La fuerza de la ley y el padre tierra
Raúl Prada Alcoreza
Se ha suscitado un debate con el
gobierno, los funcionarios de gobierno y los aparatos ideológicos del Estado;
primero, sobre la contradicción entre el desarrollo legislativo y la
Constitución; segundo sobre un cuestionario que el gobierno llama consulta; y
tercero, sobre una ley de la madre tierra aprobada por el gobierno, norma oficial
que contradice el espíritu de la ley elaborada por el Pacto de Unidad y
consensuada entre el Pacto de Unidad, la Asamblea Legislativa y el gobierno. La
ley aprobada por el gobierno sólo deja algunos enunciados generales de lo que
un día fue el anteproyecto y el proyecto de la ley de la madre tierra, empero
les da un contenido operativo que contradice el espíritu de los derechos de los
seres de la madre tierra, tal cuál fue la concepción elaborada por el Pacto de
Unidad, después de un año de elaboración. Después de leer el texto de la ley
aprobada por el gobierno, deberíamos llamar a la ley, no de la madre tierra, sino
del padre tierra, pues reproduce el arquetipo imaginario dominante de un Estado
patriarcal. ¡La madre ha muerto, viva el padre!
¿Qué es lo que se ha ido
perdiendo en el desarrollo legislativo de la ley de la madre tierra? Primero, su concepción, su cosmovisión, la de
las naciones y pueblos indígenas originarios; concepción animista, inmanente y
pluralista. Ya no se trata de seres, componentes y bondades de la madre tierra;
que eran los tópicos fundamentales de la ley elaborada por el Pacto de Unidad, sino
se vuelve a reducir esta ontología a recursos naturales, pues la principal
preocupación de la ley es que “armonice” con la concepción extractivista minera
e hidrocarburífera. No choque con el código minero y la ley de hidrocarburos. A
esta concepción se la llama eufemísticamente de “desarrollo”, peor aún,
demagógicamente, de desarrollo del pueblo boliviano. Cuando las resoluciones de
Tiquipaya definen al vivir bien como modelo alternativo al capitalismo, a la
modernidad y al desarrollo. Tal parece que el desarrollo capitalista es muy
caro para los funcionarios de gobierno y los ideólogos del Estado-nación,
incluyendo a los aparatos ideológicos del Estado, en la que se encuentra el
sistema educativo y las universidades.
El Estado-nación, liberal y colonial no puede renunciar a esta ilusión
de desarrollo, que no es otra cosa que la formación discursiva que encubre la
marcha destructiva del modelo extractivista colonial del capitalismo
dependiente.
La ley aprobada por la Asamblea Legislativa
plurinacional y por el gobierno no hace otra cosa que garantizar la “armonía”
con los dispositivos normativos del extractivismo, que no es otra cosa que atentar contra los
derechos de los seres de la madre tierra, al reducir de nuevo los seres a
recursos naturales, es decir, explotables en función de la acumulación
originaria y ampliada del capital. La concepción que está detrás de estos
enunciados es nuevamente el dominio sobre la naturaleza, dominio en la que se
ha construido la modernidad y sus ilusiones de progreso y desarrollo. Estos
últimos no son otra cosa que discursos apologéticos de los intereses de las
grandes empresas trasnacionales y del sistema financiero mundial dominante en
la estructura de control del capitalismo. Los últimos elaboradores de la ley de la madre
tierra no hacen otra cosa que “armonizar” lo que debería ser una crítica al
capitalismo, a la modernidad y al desarrollo, tal como establecen las
resoluciones de Tiquipaya, con los intereses de los circuitos acumulativos del
capital, bajo el mando de los grandes monopolios y oligopolios, que son estas
empresas trasnacionales, sobre todo extractivistas, aliadas al sistema
financiero internacional, en la fase especulativa del capitalismo. Esta
armonización discursiva, ideológica, no hace otra cosa que matar el espíritu de
lo que un día fue el anteproyecto y después el proyecto de ley de la madre
tierra, elaborada por el Pacto de Unidad, consensuado con la Asamblea Legislativa
y el gobierno.
