. Se trata ciertamente de un análisis marxista,
pero no al estilo esquemático como se acostumbra en el difundido marxismo
vulgar, sino desde una erudición densa y asombrosa, análisis que da cuenta de
la complejidad de la crisis de Estado. En El
estupor de los siglos se efectúa un análisis histórico de la crisis de
Estado, caracterizando al Estado oligárquico en sus distintas fases, dese la
condición del Estado aparente hasta la condición de la autonomización estatal
en tanto autonomía relativa del Estado, respondiendo al carácter de capitalismo
organizado. La conclusión es que no logra formarse el Estado que se mueve en
una oscilación entre el Estado aparente y el Estado instrumental, oscilación
que no resuelve su condición espacial y territorial, pues estamos ante una
oligarquía restringida a sus propiedades mineras.
¿Se puede decir que es nacionalismo este
pensamiento, esta formación discursiva? No, de ninguna manera. Estamos ante un
pensamiento marxista elaborado, trabajado desde la experiencia del
abigarramiento de la periferia boliviana, comprendiendo la intensidad de la
crisis del Estado. La cuestión nacional es trabajada como parte de la cuestión
estatal, no resuelta, inacabada, problemática. Un lenguaje poético y barroco
busca romper las dificultades de las resistencias a ser conocida de la realidad
de la formación económica social periférica. El recurso a la erudición pone en
juego la contrastación con otras experiencias y la comparación con figuras
teóricas; de esta forma hace hablar a los personajes, haciendo emerger
significaciones que los mismos actores históricos quizás desconozcan, empero
reproducen en los contextos y tejidos históricos. En comparación, se puede
decir que el discurso de Carlos Montenegro era nacionalista; reivindica la
nación imaginada frente al coloniaje, al proyecto de supeditación de la
oligarquía minera y terrateniente. Podemos considerar que La formación de la consciencia nacional se mueve en los códigos del
discurso del nacionalismo revolucionario; incluso libros anteriores como El asalto porista (1959), Estado nacional o pueblo de pastores
(1963) y La revolución boliviana y la
cuestión del poder (1964) también
pueden considerarse textos del discurso del nacionalismo revolucionario. No
ocurre lo mismo con El poder dual
(1974), Bolivia hoy (1983), Las masas en noviembre (1983), Lo nacional-popular en Bolivia (1986), Escritos sociológicos y políticos
(1986), Clases sociales y conocimiento
(1988), El Estado en América Latina
(1989), 50 años de historia (1992);
estos escritos no pueden considerarse formar parte del discurso del
nacionalismo revolucionario, salvo La
caída del MNR y la conjuración de noviembre, que se publica con
posterioridad, siendo un escrito anterior (1995). En estos textos estamos ante
un Zavaleta Mercado que se ha apropiado a su manera de la teoría sobre
hegemonía y sus consideraciones sobre la superestructura de Antonio Gramsci,
que la utiliza modificándola hasta el escándalo de cruzar sus límites,
aportando con una teoría propia, con uso crítico del marxismo, para lograr una
hermenéutica de la formación económico-social boliviana.
Ciertamente, no se puede desconocer en estas
preocupaciones intelectuales la problemática de la cuestión nacional, como
parecen hacerlos los teóricos de la izquierda tradicional. La relación entre
René Zabaleta Mercado y Sergio Almaraz Paz es amistosa y afectiva, militaron en
el mismo partido (MNR), pertenecieron ambos, uno primero y el otro después, al
PC; la entrañable amistad se la puede vislumbrar en el Prólogo que le dedica
Zavaleta Mercado en Réquiem para una
República a Sergio Almaraz Paz. No pasa lo mismo en su relación con Marcelo
Quiroga Santa cruz, que más bien es polémica, sobre todo cuando Zavaleta milita
en el MNR. Revisando estas trayectorias, sobre todo la producción intelectual
de estos autores, Sergio, René y Marcelo, la formación enunciativa en cuestión no
puede restringirse al discurso del nacionalismo revolucionario, va más allá; el
análisis de la estructura de poder, el papel de la centralidad minera y el
socialismo vivido, como lo califica Hugo Rodas morales, no se circunscriben a
un pensamiento nacionalista.
Marcelo Quiroga Santa Cruz va a ser conocido
primero como literato, novelista, después como ensayista y por último como
político socialista. Las novelas de Los
deshabitados y Otra Vez marzo van
a ser reconocidas y connotadas internacionalmente. Estamos ante un escritor, un
literato, en pleno sentido de la palabra. Preocupado por las expresiones
artísticas y estéticas. Lo que no deja que también se ocupe de la candente
cuestión política boliviana. Es notoria su oposición a la revolución nacional,
tiene ante ella críticas morales y éticas; no podríamos hablar de una polémica
propiamente política, menos que se lo hace, en aquél entonces, desde una
perspectiva socialista. Es también difícil sostener, como algunos apresurados
han tratado de interpretar, que Marcelo Quiroga hacia una crítica desde las
posiciones de clase de la oligarquía terrateniente. En todo ese tiempo está más
cerca de la literatura y bastante distante de los intereses materiales como
para defender una posición de clase. René Zavaleta Mercado es duro en la
polémica con este Marcelo Quiroga Santa Cruz. René Zavaleta más rudo, mas
experimentado en las cuestiones políticas, más cerca del debate de coyuntura,
en tanto que Marcelo Quiroga mas bien sensible a los códigos morales; ambos
intelectuales están abismalmente distanciados. Uno escribe desde la penetrante
experiencia de la revolución nacional (1952-1954), el otro lo hace desde la
esfera de la crítica estética y ética desplazada desde los espesores de la
literatura. Realidad y ficción no se encuentran.
