Un Estado tramposo
Raúl Prada Alcoreza
Se ha hablado de estados aparentes o de formaciones aparentes del
Estado, desde la teoría marxista del Estado, como refiriéndose a la falta de
totalización, pero también a una dosis exagerada del imaginario; es decir, a
una no correspondencia entre estructura económica y superestructura jurídica,
política, ideológica y cultural. También desde otra perspectiva, esta vez de la
intelectualidad conservadora del Imperio, se ha hablado de estados fallidos,
como de un fracaso irremediable, refiriéndose a estados no solamente no
logrados sino que no pueden gobernarse, que no puede construir un mínimo de
orden jurídico y político. En un caso el supuesto de apariencia es complicado
sostenerlo; ¿desde qué perspectiva se puede decir que no habría logrado su
totalización? Tendría que haber un referente, este es el Estado moderno; pero,
¿cuál Estado moderno? El que se considere más acabado, más desarrollado, más
armado desde el punto de vista de su institucionalidad, normativa y soporte
económico. Empero este referente es coyuntural y tiene que ver con la
auto-referencia de un Estado dominante. Por otra parte, hablar de un desfase
entre estructura y superestructura, es
abordar el tema desde la perspectiva del determinismo económico, haciendo que
un Estado logrado, totalizado, sea el resultado de un pleno desarrollo
capitalista. Cuando se habla de estados aparentes se hace hincapié en una
especie de desborde de la voluntad, una voluntad institucional que busca
imponer la modernidad desde el Estado, como una construcción estatal; se
dibujan estados que tienen que administrar una articulación abigarrada de modos
de producción. También se refieren a Estados que son más que una ilusión
jurídica, estados que no habrían pasado por reformas institucionales y
democráticas. La idea del Estado-nación sería en este caso el referente. Pero,
tomando en cuenta esta hipótesis, habría estados más reales que otros y más
aparentes que otros. La realidad entonces estaría definida por el ejemplo del
Estado moderno, del Estado-nación.
Estas tesis suponen que el Estado moderno, el Estado-nación, es como un
fin y un centro, a partir del cual se puede valorizar lo que avanza a esta
conformación; así como el modo de
producción capitalista se vuelve un fin y un centro en la historia económica, a
partir del cual se comprende y se ilumina sobre los otros modos de producción. Empero,
en este caso, no se dice que los otros modos de producción son aparentes sino
que son pre-capitalistas o no-capitalistas. ¿Por qué entonces se habla de
algunas formas de Estado como aparentes, a pesar de ser reales, aunque
diferentes? En todo caso estas tesis forman parte de toda una discusión sobre
la relación entre estructura y superestructura, incluso cuando se introduce la
hipótesis de la autonomía relativa del Estado.
Las otras tesis, sobre los estados fallidos, se basan en una perspectiva
intervencionista; se trata de estados que no sólo no se pueden gobernar, que
son un rotundo fracaso, sino incluso estados peligrosos, que requieren de una
intervención humanitaria. Estas tesis pueden ilustrarse teóricamente a partir
de las concepciones de dos ideólogos conservadores, uno es Samuel Phillips
Huntington y el otro es Francis Fukuyama; el libro polémico y difundido del
primero es Choque de civilizaciones,
el libro más conocido y discutido del segundo es El fin de la historia y el último hombre. Estos autores no hablan
de estados fallidos, pues el término de estados fallidos es más periodístico y
tiene el objeto de comentario como de la difusión, así como de la clasificación
descalificadora; con el argumento de hacer más detalla la enunciación,
el centro de estudio Fund for Peace ha propuesto algunos parámetros
descriptivos: pérdida de control físico del territorio, o del monopolio en el
uso legítimo de la fuerza, erosión de la autoridad legítima en la toma de
decisiones, incapacidad para suministrar servicios básicos, incapacidad para
interactuar con otros estados, como miembro pleno de la comunidad
internacional. Un Estado fallido se identifica por un fracaso social, político
y económico, distinguiéndose por tener un gobierno débil e ineficaz, que no tiene
control sobre extensas regiones de su territorio, no provee ni puede proveer
servicios básicos, presenta altos niveles de corrupción y de criminalidad,
refugiados y desplazados, así como una marcada degradación económica. Noam
Chomsky ha criticado estas concepciones en su libro Estados Fracasados: El Abuso de Poder y la Agresión a la
Democracia. El intelectual crítico norteamericano
invierte la proposición y define a los Estados Unidos como un imperialismo que
pone en peligro la democracia en el mundo.
