Canadá se ha vuelto un paraíso fiscal para las empresas trasnacionales mineras del mundo, además de las propias del Canadá. Todo aparentemente se hace legalmente, en los marcos de las formalidades, empero basta rascar un poco el barniz de las apariencias para descubrir el complicado mundo de la mega-minería y de sus consecuencias desastrosas. Los autores mencionados (Alain Deneault, en colaboración con Delphine Abadie y William Sacher), del libro NEGRO CANADA. Saqueo, corrupción y criminalidad en África, escriben:
El derecho soberano de los negocios donde prevalecen las empresas canadienses provoca, a través de sus operaciones, numerosos daños colaterales, que los economistas han trivializado bajo el nombre de externalidades. Las externalidades resumen todos los costos de orden social, humanos o ambientales que están implicados en los procesos de producción, pero que las empresas no los consideran en su contabilidad. Son las consecuencias de la acumulación del capital, para que pocos se beneficien de él, muchos tienen que vivir mal.
Las empresas canadienses pueden contaminar las napas freáticas hasta volver tóxica durante décadas la única fuente de agua que poseían las comunidades, envolver de polvo a las poblaciones hasta enfermarlas, empobrecer a los africanos que viven después de generaciones en un yacimiento recientemente adquirido, brutalizar a los obreros, sepultar vivos a mineros artesanales obstinados, alterar radicalmente equilibrios sociales ancestrales... Las consecuencias no son consideradas nunca y son inexistentes para los datos contables. Peor aún, las externalidades son la condición misma de una ganancia rápida y espectacular. Ellas son el precio de la prosperidad.
Esto a propósito de lo que ocurre en la confrontación de una empresa canadiense, apoyada por el gobierno, y los ayllus.
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