domingo, 10 de junio de 2012

Mundo Narco



Mundo Narco

DESDE LA TIERRA DEL NOPAL / México-Tenochtitlán / Alejandro Porter
Advertencia
El contenido gráfico del siguiente artículo es material exclusivo para adultos de amplio criterio. Por ningún motivo permita el acceso de niños al mismo. Se presentan imágenes de violencia explícita que pueden afectar a las personas sensibles. El fin de incluirlas es ilustrar las atrocidades que se viven en México todos los días a raíz de la expansión del narcotráfico y la constante lucha por el poder entre los cárteles del crimen organizado y entre éstos y el gobierno mexicano. De ninguna manera el autor ha querido imprimir un carácter sensacionalista al artículo por la inclusión de las imágenes. La intención es mostrar una realidad terrible, tan verdadera y presente como los latidos de su propio corazón, tan cotidiana y común que podemos llegar a pasarla por alto... y para que conozca que el infierno existe: está aquí y es ahora. Queda usted advertida/o.

PRIMERA PARTE
Una realidad aparte: el narco es lo de hoy
1.                                     
2.                                    Benny: —¿Y ya pensaste qué quieres ser cuando seas grande?
El sobrino: —¡Pos qué otra cosa! Un chingón, como mi apá.
El Infierno. Luis Estrada

En México, el narco es lo de hoy. Y no hay ninguna razón para suponer que no será también lo de mañana. 
De una manera viral, metastásica, con el favor de la clase política y gracias a las cantidades inconcebibles de capital financiero e influencia que mueve, el narco ha invadido todas y cada una de las esferas de la sociedad mexicana, y sigue avanzando. No es posible hoy visualizar al país sin su presencia. Se erige ya como elemento inherente a la cotidianidad de los ciudadanos y, a raíz de la carencia absoluta de verdaderos líderes a lo largo y ancho del país, el imaginario popular ha convertido a sus participantes en héroes y antihéroes a través de la creación estereotípica dentro de un sinfín de expresiones populares, que van desde la imitación de la moda impuesta por el narcotráfico en los modos de hablar y vestir, hasta la réplica de la violencia absurda e irracional por el puro placer del sufrimiento del otro entre los jóvenes en barrios y escuelas. 
El narco es  el principal tópico de conversación entre amigos, con la familia, en el trabajo; todos los días, sin falta, los medios impresos dedican toneladas de tinta a noticias, columnas de opinión y desplegados, informando, analizando y condenando los últimos hechos de la “Guerra contra el Crimen Organizado” que el presidente Felipe Calderón y Eugenio Elorduy, gobernador de Baja California, anunciaran en diciembre de 2006 y que sólo durante el año pasado, según las fuentes oficiales, dejó la escalofriante cifra de 15,273 muertes, entre “buenos” y “malos”, relacionadas de manera directa con el narcotráfico. Desde el Operativo Tijuana, primera “batalla” de esta guerra, hasta hoy, ha cobrado la vida de casi 40,000 personas. Las bajas civiles y militares sumadas por las acciones militares en Irak y Afganistán durante 2010 no llegan, por mucho, a la cantidad de muertes en México por el narcotráfico en el mismo periodo. 
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La radio, la televisión y los medios electrónicos también juegan el juego de la actualización informativa y destinan una proporción importante de ondas y electrones a tales informaciones. Semejante cantidad de información, de una manera o de otra, es absorbida por la sociedad. ¿Supiste? Ayer ejecutaron al hijo de fulano, al procurador de justicia de no sé dónde y al alcalde de no sé qué otro lugar; secuestraron a tal empresario, “rafaguearon” a 20 jóvenes en Chihuahua y a 17 “mañosos” en Tamaulipas de los cuales 6 eran ex policías; aparecieron 7 cabezas tiradas en una calle de un pueblo de Michoacán y 4 pares de brazos y piernas en Acapulco... Ese es el “buenos días” en México. 
O tal vez ya no. Quizás es ya tan común y omnipresente la noticia del enfrentamiento, la balacera, el secuestro y la ejecución que, como el médico ante la cirugía de su paciente, los habitantes de México estamos perdiendo la sensibilidad. El narco ya es parte de nuestra cultura y de nuestra historia.
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En las grandes librerías de la Ciudad de México, el área de novedades está repleta de títulos como “El Cártel Incómodo”, “Los Señores del Narco”, “De los Maras a Los Zetas”, “Crónicas de Sangre”, “Los Narcoabogados”, “Osiel: vida y tragedia de un capo” por mencionar sólo algunos dentro de los géneros de  crónica y periodismo de investigación. Además, la literatura de ficción nos acerca también al Mundo Narco a través de la narconovela con las obras de autores mexicanos y extranjeros como Élmer Mendoza, Arturo Pérez Reverte, Don Winslow, Jorge Franco o Federico Campbell. 
Dato curioso —y terrible, acaso lo más espeluznante—: en 2010, la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Michoacán convocó, como todos los años desde 2005, a niñas y niños de entre 6 y 12 años del estado al Concurso de Dibujo Infantil “Ilumina tus Derechos”, cuyo tema en esa ocasión fue "El México que yo vivo". El resultado fue que el 95% de los 3,480 participantes estamparon escenas de asesinatos, secuestros, enfrentamientos armados, impunidad y falta de responsabilidad de las autoridades. Así nomás. El México que perciben los niños de México es el México violento que ven en la televisión, que escuchan en las charlas, que comentan en la escuela y, en muchos casos, que viven en carne propia. Este año, quizás para suavizar los efectos del tremendo desenlace de la última versión del concurso, la convocatoria se lanzó con el tema “Yo soy tolerante e incluyente con las personas”.
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Últimamente ha salido a la luz una gran cantidad de análisis que hacen una analogía entre el narco mexicano, como sistema de crimen organizado, con la mafia norteamericana del Chicago de finales de los años 20 del siglo pasado y/o con el auge de los cárteles de la droga en la Colombia de los 80. Personalmente, pienso que en el México del Bicentenario los hemos superado con creces en todos los departamentos: las cantidades de dinero que se manejan son infinitamente más grandes —aunque la producción de cocaína ha ido disminuyendo año con año y los capitales se encuentran en más manos—, las áreas de influencia son más extendidas y están más firmemente entretejidas en la sociedad, la infraestructura y los activos de operación, como armamento y tecnología, son acordes con el siglo XXI, pero sobre todas las cosas, el nivel de violencia es significativa e indiscutiblemente más feroz y la pérdida de valores humanos más evidente y más triste. 
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Desde que decidimos revivir Artillero hace unos pocos meses, tuve la intención de escribir, desde una perspectiva de lo cultural-popular, acerca de este fenómeno que, aunque trillado, me ha causado un profundo desconcierto —supongo que por mi condición de ciudadano mexicano recientemente repatriado—. Mi búsqueda de información me llevó por el ciberespacio al descubrimiento de innumerables sitios, páginas y blogs relacionados con el Mundo Narco. En parte movido por el afán de obtener datos y conocer más acerca del crimen organizado en México y en parte, debo reconocerlo, por puro morbo, de un momento a otro me encontré mirando videos que harían parecer las imágenes logradas por Gaspar Noe en “Irreversible” o Pier Paolo Pasolini en “Salò, o los 120 días de Sodoma” como el primetime de Discovery Kids, y a villanos de la talla de Alexander DeLarge o Hannibal Lecter como Mr. Bean.
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Los narcos, tal vez inspirados por aquellas imágenes que mostraban a Eugene Armstrong, un contratista norteamericano que trabajaba en la “reconstrucción” de Irak, siendo decapitado por la insurgencia iraquí en 2004, utilizan la potencia de la imagen en movimiento del video como medio para infundir miedo, manifestar autoridad ante sus adversarios, el gobierno y la sociedad en general, exhibir lo que son capaces de hacer y lo sencillo que les resulta. Lo hacen filmando y difundiendo en medios de comunicación, principalmente en Internet, videos y fotografías de ejecuciones, torturas e interrogatorios que son subidos a blogs —como mundonarco.com o elblogdelnarco.com— que a su vez son visitados por millones de personas en todo el mundo y que, además, tienen una gran cantidad de fans en las redes sociales. 
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Los comentarios de los visitantes de estos sitios, después de una serie de fotografías de cuerpos de sicarios descuartizados o el video de una decapitación, y de aquellos que hacen uso de los chats activados en las mismas páginas, van desde la posibilidad de despertar la ira de Dios y la inminencia del nuevo arribo de Jesucristo a nuestras tierras, hasta amenazas personales de muerte y delación de supuestos colaboradores de cárteles enemigos con nombres, direcciones, lugares que frecuentan y de operación, hermanos, hijos, padres de quién son, etc. 