Podemos decir que es después de la caída del
MNR, con el golpe militar de 1964, que Marcelo Quiroga Santa cruz incursiona
decididamente e la política. Una breve reseña de su vertiginosa vida puede
resumirse de la siguiente manera:
Durante las elecciones de 1966 consigue ser elegido diputado por
Falange Socialista Boliviana, partido que lo inscribe en sus listas y lo
postula. Entonces es representante del
departamento de Cochabamba. En estas elecciones es elegido como presidente el
candidato militar General René Barrientos Ortuño. Desde el Congreso Marcelo Quiroga
Santa Cruz, en su condición de diputado, efectúa un juicio de responsabilidades
contra el presidente elegido. Siendo una voz solitaria - hasta el partido que
lo postulo lo abandona -, en un Congreso mayoritariamente barrientista el
juicio de responsabilidades le cuesta el desafuero parlamentario, después sufre
el secuestro, seguido por el confinamiento en Alto Madidi, culminando esta
represión en la cárcel. En la memoria popular Marcelo Quiroga Santa Cruz va a
ser conocido como defensor de los recursos naturales. Contando con estos
antecedentes se convierte en el autor intelectual de la nacionalización del
petróleo, en su condición de Ministro de Minas y Petróleo (1969) en el gobierno
del General Alfredo Ovando Candia. Empero
fue ministro durante sólo un lapso, hasta su renuncia, asumida debido a lo que consideraba
la capitulación gubernamental frente a
la empresa de petróleos nacionalizada (Gulf Oil Co.) cuando el gobierno cede a las
presiones de la empresa para ser indemnizada. Ya curtido en la ingrata
experiencia política, fundó el Partido Socialista en 1971, acompañado por un grupo de intelectuales y
dirigentes sindicales. Su estadía en Bolivia ha de durar poco, hasta el cruento
golpe militar del 21 de agosto de 1971, encabezado por el General Bánzer Suárez.
En el exilio se ocupa de múltiples
actividades, académicas, es columnista, participa en distintas instituciones y
organizaciones, forma parte del Tribunal Socialista con sede en Yogoeslavia. El
1977, cuando se evidencia la crisis de la dictadura militar, retorna
clandestinamente a Bolivia, retoma la conducción del Partido Socialista, partido
proscrito durante régimen dictatorial; el partido asume otra sigla, va a ser
conocido como PS-1. Incursiona como candidato a la presidencia durante las
elecciones consecutivas de 1978,1979 y 1980. En su trayectoria electoral logra
conquistar y seducir paulatinamente a un electorado popular y obrero, llegando
a aglutinar en las últimas elecciones unos 120.000 votos, logrando de esta
manera el cuarto puesto. En su condición de parlamentario en la legislatura de
1979 retomó la tarea del juicio de responsabilidades a la burguesía, como le
gustaba decir; esta vez era en la representación del General Hugo Bánzer Suárez.
La alocución de Marcelo Quiroga Santa Cruz fue brillante, minuciosamente
trabajada, con una voluminosa documentación de apoyo; su voz aguda y de gran
orador fue escuchada ante la impavidez del resto de diputados, que incluso como
Guillermo Bedregal se hicieron la burla.
El programa de gobierno del PS-1 en las elecciones nacionales
de 1980 contrastaba con el programa tímidamente reformista que enarbolaba la
UDP; se trataba de un programa de nacionalizaciones frente a un programa que no
se atrevía ni a discutir la posibilidad de la nacionalización. Lo mismo ocurrió
con el frente de Izquierdas, Frente Revolucionario de Izquierda (FRI), que
tampoco quiso plantearse un programa de nacionalizaciones, a pesar de los
reclamos de Domitila Chungara, quien fue reprendida por el propio PC-ML. Este
contraste llama la atención en plena apertura democrática después de la noche
de las dictaduras militares. En esta sintomatología se nota la desubicación de
la izquierda tradicional ante los acontecimientos políticos, ante la irrupción
democrática de las masas. La izquierda tradicional se encontraba lejos de
comprender la cuestión nacional y la necesaria recuperación de la soberanía por
medio de la recuperación de los recursos naturales. La UDP prefirió optar por
la demagogia nacionalista, demagogia expresada elocuentemente por el Movimiento
de Izquierda Revolucionario (MIR), entrapada en dos frentes, un frente con la
derecha en el Congreso y un frente con la izquierda obrera, con la Central
Obrera Boliviana (COB), en las calles.
