LA TRAICIÓN DE LOS INTELECTUALES
Un panfleto casi reaccionario
Por José
María Marco
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Julien Benda (1867-1956)
se pasó la vida escribiendo. A diferencia de lo que sucede con casi todos los
grafómanos, le ha sobrevivido una obra, un panfleto que acaba de ser
reeditado en español con el título de La traición de los intelectuales.
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Ni que decir tiene
que Julien Benda era un intelectual, un intelectual francés. De familia judía,
empezó a destacar cuando el caso Dreyfus.
Se empeñó entonces en defender al capitán calumniado sin entrar en
consideraciones acerca de la situación social del acusado. La actitud
preludiaba lo que iba a ser la tesis de su gran obra.
Polemizó
luego con casi todos los intelectuales y con muchos de los artistas franceses
de su tiempo, desde los nacionalistas de Action Française hasta los herederos
del irracionalismo de Bergson. Asumió, casi profesionalmente, la defensa de la
razón, del ejercicio desinteresado de la inteligencia, del idealismo frente al
realismo pragmático, o utilitario, que había anegado laintelligentsia de su país, en otro tiempo
tan grande.
Habiendo
sacado las consecuencias de la quiebra de 1914, cuando el triunfo de los
nacionalismos colocó a la cultura europea en el fondo de un abismo del que no
se ha recuperado, disfrutó el desquite de ver cómo sus adversarios, los mismos
que habían exaltado la Francia eterna y su inmortal espíritu, aplaudían al
invasor alemán en los años cuarenta. Un cierto espíritu de revancha que nunca le
fue del todo ajeno le llevó, probablemente, a aceptar el triste papel de
compañero de viaje de los comunistas. Decía que al menos la del comunismo era
una causa justa.
Esta deriva,
que hace de Benda un personaje un poco antipático, va algo más allá del
revanchismo. Está relacionado, me parece a mí, con cierta rigidez propia de su
espíritu, con una sequedad propia de una parte del pensamiento francés, que
confunde racionalismo con herencia jacobina y acepta la herencia revolucionaria
como el triunfo de la Razón, de la diosa Razón.
El tono
radical se trasluce también en esta Traición de los
intelectuales. A cambio,
la obra diagnosticó un mal moral e intelectual muy de su época, que por
desgracia sigue siendo, en buena medida, la nuestra. Más aún, algunas de
las lacras que describió Benda en 1927 no han hecho más que agravarse.
El título francés de esta obra es La trahison des clercs. La palabra francesa clercs quiere decir
"clérigos" (en inglés, como antes también en francés, clerk quiere decir
"dependiente", de una tienda o de cualquier otra empresa). Los
clérigos, para Benda, son aquellos que se deben a la verdad, a la belleza,
pasiones intelectuales intemporales e independientes de la circunstancia. En
español se ha optado por traducir clercs por intelectuales para evitar la confusión
que sin duda provocaría el términoclérigos.
Lo que se
gana de un lado se pierde de otro: lo propio del intelectual es precisamente su voluntad
de intervenir en el debate público. Es difícil por tanto que un intelectual
traicione su misión cuando se dedica a cumplirla. Otra cosa es que traicione al
sentido común, que es lo que suele pasar. Se recordará al norteamericano William F.
Buckley, que dijo que preferiría ser gobernado por los primeros
nombres de la guía telefónica de Boston que por el equipo rector de la
Universidad de Harvard. Benda, con su estilo sentencioso, que intenta poner al
día de la gran prosa de los moralistas franceses del Gran Siglo, lo dice de
otra manera:
Si a Racine o a La Bruyère
se les hubiera pasado por la cabeza publicar consideraciones sobre lo oportuno
de la guerra de Holanda o la legitimidad de las Cámaras, les habría parecido
que sus compatriotas iban a reírse abiertamente de ellos (p. 221).
El mayor
pecado que han cometido los ex clérigos de Julien Benda, ahora intelectuales,
es haberse dejado llevar por la pasión predominante de su tiempo, que es la
pasión política, y haber abandonado su misión de defensa del idealismo para
instalarse en un realismo que permite justificar cualquier medio en función del
fin. Lo primero que sucumbe en el trance es la razón pura, la verdad, la
actitud desinteresada. Ganan, en cambio la relativización, lo que hoy se llama relativismo, y el particularismo, que
hoy se traduciría pormulticulturalismo.
En los años
en que escribió Benda, los dos motores de la pasión política que conduce a tal
degradación fueron la Patria y la Clase. Como Benda nunca logró quitarse de
encima sus prejuicios de radical a la francesa, la insistencia en la Patria le
lleva al cultivo de una pose peligrosa de universalista, siendo así que combate
los efectos deletéreos del pacifismo. En cuanto a la Clase, le parece más
amenazante la defensa de la burguesía que la ofensiva del proletariado. Se
equivocaba.
Pero todo
esto, que ancla a Benda en la primera mitad del siglo XX, no le quita
actualidad a su panfleto. Al revés. Algunos de los males que aquí se describen
se han intensificado con el tiempo. Así que se sigue leyendo con interés y
aprovechamiento. Algunas veces recuerda al Ortega de La rebelión de las masas y El tema de nuestro tiempo, otras a los maestros de
los neoconservadores americanos. En una edición reciente en inglés, se ha
encargado del prólogo Roger Kimball,
un brillante intelectual conservador. Se podía haber intentado algo parecido en
español, y se nos hubieran evitado las trivialidades de Fernando Savater, que
firma unas líneas previas.
El fondo del
panfleto sigue vigente. Cambian, con el tiempo, las posiciones a las que
conduce la reflexión apasionada de Julien Benda. ¿O no tanto? Un esfuerzo más,
y Benda habría descubierto al gran reaccionario que llevaba dentro.

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