Entre los comentarios también se encuentran presunciones de compadrazgos dentro de algún cártel:
1.                                    “tony: asi se hace compadrazo aora si te chingaste al puto de (...) y a sus pinchis sicarios traisioneros pasados de vergas que se pasaron a los zzzzetaz que tienen asustadas a nuestras gentes en tamaulipas y asi terminaran todos esos batos hijos de su puta madre que no estan con el CDG tenemos que seguir vengando la muerte de (...) que nos peino reynosa calentando todita la plaza para los zzzzetazzz van a ver todos esos ojetes que te traisionaron como iran cayendo uno por uno y que la federal siga penzando que eras tu uno de los tiesos de matamoros TONY TORMENTA ESTA VIVO PINCHIS PUTOS Y VA POR USTEDES VIVA EL CDG”;
aprobaciones de asesinatos:
1.                                    “ojala siempre haya moscas para agusanar a estas escorias de nuestra sociedad maltrecha por estos pinches wevones si k hacer akabenlos exterminenlos a todos ya estan cerka del jefe de esos putos”;
consignas contra el gobierno y el propio narco:
1.                                    “todo esto pasa por la maldita pobreza en mexico y el gobierno que no hace nada. los narcos son puro ignorante y pobreton que con la abaricia del dinero se empiezan a matar entre ellos, imaginense que se retiran de eso, de que trabajarian si no saben hacer ni madres, pobres mendigos ignorantes”;
admiración y repulsión:
1.                                    “tengo 18 años pero amo su mafia de todos los narcos me encantaria ser de grande como el chapo o la barbie o cualquier tipo de narco”, comentario que recibió en respuesta“Tengo 18 eres un pobre pendejete culicagado, ya viste como vivian en su escondite? con camionetas apantalladoras y con armas, pero durmiendo en la mierda tragando mierda y asi murieron en la mierda... y les fue bien porque no los destazaron, asi quieres vivir? asi quieres morir? urge un relavado de cocos a estos chamacos pendejos, uuurge que prohiban la venta de maruchans porque hace mas daño que la droga uuurge prohibir los narcocorridos y la musica grupera hasta que una vez relavado el coco de estos mocosos, ya no las oigan, escuincles pendejos, sicarios pendejos. ahi ta. se acabo el pedo, y?”;
incluso hay quienes solicitan empleo en los cárteles:
1.                                    “tengo 42 años y no tengo miedo a nada ase 4 años que no trabajo y en mi ultimo trabajo era de chofer en ciudad mante y se manejar a altas velosidades tambien se como jalarle al cuerno de chivo y la 9 mm y sin azco me chingo a cualquier hijo de la chingada que les estorve conosco rutas seguras al otro lado y me muevo bien en tamaulipas y nuevo leon si algun operador requiere alguien como yo contactarme al correo (...)”.
Y así, cientos de comentarios después de cada uno de los cientos de posts en los mencionados blogs.
Tuve el infortunio de ver el video de Eugene Armstrong en su momento —algunos medios sensacionalistas y sin escrúpulos lo difundieron, incluso en la televisión abierta—. En esa ocasión me pareció haberlo ya visto todo en lo que a violencia y crueldad humana se refiere. Pues no. 
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Las imágenes, fijas y en movimiento, del Mundo Narco son peores, más sanguinarias, más violentas, más explícitas. Probablemente, en términos de documentos audiovisuales, sólo el material que mostró al mundo el terror del holocausto al terminar la Segunda Guerra Mundial es equiparable. En uno de los narcovideos se puede observar a una mujer joven con un machete recibiendo instrucciones de un grupo de hombres acerca de cómo realizar la decapitación de un sujeto atado a una silla y amordazado; al terminar la decapitación, la piel de la cara es separada del cráneo con un cuchillo por dos hombres, trabajo que realizan “con mucho cuidado”, poniendo especial atención a que “salga completita”, con cejas y bigote. En otro, un grupo de hombres de negro, encapuchados y fuertemente armados con rifles de asalto, interroga a un supuesto trabajador de “La Barbie”, quien después de contestar a las preguntas es decapitado con un cuchillo. Resulta particularmente sobrecogedor el audio de este video, en el que es posible escuchar cómo los pulmones del pobre infeliz se van llenando de sangre que burbujea con cada respiración —misma que dura más de lo que uno pudiera pensar posible—.
Oscar Wilde escribió que América —refiriéndose a los Estados Unidos— era el único país que fue del barbarismo a la decadencia sin pasar por la civilización. Viendo a México hoy y analizándolo en retrospectiva, creo que la frase aplica cabalmente a mi herido y violento país. Decadencia es quizás la palabra más precisa para caracterizarlo y, desafortunadamente, no sólo en lo que corresponde al narco. 
Pero, por otro lado, México es un país grande —territorial y demográficamente—. La mayoría de la población vivimos relativamente aislados de los efectos directos de esa violencia y lidiamos con el crimen común de todos los días y de toda la vida: el asalto a mano armada, el robo de autos y a casas, el secuestro express, la extorsión telefónica; el carterista, el gandalla, el coyote. Sin embargo, aquella minoría que sí se enfrenta todos los días a las consecuencias del narco se cuenta en millones de personas, entre ellas, una gran cantidad de viudas y huérfanos. Es, pues, un país grande.
Poblaciones enteras han sido abandonadas por sus habitantes y las han dejado a merced del narco. Una cantidad considerable de rancherías, pequeñas localidades y ciudades medianas en Tamaulipas, Durango, Nuevo León, Chihuahua, Baja California, Coahuila, Sinaloa y Michoacán, como Ciudad Mier, Camargo, Nueva Guerrero, San Fernando, Miguel Alemán, Tierras Coloradas, e incluso territorios y desarrollos urbanos en Ciudad Juárez, Tijuana, Matamoros y Reynosa han sido “cedidos” a los diferentes grupos del crimen organizado —es o eso, o la muerte— donde se acuartelan y manejan sus operaciones. Los procesos migratorios por el desplazamiento humano a causa de la violencia por el narco son una realidad en el norte del país que ya ha alcanzado proporciones africanas —se calcula en más de 250,000 los desplazados por la violencia del narco en México.
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La sociedad, sin embargo, reacciona ante el apocalíptico panorama. Desafortunadamente lo hace como siempre, de una manera laxa, semiconsciente, aletargada, sin un verdadero convencimiento de la fuerza del movimiento social y sin una franca unión para el trabajo por la causa común. No hay líderes, y si los hay, no han sido capaces de comprometerse ellos mismos con la determinación y el carisma que se necesita para mover a las masas y sumar adeptos al fin justo. Sectores de las clases medias, intelectuales, líderes de opinión, organizaciones de la sociedad civil y algunos de los afectados directamente por la violencia del narco, de manera constante organizan marchas, campañas, publican desplegados con leyendas como “estamos hasta la madre”, “los buenos somos más”, “no + sangre”, producen spots de radio y televisión. No ha sido suficiente. Por un lado, hay que admitir que la fuerza, la inercia que trae consigo la operación del narco en México es despiadada y que los intereses a su alrededor no pueden ser frenados de un día para otro; por otro, tenemos que reconocer que los mexicanos no somos muy buenos para provocar cambios. México, como nación, en su historia reciente, ha tenido la oportunidad de generar los cambios importantes por los que amplísimos sectores han luchado durante generaciones, más allá de su dirección ideológica o de los personajes a cargo: el movimiento zapatista de 1994 y la oposición a los resultados de las elecciones presidenciales de 2006 que dieron la victoria a Calderón. En ambos casos no pasó nada y su trascendencia se fue difuminando con la parálisis de sus líderes.
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Ahora, en 2011, México se encuentra en las postrimerías de un nuevo periodo electoral federal —y tal vez, más que nunca, con la carencia total de alguna posibilidad de cambio en el entorno político y de un proyecto interesante— y, de acuerdo al poder que ejerce y los niveles de influencia con que cuenta el Mundo Narco en las cúpulas de mando del país, obligatoriamente surge la pregunta —motivada más por el miedo que por el análisis político— acerca de qué tanto podrá influir en la dirección de los resultados. ¿Hasta dónde llegan ese poder y esa influencia en términos electorales? Probablemente en unos cuantos meses lo sepamos.
Los mexicanos, pro-activos en la palabra y pasivos en la acción, tenemos muchas opiniones acerca de la forma como el gobierno ha decidido enfrentar el problema del narco. En los partidos de fútbol, cada ciudadano que sigue el encuentro se convierte en el director técnico de la Selección Nacional, de los Pumas, del Cruz Azul o del América. Igualmente ocurre en lo referente a los asuntos del país; todos nos convertimos en analistas políticos y líderes de opinión. En las mismas reuniones familiares y encuentros con los amigos o los colegas del trabajo, se discuten periódicamente los puntos de vista, las posibles soluciones y lo que el gobierno hace o debería estar haciendo. Muchas posturas son divergentes en lo particular y van desde la sugerencia de la pena de muerte, pasando por la legalización de las drogas, y pactar con el narco, hasta la retirada de policías y ejército de las zonas de conflicto para que “sólo se maten entre ellos”. Sin embargo, en lo general, la mayoría de los mexicanos estamos de acuerdo en que lo que verdaderamente hace falta es que la clase política se ponga a trabajar y genere las reformas estructurales en la educación, la procuración de justicia, la transparencia, la generación de empleo, la política y la administración pública en general, porque de ahí, entonces sí, surgirá el verdadero cambio. Sin embargo eso, en el corto plazo, no sucederá. La presencia del narco es tan fuerte, como débiles son las ganas de trabajar de nuestros políticos, especialmente los legisladores. Y mejor no hablar de los intereses comunes y alianzas entre narcotraficantes y políticos y la verdadera magnitud del poder en México. 