La entrega apasionada y comprometida en la lucha socialista y
el proyecto nacionalizador lo llevó raudamente a su desenlace fatal, a su
asesinato por las huestes militares bolivianas y argentinas. Esto ocurrió el 17 de julio de 1980; el
narco-golpe militar de García Meza y Arce Gómez decidió una guerra sucia y de
exterminio, tomando el ejemplo de los militares argentinos. Marcelo Quiroga fue
reconocido y herido por los paramilitares que tomaron la sede de la COB, fue
apresado y conducido al Estado Mayor del Ejército, dónde lo asesinaron, haciendo
desaparecer ignominiosamente sus restos, que hasta ahora no han sido
recuperados. Se entrevé una complicidad del gobierno de Evo Morales Ayma con
los militares bolivianos para encubrir este asesinato y evitar su
esclarecimiento, así como la devolución de sus restos.
Un recuento de sus participaciones puede resumirse de la
siguiente manera: En 1952 fundó y dirigió el semanario "Pro Arte"; en
1959 la revista "Guion", dedicada a la crítica cinematográfica y
teatral; en 1964 abre el periódico "EL SOL". En 1953 es nombrado
delegado boliviano en el Congreso Continental de Cultura; en 1969 en el
Congreso Intercontinental de Escritores. En 1957 publica su primera novela Los deshabitados; junto a Garciliano
Ramos de Brasil, Miguel Ángel Asturias de Guatemala, Augusto Roa Bastos del Paraguay, José María Arguedas del Perú y Juan Carlos Onetti del Uruguay recibe el premio William
Faulkner, premio que es entregado
en 1962 a la mejor novela
escrita desde la segunda guerra mundial. La otra novela, Otra Vez Marzo, se publica en 1990; se trata de una novela póstuma,
aunque inconclusa. Fuera de su labor literaria amaba el arte cinematográfico, incursiona
en este campo; en 1964 realiza el cortometraje El Combate. Esta multifacética trayectoria nos muestra el ímpetu y
el talento del insigne e intenso intelectual. Sin embargo, debemos
concentrarnos en su vasta producción de
ensayos, de los que hay que hacer una clasificación; algunos de ellos es
indispensable nombrarlos por su carácter polémico, otros por su vinculación a
la defensa de los recursos naturales. La crítica a la Revolución Nacional se
encuentra en La victoria de abril sobre
la nación (1960); la crítica a las políticas entreguistas ya aparecen en Desarrollo con soberanía, desnacionalización
del petróleo (1967); se retoma esta crítica en Lo que no debemos callar (1968). Un elocuente testimonio se encuentra en Acta de transacción con la Gulf
-análisis del decreto de indemnización a Gulf (1970). El análisis y la
denuncia consecuente podemos encontrarlos en un libro más elaborado que titula El saqueo de Bolivia (1973); lo mismo acontece en Oleocracia o patria (1976), donde ya hallamos una caracterización
de la estructura del poder en Bolivia, caracterización no disímil a la que hizo
Sergio Almaraz Paz.
Volviendo ya a un enfoque de
evaluación, dejando las trayectorias de vida, a propósito de esta construcción de
un pensamiento propio, de esta formación discursiva, ¿podemos hablar de una
episteme boliviana, en el sentido que le da Michel Foucault al término
episteme, como horizonte de visibilidad
y de decibilidad? Ciertamente para responder a esta pregunta no basta
circunscribirnos a tres trayectorias intelectuales, por más intensas y
profundas que estas hayan sido. No es
suficiente la consideración en el terreno que nos hemos movido, que es el del
análisis político, el de la crítica política, que puede incorporar lo que
podemos llamar la economía política de los recursos naturales y la
interpretación de la superestructura estatal. Debemos tener en cuenta que hemos
considerado la formación discursiva desde la problemática de la cuestión
nacional y la cuestión estatal. Hay otras construcciones concurrentes, que no
hemos mencionado, el discurso obrerista, lo que defino como el
marxismo de guardatojo,
desarrollado sobre todo por el POR, particularmente por un prolífico
intelectual, militante e historiador, Guillermo Lora. Elaboración intelectual
de la que no se puede decir que su trabajo se reduce a una transferencia de la
tesis de la transición y la tesis de la revolución permanente de León Trotsky.
Eso sería no comprender las particularidades propias de un marxismo minero,
construido desde los socavones. Un producto de esta peculiar manera de
interpretar la revolución boliviana se encuentra precisamente en la
Tesis de Pulacayo. No se desentiende de
las llamadas tareas nacionales, empero las interpreta en un recorrido
ineludible hacia la revolución socialista conducido por el proletariado minero.
No nos vamos a detener en una
evaluación de la obra de este intelectual trotskista, sino solamente llamar la
atención en formaciones discursivas paralelas, pero que no se reconocen, no se
leen ni llegan a discutirse en serio. Se ignoran. Salvo quizás Zavaleta Mercado
quien tenía una gran consideración a Guillermo Lora, lo leía y comentaba; lo
llamaba graciosamente el “Fiero”. En la abundante producción de este intelectual
militante, la voluminosa
Historia del movimiento
obrero boliviano
es la más conocida; empero hay otros escritos de importancia que deben ser
tomados en cuenta como
La revolución
boliviana.