Hasta ahí
estas dos discusiones sobre las caracterizaciones del Estado, unas marxistas,
las otras conservadoras. No vamos a continuar con estos temas ni estas
discusiones, tan sólo poner en suspenso los supuestos en los que se basan, uno
dialéctico, el otro claramente descalificador e intervencionista. Lo que
interesaba es ilustrar sobre debates en torno a los problemas de los estados en
la contemporaneidad. Introduciremos un juego metafórico, sin pretensiones de
definición teórica ni mucho menos, sino tan sólo con pretensiones figurativas
para caracterizar los usos del Estado para afrontar problemas contingentes por
parte de un gobierno progresista. Llamaremos tramposo a este uso del Estado,
pues no podemos llamar tramposo al gobierno, pues la trampa excede al gobierno,
se involucran el órgano legislativo, el órgano judicial y el órgano electoral,
además de los aparatos de emergencia del Estado, la policía y las fuerzas
armadas. Por lo tanto es el Estado el que se involucra en procedimientos
tramposos para afrontar problemas sociales.
Toda la
política sinuosa que se ha seguido en torno al conflicto del TIPNIS por parte
del gobierno y los otros órganos de poder llama la atención. El quitar al
TIPNIS más de 250 mil hectáreas, entregándoselas a los avasalladores del
territorio indígena y parque, fue una medida elocuente en lo que respecta a
develar el sentido de las políticas de gobierno respecto a los territorios
indígenas y áreas protegidas. El firmar el contrato y el convenio con el
gobierno brasilero el 2008 para la construcción de la carretera,
comprometiéndose el préstamo del Banco Nacional de Desarrollo Económico del
Brasil, seleccionando a la empresa constructora OAS sin cumplir con las normas
de contratación de bienes y servicios, fue otra muestra patética las relaciones
secretas en las que está medido el gobierno, además de ser una evidencia de los
procedimientos velados y opacos que se emplean. El uso de un discurso de
defensa de la madre tierra en los foros internacionales en contraste con una
política pragmática y extractivista es otra muestra de las profundas
contradicciones en las que se debate el gobierno. La forma de enfrentar a la
resistencia indígena a la afectación de sus derechos, al incumplimiento de la
Constitución y de los convenios internacionales, es otro comportamiento
escandaloso que devela una falta de escrúpulos buscando denigrar y descalificas
a los dirigentes indígenas, convertidos en enemigos. El hacer leyes y
abrogarlas después, de acuerdo a las circunstancias, es una demostración de la
falta de seriedad. Sobre todo llama la atención el comportamiento en relación a
la VIII marcha indígena que termina llegando a la sede de gobierno, apoyada por
un millón de paceños que salen a recibir a los marchistas como héroes,
consiguiendo arrancar la ley 180 de protección del TIPNIS. Días después el
gobierno prepara el contra ataque con el objeto de abrogar la ley, arma una
contra marcha con los cocaleros del CONISUR, marcha que no logra los efectos
buscados, pues no recibe ninguna clase de apoyo popular. La gente interpreta
rápidamente esta marcha como una maniobra. En estas circunstancias el gobierno
y la Asamblea Legislativa no se atreven a abrogar la ley y buscan
desesperadamente otra salida. Aprueban una ley de consulta, la ley 222, que
supuestamente tiene por objeto subsanar un error, el no haber hecho la consulta
a los pueblos indígenas que habitan el TIPNIS, moxeños, chimanes y yuracares.
Sin embargo, esta ley de consulta es totalmente forzada, no cumple con ninguno
de los requisitos y condiciones de la consulta establecidas en los convenios
internacionales y en la Constitución. No cuenta con el consentimiento de los
pueblos indígenas, de sus representantes, de sus organizaciones matrices. No es
previa, pues el contrato con OAS, el diseño de la carretera, la división en
tres tramos, el avance en el tramo 1 y 3, el compromiso de préstamo del Banco
Nacional de Desarrollo Económico del Brasil, ya se efectuaron desde el 2008. No
es libre, pues se impone sin haber discutido y acordado con los pueblos
indígenas. No es informada, pues no se ha informado sobre los alcances del
proyecto debidamente y en las lenguas de los pueblos. En el desarrollo de esta ley se involucra al
CONISUR, organización afiliada a las federaciones cocaleras, que representa a
los sindicatos de la zona de avasallamiento del polígono siete y quizás a la
única comunidad yuracaré y moxeña que queda en la zona, Santísima Trinidad. No
se toma en cuenta para nada a la representación legítima de las más de sesenta
comunidades del TIPNIS, la subcentral del TIPNIS, menos a la organización
matriz de los pueblos indígenas de tierras bajas, la CIDOB. Esta conducta torpe
y forzada, sigue adelante; se arma un protocolo espantoso, que induce a la
opción por la carretera. Para respaldar estos procedimientos, se prácticamente ocupa
militarmente el TIPNIS, se efectúan incursiones, se hacen obsequios,
presionando a las comunidades para que se comprometan con la construcción de la
carretera. También se dividen a las comunidades, formando organizaciones
paralelas o separando a algunas dirigencias. El propio presidente se convierte
en el jefe de campaña de esta escandalosa coerción.