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Otro punto de acuerdo social que se repite con frecuencia, es que la guerra de Calderón sencillamente no está funcionando. Ha patrocinado —o por lo menos, gracias a la participación inescrupulosa de los medios, visibilizado— un estado permanente de violencia y miedo en todo el país, destinando cantidades monumentales de recursos financieros al combate al crimen organizado, cuyas maniobras se han convertido, como era de esperarse, en una de las principales causas de la escalada de la violencia. “Se le está yendo de las manos”, es un comentario común. Calderón, nuestro heroico cruzado, de armadura brillante y con el sable blandido, probablemente no se dio cuenta a tiempo que inyectar descomunales cantidades de dinero a un aparato de seguridad pública —el ejército, las policías federales y los servicios de inteligencia— ineficiente en la guerra y corrupto por naturaleza, no era precisamente la mejor solución. El gobierno destinó casi 6 mil millones de dólares tan sólo como gasto militar en 2010. Los ciudadanos nos preguntamos ¿dónde está esa lana? Porque francamente no se ve, no hay resultados más allá de algunas detenciones y decomisos. De acuerdo con una investigación del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad, si a esta cifra se agregan el resto del gasto público en seguridad, más el privado y los costos indirectos, como el tiempo que la gente pierde para hacer una denuncia ante el Ministerio Público, asciende a 1.16 billones de pesos —98 mil millones de dólares (los gringos, en su pésimo uso del sistema decimal dirían 98 billones)— es decir, el 8.9% del PIB, sin contar los gastos por los servicios de salud de más de 7.2 millones de personas que declararon haber sido víctimas de un delito, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en 2010. Para acabarla de fastidiar, esta misma semana, Genaro García Luna, Secretario de Seguridad Pública Federal, aseguró que por lo menos en 7 años, no será posible ver una disminución en los índices de violencia en el país. Ciertamente, algo está muy mal. 
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SEGUNDA PARTE
Relatos de poder: un poco de historia
1.                                    Soy el jefe de jefes señores
me respetan a todos niveles
y mi nombre y mi fotografía
nunca van a mirar en papeles
por que a mi el periodista me quiere
y si no mí amistad se la pierde...
2.                                    ... Soy el jefe de jefes señores
y decirlo no es por presunción
muchos grandes me piden favores
por que saben que soy el mejor
han buscado la sombra del árbol
para que no les de duro el sol.
3.                                    El Jefe de Jefes, Los Tigres del Norte

Según la historia oficial, desde el periodo temprano de la colonia los españoles introdujeron diversas variedades de cáñamo, entre ellas la cannabis sativa y la cannabis indica —marihuana— para, a partir de su fibra, la elaboración de cuerdas para actividades portuarias y marítimas, así como para otras aplicaciones textiles
—como si los educados y elegantes conquistadores que llegaron al Nuevo Mundo no conocieran sus efectos psicoactivos—.
 
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Los pueblos originarios descubrieron sus propiedades curativas y la integraron a la medicina tradicional. Sin embargo, aunque su utilización con fines recreativos se popularizó desde el siglo XVIII, siendo una actividad relacionada por las clases acomodadas con la pobreza y la falta de educación, su comercialización era legal junto con la de opiáceos y cocaína —desde que se introdujeron al país en la segunda mitad del siglo XIX—, que podían ser conseguidos en farmacias y mercados, pues su uso como medicamentos también era común. Desde 1870 hubo varios intentos para controlar la venta y el consumo de drogas psicoactivas, pero ninguno dio resultados.
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El gobierno norteamericano, siempre muy dinámico en el plano internacional, impulsó, a partir de la Conferencia de Shangai de 1909 para el control de opio, la Ley Harrison, aprobada en 1914 por el Congreso y que, entre otros asuntos, declaraba ilegal el comercio y el consumo de opiáceos y cocaína sin receta médica. En el territorio de los Estados Unidos, esta ley propició el desarrollo y la eventual profesionalización de los sistemas ilegales de producción-tráfico-distribución-consumo de drogas y favoreció el incremento del número de consumidores y adictos. La ley trajo consigo la prohibición, la prohibición al traficante y el traficante al adicto. En términos binacionales la promulgación de la Ley Harrison creó las condiciones para el origen del tráfico ilegal de drogas. Mientras que en los Estados Unidos comenzaban a aplicarse y a perfeccionarse los procedimientos coercitivos para frenar tráfico y consumo, del lado mexicano se disputaba una sangrienta revolución. Los gobiernos y sus autoridades cambiaban constantemente y la atención a los asuntos nacionales se centraba en los mecanismos para mantenerse en el poder o llegar a él. Finalmente, el congreso prohibió el cultivo y el comercio de la marihuana en 1920 y de la amapola en 1926 en un ambiente de mayor estabilidad política, con las acciones armadas de la revolución ya concluidas.
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La amapola o “adormidera” fue introducida al país a finales del siglo XIX y principios del XX, por trabajadores chinos que llegaron a las minas de Sinaloa —muchos de ellos, procedentes de California, tras el terremoto de San Francisco de 1906—. En la década de 1920, con la crisis minera, que acarreó mayor pobreza y desocupación laboral en la región, la flor, que era empleada más como planta de ornato que como droga, comenzó a utilizarse con mayor frecuencia para extraer opio y comercializarlo como goma o sintetizado. Entre 1942 y 1945, con el regreso de miles de soldados estadounidenses físicamente lacerados y psicológicamente devastados a su país tras su servicio en Europa y Asia durante la Segunda Guerra Mundial, la demanda de opio y sus derivados como el láudano, la morfina y la heroína, así como el número de adictos, aumentaron considerablemente y surgieron emprendimientos comerciales ilegales a mayor escala, que en el siguiente cuarto de siglo dieron origen a los primeros cárteles. Hay quienes sostienen que el propio gobierno de Roosevelt promovió el cultivo de amapola en Sinaloa en la búsqueda de proveedores para satisfacer la demanda de morfina durante la Segunda Guerra Mundial. En esa época surge el llamado Triángulo Dorado de la Droga, conformado por la zona serrana entre los estados de Sinaloa, Chihuahua y Durango, en cuyos territorios se extendió el cultivo de amapola y el tránsito de marihuana proveniente de Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Guerrero, Oaxaca y del propio norte del país, que tenían como destino principal —con las ciudades fronterizas de Nogales, Tijuana y Mexicali como puerta de salida— los prósperos mercados de distribución y consumo de drogas de los Estados Unidos.
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Desde la década de 1920 y hasta ya entrados los 60, Ignacia Jasso, “La Nacha”, controló el tráfico de opio y heroína en Ciudad Juárez y su organización representa el origen del Cártel de Juárez. Ella, junto con Dolores Estévez, “Lola la Chata”, que dominó el tráfico de estupefacientes en la ciudad de México en los 30 y 40, son consideradas como las primeras “emperatrices” de la droga en México. Al parecer, William Burroughs, quien era asiduo comprador de drogas en la Colonia Roma de la Ciudad de México a principios de los 50, quedó tan fascinado con el personaje de Lola la Chata, que lo incluyó en sus novelas Junkie (1953), The Naked Lunch (1959) y Cities of the Red Night (1981). Resulta interesante como un mundo criminal y violento tradicionalmente manejado por hombres, haya tenido sus orígenes con mujeres a la cabeza.
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Durante la administración del presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940), la política de drogas del Estado, a cargo de la Secretaría de Salud, pasó a la Procuraduría General de la República (PGR). En 1947, el mismo año de la fundación de la CIA, el presidente Miguel Alemán creó la Dirección Federal de Seguridad (DFS) como una especie de policía política del presidente —central de inteligencia—, a la que se le otorgó poder de intervención sobre delitos relacionados con drogas. 
Para entender el fenómeno del narcotráfico en México, es necesario aclarar que la revolución mexicana arrojó, como una de sus más nefastas consecuencias, la autoridad prácticamente ilimitada del presidente en turno sobre la toma de las decisiones que dirigirían el destino del país, con los poderes judicial y legislativo bajo su mandato irrestricto. En los estados, el sistema fue replicado en la medida de la concesión del presidente y los gobernadores se convirtieron en verdaderos caciques que dominaban cuanto pasaba en sus territorios. Ante las posibilidades que vislumbraron frente al potencial del narcotráfico, que ya era un negocio enorme por las cuotas de poder y capital que manejaba, los gobiernos locales decidieron tomar parte en el juego y la clase política se convirtió en socia del narco. Hasta la década de 1940 el límite estaba delineado por la voluntad y las propias inclinaciones éticas del presidente en turno. 
Con la creación de nuevas agencias anticrimen en los 30 y 40, el tráfico de drogas siguió funcionando prósperamente, esta vez bajo un nuevo esquema: nuevos agentes sociales fueron integrados al juego y el número de jugadores que controlaban, toleraban o protegían las actividades del crimen organizado se incrementó. Los mismos agentes del gobierno encargados de combatir el tráfico, limitaron su autonomía mediante la protección y con ello poder obtener parte de los beneficios. Así, el éxito de las empresas dependía de la protección que recibían. Las reglas, impuestas desde el propio poder político, se cumplían, o se acababa el negocio. Siempre habría alguien dispuesto a ceder.
Los 60 marcaron el nacimiento de una serie de movimientos sociales contraculturales en muchas regiones del mundo que, acompañados de ideologías de rechazo al establishment puritano establecido en Estados Unidos en la primera etapa de la posguerra (1945-1959) y teniendo como principales protagonistas a los jóvenes, popularizó el uso de sustancias psicoactivas como parte de los métodos de liberación del materialismo, el belicismo, el racismo, la burocracia y la mediocridad que emponzoñaban el sistema. A raíz de la demanda, Estados Unidos se convirtió en el principal mercado de destino de todo tipo de drogas. Aunque las sustancias psicotrópicas como los hongos alucinógenos y el peyote, así como sus derivados sintetizados —el ácido lisérgico (LSD) y la mezcalina— estaban de moda, la droga más popular fue la marihuana.