El enfoque indudablemente tiene un contenido de clase, el análisis y la
interpretación de la historia giran en torno a la organización proletaria, a su
potencialidad revolucionaria y de vanguardia. Al respecto habría que separar
sus investigaciones históricas, apoyadas con abundante archivo y documentación,
de sus intervenciones políticas. Las investigaciones históricas arrojan luces
sobre la dinámica molecular de los hechos, en tanto que los escritos políticos
expresan la voluntad obrera, la intransigencia de la conducción y la dirección.
Ambas formaciones discursivas, la
de la izquierda nacional y la de la izquierda tradicional, a pesar de sus
distintas perspectivas, hablan prácticamente del mismo, de la crisis del
capitalismo periférico, de la crisis estatal y del no cumplimiento de la
cuestión nacional y ciertamente, en el caso de Guillermo Lora de la perspectiva
socialista. Son, de alguna manera, discursos contemporáneos, aunque no terminen
de encontrarse. ¿Por qué ocurre esto? ¿Hay una mutua descalificación? Sobre
todo en el caso del discurso trotskista, que considera a los otros discursos
como burgueses, por lo tanto en esencia impotentes para dar cuenta de la crisis
y la lucha de clases. El discurso del POR en los periodos de formación de la
conciencia de clases, de la organización del proletariado minero, ha de ser un
dispositivo enunciativo y organizativo importante; empero su irradiación se
detiene en los límites de la clase obrera boliviana. No construye hegemonía y
por lo tanto le va a ser difícil lograr lo que persigue, liderar un frente de
clases explotadas a partir de la alianza obrero-campesina. Por otra parte, su apego
a la problemática de clases lo aleja de interpretar y analizar las estructuras
de poder, la crisis de la superestructura estatal, las problemáticas de la
dependencia en las periferias del capitalismo. Lo que el otro discurso, el de
la izquierda nacional, en contraste hace. En comparación, a un discurso le
falta lo que el otro tiene; lo que parece estar ausente del discurso de la
izquierda nacional es el análisis de la lucha de clases, el análisis a partir
de la lucha de clases, aunque este análisis termine siendo muy esquemático en las
interpretaciones de la izquierda tradicional.
El crítico literario y
epistemólogo Luis H. Antezana escribe un análisis filológico y lingüístico
sobre el discurso del nacionalismo revolucionario. En el documento observa que
se trata del mismo
ideologüema que
comparte la izquierda y el nacionalismo; el nacionalismo revolucionario es como
una herradura que contiene distintas expresiones, desde la derecha a la
izquierda, siempre moviéndose en el imaginario de la nación y bajo la
referencia del Estado-nación
.
Este
ideologüema vendría a ser una
episteme, es decir, un horizonte de
visibilidad y de decibilidad, compartido tanto por los discursos nacionalistas
como por los discursos izquierdistas, tanto de la izquierda nacional como de la izquierda tradicional. En otros
términos desde otra perspectiva, más filosófica, hasta podríamos hablar de un
horizonte de mundo
.
Hablamos de estructuras de pensamiento, que orientan a los mismos discursos y a
las mismas acciones de los sujetos involucrados. En este sentido podríamos
hablar de una episteme boliviana, que es como el campo de posibilidades
históricas de los conocimientos que se van a desatar desde la experiencia
dramática de la guerra del Chaco. ¿Cuándo se clausura esta episteme? ¿Se
clausura la episteme boliviana? ¿Cuáles son las características de las
estructuras de pensamiento del pensamiento político boliviano? Dejando para
otra ocasión la tarea de una configuración más completa de la episteme
boliviana, vamos a señalar algunos rasgos definidores del perfil, con el
objetivo de lograr seguir sus alcances temporales.
Un rasgo sobresaliente es la
comprensión o la certeza del inacabamiento, de la no conclusión, de la tarea
pendiente del Estado-nación. Hay una gama de consideraciones que expresan el
dramatismo de esta condición incompleta del Estado; desde las caracterizaciones del Estado
oligárquico hasta las caracterizaciones del poder dual, pasando por las figuras
del Estado aparente. Hay como una idea de vivir una constante transición hacia
la totalización de la nación y del Estado. Pueden caber distintas versiones de
esta transición, distintas direcciones de la transición, desde las más
conservadoras hasta las más radicales. Empero todas se encaminan a resolver la
cuestión estatal, a completar el Estado-nación, incluso por la vía
revolucionaria de la dictadura del proletariado. Por esto y por otras razones
la relación con el Estado resulta problemática; el Estado es el referente
paternal, el instrumento indispensable para resolver los problemas económicos,
sociales, políticos, culturales, salariales. Por eso también el Estado se
convierte en el botín absoluto; la disputa se da por el control de esta
fabulosa maquinaria.
Otro rasgo con-figurante es el
mito del origen de la nación; la nación se origina en las arenas y trincheras
de del Chaco, donde las distintas clases del país se encuentran y mueren,
derraman su sangre, escribiendo trágicamente un pacto político y social. Aunque
no todas las expresiones discursivas comparten este mito, el mismo es un
referente histórico de la bolivianidad, de la formación de su consciencia
nacional. Este mito del origen de la nación es altamente significativo pues no
sólo plantea un nuevo comienzo, más profundo, mas abarcado, mas consensuado,
más inclusivo, que el comienzo histórico de la independencia. La hipótesis
implícita, si podemos hablar así, de hipótesis en el mito, es que es la primera
vez que se encuentra todo el pueblo o que, mas bien, se constituye el pueblo,
todas las clases de la nación. Campesinos, obreros, clases medias, se
encuentran y se reconocen; se da lugar como una autoconciencia
.