En
adelante analizaremos la tramposa ley 222 y su protocolo, acompañada por
discursos encubridores y la visita de una delegación canadiense, que se hace
pasar como representación oficial de Naciones Unidas, cuando es sólo del PNUD,
representación que avala, con algunas reticencias, una violación flagrante a
los convenios internacionales y a la Constitución. Pero antes de hacer esto, estableceremos
los criterios primordiales de la consulta a los pueblos indígenas, instituidos en
el Convenio 169 de la OIT, en la Declaración de Naciones Unidas sobre los
Derechos de los Pueblos Indígenas y en la Constitución.
La consulta a los pueblos indígenas
La
consulta no solamente es un derecho de los pueblos indígenas sino una garantía
de estos derechos[1].
Derechos que tienen que ver con el derecho a su territorio, a su cultura, a su
lengua, a sus instituciones, a sus normas y procedimientos propios, a sus formas
de organización y representación, a sus formas de gestión, a la libre
determinación, autogobierno y autonomía. Para que la consulta sea una consulta,
tal como está establecida en los convenios internacionales, debe la misma a ser
consultada; se debe preguntar a los pueblos afectados sobre la consulta misma.
Debe contar con su consentimiento. No pueda ser una consulta inventada por el
gobierno u otros órganos del Estado, menos por las empresas, no puede ser
impuesta, tal como lo ha sido la ley 222. La ley misma debía haber sido
discutida con los pueblos indígenas, sus representantes legítimos, sus organizaciones matrices. Esto no ocurrió,
salvo la complicidad del CONISUR, que no tiene que ver nada con la TCO del TIPNIS,
donde se debe hacer la consulta, y algunas dirigencias locales. La consulta
debe ser previa, empero si el gobierno y el Estado reconocen su error por no
haber consultado, pueden hacerla, siempre acordando con las representaciones y
organizaciones indígenas. Si los pueblos indígenas no quieren la consulta, si
dicen que es extemporánea, entonces no se puede hacer la consulta.
Los
pueblos indígenas son autónomos, eso lo establecen los convenios
internacionales y la Constitución. Existen antes de la colonia, eso les
reconoce la Constitución. Por lo tanto son dueños de sus tierras y el Estado
tiene que consultarles y pedirles permiso para poder hacer planes y programas
que puedan afectarlos. Por otra parte, la Constitución define la condición
plurinacional del Estado, esto implica la convivencia de naciones, pueblos y
culturas, esto exige respeto a su libre determinación. La misma Constitución
define la condición comunitaria y la condición autonómica del Estado,
constitucionalizando las autonomías indígenas. La forma comunitaria y la forma
de autonomía son formas de Estado, por lo tanto condicionan a las políticas
públicas. La autonomía misma es una garantía de los derechos de los pueblos
indígenas.
El
gobierno, la Asamblea Legislativa y el órgano electoral, al elaborar y aprobar
la ley 222 y hacerla operable con el protocolo, violan no solamente el derecho
a la consulta de los pueblos indígenas sino también estas condicionantes
constitucionales, la condición plurinacional, la condición comunitaria y la
condición de autonomía del Estado. Violan los derechos y violan las garantías
de esos derechos. El Tribunal Constitucional al abalar estos procedimientos
violatorios se hace cómplice de los atentados a la Constitución, a los derechos
y a las garantías de los derechos.
Cuando se
establece la condición de libre para efectuar la consulta se está planteando
precisamente eso, que se respete la libertad de los pueblos indígenas, que no
se les imponga procedimientos impropios a una consulta, un documento ya hecho
por abogados y legisladores, como parte de la presión a hacer la carretera, que
es la voluntad del gobierno. Cuando se dice que la consulta debe ser informada,
se habla de todo un proceso, de una información adecuada y transparente, efectuada
en las lenguas indígenas, que se informe sobre el impacto ambiental y las
consecuencias del proyecto. Nada de esto ha ocurrido, no se ha informado, se ha
desinformado, se ha hecho propaganda, se manipula constantemente a través de
los medios del gobierno, lo que ya invalida la consulta misma.