El debate ha adquirido un tono
intenso y rico en los escritos de Bartolomé Clavero, quien ha seguido desde
hace tiempo la experiencia del proceso constituyente boliviano, la construcción
de la Constitución, su aprobación y promulgación. Está demás decir de Bartolomé
Clavero que es un jurista, constitucionalista, investigador e intelectual comprometido con las luchas de
las naciones y pueblos indígenas por la descolonización. Todos lo conocemos,
por lo menos los que hemos tenido la alegría de conocerlo, leer sus escritos y
publicaciones. Era entonces de esperar que Bartolomé Clavero entre en defensa
de la Constitución, sobre todo de los derechos de las naciones y pueblos
indígenas, consagrados en los convenios internacionales y en la Constitución.
Que defienda el derecho a la consulta como garantía de los derechos indígenas,
de la libre determinación, el autogobierno y el ejercicio de la autonomía
indígena, en tanto normas y prácticas del proceso de descolonización. Esta
actitud consecuente era de esperarse a partir de la integridad ética e
intelectual de Bartolomé Clavero.
Lo que sorprende es la actitud
legitimadora de una ley adulterada en su contenido por parte de intelectuales,
de quienes se espera una actitud sino critica por lo menos objetiva en cuanto a
lo que ocurre con el desastroso desarrollo legislativo del la Asamblea Legislativa
y del gobierno, que lo
único que hacen es desmantelar a la propia Constitución y su perspectiva
plurinacional, comunitaria y autonómica, restaurando el Estado-nación, liberal
y colonial, subordinado al orden mundial del sistema-mundo capitalista. No deja
tampoco de sorprender la forma como lo hacen, a nombre del pueblo en general y
por el derecho al “desarrollo”, olvidando notoriamente que cuando hablamos de
pueblo, desde la Constitución, hablamos de pluralidad, de pluralismo de naciones
y pueblos, sobre todo reivindicando a las naciones y pueblos indígenas,
conquistados, colonizados y sometidos desde la instauración colonial. Esta es
la perspectiva descolonizadora de una transición pluralista del Estado, que
requiere pluralismo normativo, institucional, administrativo y de gestiones,
además del ejercicio participativo y plural de la democracia. Que requiere
transformaciones estructurales e institucionales que no se las ha hecho,
optando más bien por continuar con una normativa, gestión y administración
liberales, que no hacen otra cosa que conculcar los derechos de las naciones y
pueblos indígenas, como el derecho a una consulta previa, con consentimiento,
de buena fe, libre e informada. Conculcar también los derechos fundamentales
del pueblo boliviano, plural, tal como lo define la Constitución. Ahora queda
claro que se conculcan también los derechos de la madre tierra, lo más grave,
hecho esto a su nombre.
El gobierno y la Asamblea Legislativa
creen que por poner nombres cambian las cosas, por arte de magia se
transforman; por ejemplo, por llamarle Estado plurinacional al Estado-nación,
este Estado ha dejado de ser mono-nacional y mono-cultural, mono institucional,
por lo tanto colonial. Creen que por llamar consulta a un cuestionario inductor
de comportamientos, presionando a obtener la aquiescencia de las comunidades
del TIPNIS por una carretera del “progreso” y “desarrollo”, ya se vuelve
consulta. Creen que por llamar ley de la madre tierra a una ley escamoteada,
cambiada, transformada en su contenido, ya sin el espíritu de la ley de la
madre tierra, sigue siendo una ley de la madre tierra, cuando se ha convertido
en un instrumento perverso del modelo extractivista. Creen que por llamar
proceso de cambio a la conducta sinuosa y oportunista del gobierno ya se trata
del proceso de transformación efectivo, abierto por los movimientos sociales
anti-sistémicos. Esto no es otra cosa que imaginario cruel e ideología
decadente.
El problema real es que con el
accionar del gobierno y la Asamblea Legislativa se evapora la Constitución, que
con el accionar de estas instancias del Estado-nación restaurado desaparece la
perspectiva del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Con la
manipulada y espuria ley de de consulta desaparece la práctica misma de la consulta.
Con la carcomida ley de la madre tierra desaparecen los derechos de la madre
tierra y de los seres de la madre tierra. Parece una burla grotesca, pero no lo
es, es el curso dramático del poder, de la dominación, del control, que no hace
otra cosa que reproducirse en la práctica y la conducta de gobernantes,
funcionarios, asambleísta e intelectuales.
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