Enfrentando a la muerte se reconocen como semejantes y comprenden que comparten
un destino, no solamente el destino de enfrentar a la muerte, sino el destino
de la nación misma. Descubren que el enemigo no es el que está enfrente, el
paraguayo o lo que llamaban popularmente el “pila”, sino en el propio país,
gobernando, manejando los destinos del país, apropiándose indebidamente de los
recursos naturales. El enemigo es la oligarquía minera y terrateniente. La
desmovilización, después, de la guerra, es el retorno a las ciudades para
recuperar lo que es nuestro. El camino a la revolución nacional comienza en
esta revelación en pleno combate: la nación tiene que liberarse de la
oligarquía, la nación tiene que liberarse del coloniaje de la oligarquía, de la
anti-nación.
Un tercer rasgo es el mito de la
modernidad, que viene acompañada por el mito del progreso, el mito del
desarrollo, el mito de la industrialización. Así como los liberales del siglo
XIX soñaban con la construcción de ferrocarriles, que traería progreso, los
nacionalistas del siglo XX soñaban con la industrialización como el medio
primordial del desarrollo. La industrialización conlleva al desarrollo, saca
del atraso, provoca la modernización. En este sentido se espera la
modernización de las conductas, la modernización de las instituciones, la
modernización de las ciudades, la modernización de las comunicaciones, entre
las que entran las carreteras. Ahora bien, no todos comparten de la misma
manera estos mitos. El ideologüema
del nacionalismo revolucionario, la episteme, tiene estratos, composiciones,
diferencias y desplazamientos. Hay quienes, que llamaremos los técnicos, se
concentran en la necesidad de las fundiciones, es decir, en la industria
pesada. Este estrato es minoritario, empero es el que asume de manera
consecuente el proyecto de la industrialización. Los otros se pierden en
discursos, en proyectos que incluso cuentan con recursos, empero los
despilfarran, los desvían y usufructúan de los mismos. Para estos, la industrialización
es una meta que hay que alcanzar algún día, lo primero que hay que hacer es
formar la burguesía nacional y esto se logra primero enriqueciéndose, aunque
sea a costa del Estado. Este quizás era el estrato mayoritario que compartía el
ideologüema del nacionalismo
revolucionario. Hay otra composición sugerente, los que consideran que la
modernización se efectúa primero por la burocratización, la formación de una
gran masa de funcionarios, instituyendo un aparato en forma de malla que
cubriera el país. La formación del Estado pasa por la construcción weberiana
del Estado, por la conformación de una
burocracia de especialistas, de una gran arquitectura de funciones y especializaciones.
Esta es otra de las salidas que se ha de tomar en serio en esto de la
modernización del Estado. En un país de mayoría campesina, que es el término
que se utilizaba para referirse a las naciones y pueblos indígenas, el mejor
camino de la modernización, de acuerdo a la tendencia más liberal del
nacionalismo, es la reforma agraria por la vía farmer, es decir, de los propietarios privados. De esta forma se
convierten en hombres iguales, en tanto propietarios privados de la tierra.
Esta idea incluso la llega a compartir René Zavaleta Mercado cuando reflexiona
sobre el acontecimiento de la igualación de los hombres. Sin embargo, en esta metáfora
de la herradura, que es el mapa del ideologüema
del 52, hay que nombrar también a los radicales, que si bien no son
nacionalistas, comparten la episteme nacional,
el imaginario de la nación y del Estado-nación, el imaginario de la modernidad,
el progreso y el desarrollo. La Izquierda del ideologüema, la versión proletaria o de expresión de los
proletarios mineros, pensaba que el camino al desarrollo socialista era
conformar propiedades colectivas campesinas, koljóses, para avanzar en la industrialización y en la solución
masiva de la alimentación. Como se puede ver, en este asunto de la
modernización, el progreso, el desarrollo y la industrialización, el mapa del ideologüema del nacionalismo
revolucionario es más diverso y estratificado.
Un cuarto rasco del ideologüema en cuestión es el proyecto
de conformar la burguesía nacional. Ante la constatación de que la burguesía
minera formaba parte de una burguesía intermediaria, mediadora de los intereses
de las burguesías de los imperialismos dominantes, de que los intereses de esta
burguesía internacionalizada no coincidían con los intereses de la nación y el
Estado, era indispensable formar una burguesía nacional, que cumpla con las
tareas pendientes, democráticas y burguesas. Esta interpretación era de alguna
manera compartida por los ideólogos del nacionalismo y por el propia partico
comunista, que tenía una concepción por etapas de la revolución socialista.