Los vicios de la ley 222 y el protocolo
Los principales
vicios de la ley 222 tienen que ver con las contradicciones flagrantes con la Constitución,
los convenios internacionales y la ley 180, en defensa del TIPNIS. Los otros
vicios tienen que ver con las contradicciones con la estructura conceptual y
normativa de la consulta. Otro grupo de vicios tiene que ver con las
contradicciones en su propia redacción. Por último, los vicios más calamitosos
tienen que ver con la redacción del protocolo. No se puede hacer una ley que
contravenga la condición plurinacional, la condición comunitaria y la condición
autonómica del Estado en transición. No se respeta el artículo dos de la
Constitución, se viola el carácter de libre determinación, autogobierno y de
autonomía de los pueblos indígenas. No se puede hacer una ley que contradiga la
ley 180, en defensa del TIPNIS. Y obviamente no se puede hacer una ley que no
responda a las clausulas y condicionantes de los convenios internacionales. ¿Por
qué se hace todo esto?
Para responder
esta pregunta contamos con dos hipótesis de interpretación. La primera
hipótesis tiene que ver con la incomprensión de la Constitución y de los
convenios internacionales. Incomprensión que tiene que ver con resistencias a
la interpretación del texto constitucional, a la discusión y deliberación del
texto, y también a la distancia de los funcionarios respecto al proceso
constituyente. La segunda hipótesis tiene que ver con el interés demostrado de
defender un proyecto pragmático, realista, que es la continuación del modelo
extractivista, y renunciar al proyecto constitucional del vivir bien, de la
construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, tiene que ver
con la renuncia a la economía social comunitaria y al modelo ecológico,
inscritos en la Constitución.
Ciertamente
estas renuncias y estas incomprensiones no se hacen explícitas, pues esto no se
puede hacerlo; políticamente sería una confesión. Las renuncias al proyecto de
cambio tienen que ser ocultadas, escondidas, camufladas. Las incomprensiones
obviamente no son reconocidas, pues esto sería como comprender la propia incomprensión.
Entonces la comunicación se hace confusa y saturada. Se efectúa una campaña de desinformación
y haciendo creer que se está en lo mismo, en el proceso de cambio, cuando todas
las acciones lo contradicen. El gobierno ya forma parte del contra-proceso,
desacatando la Constitución y los mandatos constitucionales, enfrentando al pueblo
boliviano y a las naciones y pueblos indígenas originarios. Todas las acciones
optan por la trampa, hacer trampa; los responsables de estas acciones creen que
esto es una astucia política, cuando lo único que hacen es mostrar su propia
decadencia ética y moral.
Es un
perfil muy peculiar de estos astutos políticos; tienen una representación de la
realidad de película. Se trata de un juego de apariencias, lo que vale son las
apariencias, lo que aparenta que es, no lo que es en realidad. Por lo tanto se
opta por campañas publicitarias y obviamente están muy lejos de la
investigación de los hechos, de los acontecimientos, de los problemas. Esto
para ellos es pérdida de tiempo y especulación. De lo que se trata es de modelar
la opinión pública de acuerdo a los mensajes propagandísticos y publicitarios.
Por eso mismo, es preferible el engaño que la transparencia. No se podía
esperar de ellos una preocupación por cumplir con las condiciones, los
requisitos, la estructura conceptual y normativa de la consulta. Es lo que
menos les preocupa; de lo que se trata es de hacer creer que se trata de una
consulta. No importa cómo se la haga, tiene que servir este mecanismo para
imponer una voluntad antelada, la construcción de la carretera. Por eso se
plantea en la ley 222 el dilema de intangibilidad o carretera, cuando ya el
SERNAP y las organizaciones indígenas acordaron áreas identificadas como
vulnerables, de aprovechamiento económico y de reproducción comunitaria, cuando
en la reglamentación de la ley 180 el gobierno, la Asamblea legislativa y las organizaciones
indígenas acordaron el significado de intangibilidad. Por eso también el
protocolo es un documento indecoroso y descarado de inducción a optar por la carretera,
inventándose procedimientos anómalos de encuesta, inventándose representaciones
indebidas para abordar estos procedimientos en las localidades dónde se
aplicaría el cuestionario. Todo esto se hace sin resquemor, sin rubor alguno,
con pleno descaro. ¿Por qué se opta por el mecanismo de la trampa y no por una construcción
consentida y consensuada con los pueblos indígenas?