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Con el crecimiento en la demanda de enervantes, especialmente en Estados Unidos, y la formación en México de una nueva generación de gomeros —agricultores y traficantes de opio y sus derivados— forjados en sus comunidades rurales de Sinaloa, emergen figuras como Pedro Avilés, “El León de la Sierra” y Ernesto Fonseca Carrillo, “Don Neto”. Avilés Pérez es considerado como el primer jefe de jefes del Mundo Narco. Su negocio estaba basado, aunque no de manera exclusiva, en la producción y distribución de marihuana y es el antecedente del establecimiento de los cárteles más poderosos que han existido en México. También se le conoce como el pionero del contrabando aéreo de drogas a los Estados Unidos. Don Neto, por su parte, fue el jefe del Cártel de Guadalajara y precursor de los negocios de droga con Sudamérica 
Con estos nuevos personajes, otra cuadrilla de jóvenes, entre los que destacan Rafael Caro Quintero, Juan José Esparragoza Moreno “El Azul” y Rubén Cabada, todos ellos nacidos en Badiraguato, Sinaloa o sus alrededores, incursionó en el negocio y se convertirían en los jefes durante las siguientes décadas. Sus herederos, o ellos mismos, aun dominan el Mundo Narco desde los setenta.
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En 1977, el gobierno lanzó la “Operación Cóndor” para acabar con el cultivo de amapola y marihuana en el Triángulo Dorado. La operación, comandada en un principio por el general José Hernández Toledo, quien estuvo al frente de una de las divisiones del ejército que participaron en la masacre de estudiantes en Tlatelolco en octubre de 1968, duraría hasta 1987. En ese periodo se lograron destruir casi un cuarto de millón de plantíos y, de acuerdo a las cifras oficiales, murieron 27 civiles y 19 militares. Poco más de 2,000 presuntos narcotraficantes fueron consignados. Para muchos analistas, la Operación Cóndor fue factor determinante para la consolidación definitiva de los grandes cárteles. Aunque apaciguó la violencia momentáneamente en la región, los jefes del narco trasladaron sus operaciones a los centros urbanos del norte y occidente del país, como Culiacán, Ciudad Juárez, Tijuana y Guadalajara, y algunos de los antiguos gomeros fueron desplazados por nuevos personajes, como Miguel Ángel Félix Gallardo “El Padrino”, Manuel Salcido Uzeta “El Cochiloco” o “El Crazy Pig”,  Amado Carrillo Fuentes “El Señor de los Cielos” —sobrino de Don Neto—, Joaquín Guzmán “El Chapo” y los hermanos Arellano Félix con una nueva visión en la estructura operativa. La disminución en el cultivo de amapola dio lugar a que México entrara firmemente en el negocio de la cocaína proveniente de Colombia, Perú y Bolivia que, desde finales de los 70, era ya el negocio relacionado con el narcotráfico más importante y rentable del mundo, logrando ingresar, únicamente a Estados Unidos, 100 toneladas en 1980.
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A finales de los 60 y principios de los 70 comenzó la industrialización de la cocaína en Sudamérica. Inicialmente su tráfico dependía de pequeños emprendimientos de contrabandistas asociados a productores, campesinos desplazados por las políticas sociales o atraídos por los proyectos de desarrollo amazónico a las tierras bajas de Bolivia y el occidente de Perú. Paul Gootemberg, en “El Efecto Boomerang de la Cocaína” (Gatopardo, octubre de 2010) dice que en ese entonces había esferas prósperas de consumidores y contrabando en Argentina y Brasil e incipientes consumidores en ciudades de Estados Unidos como Nueva York y Miami. Asevera que el inicio del tráfico a gran escala se debe a dos factores: por un lado, la expulsión de La Habana de una naciente clase de traficantes de cocaína por la revolución social de Castro, quienes llevaron sus habilidades y contactos a Sudamérica, México y en ciertos casos hasta a Miami y Nueva Jersey. Estos exiliados de derecha, no Castro, como se alegaba en pleno fervor anticomunista de la época, formaron la primera red internacional de traficantes profesionales de cocaína. En segundo lugar, los esfuerzos de Estados Unidos para recobrar autoridad sobre la revolución de izquierda del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en Bolivia, llevó en 1961 a una campaña antinarcóticos en conjunto con ese país —y a un cambio militarizado conservador en 1964— que causó la emigración de miles de campesinos y traficantes a las regiones cocaleras inaccesibles de Chapare, Santa Cruz y Beni, en las tierras bajas de Bolivia.
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Colombia ingresó formalmente al circuito de tráfico de cocaína a gran escala hasta finales de los años setenta, aunque previamente ya contaba con empresarios hábiles y redes de contrabando local. Esta incorporación, según Gootemberg, tiene sus antecedentes, nuevamente, en la política exterior de Estados Unidos. El golpe militar de Chile en 1973 que derrocó a Salvador Allende, planificado desde la Casa Blanca por la administración Nixon, llevó a Pinochet, en un afán de congraciarse con su benefactor —quien en 1969 declaró una guerra abierta contra las drogas y recientemente había creado la Drug Enforcement Administration (DEA)— a lanzar una enérgica campaña contra los traficantes de cocaína, que fueron encarcelados o expulsados del país. El impacto —en 1970 los colombianos de bajo rango eran “mulas” de los grupos chilenos— fue un cambio rápido de la ruta de la pasta de coca campesina de Perú y Bolivia hacia el norte, pasando por el pueblo fronterizo amazónico de Leticia y luego hacia el centro de Colombia. Contrabandistas pioneros como Pablo Escobar, Carlos Lehder y los hermanos Ochoa reestructuraron el comercio y expandieron de forma espectacular su escala y alcance desde Medellín, Bogotá y Cali. 
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Desde entonces y hasta principios de los 90 Pablo Escobar, con un liderazgo carismático, manejó hasta el 80% del comercio mundial de cocaína, la mitad de ella proveniente de pasta base producida en Bolivia y Perú.
El gran auge del tráfico de cocaína a los Estados Unidos se da, también, porque en los 70 la cocaína era todavía considerada como una droga blanda y, aunque cara, la DEA no le prestaba mucha atención, a diferencia de la persecución sistemática que había del tráfico de heroína, marihuana y drogas psicotrópicas.
A mediados de los 80 había cerca de 22 millones de consumidores de cocaína en Estados Unidos. Precios a la baja y mercados de descuentos racialmente etiquetados —como el “crack” afroamericano— así como la creciente violencia relacionada con la droga, hicieron que se convirtiera en el peor mal de la sociedad norteamericana según las administraciones republicanas de Reagan y Bush, la prensa y el público. Ningún esfuerzo de Estados Unidos —entrenamiento de fuerzas especiales locales, establecimiento de bases militares, tratados de extradición y hasta invasión de países (como Panamá en 1989)— fue capaz de detener la “marea blanca”. Los regímenes eran tolerantes con los traficantes —especialmente en el caso de Bolivia durante el narcogobierno de García Meza— y era difícil conseguir aliados de confianza. La presión norteamericana causó, como efectos diametralmente opuestos a las intenciones mostradas, una mejora en las capacidades comerciales y de operación de los narcotraficantes, la duplicación de los sembradíos de hoja de coca y una disminución considerable de los precios en el mercado.
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La lucha contra el narco en Colombia se intensificó hacia principios de los 90, cuando el gobierno emprendió una verdadera cacería humana en el marco de una guerra declarada entre el Cártel de Medellín y la milicia, que culminó con el asesinato de Pablo Escobar a finales de 1993. Los efectos de los enfrentamientos resultaron en la pulverización del aparato del Mundo Narco colombiano en aproximadamente 600 redes —cartelitos “boutique”— que operan hasta hoy con estrategias diversificadas de exportación, drogas complementarias y tecnologías mejoradas.
El desenlace del conflicto en Colombia es todavía una acción en progreso: el Plan Colombia, impulsado por el gobierno de Clinton en 1999 y continuado por sus predecesores. Como política antidroga es un fracaso, pues la coca ilegal y la cocaína siguen prosperando en los Andes, aunque ha logrado bajar los índices de violencia relacionados con el narco y los movimientos guerrilleros, cuyo efecto se confirma en un sentimiento de mayor seguridad entre la ciudadanía. Como política social, las líneas de acción siguen sobre la mesa de debate, pues sus costos, en términos de derechos humanos, son altísimos. Para Washington, el Plan Colombia, es un programa exitoso de seguridad y sus lineamientos han servido como base para la concepción y el desarrollo, con su respaldo, de la actual guerra contra el crimen organizado en México.
Los vínculos entre los cárteles colombianos y los mexicanos se dieron de forma natural, casi obligada, en términos de pensamiento y visión empresariales. México tenía vasta experiencia en la introducción ilegal de drogas al mayor mercado de consumo del planeta y estaba situado, de manera por demás conveniente, como su vecino al sur con una serpenteante y complicada frontera de más de 3,000 kilómetros. Como ventaja adicional, contaba con salida —y acceso— por el Océano Pacífico, el Golfo de México y el Mar Caribe, que comparte con Colombia. 
En un principio, los traficantes mexicanos participaban en el negocio de la cocaína sólo trasportándola y cobrando una comisión de entre 1,000 y 2,000 dólares por kilo. Los más astutos, como Juan García Ábrego y Miguel Ángel Félix Gallardo vieron las dimensiones que podía adquirir el negocio y exigieron la mitad del beneficio en especie. Al diversificar su oferta, multiplicaron sus ganancias hasta 10 veces y las redes de narcomenudistas de sus organizaciones se expandieron por el territorio norteamericano.