Esta interpretación no era compartida por los troskystas, quienes tienen una
concepción permanente de la revolución; son los propios obreros, en alianza con
los campesinos, los que tienen que cumplir estas tareas pendientes de una
burguesía nacional inexistente. De todas maneras, a pesar de las divergencias,
esta hipótesis sobre la ausencia de la burguesía nacional forma parte de una
concepción histórica, de una compresión de las temporalidades históricas, de
los cursos y el devenir históricos. Esta concepción histórica está íntimamente
compenetrada con el desarrollo capitalista, en tanto que este desarrollo ha
pasado a la fase imperialista, a la fase del dominio del capital financiero,
las contradicciones con el imperialismo, entre nación dominada e imperialismo
se suman a las contradicciones de clase, entre proletariado y burguesía, entre
campesinos y terratenientes. Las burguesías de los países dominados por el
imperialismo nacieron tarde, prefieren aliarse a los latifundistas y
conservadores que cumplir con sus tareas democráticas. En estas circunstancias,
las revoluciones populares en la periferia del capitalismo han optado por dos salidas
a la crisis. Una de ellas es conformar simuladamente una burguesía nacional, conformación
artificial que ha terminado constituyendo estrato social de nuevos ricos, los
mismos que han preferido el gasto de la reproducción placentera a la inversión
y ahorro calvinista, los mismos que terminan aliándose a las viejas clases
dominantes. La otra salida es la opción de la sustitución de la burguesía
inexistente con el papel administrativo del Estado, la burocracia sustituye a
la burguesía. Este segundo camino ha terminado convirtiendo al Estado en un
administrador de empresas.
Quizás un quinto rasgo del perfil
del ideologüema del nacionalismo
revolucionario es la apreciación fatal, el sentido común que se tiene sobre la
inevitabilidad del avance, expansión y cumplimiento del capitalismo. Esta es la
realidad. Este prejuicio histórico es compartido entre nacionalistas,
liberales, neoliberales, pero también por la izquierda, tanto nacional como
tradicional. El capitalismo no sólo es una realidad sino una especie de destino
que tiene que cumplirse, aunque sólo sea para crear las condiciones objetivas,
el desarrollo de las fuerzas productivas, para construir el socialismo y el
comunismo. A partir de este sentido común sobre el capitalismo, podemos ver que
si bien hay posiciones enfrentadas entre los que defienden el capitalismo como
fin de la historia, culminación de la evolución humana, y los que consideran
que debe vivirse el capitalismo como etapa al socialismo, los que consideran
que es proletariado que va cumplir con las tareas pendientes de la
industrialización, en un proceso de transición, todos se mueven en el horizonte
de la modernidad, todos son desarrollistas, asumen el ritmo histórico como
desarrollo en la linealidad del progreso. Todos comparten la matriz de los
valores de la misma civilización, la civilización moderna.
Un perfil epistemológico, aunque
todavía insuficiente en su acabado, del ideologüema
del nacionalismo revolucionario, puede obtenerse a partir de algunos rasgos
diseñadores, algunas figuraciones ideológicas, componentes de una weltanschauung, de una concepción de
mundo compartida. Como hemos visto, estos
rasgos diseñadores son la certidumbre del Estado inconcluso, el origen
dramático de la nación en la Guerra del Chaco, el mito de la modernidad, el
progreso, el desarrollo, la industrialización, la formación de la burguesía
nacional y la inevitabilidad del capitalismo como realidad.
¿Qué clase de mundo es este, es
decir qué ante imagen de mundo estamos? ¿Qué saber, qué arqueología de saber?
Ciertamente no podemos separar este saber de lo que pasa en el mundo, del
debate que se da en el mundo, particularmente en las academias, aunque también
en las organizaciones, aunque estas se encuentren rezagadas respecto al débete
teórico, debido a su temprana inclinación al dogmatismo. No podemos olvidarnos
que, en el periodo de construcción del pensamiento nacional, estamos asistiendo
en América Latina a los desarrollos de la Teoría de la Dependencia, la misma
que ya plantea un concepto integral del capitalismo, nos referimos al concepto de
sistema-mundo. Se trata de un concepto geopolítico que comprende una gran
división geográfica entre centro y periferia del capitalismo, convirtiéndose la
periferia en el gigantesco espacio dominado, convertido en dependiente y
reducido a la transferencia de recursos naturales. Podemos decir que se trata
de una inmensa geografía donde se produce constantemente la acumulación
originaria de capital por los métodos del despojamiento y el extractivismo. Por
otra parte, la académica crítica, ligada al marxismo teórico, va a buscar dar
curso a una mirada renovada, sobre todo después de las dramáticas experiencias
de la primera y segunda guerras mundiales, las burocráticas y autoritarias
experiencias de la Unión Soviética y de República Popular de China. Hay dos
propuestas renovadoras que comienzan a circular; una es la de la escuela de
Frankfurt y la otra es la lectura e interpretación de los Cuadernos de la Cárcel de Antonio Gramsci. Ambas propuestas
teóricas van a ser tematizadas en las academias latinoamericana, en las
investigaciones y en los debates teóricos, sobre todo la segunda, que va a ser
la más conocida y estudiada. Es explicable entonces que se use como herramienta
analítica y como recurso interpretativo las tesis de Gramsci sobre el Estado, el partido, la hegemonía, el bloque
histórico, la sociedad y la cultura. Así mismo es explicable que Sergio Almaraz
Paz adquiera un tono camusiano en su hermoso libro Réquiem para una república. Hay necesidad de dar cuenta de las
nuevas realidades históricas o de los desplazamientos históricos a partir de
nuevos conceptos. Entonces estamos ante una imagen de mundo que responde a
estas circunstancias, a la condición periférica desde dónde se emiten los
discursos, a la condición de una conciencia temporal basada en la incertidumbre
de la transición, en el deseo de alcanzar las metas postergadas, en la
necesidad imperiosa de una identidad nacional, aunque también en el deseo de
resolver los problemas de transición de una manera radical. Como puede verse,
no estamos dentro la configuración epistemológica de la ciencia general del
orden, tampoco en la de las ciencias de la historicidad, de las empiricidades,
de la vida, el trabajo y el lenguaje, de la antropología, la psicología y la
sociología. Estas epistemes pueden ser las matrices profundas de los saberes
contemporáneos y regionales, delos saberes nacionales, empero asistimos a la
emergencia de saberes de la transición, que buscan desesperadamente comprender
los tránsitos, los despliegues, los puentes, las mediaciones, y por lo tanto
los desarrollos en el tiempo y el espacio. Por eso esa certeza de lo
incompleto, de lo inacabado, por eso esa ansia de modernidad, pero también de identidad,
por eso esa búsqueda del sujeto encargado de estas tareas, por eso también la
paradójica idea de la realidad como adversidad.