El proceso
de la consulta es complicado, llevaría por lo menos dos años en prepararla y
ejecutarla. Se requiere participación, reunir la información, difundirla en
lenguas propias de los pueblos indígenas; se requiere esperar el
desenvolvimiento de las deliberaciones y de las asambleas. Para esto es
menester la participación de las representaciones genuinas de los pueblos indígenas,
representaciones que el gobierno considera como enemigos. Para esto es
necesario informar sobre los impactos ambientales y sobre la organización,
cohesión y cultura indígenas. Se requiere buena fe, que es lo que más le falta
al gobierno. No se quiere la consulta, pues no se aprecia la decisión libre de
los pueblos indígenas; se suplanta su opinión por la presuposición
gubernamental, se supone que las comunidades quieren desarrollo, quieren
escuelas, quieren hospitales; por lo tanto quieren la carretera. Acostumbrados
a la violencia estatal, no hacen otra cosa que continuar con la misma
violencia, con el monopolio de la violencia, que creen que es el monopolio de
la verdad.
El
problema es que todos están comprometidos con esta estrategia, si se la puede
llamar así. No sólo el ejecutivo, también la Asamblea Legislativa, el órgano
judicial, el órgano electoral, incluso el Tribunal Constitucional. No hay dónde
acudir para defender los derechos constitucionalizados. El Defensor del Pueblo es
una instancia, empero es débil para hacer cumplir y garantizar los derechos.
Los organismos internacionales ayudan, empero sólo terminan observando y
acompañando las marchas. Sólo queda confiar en la propia fuerza, en la propia
potencia social, en las marchas y movilizaciones populares. La solución del problema
vuelve a remitirse a la correlación de fuerzas, correlación puede desatar otras
acciones, jurídicas, de denuncia y hasta de exigencia. Otra vez está en manos
del pueblo corregir los decursos históricos.
Como se
puede ver, se trata de una coyuntura política complicada, de un panorama polarizado,
incluso paradójico. Por un lado hay un control casi absoluto del Estado, todos
los órganos de poder, todas las instituciones oficiales, incluso la amplia
mayoría de las gobernaciones, están en manos de lo que llamaremos
provisionalmente los grupos de poder. A propósito no nombramos al MAS, pues es
difícil creer que el MAS gobierna. La impresión es diferente, incluso en las
dirigencias del MAS. El más no dejó de ser un instrumento electoral, de convocatorias
electorales y espacio de negociaciones y acuerdos con las organizaciones
sociales. Empero nunca se discutió en los congresos del MAS la dirección de las
políticas públicas. Todo quedó en manos del ejecutivo. Muchas direcciones del MAS
tienen la percepción de que los que se
encuentran en el ejecutivo son invitados y no miembros del MAS. Este tema es digno
de análisis, pero no se puede hacerlo en este momento y en este ensayo, quedará
pendiente. Por lo tanto, volviendo al análisis, vemos que los grupos de poder
controlan todo, pero este control no se encuentra respaldado por la
legitimidad. Al contrario se ha venido perdiendo la legitimidad en la medida
que se ha hecho evidente la dirección política inconstitucional y la opción por
el modelo extractivista. La crisis del gasolinazo y la crisis del TIPNIS
terminaron quitándole la legitimidad que le quedaba al gobierno. Después de las
elecciones de los magistrados se constata que el MAS, en términos electorales,
es ya una minoría, al ser vencidos en la votación por el voto nulo. La paradoja
entonces es esta, el costo del control del Estado a como dé lugar resultó en un
vacío de legitimidad, que puede también constatar un vaciamiento político.
Otra
paradoja es la que tiene que ver con las actuales alianzas políticas que
sostienen al gobierno. La alianza con las naciones y pueblos indígenas
originarios ha desaparecido, se ha roto el Pacto por la Unidad; por un lado
están las organizaciones campesinas, denominadas popularmente como las
trillizas, apoyando al gobierno; por otro lado están las organizaciones indígenas,
el CONAMAQ y el CIDOB, buscando
la reconducción del proceso, encaminadas en la defensa del TIPNIS, de la madre
tierra y de la Constitución. La nueva alianza del gobierno es con la burguesía
boliviana, con los agroindustriales, los banqueros, los empresarios, los
terratenientes y los nuevos ricos, comerciantes, intermediarios,
contrabandistas y campesinos ricos, vinculados a los monocultivos. Esta alianza
convierte al gobierno en administrador de los intereses de la burguesía y de las
empresas trasnacionales. Además esta alianza enfrenta al gobierno con el
pueblo.