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En 1984, en un operativo conjunto, la Policía Federal y el ejército, con el servicio de inteligencia de la DEA, allanaron el rancho “El Búfalo” en Sinaloa, propiedad de Rafael Caro Quintero y aseguraron, según se dice oficialmente, más de 6 mil toneladas de marihuana, uno de los decomisos más grandes de la historia —hay versiones que afirman que el ejército y la policía federal encontraron 8,500 toneladas de marihuana en las bodegas y 2,400 que estaban todavía en los plantíos, el equivalente a la producción de 150,000 hectáreas. El número de cosechadores en el rancho, de unos 12 kilómetros cuadrados, ascendía a más de 11,000 y estaban fuertemente vigilados por cientos de guardias armados—. En retribución Enrique “Kiki” Camarena, agente especial de la DEA de nacionalidad estadounidense, infiltrado en el Cártel de Guadalajara, y el piloto mexicano adscrito a la Secretaría de Agricultura, Alfredo Zavala, informante y apoyo aéreo para la DEA y quien descubrió el rancho desde el aire, fueron secuestrados en Guadalajara en febrero y sus cadáveres, con huellas de tortura, encontrados en un rancho en Michoacán un mes después. Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca “Don Neto” fueron identificados como los autores del doble homicidio, se dice que con información proporcionada por Miguel Ángel Félix Gallardo, y fueron encarcelados. Este evento, que obtuvo amplia difusión mediática en ambos países y, con ella, la atención del público hacia los asuntos del narco, traería consigo la dispersión de los capos sinaloenses por el territorio mexicano y su división en cárteles regionales.
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El caso Camarena acarreó un fuerte endurecimiento de la política antidrogas de Estados Unidos y una intervención todavía más profunda en la de México. Gracias a información obtenida por la DEA, el gobierno inculpó públicamente a autoridades mexicanas de tener una amplia participación en el Mundo Narco. Las acusaciones de los norteamericanos, aunque resonaron en el ambiente político mexicano y en la opinión pública, sólo lograron el encarcelamiento y la destitución de funcionarios de bajo y mediano rango. Ninguno de los peces gordos, entre los que se encontraban generales del ejército y secretarios de Estado, cayó. 
Este es el periodo en que la saga del Mundo Narco mexicano se intensifica y cobra proporciones épicas. La cocaína colombiana llegaba a México y desde aquí se distribuía a Estados Unidos y a otras partes del mundo, incluso a Europa, rompiendo la ruta tradicional directamente desde Brasil y Argentina.
El jefe de jefes era en ese momento Miguel Ángel Félix Gallardo, fundador del Cártel de Guadalajara y principal socio en México de Pablo Escobar. Con la delación de Caro Quintero, llegó a ser el mayor traficante de drogas del mundo. Fue apresado en 1989 y, aun desde la cárcel, siguió dirigiendo el negocio dando órdenes a su organización desde un teléfono móvil, la gran novedad tecnológica de la época, hasta que fue trasladado al penal de máxima seguridad de Almoloya, hoy Altiplano.
Con el encarcelamiento de Félix Gallardo, los lugartenientes del Cártel de Guadalajara dividieron la corporación y el territorio en dos nuevos emprendimientos: el Cártel de Tijuana, liderado por sus sobrinos, los hermanos Arellano Félix, y el Cártel de Sinaloa, a cargo de Héctor Palma Salazar “El Güero” y Joaquín Guzmán Loera “El Chapo”. La experiencia lograda a lo largo de los años por los nuevos capos, que nacieron, crecieron y se desarrollaron en el Mundo Narco, tuvo como consecuencia el establecimiento de organizaciones delincuenciales que acariciaban la perfección en sus sistemas operativos. Las estructuras jerárquicas, los métodos financieros y el uso del capital operativo, los códigos y juramentos, la selección y adiestramiento de personal, la férrea disciplina, las alianzas estratégicas y los procedimientos coercitivos mediante la tortura y el asesinato hicieron de los cárteles comunidades sociales que funcionaban sectariamente cual organizaciones religiosas fundamentalistas.
En los 90, con la debilitación de las organizaciones colombianas, el control de la distribución de cocaína, la droga más rentable, pasó en su totalidad a manos de los narcos mexicanos acrecentando aun más el poder de los cárteles. La ausencia de cabezas en Colombia propició que los traficantes mexicanos comenzaran a realizar sus negocios de manera directa con los productores campesinos en Colombia, Perú y Bolivia, haciendo más eficiente la cadena de valor mediante la eliminación de una serie de intermediarios que causaban gasto. México, ya no Colombia, lideró desde ese momento el tráfico internacional de cocaína y todavía mantiene ese estatus.
En mayo de 1993, el cardenal Jesús Posadas Ocampo y su chofer fueron asesinados en el estacionamiento del aeropuerto de Guadalajara. Habían acudido a recoger a Girolamo Prigione, representante del Vaticano en México. La versión oficial nos cuenta que el infortunado cardenal estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado y que viajaba en el automóvil equivocado: se encontraba en el estacionamiento del aeropuerto en el momento preciso en que miembros del Cártel de Tijuana de los Arellano Félix, que tenían conocimiento de la presencia en ese lugar de Joaquín “El Chapo” Guzmán, líder del Cártel del Golfo, intentaron matarlo y confundieron su camioneta con la del cardenal. Otra versión autorizada sostiene que el prelado simplemente se situó en medio del fuego cruzado. Lo que parece ser cierto es que, efectivamente, “El Chapo” se encontraba ahí. Una serie de incongruencias en el tratamiento judicial del homicidio, entre ellas la práctica de una doble autopsia a Posadas con resultados diametralmente distintos, han arrojado otras versiones de los hechos. El periodista Jaime Avilés, en su columna Desfiladero del periódico La Jornada, a diez años del evento, nos ofreció otra percepción: 
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Posadas Ocampo, dos meses antes de su asesinato, acudió a Bogotá para participar en una reunión de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano. Ahí recibió la visita de un emisario de Pablo Escobar, quien le ofreció entregar al gobierno mexicano, específicamente al presidente Carlos Salinas de Gortari, una lista detallada de los políticos mexicanos involucrados en el tráfico de drogas. A cambio, Escobar solicitó protección para trasladar su residencia a México, retirarse del negocio y vivir sus últimos años en paz. El cardenal retornó a México con la documentación en su poder, se entrevistó con Salinas y le planteó el tema. El presidente, al parecer, no mostró interés en el asunto —probablemente, dice Avilés, porque el documento era materia conocida y/o el cártel de los Arellano Félix era protegido por las autoridades, además de ser distribuidor de cocaína para el cártel de Cali, rival de la organización de Escobar en Medellín—. Posadas Ocampo acudió, entonces, al Vaticano a través del embajador del Papa en México, el mismo Girolamo Prigione a quien fue a recoger al aeropuerto el día de su asesinato. Prigione, un oscuro personaje, ofreció viajar a Guadalajara para tratar el asunto en persona con el cardenal, creando las condiciones perfectas para una emboscada.
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Los noventa estuvieron repletos de escándalos que vinculaban al poder político, e incluso al empresarial, con el Mundo Narco. El gobierno de Estados Unidos puso aun más presión sobre el de México para que lo controlara y pidió una acción “pronta y espectacular”. En respuesta, la Secretaría de Hacienda incautó los bienes del banquero multimillonario Carlos Cabal Peniche quien, se dice, apoyó en el lavado de cantidades gigantescas de dinero a las organizaciones de Juan García Ábrego y Pablo Escobar. La maniobra devastó la ingeniería financiera de ambas corporaciones y, al parecer, en represalia, mandaron liquidar a José Francisco Ruiz Massieu, ex gobernador de Guerrero y ex cuñado del presidente. Cabal Peniche logró desligarse del asunto ante los tribunales en 2010.
Un mes después del tiroteo que causó la muerte de Posadas Ocampo, “El Chapo” Guzmán fue detenido y encarcelado en el penal de Almoloya. Posteriormente trasladado al de Puente Grande, en Jalisco, tras un intento de fuga. En diciembre del mismo año, lo mismo sucedió con el mayor de los Arellano Félix, Rafael. Sus hermanos, Benjamín y Ramón, intentaron pactar su retiro con el gobierno, con Prigione como intermediario, pero no llegaron a ningún acuerdo y continuaron sus actividades.
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“El Chapo” logró fugarse de la cárcel en enero de 2001 en medio de la confusión provocada por la falta de experiencia del incipiente gobierno de Vicente Fox, quien había tomado posesión unas semanas antes y que generó confusiones en la toma de decisiones y espacios de responsabilidad que correspondían a cada dependencia de seguridad —Procuraduría General de la República, Secretaría de Seguridad Pública, Secretaría de Gobernación, Consejo de Seguridad Nacional— provocando fallas en la seguridad del sistema penitenciario. Guzmán escapó durante un motín en el penal en un carrito de lavandería; siempre se ha sospechado que con ayuda interna. Hoy, todavía prófugo de la justicia, “El Chapo” está considerado como uno de los hombres más influyentes de México y uno de los mil más ricos del mundo —se encuentra en el lugar 937 del conteo de la revista Forbes—, con una fortuna calculada en por lo menos 1,000 millones de dólares. Hace poco, algunos periódicos informaron que podría estar viviendo, al estilo Osama Bin Laden en Afganistán, escondido en la sierra de Durango.
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Mientras, el Cártel de Juárez florecía, primero bajo el mando de Juan García Ábrego y, a su arresto en 1996, con el liderazgo de Rafael Aguilar Guajardo, quien fue asesinado por Amado Carrillo Fuentes “El Señor de los Cielos” para quedarse a cargo. Carrillo, formado en las filas del Cártel de Guadalajara de su tío, “Don Neto”, bajo la tutela de Pablo Acosta Villarreal “El Zorro de Ojinaga”, llegó a ser calificado por la DEA como el narcotraficante más importante y poderoso del mundo, exportando hasta 4 veces la cantidad de cocaína que sus rivales. Fue pionero en el transporte “casi supersónico” de Cocaína desde Colombia con la utilización de jets Boeing 727 —se calcula que su flotilla llegó a 27 aeronaves— que utilizaban pistas clandestinas o pequeños aeropuertos municipales para operar. En 1997 “El Señor de los Cielos”, cuya riqueza se estimaba en 25 mil millones de dólares, introducía embarques de varias toneladas de cocaína directamente a Manhattan. Las autoridades norteamericanas y mexicanas se dieron a la tarea de capturar a Carrillo. El 3 de julio de 1997 decidió someterse a una liposucción y a una intervención quirúrgica para cambiarse el rostro, en un hospital del Distrito Federal, que le costaron la vida. Murió en el quirófano bajo la sospecha de haber sido asesinado por sus propios guardaespaldas o por los médicos que lo atendían, pagados por algún cártel enemigo. En otra versión de los hechos se manifiesta que la misma Procuraduría General de la República lo capturó y, en su interrogatorio, “se les pasó la mano” y lo mataron,  plantando el escenario del quirófano para evitarse problemas. Otra más, asegura que el cadáver encontrado no era el de Carrillo Fuentes y que todavía hoy se encuentra vivo, aun cuando las autoridades de Estados Unidos constataron que las huellas dactilares del cuerpo coincidían con las estampadas en su archivo migratorio en aquel país.
La desaparición de Carrillo provocó, como era de esperarse, una nueva lucha por la supremacía en el control del Mundo Narco. Ocurrieron nuevas escisiones y se crearon nuevos cárteles. El de Tijuana, en manos de los hermanos Arellano Félix, adquirió mayor poder. Después del arresto y extradición a Estados Unidos de Rafael, el mayor de ellos, en 1993 —dejado en libertad por buena conducta en 2008—, desde 2002 el resto de los hermanos fueron cayendo uno a uno: Ramón en 2002, abatido a tiros por un policía ministerial de Mazatlán, Sinaloa, tras un incidente de tránsito; el mismo año, en Puebla, Benjamín fue arrestado, Francisco Javier fue asegurado en aguas internacionales frente a las costas de Baja California Sur en 2006 y Eduardo en Tijuana en 2008; los tres fueron extraditados y se encuentran bajo custodia de las autoridades de Estados Unidos. Hoy, el cártel está bajo la dirección de Enedina, hermana de los Arellano Félix y su hijo Luis Fernando Sánchez Arellano “El Ingeniero”.
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Las divisiones en los cárteles y la búsqueda del control sobre las rutas y los territorios, factores a los que se sumaron una disminución en los precios de la droga y la baja en el consumo, que a su vez se tradujo en un pleito por el cliente, condujeron a que los cárteles, como estrategia de guerra, desarrollaran en su interior corporaciones paramilitares que funcionaban como brazos armados y cuerpos de seguridad que ejecutaban el “trabajo sucio”. En 1999, el Cártel del Golfo, bajo el mando de Osiel Cárdenas Guillén, contrató a Arturo Guzmán Decena “El Z-1”, un desertor del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE), grupo de élite del ejército mexicano, para formar un escuadrón de choque. Fue adiestrado en la Escuela de las Américas, institución del ejército de Estados Unidos originalmente ubicada en Panamá —actualmente funciona en Fort Benning, Georgia— en cuyo “cuadro de honor” se encuentran personajes como Hugo Bánzer, Leopoldo Galtieri, Roberto D’Abuisson, Héctor Gramajo, Vladimiro Montesinos, Luis Arce Gómez, Roberto Viola y Manuel Contreras, entre muchas otras “fichitas” de la época de la represión durante las dictaduras latinoamericanas y de algunos gobiernos democráticos posteriores que gustaban del exterminio y la tortura como mecanismos de control social.
Guzmán Decena, quien en 1999 contaba con apenas 23 años, experto en explosivos, contraespionaje, inteligencia militar y guerra de guerrillas, reclutó por cientos a ex militares bien entrenados del propio GAFE y de otras divisiones del ejército —a quienes resultaba mucho más rentable trabajar con el narco que en su contra— para formar el grupo que él mismo bautizaría como los Zetas, con base en Matamoros, Tamaulipas y acciones en todo el territorio de operaciones del Cártel del Golfo. Eventualmente comenzó a incorporar a personal en activo del ejército y a paramilitares guatemaltecos para, en poco tiempo, convertirse en el grupo delincuencial más violento del país. El éxito de los Zetas en el mundo criminal se fincó en el funcionamiento militar de élite, que generó operaciones efectivas y eficientes de protección, extorsión, ejecución de asesinatos, custodia y traslado de drogas, así como seguridad para los jefes del cártel. Conocían a la perfección los métodos antidrogas del ejército y lo superaban en tecnología de guerra y motivación. Guzmán fue abatido por las fuerzas federales en noviembre de 2002. A su muerte, Rogelio González Pizaña “El Z-2” o “El Kelín” tomó su lugar. Fue apresado en 2004.
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El 2003, Osiel Cárdenas, a quien apodaban “El Mata Amigos” por haber llegado a la cabeza del Cártel del Golfo matando a su antiguo líder y “compadre” Salvador Gómez, fue capturado por el ejército —probablemente debido a la ausencia de la protección que Guzmán Decena le brindaba— y enviado al penal de máxima seguridad del Altiplano desde donde, se dice, siguió controlando las operaciones del cártel hasta 2007, año en que fue extraditado a Estados Unidos y donde purga una condena de varias cadenas perpetuas. La detención de Cárdenas Guillén propició un liderazgo compartido entre sus segundos —su hermano Ezequiel y Jorge Eduardo Costilla Sánchez— y los Zetas, comandados desde la caída de “El Z-2” por Heriberto Lazcano “El Z-3” o “El Lazca” que hasta hoy los lidera.
Por su parte, el Cártel de los Beltrán Leyva creó, como respuesta a los Zetas, con sus mismas funciones pero sin su entrenamiento, al grupo “Los Negros”, que cuenta con la participación de miembros de la MS13, y de pandilleros en México y Los Ángeles, bajo las órdenes de Édgar Valdez Villarreal “La Barbie”, quien fuera apresado en agosto de 2010.
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El siglo XXI trajo consigo, en parte debido a un descenso en los índices de consumo de cocaína en los Estados Unidos, la popularización de drogas sintéticas “de diseño” como las metanfetaminas y algunos ácidos derivados del lisérgico que ya se comercializaban 15 o 20 años antes. Los cárteles mexicanos no dejaron que se les escapara el nuevo nicho de mercado y comenzaron a producirlas en México. En 2006, año electoral que nos dejó la presidencia de Calderón, la PGR incautó en el puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán, 19.5 toneladas de acetato de pseudoefedrina, sustancia utilizada para la elaboración de antigripales, pero también como precursora de metanfetaminas, por lo que su distribución y comercialización es controlada. 
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El hallazgo en Michoacán, condujo las investigaciones hacia un empresario chino naturalizado mexicano, Zhenli Ye Gon, quien tenía su residencia en un lujoso distrito de la Ciudad de México. Al allanar el domicilio, la policía encontró una fortuna en dinero en efectivo: 205 millones de dólares, 18 millones de pesos, 200 mil euros, además de joyas y billetes de otros países. El empresario fue aprehendido en Maryland, Estados Unidos y acusado por las autoridades norteamericanas de pretender fabricar más de 500 gramos de MDMA —metanfetamina conocida como éxtasis— para comercializarla en los Estados Unidos. Actualmente existe un proceso para extraditarlo y juzgarlo en México. Desde su detención, Ye Gon ha mantenido su inocencia, argumentado que el dinero encontrado era del Partido Acción Nacional y su destino era apoyar la campaña de Calderón.
Ayer, 16 de abril de 2011, la Marina de México informó sobre la captura de Omar Estrada Luna “El Kilo”, jefe de célula de Los Zetas, presunto responsable de los asesinatos de, hasta hoy, 217 muertos en San Fernando, Tamaulipas. Es acusado de ser el autor intelectual y material de la ejecución de los 72 migrantes que fueron encontrados en la localidad en agosto del año pasado, así como de los 145 pasajeros de autobuses que viajaban por la zona y que han sido encontrados en al menos 8 narcofosas durante los últimos días. Las detenciones relacionadas con el caso de San Fernando suman 22 zetas y 16 policías de San Fernando arraigados y en investigación.
Como se mencionó anteriormente, a finales de 2006, el gobierno de Calderón lanzó su Guerra contra el Crimen Organizado que, como resultado parcial, ha traído una escalada sin precedentes en los índices de violencia en todo el país y, con ello, el miedo y el desconcierto en la población. 
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Aunque muchos capos del Mundo Narco han sido abatidos o encarcelados, el poder de los cárteles no ha disminuido ni sus acciones se han desalentado. El periodista Julio Scherer García, fundador de la revista Proceso, realizó una entrevista con Ismael Zambada “El Mayo”, uno de los líderes del Cártel de Sinaloa y “compadre” de “El Chapo”, en abril de 2010. La entrevista, que más allá de haber despertado polémica en los medios y la opinión pública por el papel que juegan los medios de comunicación ante el fenómeno del Mundo Narco, reveló algunas cuestiones interesantes acerca del funcionamiento del mismo y cómo las cosas no van a cambiar: —Un día, dice “El Mayo” fantaseando, decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió. –¿Nada, caído el capo? Pregunta Scherer. –El problema del narco, contesta tajante, envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí...
En febrero de 2010, por el control del territorio fronterizo entre Tamaulipas y Texas, se desató una atroz pugna entre el Cártel del Golfo y los Zetas, socios hasta ese momento, que causó y sigue ocasionando numerosas bajas en ambos lados. Desde entonces y hasta la fecha, los cárteles se han federado en dos grandes facciones contrarias: por un lado, actúan bajo la misma coalición, pactada por las negociaciones de Juan José Esparragoza “El Azul”, el Cártel de Sinaloa (Joaquín Guzmán Loaera “El Chapo”), el Cártel del Golfo (Jorge Eduardo Costilla Sánchez (“El Coss) y el Cártel de La Familia Michoacana (José Méndez Vargas “El Chango”); al otro bloque se afiliaron el Cártel de Tijuana (Luis Fernando Sánchez Arellano (“El Ingeniero”), el Cártel de Juárez (Vicente Carrillo Fuentes “El Viceroy”), el Cártel de los Beltrán Leyva (Héctor Beltrán Leyva “El H”) y el Cártel de los Zetas (Heriberto Lazcano Lazcano “El Lazca”). Por el otro lado, contra ambas alianzas, el ejército mexicano. 
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Con esta nueva guerra, con los bandos bien delineados y organizados, el poder del narco se asegura continuidad, si uno muere o claudica, el otro se reforzará con los elementos capturados y los desertores y, mientras, el negocio continúa, con más violencia, con más sangre... Dejando entre los escombros a un México cada vez más herido. Ojalá se recupere.
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TERCERA PARTE 
Los nuevos héroes y el Mexican Dream: la narcocultura

1.                                    —A mí me gustan los corridos
por que son los hechos reales de nuestro pueblo.
—Sí, a mí también me gustan
porque en ellos se canta la pura verdad.
—Pos ponlos pues.
—Órale ahí van.
2.                                    El Jefe de Jefes, Los Tigres del Norte

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Para los que crecimos en el México de los sesenta, los setenta e incluso de principios de los ochenta, los estereotipos del héroe mexicano que conocimos se centraban en personajes populares creados por el cine y la televisión como el Santo, Blue Demon y los demás luchadores “en blanco y negro”; Alex Dinamo, una especie de James Bond a la mexicana interpretado por Julio Alemán; Chanoc, un aventurero pescador de perlas proveniente de las historietas, o el Chapulín Colorado, de quien no hay que dar mayor explicación. 
A mediados de la década de 1980 el cine mexicano alcanzó el pináculo de su decadencia, después de haber peleado incansable y consistentemente para lograrlo desde que terminara su Época de Oro (1931-1959) que, indiscutiblemente, es parte fundamental del acervo cultural que consolidó la identidad del México posrevolucionario y le dio proyección internacional. Los sesenta nos trajeron las comedias rocanrroleras y a go-go mezcladas con las películas de lucha libre; los setenta y ochenta, el cine de ficheras de bajo presupuesto, en todo caso interesante por su cercanía con lo popular urbano por el uso del lenguaje común, el sexo y el albur, pero terriblemente superficial y carente de trabajo actoral. En 1985 y por los siguientes ocho o diez años, el cine popular mexicano “de riguroso estreno” centró su temática en el narco. Coincidentemente, esa época nos brindó también el nacimiento del Nuevo Cine Mexicano, que nos dio un respiro de tanta película “B” que había dominado la cartelera de la producción nacional por casi 30 años.
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Las productoras de cine, habiendo aburrido al público con la temática del cabaret setentero, decidieron virar, tan sólo un poco, el timón del cine popular —las ficheras no desaparecieron del todo de la pantalla, fueron integradas al cine de narcos—. El Mundo Narco era ya tópico en la mesa de debate de la opinión pública y personajes como Rafael Caro Quintero y Miguel Ángel Félix Gallardo sus principales protagonistas públicos.
El género fue prácticamente monopolizado en la actuación por los hermanos Mario y Fernando Almada. 
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A Mario lo pudimos ver recientemente en el último hit de taquilla del cine narco en la película El Infierno (2010), donde interpreta a “El Texano”, un intermediario entre productores de droga y el cártel de Reyes.
El cine narco tomó principalmente dos caminos en lo que al manejo del tema se refiere: en el primero —con los hermanos Almada en los papeles protagónicos— el héroe era el policía incorruptible en su lucha contra los narcos, o el ciudadano modelo que buscaba venganza por haber sido víctima de algún crimen perpetrado desde algún cártel; en el segundo, el narcotraficante era la figura central y la trama se desarrollaba desde su punto de vista. Esta vertiente fue patrocinada, en muchas ocasiones, por el propio Mundo Narco. Los traficantes querían inmortalizar sus biografías, llenas de hazañas y aventuras, a través del cine. Juan Pablo Proal, en su artículo Cine de narcos:  capos en búsqueda de inmortalidad (Proceso, septiembre de 2010), dice que José Luis Urquieta, director de una película biográfica sobre Caro Quintero, Operación Mariguana, comentó que su productor, Reyes Montemayor, quien fue detenido a finales de los ochenta por tráfico de cocaína, inyectó dinero del narco a muchas de sus películas.
Con el tiempo, el cine narco, sobre todo el de la primera vertiente, comenzó a cansar al público y fue desapareciendo paulatinamente por la constante repetición y su falta de realismo. Al más puro estilo de Predator, a Mario Almada nunca se le acababan las balas y sus enemigos, si alguna vez acertaban, sólo lo herían levemente. Ya con una cantidad mucho menor de películas, pero con la misma calidad, el cine narco continuó su camino hacia el siglo XXI.
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El género volvió a cobrar importancia con El Infierno, de Luis Estrada, quien realizó su película en el marco de las celebraciones del centenario de la revolución y el bicentenario de la independencia de México, bajo una campaña cuyo slogan pregonaba “México 2010, nada que celebrar”. Con la guerra de Calderón, el aumento de la violencia y el tema en el debate público todos los días, el resurgimiento del cine narco es inminente. Supongo que, con lo aprendido en el tiempo, se buscará lograr una mejor calidad en el manejo de los contenidos cinematográficos y en las propias producciones. Por lo pronto, ya están concluidas Miss Bala, de Gerardo Naranjo (2011) y Días de Gracia, de Tekla Taidelli (2011), que participarán en la próxima edición del Festival de Cannes.
Una consecuencia del cine narco en la sociedad, especialmente entre los jóvenes, ha sido la creación de un nuevo modelo a seguir, un nuevo tipo de héroe que, tan inteligente y tan malo como Lex Luthor, a veces se salía con la suya con la ilegalidad como el medio para lograrlo y, si fracasaba, su encarcelamiento o muerte lo reivindicaban como verdadero luchador, consecuente hasta el final con sus principios y su forma de actuar, sin miedo, implacable, es decir, con todas las características que se deben reunir para ser un héroe, excepto, por supuesto, estar del lado de lo legítimamente correcto. Pero ¿cuándo ha sido más atractivo lo permitido que lo prohibido?
De la mano del cine de narcos y con sus mismas pretensiones, se popularizó el género musical del narcocorrido, que se ha consolidado como uno de los géneros musicales de mayor cobertura en el norte de México y el sur de Estados Unidos, además de tener una gran aceptación en muchos países de Centro y Sudamérica. Ha llegado a tal nivel su influencia que los legisladores mexicanos han impulsado, con una visión que desde cierta perspectiva atenta de manera directa contra la libertad de expresión, leyes para controlar la transmisión pública de este género —sucede lo mismo en lo que corresponde al perreo, el baile popularizado por el reggaetón que, sin éxito, fue tratado de prohibir por la carga sexual que contiene. 
El narcocorrido encuentra su origen en la expresión cantada revolucionaria del corrido norteño, que es alimentado con las historias de vida y muerte de los narcotraficantes para mostrar el lugar que ocupa hoy el Mundo Narco en la vida de México. El corrido es una forma musical derivada de algunas formas populares de música europea de los siglos XVIII y XIX como el vals, el romance y la polka. En la revolución se utilizó para contar las historias de los caudillos, las batallas, los fugitivos y se constituyó como un medio para enaltecer a los héroes de la época. El narcocorrido conserva el mismo espíritu.
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El auge del narcocorrido tiene sus inicios en los años 70 con Los Tigres del Norte, grupo formado en 1968 que, hasta la fecha, es el más importante del género, habiendo vendido decenas de millones de discos en todo el continente. Ya en su primer LP, “Cuquita” (1971), algunos de sus temas hacen alusión a las drogas (“... ya no siembro hierbabuena porque me nace cilantro...”). En el siguiente, “El Cheque” (1972), abordan el tema del narcotráfico abiertamente (Llegaron al Río Grande, ya casi al amanecer, con bastante carga blanca, que llevaban pa vender...). “Contrabando y Traición” (1974) marca la llegada de Los Tigres a la fama con la canción que llevaba el mismo nombre, compuesta por Ángel González, marca la llegada de Los Tigres a la fama con la canción que llevaba el mismo nombre, y que a principios de los 90 fuera relanzada y conocida popularmente con el nombre “Camelia la Tejana”. Este corrido los proyectaría ante audiencias mucho más amplias.
Uno de los corridistas que más influencia ha ejercido sobre el género es “Chalino” Sánchez, un joven sinaloense que vivió la pobreza y la violencia desde niño. Cuando tenía 9 años, su hermana fue violada y a los 17 asesinó al violador. Se escondió en la sierra y se fue a California, donde trabajó en la pizca por algún tiempo con uno de sus hermanos para después convertirse en pollero. A su hermano lo asesinaron y él fue arrestado y encarcelado en 1984 en La Mesa. Ahí, conoció a personajes vinculados con el narco y comenzó a escribir y cantar sus historias. Al quedar libre, grabó unos cuantos demos y se hizo fama como narcocorridista escribiendo por encargo a cambio de dinero, joyas o armas. El estilo de los corridos de Chalino, que decían nombres, fechas y lugares de acontecimientos del Mundo Narco contados por sus propios protagonistas, se comenzó a afianzar en el gusto de los inmigrantes mexicanos en Los Ángeles y su carrera despegó, cuando menos en California. Según Elijah Wald, en su libro Narcocorrido: un viaje dentro de la música de drogas, armas y guerrilleros (2001), obtuvo la atención internacional de los medios cuando, en un concierto en California, un hombre entre el público trató de asesinarlo y él contestó el fuego desde el escenario. Murió en Mazatlán en 1992, tras un concierto, ejecutado en condiciones misteriosas por un comando de hombres vestidos con uniformes de la Policía Federal. Su cuerpo fue encontrado maniatado y amordazado con dos impactos de bala en la cabeza.
De manera similar a lo que ocurrió con el cine narco, e incluso como antecedente de éste, los capos del tráfico de drogas han contratado por décadas a músicos norteños famosos para que compongan corridos en los que narran sus pericias o como homenaje a los compas caídos. A partir de esta relación, se han creado fuertes vínculos entre narcos y músicos que han involucrado a bandas musicales enteras en las acciones del narco. Las bandas son invitadas a las fiestas de los narcos, donde tienen acceso ilimitado a los placeres del Mundo Narco, mujeres y drogas y, con ellos, a la violencia que lo rodea.
Inmiscuidos o no en el negocio de la droga, los artistas que utilizan en sus canciones historias sobre el narcotráfico pueden terminar convirtiéndose en el tema del siguiente corrido, como fueron los casos del cantante Valentín Elizalde, del vocalista de K-Paz de la Sierra, Sergio Gómez, de José Martínez Ochoa “El pulga”, ex integrante de Banda El Recodo y de Sergio Vega “El Shaka”, quienes fueron ejecutados por el crimen organizado.
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Otros artistas como Lupillo Rivera, Gloria Trevi, Vicente Fernández, Los Tigres del Norte, Marco Antonio Solís, Los Tucanes de Tijuana, Los Canelos de Durango, el grupo RBD, Juan Gabriel y muchos más han sido vinculados con el narco, argumentando que ofrecen su música en fiestas privadas de los cárteles.
En su evolución, el narcocorrido se ha ido abriendo a los gustos musicales de las nuevas generaciones y se ha ido articulando con el sonido gangsta a través del hip-hop y el reggaetón.
Al final, las expresiones culturales actuales de una sociedad determinada, que se van agregando al patrimonio cultural en el tiempo, son el reflejo auténtico, vivo y sin tapujos de lo que se está viviendo. En el caso del cine narco y el narcocorrido, ese reflejo no esconde la realidad más evidente de nuestra sociedad: que está en crisis.
El espacio que permite que el narco y las expresiones artísticas, populares o no, se relacionen, es suministrado simplemente por una realidad de país manifiesta y ha facilitado la continuidad del Mundo Narco en una especie de círculo vicioso. El narco se alimenta de jóvenes que, entre muchos otros factores, decidieron seguir los modelos establecidos por las expresiones culturales del narco y estos jóvenes, a su vez, serán los protagonistas de las historias que seguirán alimentando a estas expresiones.
Las expresiones culturales en que se refleja el Mundo Narco van mucho más allá de lo artístico. Los elementos culturales elementales, como el lenguaje, el vestido y hasta la religión, han sido atrapados por formas que se han venido desarrollando paralelamente a la “popularización” del narco y adoptados por proporciones cada vez más amplias de la población.
El ya de por sí florido lenguaje popular de los mexicanos, ha sido enriquecido por el lenguaje narco, especialmente en el norte del país donde, además, se mezcla con el inglés para formar una especie de narcoespánglish.
Un levantón es el secuestro de un rival para hacerlo cantar (conseguir información), torturarlo o asesinarlo; unencajuelado es un cadáver hallado en la maletera de un auto abandonado, que puede estar o no encuiltado (envuelto en una frazada) o enteipado (amarrado de manos y pies con cinta adhesiva. Preparar un pozole (caldo similar al fricasé) es depositar el cuerpo del ejecutado en un bidón de 200 litros lleno a la mitad con ácido muriático o cal para hacerlo desaparecer. 
La tiendita es donde el médico de la esquina (narcomenudista) distribuye a pequeña escala alacrán, nieve, blancanieves, harina o perico (cocaína) para esnifar (aspirar); yesca, pastura, gallo, mota o borrego (marihuana) para quemar las patas al diablo (fumar), y goma, chiva o negra (heroína) para darse un arponazo (inyectarse). 
El clavo es el escondite para la droga en un automóvil, una libreta verde es una libra de marihuana, ya te fuiste o estás borrado indica que te quedan unos minutos de vida y si estás manchado has sido señalado para ser ejecutado.
El jefe de jefes es el primero en la jerarquía del cártel, a quien responden los dueños de plaza, los shakas, los perroneso los pesados. Más abajo están los operadores, los encargados de oficina, los contadores, los burreros (encargados de transportar la mercancía) y los sicarios (quienes realizan las interrogaciones, las torturas y las ejecuciones).
Y así, día con día son agregados nuevos usos y términos al gran glosario del narcolenguaje, muchos de ellos con la propia palabra “narco” como prefijo: narcomanta, narcobloqueo, narcomensaje, narcocorrido, narcoblog, narcojunior, etc.
En lo que respecta a las formas de vestir, las cadenas, pulseras y reloj de oro, la camisa desabotonada hasta la mitad para mostrar el “pelo en pecho”, el cinto piteado —cinturón de cuero bordado con fibra de maguey—, blue jeans, botas tejanas y sombrero stetson conforman el uniforme de trabajo del narco, la ropa del rancho. Para salir a divertirse, la ropa casual de Versace, Ralph Lauren o Gucci funciona. Como accesorio fundamental, no puede faltar la escuadra adornada.
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Cuando apresaron a Édgar Valdez Villarreal “La Barbie” el año pasado, los informativos de la televisión lo mostraron, rodeado de agentes fuertemente armados en el hangar de la Procuraduría General de la República, vestido con una camisa tipo polo de la marca Polo by Ralph Lauren. Al día siguiente, con una imagen del criminal, ya se vendía en mercadolibre.com con la leyenda “Playera igual a la de la Barbie, póntela ya. Está padrísima”. Se vendió como pan caliente.
Los narcos, como buenos mexicanos, son muy católicos y muy guadalupanos. Sin embargo, el Mundo Narco ha propiciado un sincretismo religioso que se ha popularizado en grandes sectores de la población, a través de la integración del culto a dos figuras religiosas no católicas: la Santa Muerte y Malverde.
La Santa Muerte es una figura de culto en México, resultado de un sincretismo que tiene sus orígenes en la época prehispánica y que se consolida en la segunda mitad del siglo XX. Mezclando las creencias cristianas con la brujería, la Santa Muerte recibe solicitudes de amor, afectos, suerte, dinero y protección, así como también peticiones malintencionadas y de daño a terceros por parte de sus fieles. Los seguidores de este culto, aunque no de manera exclusiva, están relacionados con actividades informales como el comercio ambulante y el trabajo en la calle e ilícitas como el narcotráfico, la piratería y la prostitución. 
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Quizás el nexo más representativo entre el Mundo Narco y la religión se da por medio de Malverde. Según la leyenda, Jesús Malverde habría sido un asaltante de caminos sinaloense de la época de la pre-revolución que, al estilo Robin Hood, repartía su botín entre la gente pobre de su localidad, presuntamente en los Altos de Culiacán. Sobre su muerte hay varias versiones. La más extendida refiere que, al ser buscado por las autoridades y haber una recompensa por su captura, fue herido de bala y logró escapar. Sabiendo que no sobreviviría, pidió a un amigo que lo entregara para cobrar la recompensa y repartirla entre los pobres. Tras su ejecución, el cadáver de Malverde, por órdenes de las autoridades, no fue sepultado, quedando a la intemperie como advertencia a sus seguidores. Los pobladores de Culiacán pusieron piedras sobre él hasta formar un montículo que se convirtió en su tumba. Con el crecimiento de la ciudad, la tumba fue destruida y sus restos llevados a una capilla especialmente construida para resguardarlos, pues ya se le adoraba como santo que intercedía por las causas de los inmigrantes que cruzaban hacia los Estados Unidos en busca de mejor vida. A su adoración como santo de los narcos la precede otra leyenda. Supuestamente, en los años 70, el capo Julio Escalante ordenó matar a su hijo Raymundo por realizar negocios sin su conocimiento. Según se afirma, herido de bala y arrojado al mar, Raymundo suplicó a Malverde su ayuda y fue entonces salvado por un pescador. Desde ese momento, narcotraficantes como Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca y Amado Carrillo Fuentes comenzaron a acudir a la capilla de Malverde. 
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Las costumbres sociales, las expresiones culturales como la música, el cine, el lenguaje y hasta la religión han sido trastocadas por el narco. El Mundo Narco está hoy muy, muy adentro, arraigándose a nuestra vida diaria con profundidad, fuerza, determinación y proyección inconcebibles. Y nos cala hasta los huesos, nos hiela el alma, nos hace presente y tangible el infierno. Por lo pronto, sin muchas alternativas ni esperanzas, estamos aprendiendo a vivir con eso. Que no se nos haga costumbre.

17 de abril de 2011
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