Sin embargo, hay algo
sobresaliente en este ideologüema, se
ignora la condición colonial de la mayoría de la población boliviana, se ignora
la cuestión indígena. Se ignoran los levantamientos indígenas y su
interpelación al Estado, a la nación y a la sociedad boliviana. Se supone
tácitamente que este problema está resuelto con la reforma agraria y con la
incorporación campesina al proyecto nacional. Esta realidad histórico-política,
la relativa a las formaciones coloniales y al diagrama de poder colonial, esta
parte impenetrable de la realidad, este lado oscuro del mundo, es taxativamente
desconocida. No es un problema de conocimiento para el iluminismo criollo. Esta
gran falta le impide a la episteme boliviana comprender los alcances de la
problemática histórica sobre la que se asientan proyectos tan inestables como
el Estado-nación, la modernización, el desarrollo, la industrialización. Estos
límites del ideologüema del
nacionalismo revolucionario le impiden construir una crítica completa de las
dominaciones, de las explotaciones, de las razones profundas de la dependencia,
de las razones profundas del inacabamiento del Estado y de la nación. No puede
desarrollar una teoría crítica del capitalismo desde la matriz y la condición
colonial de este sistema-mundo y modo de producción. El marxismo boliviano y
también el latinoamericano se queda en el umbral epistemológico para comprender
las matrices profundas de la historicidad de sus complejas fonaciones
económico-social-culturales. No puede desarrollar una teoría crítica
descolonizadora del Estado, por lo tanto tampoco puede comprender la condición
colonial del Estado-nación. Ha preferido quedarse en ese umbral y repetir
consabidamente generalidades, verdades universales, que no le hacen mella a los
órdenes, instituciones y formas de dominación capitalista. La izquierda se
termina convirtiendo en un factor más de la reproducción del colonialismo
interno y en un discurso funcional a la modernidad y al capitalismo
contemporáneo, mientras los izquierdistas siguen peleando contra las formas antiguas
el capitalismo, básicamente las del siglo XIX, las que estudió Marx.
Claro que hay intuiciones,
anticipaciones, perspectivas solitarias como las de Carlos Mariátegui, pero
estas son voces solitarias, desdeñadas en su tiempo y retomadas después de su muerte
con objeto de difusión, sin reflexionar profundamente sobre las implicaciones
de sus desplazamientos enunciativos, sus aproximaciones a la problemática
colonial y a la cuestión indígena. Podemos encontrar otros trabajos solitarios,
empero ninguno de ellos se convierte en escuela, en comportamiento, en
conducta, en una nueva forma de pensar,
en un proyecto político descolonizador.
En relación a esta falta, a esta
restricción de la realidad histórica y social, llama también la atención el sintoma
de que este saber de lo nacional ignore al pensamiento indio, los desconozca,
lo descalifique de entrada. Por eso el discurso del Otro va a ser desterrado de
la comprensión del ideologüema del
nacionalismo revolucionario. Hay una forma sugerente de hacerlo, cuando se lo
hace a nombre del mestizaje. Bajo este postulado el indígena y lo indígena
habría desaparecido en la realización de la raza
cósmica, la mestiza, tal como pregona José María Albino
Vasconcelos Calderón. Este escritor mexicano no podía hacerlo de otra
manera pues responde a la a la experiencia de la revolución mexicana, pero
sobre todo al proyecto cultural e institucional después de la revolución,
proyecto institucional que se construye sobre el asesinato de Emiliano Zapata, sobre
el cadáver el insigne revolucionario campesino. En todo caso deberíamos discutir
tesis más contemporáneas, renovadas y diferenciales sobre la condición mestiza,
como las de Serge Gruzinski, quien en el Pensamiento
Mestizo plantea la comprensión del mestizaje cultural sin borrar las
diferencias entre la herencia indígena y las otras herencias que configuran la
modernidad periférica. Hay que anotar
varias confusiones en esta interpretación de la raza cósmica; no está en discusión el mestizaje biológico; todos
somos mestizos desde nuestra condición biológica. Lo que está en cuestión es la
condición histórica de subordinación, de dominación, de explotación, de
exclusión en las que se encuentran las comunidades indígenas, sus formas
sociales, culturales, políticas e institucionales de cohesionarse, de ser en el
mundo. Lo que está en cuestión es la violencia inicial, la guerra de conquista,
la colonia, la continuidad colonial, las formas del colonialismo interno, que
tiene sometidos a pueblos que devienen de otros proyectos civilizatorios. Todas
las sociedades criollas, desde Alaska hasta el Estrecho de Magallanes, se han
construido sobre cementerios indígenas, sobre territorios despojados, sobre
violencias coloniales. Estas sociedades no pueden reclamar una condición
democrática si es que no se resuelve la cuestión de la herencia colonial. Tampoco
puede pretender abolir el pasado colonial mediante la amnesia mestiza de que
sólo cuenta el proyecto nacional.
Podemos apreciar entonces dónde
radica la importancia de la emergencia y la movilización de las naciones y
pueblos indígenas originarios, dónde radica la importancia de la insurrección
indígena, de los levantamientos y marchas. Donde radica la importancia de su
propuesta, el proceso constituyente y la Constitución. Se trata de superar la
condición de incompletud permanente
del Estado-nación, de un Estado-nación subordinado al orden mundial del
capitalismo, mediante otra transición, la transición pluralista y comunitaria.
La forma institucional de transición es el Estado plurinacional comunitario y
autonómico. Una transición que se plantea el cuestionamiento mismo de la matriz
cultural que cobija al capitalismo, la modernidad. Que se plantea superar el
capitalismo de la única forma que se puede hacerlo, de una manera
civilizatoria, el cambio civilizatorio de la modernidad. La riqueza de estos
planteamientos no se los puede eludir, sobre todo después de las experiencias
del socialismo real. La transición de la dictadura del proletariado en la
medida que se quedaba en los límites de la modernidad, por lo tanto en su
condena histórica, no podía sino revivir al capitalismo por otras vías, por la
vía burocrática. Las transiciones populistas y nacionalistas que se han dado en
la periferia no podían sino reproducir la dependencia por otras vías sin mellar
las estructuras de dominación del capitalismo a nivel mundial. Estas
experiencias no pueden ser propuestas ahora como solución, ya han sido
experimentadas y adolecen de límites congénitos insuperables, pues no
comprendieron integralmente la problemática del capitalismo, no comprendieron
la matriz colonial del capitalismo, no comprendieron la matriz extractivista y
destructiva del capitalismo.
Al respecto, no se puede decir,
como dicen algunas voces apresuradas y poco reflexivas de la izquierda, que el
Estado plurinacional ha periclitado, hablando y refiriéndose a la crisis del
proceso, cuando este Estado plurinacional nunca ha sido construido. Lo que ha
hecho el gobierno es restaurar el Estado-nación para beneplácito de izquierdas
y derechas. Esta izquierda es demasiado indolente y orgullosa de sus propias pobrezas
como para ponerse a trabajar seriamente y reflexionar sobre los alcances de
seis años de luchas semi-insurreccionales, luchas que abrieron el proceso que
todavía vivimos, con todas sus contradicciones inherentes. Prefiere repetir los
viejos y desgastados discursos de la dictadura del proletariado o de la
soberanía Estado-nación. Un firme aliado de ambos discursos, sobre todo del
segundo es el gobierno populista, pues
ha restaurado el Estado-nación y hace la propaganda de un nacionalismo
descollante. Aunque también por ahí sigue hablando de un socialismo
comunitario, figura paralela y complementaria del socialismo del siglo XXI, proyectos
que no son otras cosas que renovaciones fragmentarias e inconsecuentes del
socialismo real. Así mismo tiende a optar por métodos totalitarios para acallar
la interpelación de las naciones y pueblos indígenas originarios y de los
movimientos sociales que lucharon por la apertura del proceso. Eso, aunque sea
un remedo cruel de la dictadura del proletariado, repite el procedimiento de
los estados en su confrontación con las sociedades, el procedimiento del Estado
de excepción.
A modo de conclusión
Hay algunos sepultureros que se adelantan ansiosamente,
mostrando su apresuramiento, para diagnosticar la muerte temprana del proceso
constituyente, regodeándose de sus contradicciones, como si éstas no se dieran
en todo proceso revolucionario, como creyendo que estas contradicciones
presentes anulan sus propias contradicciones históricas, manifiestas en sus
fracasos e incomprensiones de las formaciones coloniales, periféricas del
sistema-mundo capitalista. A estos sepultureros debemos decirles que cuando se
abre un proceso como el abierto por los movimientos sociales y las luchas
indígenas, no se clausura este horizonte, aunque fracase un gobierno, que no
necesariamente a respondido al horizonte abierto, sino mas bien ha mostrado su
apego al pasado. El horizonte queda abierto como desafío, como visibilidad,
como espacio que hay que recorrer. Esta es la tarea, tanto política como
epistemológica, reconducir un proceso contradictorio y aperturar una
comprensión y conocimiento pluralista, en el contexto de las teorías de la complejidad
y las cosmovisiones indígenas.