La
paradoja más contrastante es la que tiene que ver con la continuación expansiva
del modelo extractivista y la economía rentista, renunciando a la transición al
vivir bien, como modelo alternativo al capitalismo, a la modernidad y al
desarrollo, renunciando a la construcción de una economía social y comunitaria,
renunciando sobre todo a la transición y la construcción del Estado
plurinacional comunitario y autonómico, al sistema de gobierno de la democracia
participativa, del ejercicio plural de
la democracia, directa, representativa y comunitaria. Esta paradoja
muestra los alcances del realismo y el pragmatismo del gobierno; no se cree en
el cambio sino solo en la necesidad de mantenerse en el poder. Hay pues un
acomodo a las estructuras y relaciones de poder regionales e internacionales.
Por eso, las políticas se retienen sólo en la emisión de bonos, completamente
adecuados a la economía rentista; empero se renuncia a las inversiones
estructurales y logísticas en salud, en educación, en la calidad de vida. Se
prefiere optar en la provisionalidad de la coyuntura y renunciar a políticas estructurales
de mediano y largo plazo. Peor aún, se renuncia taxativamente a la
industrialización de las materias primas y se prefiere extender la exportación
de recursos naturales; se renuncia a la soberanía alimentaria, prefiriendo
apoyar el comercio de monocultivos destinados al mercado externo; se renuncia a
fortalecer, expandir y consolidar el mercadeo interno. También se renuncia a la
inversión productiva, prefiriendo el gasto, el incremento de la deuda interna y
externa, además del ahorro sin sentido de las reservas internacionales, cuyo
objeto es un efecto sumatorio como resultado del equilibrio macroeconómico, tan
buscado por las políticas monetaristas.
Entonces
se entiende que lo que tenemos no es tanto un Estado aparente, figura de la
discusión marxista, no es tanto un Estado fallido, discusión conservadora e
imperialista, sino la figura de un Estado usado no sólo en el sentido de la
separación entre Estado y lucha de clases, entre estado y sociedad, entre
Estado y comunidades, sino en el sentido de la manipulación masiva, de la disuasión
represiva, en el sentido de los engaños múltiples, de las astucias políticas proliferantes,
en el sentido de la efectuación de la política como trampa.
Obviamente
el caso boliviano no es el único caso, todo esto forma parte de la crisis
múltiple del Estado, de la forma Estado, de los Estado-nación. El caso
boliviano tiene sus propias peculiaridades, sus intensidades y sus dramatismos,
que tienen que ver con su propia historia política, sobre todo la reciente. Hay
quienes todavía se ilusionan con concluir la construcción del Estado-nación,
pues consideran que su construcción ha quedado inconclusa, inacabada, que el
fracaso económico tiene que ver con este inacabamiento del Estado-nación, que
el fracaso de las nacionalizaciones tiene que ver con esta inconclusión y falta
de totalización. Esto parece más un justificativo para seguir insistiendo en
una perspectiva política en crisis, sin considerar el carácter subalterno de
los Estado-nación periféricos. Es también un justificativo de algún ideólogo
del gobierno que explica el diferimiento del Estado-nación, por lo tanto su
dilatación y la postergación de la construcción del Estado plurinacional
comunitario y autonómico, debido a la tarea pendiente de concluir con la construcción
del Estado-nación. Esta justificación sirve en sentido pragmático para
proseguir con la línea del modelo extractivista colonial del capitalismo
dependiente. La crisis actual del capitalismo, la crisis política del orden
mundial, la crisis ecológica que es la medida del costo del capitalismo
transferido a la naturaleza, muestran la insostenibilidad de esta perspectiva
política nacionalista. Es menester e indispensable una transición más allá del
Estado-nación. Esta perspectiva ha sido
pensada por los movimientos sociales anti-sistémicos y las naciones y pueblos
indígenas, esta es la transición política del Estado plurinacional comunitario
y autonómico.
[1] Estas fueron las
expresiones de Bartolomé Clavero en la exposición que hizo en Trinidad en el
Seminario sobre Avances y retrocesos del Estado plurinacional, organizado por
el CEJIS. El seminario se llevó a cabo los días 20 y 21 de abril de 2012.
No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada