Descolonización
y transición
Raúl
Prada Alcoreza
¿Qué se entiende por
colonialismo, descolonización y colonialidad?
Debemos acercarnos a los problemas a través de
las estructuras de pensamiento; de alguna manera podemos decir que los
problemas dependen de las estructuras de pensamiento. Éstas los inventan o los
construyen; por lo menos están asociadas estructuras de pensamiento y
problemas. No podemos separar las formaciones enunciativas de las reglas que
definen los juegos de verdad. El colonialismo a pesar de ser una realidad cruda
y expansiva desde el siglo XVI, asociada a la expansión capitalista, al ciclo
del capitalismo del mediterráneo, no es tratado como materia del discurso
teórico hasta mucho después. Si bien se puede decir que se desplegaron
discursos anticoloniales constatables desde el siglo XVIII, conformándose de un
modo moderno durante el siglo XIX, es a mediados del siglo XX, sobre todo
después de la segunda guerra mundial y las consecuencias irradiantes de las
revoluciones orientales, la rusa (1917) y la china (1949), cuando se construye
un discurso descolonizador articulado al discurso antiimperialista. Uno de los
artífices de esta construcción es indudablemente el intelectual crítico
martinico Franz Fanon (1925-1961). Diremos que la teoría sobre el colonialismo
está íntimamente ligada al discurso descolonizador; podríamos decir que es la
voluntad descolonizadora la que ilumina sobre la problemática del colonialismo
y la colonialidad. Lo que permite hacer ver de manera más estructurada las
formas de dominación colonial, su subsistencia y perdurabilidad, dando lugar a
la colonialidad en las sociedades llamadas poscoloniales, es decir, a la
herencia colonial en los países independizados. Sin embargo, a pesar de esta
constatación, de que el discurso descolonizador se da con bastante
posterioridad al hecho colonial, no podemos de ninguna manera desentendernos de
expresiones y discursos anticoloniales que aparecieron con anterioridad;
primero durante el siglo XVIII y después durante el siglo XIX en el continente
americano, atravesado por las guerras anticoloniales y por las guerras de
independencia. Durante estos dos siglos
se extiende la crisis de los dominios coloniales extraterritoriales británico,
español y portugués. Se trata de discursos anticoloniales heterogéneos y
diferenciados. Durante el siglo XVIII en los Andes se desata una guerra
anticolonial indígena que cuestiona las mediaciones coloniales de los caciques
y el dominio de las autoridades coloniales, configurándose un proyecto político
cultural de reconstitución que adquiere distintas tonalidades en los distintos
periodos y contexto del conflicto. Durante el siglo XIX se conforma un
nacionalismo criollo articulado al discurso liberal, vinculando los conflictos
locales y regionales a un ideario republicano o patriótico. Se puede decir que
el ámbito de esta formación discursiva política tiene dos umbrales, uno que
corresponde a la guerra anticolonial norteamericana (1775-1783) y el otro que
corresponde a la revolución independentista de los esclavos africanos en la
isla La Española (1795), inspirada en la revolución francesa, revolución que
emite la declaración de los derechos del hombre. Pero también se puede decir
que el ámbito de esta formación discursiva política anticolonial se abre a
horizontes que no terminan de desplazarse.
En toda esta historia de la problemática
colonial no pueden confundirse las distintas formaciones discursivas y
estructuras de pensamiento, no son las mismas interpretaciones. Las expresiones
comunitarias nativas, ligadas a las estructuras del ayllu, son distintas a las invenciones políticas de los criollos
andinos, usando un título de Marie Danielle Démelas[1].
En un caso hablamos de una combinación compleja y en transcurso de
representaciones mesiánicas en combinación con cosmovisiones cíclicas del pachakuti, articuladas también con
problemas de legitimidad de los caciques y mediadores entre el Estado colonial
y las comunidades reconocidas. En el otro caso hablamos de la incorporación del
discurso liberal a los conflictos de poder y representatividad entre criollos,
mestizos y españoles, colocando como transformado a la comunidades indígenas.
La incorporación liberal fue bastante complicada pues no era simple asimilarla
en una coyuntura histórica atiborrada, definida por la invasión napoleónica al
centro del imperio español, la abdicación del rey Carlos IV, la transferencia
de la monarquía a Felipe VII, preso también del ejército francés, contando así
mismo con pretensiones de la infanta Carlota Joaquina, en medio de los
conflicto de las juntas que reaccionan a la ocupación, la de Sevilla y la
Central. Una confusión que lleva a los primeros levantamientos a hablar a
nombre del rey, acudiendo a la legitimidad del monarca, incluso en contra de
las autoridades coloniales, los virreyes y las autoridades de la Audiencia de
Charcas[2].
Este discurso adquiere ribetes cada vez más liberales en la etapa de la
elaboración de las constituciones, después de la guerra de independencia.
Durante el siglo XX emergen otras estructuras
de pensamiento y formaciones discursivas que ponen en cuestión las herencias
coloniales, podemos identificar entre éstas a las alocuciones indigenistas en
el despliegue de estos discursos. Habría que remontarse a la experiencia de las
escuelas indígnales ambulantes que se inician en 1905, recorriendo ayllus y
comunidades para enseñar el alfabeto. En esta secuencia, cinco años después,
debemos tomar en cuenta la publicación de la Creación de la pedagogía nacional de Franz Tamayo, que con una
visión vitalista define al indio como fuente de la energía nacional. Después de
la guerra del Chaco los gobiernos nacionalistas van a retomar la perspectiva
indigenista de una manera más integral vinculándola a las políticas públicas y
a las estrategias nacionales. Primero será el gobierno militar de Gualberto
Villarroel el que se comprometerá en abrir espacios para las reivindicaciones indígenas
en el Estado, después será la misma revolución nacional de 1952 la que conforme
institucionalmente una política indigenista en el marco del nacionalismo
revolucionario. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los nacionalismos
articulan el indigenismo en la perspectiva del mestizaje. Comparando
nacionalismo y liberalismo, si el liberalismo quería civilizar a las
poblaciones nativas, el nacionalismo buscaba su mestización. Ambos proyectos
buscan la incorporación modernizadora al Estado de los pueblos nativos,
desconociendo la historia, la cultura, la civilización propia de las naciones y
pueblos indígenas, aunque recogen preocupaciones por la condición y destino de
las poblaciones nativas. También podemos decir con cierta certeza que ambos
proyectos no cobran conciencia de que no dejan de ser prolongaciones de las
políticas coloniales, aunque se den por otros medios y caminos, con otras
metodologías, utilizando un discurso indigenista.
Habría que preguntarse si de esta colonialidad
del saber escapa el marxismo boliviano de aquellos tiempos. Por razones de
espacio no podemos hacer una evaluación descriptiva de los autores considerados
marxistas, empero podemos seleccionar algunos, que por su incidencia en el tema
son importantes. Uno de ellos es indudablemente Gustavo Navarro, que es más
conocido por su seudónimo, Tristán Marof. A diferencia de una interpretación
mas bien culturalista del indigenismo Tristán Marof va tocar claves materiales
de la emancipación indígena. En la Tragedia
del Altiplano comprende que lo que
interesa al indio no es su instrucción
inmediata sino su libertad inmediata. Vale decir, su independencia económica,
la ruptura de su sumisión con el patrón, la reivindicación de sus condiciones
de hombre[3].
El discurso marxista introduce en la interpelación a la explotación la
perspectiva de la emancipación del trabajo, la toma de tierras y la
nacionalización de las minas. Es conocida la consigna de Tristán Marof de tierras al indio y minas al Estado. Reivindicaciones
con las que cumplen la revolución nacional de 1952 con la reforma agraria y la
nacionalización de las minas. Ante la elocuencia de este discurso y ante las
medidas de la revolución, habría que hacerse una pregunta: ¿Se agota en este
discurso y con estas medidas la problemática colonial? Retomando lo que
dijimos, podemos afirmar que no se resuelve de ninguna manera la problemática
colonial con la incorporación del indio a la llamada civilización, que no es otra cosa que la imitación de modernidad,
tampoco con su incorporación al Estado, así mismo no se resuelve el problema
con la reforma agraria y la emancipación económica. Estas soluciones políticas
suponen una perspectiva colonial, considerar que la civilización es la occidental, consolidada después como cultura
moderna, y que de lo que se trata es de civilizar, modernizar y liberar
económicamente al pongo. Lo que ha
hecho precisamente la dominación colonial es destruir las civilizaciones, las
culturas, las instituciones nativas, atravesando los cuerpos, inscribiendo su
dominio como historia política en la superficie de los mismos, induciendo a
comportamientos y conductas de sumisión. La dominación colonial es polimorfa,
afecta el ámbito de las subjetividades, se efectúa en la desconstitución de sujetos
colectivos y trabaja la constitución de sujetos sumisos, domesticados, después,
con el establecimiento de las instituciones modernas, trabaja la constitución
de sujetos disciplinados. Por eso, si bien podemos aceptar que de alguna
manera, los discursos liberales, nacionalistas y también de la izquierda
tradicional se enmarcan en el horizonte del
derrumbamiento de las potencias coloniales, no llegan a ser discursos
descolonizadores, no responden a la problemática de la dominación
civilizatoria, tampoco de la crisis de la modernidad y su universalización.
Las anotaciones de Karl Marx en los Cuadernos Kovalevsky nos muestran un
interés por aprender sobre las comunidades campesinas, sus orígenes, su
pervivencia y su posibilidad alternativa a superar el capitalismo, sin esperar
el desarrollo del capitalismo en la periferia del sistema-mundo. Esta lectura
abre la posibilidad de pensar la condición multilineal de la historia,
escapando a esa visión reduccionista y evolucionista de la linealidad de los
modos de producción. Planteando también otras posibilidades de transición del
capitalismo al comunismo[4].
En esta perspectiva se encuentra también las tesis de Marx sobre el modo de
producción asiático, mostrando la necesidad de una interpretación histórica
diferente de las formaciones económicas sociales y modos de producción de las
civilizaciones asiáticas. Aunque Gayatri Chakravorty Spivak critica esta forma
de manejar una excepción histórica, la del modo de producción asiático,
inventándose otra homogeneidad asiática sin poder ver la pluralidad de
formaciones y multinilealidad de historias,
queda claro que no se puede asumir la historia europea como historia
universal[5].
Así mismo queda planteada la necesidad de discutir el concepto de modo de
producción. Estos desplazamientos de
Karl Marx, incluyendo las cartas a Vera Zasulich, muestran búsquedas
alternativas comprendiendo la evidencia deferencial de los procesos históricos[6].
Estos análisis, tomando en cuenta también a los Grundrisse, estuvieron ausentes en las lecturas y reflexiones de la
izquierda tradicional, en gran parte porque las publicaciones y traducciones
vinieron con posterioridad. Sobre todo no fueron atendidas sus consecuencias
cuando se trataba de definir estrategias y tácticas políticas en las luchas
sociales de cada país. Fueron los estudiosos de la obra de Karl Marx los que
terminaron introduciendo estos tópicos, frecuentemente en la formación
académica, teórica e investigativa. Ahora bien, retomando la crítica de Gaya
Chakravorty Spivak, podemos decir que, de todas maneras, Marx no dejó de ser un
hombre de su tiempo y no dejó de pertenecer a la episteme naciente de la
modernidad. Se notan condicionamientos epistemológicos de la economía política
inglesa, por lo tanto también de concepciones liberales sobre el capitalismo,
también es notoria la perspectiva en un horizonte eurocéntrico en expansión[7]. No se puede esperar que en aquel tiempo se
desarrolle una tesis descolonizadora sobre el capitalismo. Estas tesis vendrán
después; los portadores serán intelectuales que emergen de la experiencia
dramática del colonialismo.
El colonialismo moderno, del siglo XVI
adelante, corresponde a la expansión violenta del capitalismo como acciones
sucesivas de conquista, ocupación de territorios, sometimiento de poblaciones,
extracción desmesurada de los recursos naturales, explotación, sometimiento y
esclavización de las poblaciones nativas y africanas. Por esto mismo el
colonialismo está asociado con la expansión universalizadora de la modernidad,
aunque ésta al implantarse en territorios periféricos del sistema-mundo sufra
adecuaciones heterogéneas. Lo que significa que el colonialismo no es solamente
la dominación de las potencias europeas, tampoco solamente la dominación del
capitalismo a escala mundial, sino la dominación de la civilización occidental
de acuerdo a los códigos de la modernidad. Por lo tanto la lucha contra el
colonialismo implica esta comprensión múltiple y compleja, también integral,
del fenómeno colonial, lo que implica el combate en múltiples niveles a las
formas y engranajes de dominación colonial, particularmente interesa la lucha
contra la dominación civilizatoria, eurocéntrica y moderna. Lucha múltiple que
implica abrirse a los diferentes proyectos civilizatorios inhibidos con las
conquistas y los ciclos coloniales. En el continente de Abya Ayala, llamado América, implica la interpretación del presente
y su futuro alternativo a partir de su pasado contenido, bajo la interpretación
de las cosmovisiones indígenas. Esta lucha anticolonial, descolonizadora, es
también una lucha anti-imperialista y contra el capitalismo.
La descolonización significa revertir la
cristalización en los huesos de la violencia colonial contra las estructuras,
instituciones y formas de la dominación colonial[8].
Significa alternativamente la deconstrucción, el desmontaje, desandando el
camino, de los engranajes, las maquinarias y las prácticas de la colonialidad.
Lo que también implica la desconstitución de subjetividades sumisas,
domesticadas y sometidas, así como la constitución de subjetividades de
resistencia, de emancipación, abiertas a distintos posicionamientos del sujeto
liberado, en sus condiciones individuales, grupales, colectivas, comunitarias y
multitudinarias. La descolonización significa también transiciones múltiples,
institucionales, políticas, económicas, sociales y culturales. En Bolivia el
camino optado de la transición descolonizadora tiene el nombre de Estado
plurinacional comunitario y autonómico. Lo que comprende un nuevo mapa
institucional, la transformación estructural del Estado de acuerdo a su
condición plurinacional y comunitaria, también de acuerdo al sistema político
de la democracia participativa, en el sentido de un ejercicio pluralista de la
democracia, directa, representativa y comunitaria. Así mismo comprende un nuevo
modelo territorial de acuerdo al pluralismo autonómico establecido por la
Constitución. Entendiendo los mandatos de la constitución, también comprende la
transformación del modelo económico, abriendo caminos hacia la economía social
y comunitaria. Estos tres modelos constitucionales, el de Estado, el
territorial y el económico, se encuentran articulados por el modelo
civilizatorio alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo del
vivir bien.
Descolonización y
anticapitalismo
Parece que la clave de la discusión de la
coyuntura del proceso radica en cómo resolver la necesaria articulación entre
la lucha anticolonial, que con el tiempo se transformó en una lucha
anti-imperialista y también en una lucha descolonizadora, con la lucha
anticapitalista, con la lucha de emancipación proletaria, en contra de la
explotación del capital, de las formas de acumulación del capital. La pregunta
en términos sociales y políticos puede traducirse del modo siguiente: ¿cómo
articular la perspectiva de los movimientos sociales, de las naciones y pueblos
indígenas originarios campesinos con la perspectiva del proletariado?
Ciertamente no podemos contentarnos con el uso del término pueblo, que es demasiado amplio, aunque la convocatoria
anti-imperialista acude a la movilización del pueblo contra la dominación e
intervención imperialista. En el análisis de esta posibilidad, de la
posibilidad de una articulación compleja y múltiple, que encare la combinación
y composición de la lucha descolonizadora y anticapitalista, aparecen varios
problemas. Detengámonos en algunos de ellos, sobre todo los más determinantes.
La perspectiva de los movimientos sociales se
configura desde las capacidades inherentes de resistencias y auto-convocatorias
autogestionarias de los sujetos y subjetividades interpelantes de las
instituciones, las leyes, los ordenamientos jurídicos, políticos y sociales,
las limitaciones económicas impuestas por las realidades económicas concretas.
La perspectiva de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos
deviene de las luchas anticoloniales del siglo XVIII; se trata de una
acumulación política y cultural, de una interpelación a las formas del
colonialismo, la colonialidad, incluso en sus herencias y condiciones
poscoloniales. La perspectiva proletaria ha sido construida en la lucha
económica y política de los trabajadores, con incidencia del discurso marxista
y de las formas de organización partidista, que apunta a la revolución de los
trabajadores contra las formas de explotación, de subsunción, de acumulación
del capital. En las condiciones de los países periféricos, esta lucha adquirió
las formas de una lucha anti-imperialista combinadas con las formas de una
revolución que se nombró como ininterrumpida, permanente, guerra prolongada. En
Bolivia adquiere el diseño de un programa de transición que combina las tareas
propias del proletariado que apunta a una sociedad sin clases y las tareas no
cumplidas por la burguesía nacional. En la jerga de los militantes se hablaba
de la combinación de las tareas socialistas y las tareas democrático-burguesas.
Esta interpretación se puede adscribir bien a las tesis sobre el desarrollo
desigual y combinado, también a las tesis orientales elaboradas por Lenin,
Trotsky y Mao Zedong sobre el desplazamiento de la revolución a los países
dominados por imperialismo, con incipiente desarrollo industrial y poblados
preponderantemente por campesinos.
Estas tres perspectivas, corresponden a
distintas temporalidades, a distintos campos problemáticos, aunque también se
superponen en contextos de realidad compartidos, conformados en la complejidad
del sistema-mundo capitalista. Estas perspectivas han convivido de manera
entrelazada en el estallido de la crisis múltiple del Estado y del proyecto
neoliberal durante el periodo de movilizaciones de 2000 a 2005. Ciertamente, se
puede notar, que los discursos preponderantes en este periodo, incluso desde
antes, durante la última década del siglo XX, van a ser los discursos
autogestionarios y auto-determinantes de los movimientos sociales, también los
discursos críticos del colonialismo interno y de la de-colonialidad. En cambio
el discurso obrerista y los discursos izquierdistas van a quedar rezagados,
afectados por el derrumbe del movimiento obrero con la derrota de la Asamblea
Popular (1971), también afectados por la derrota del gobierno de la Unidad
Democrática y Popular (UDP; 1984), derrotas patentizadas con la frustración de
la marcha por la vida de los mineros, que trataban de impedir la relocalización
y el cierre de los centros mineros (1986). Lo que viene desplegándose desde la
guerra del agua (abril de 2000) es la conformación de una perspectiva
descolonizadora, plurinacional, comunitaria y autonómica. Perspectiva expresada
en la concurrencia de distintos discursos, indianistas, populistas,
nacionalistas, izquierdistas, también autonomistas, que no terminan de irradiar
su propia hegemonía. Sin embargo logran darle una textura a la escritura de la
Constitución Política del Estado. Esta convivencia discursiva, que no logra
configurar una formación enunciativa plasmada, ha durado aproximadamente y
dramáticamente la dificultosa temporalidad de la primera gestión de gobierno.
Los primeros problemas aparecen en la propia Asamblea Constituyente, durante el
proceso constituyente, también aparecen en el conflicto de Huanuni en el
enfrentamiento entre mineros trabajadores de COMIBOL y cooperativistas mineros
(2006). Sin embargo, los problemas de convivencia discursiva y de perspectivas
se hacen acuciantes después de la aprobación de la Constitución, cuando hay que
asumirla y aplicarla, con el objetivo de las transformaciones institucionales y
estructurales económicas, políticas, sociales y culturales. Los enfrentamientos
con el CIDOB, que exigía el cumplimiento de la Constitución, de los derechos de
las naciones y pueblos indígenas originarios, el respeto al territorio indígena
y a las áreas protegidas, muestran patentemente el choque de enfoques
diferentes, de discursos ya contradictorios y de perspectivas políticas
distintas. El enfrentamiento se da entre un discurso populista-nacionalista y
un discurso indianista descolonizador. También los enfrentamientos en Caranavi
con las organizaciones sindicales campesinas y las instituciones locales muestran
patéticamente que no es fácil conjugar intereses locales y los intereses del
gobierno, perspectivas burocráticas institucionales y demandas específicas de
desarrollo local. Hay pues una crisis del discurso campesino y del discurso
populista. Así mismo, los enfrentamientos en el departamento de Potosí, con el
Comité Cívico de Potosí, acompañado por otras instituciones y organizaciones
del departamento, muestran las complicaciones del discurso autonomista, pero
también muestran las contradicciones inherentes entre las regiones y la
estrategia del gobierno central.
Avanzando en la revisión de los conflictos,
podemos observar claramente que la crisis del gasolinazo ha destapado profundas
contradicciones latentes del proceso (fines de 2010). El levantamiento popular
contra el decreto de nivelación de precios muestra patéticamente el desarrollo
de la contradicción entre las políticas públicas y el pueblo. Esta
contradicción se ha vuelto el rasgo fuerte de la coyuntura crítica del proceso.
Hay demandas económicas insatisfechas, también hay demandas políticas, que
tienen que ver con la participación social en el marco de la democracia
participativa, contradicciones en las lecturas del proceso de nacionalización.
Después del decreto 748, de su abrogación, los precios de los bienes, sobre
todo de los alimentos, subieron para no bajar, ocasionando grados de intensidad
en el incremento de la inflación. Frente a esta situación, la COB reclama un
incremento salarial acorde a la situación. El gobierno responde con un incremento
del orden del 10%, empero la COB rechaza esta oferta y opta por una lucha
salarial y económica, con algunos ribetes de crítica política, desatando un
conflicto social en las principales ciudades capitales, sobre todo en la sede
de gobierno. Este conflicto deriva con una prolongada movilización, en marchas
y bloqueos de caminos, que sólo consigue arrancar al gobierno un 1% más de
incremento sobre el 10% ya ofrecido. Podríamos decir que se ha movido una
montaña para parir un ratón. Sin embargo, las características mismas del
conflicto nos muestran tendencias a la reorganización del proletariado en el
contexto de un proceso en crisis. Por eso es menester analizar las
posibilidades de los sujetos involucrados, de sus perspectivas, sus discursos y
sus estrategias políticas.
Al
respecto, la hipótesis interpretativa que podemos lanzar se expresa de la
siguiente manera:
No se puede ser consecuentemente
anticapitalista si no se es consecuentemente anticolonial, por lo tanto
descolonizador; tampoco se puede ser consecuentemente descolonizador si no se
es consecuentemente anticapitalista. Por lo tanto, es indispensable para salir
del estancamiento del proceso, de la crisis política de la coyuntura, articular
ambas estrategias, la anticapitalista y la anticolonial. Esto en términos
organizacionales significa resolver las diferencias entre los sindicatos
urbanos y los sindicatos campesinos; en términos políticos significa una
discusión profunda sobre los alcances y límites de los discursos en
concurrencia, proyectando la construcción consensada de una formación
enunciativa que dé cuenta de la complejidad de la transición transformadora. En
otras palabras, se requiere de una perspectiva que interpretante del diálogo
necesario entre proletarios, movimientos sociales y naciones-pueblos indígenas
originarios campesinos. En términos
teóricos se requiere elaborar una estrategia anticapitalista y descolonizadora;
en términos prácticos se requiere responder a la pregunta sobre cómo articular
la demanda de desarrollo de los trabajadores y la demanda por la soberanía
alimentaria de los campesinos, decodificada en la perspectiva ecológica de
armonía con los seres vivos de la madre tierra de las naciones y pueblos
indígenas originarios.
Contradicciones y
transformaciones en el proceso
El proceso
constituyente
Dos preguntas de inicio: ¿Cuándo comienza el
proceso constituyente? ¿Cuándo acaba el proceso constituyente? Estas preguntas
son fundamentales al momento de abordar el análisis del proceso constituyente
boliviano. ¿Comenzó con la marcha indígena de tierras bajas al inicio de la
década de los noventa? ¿Comenzó con la interpelación del discurso katarista de
la segunda década de los setenta? ¿Comenzó con la guerra del agua, en pleno
Cabildo, cuando se propuso la convocatoria a la Asamblea Constituyente?
¿Comenzó con la convocatoria de la Agenda de Octubre, después de la guerra del
gas? ¿Comenzó, con la formalidad del caso, con la convocatoria del Congreso de
2006? Estas preguntas son importantes no sólo por el corte que proponen sino
debido a que podemos entender el proceso constituyente de diversas maneras.
Empero la interpretación primordial tiene que ver con el acontecimiento
histórico y político. Hay que asociar el proceso constituyente con la crisis
del Estado. ¿Desde cuándo está en crisis el Estado? ¿Desde cuándo hay
consciencia colectiva de la crisis estatal? ¿Desde cuándo se tiene la voluntad
de construir una alternativa al Estado? Nosotros asociamos todo lo que ha
ocurrido en la Asamblea Constituyente con lo desatado durante el ciclo de
movimientos sociales de 2000 al 2005. Esto parece ser lo más apropiado
evaluando la concomitancia de los acontecimientos; empero la crisis del Estado
comienza antes del 2000 y el proceso de interpelación al Estado tiene varios
hitos que conviene tener en cuenta. Ahora trataremos de evaluar estos hitos,
estos momentos de crisis del Estado, para comprender desde una perspectiva más
amplia el proceso constituyente, a través de esta visualización.
¿Cuándo comenzar? ¿Desde el inicio mismo de la
república? ¿Qué es lo que se conformó con la independencia? ¿Un Estado-nación?
Hay que construir las respuestas a la luz de los campos de fuerzas
con-figurantes del proceso y de la guerra de la independencia. El panorama
histórico de la época no es nada claro, menos cuando se trata de evaluar los
proyectos republicanos en un entorno de posicionamientos monárquicos en defensa
de del rey cautivo.
Lo que se formó entonces en el contexto de los
quince años de guerra de guerrillas y los años de la guerra de independencia
son las condiciones histórico políticas barrocas de un de una forma de Estado
que era imaginariamente moderno, empero su materialidad preservaba la
materialidad práctica e institucional de la administración colonial, por lo
menos en su escala local y regional. En la jerga de la época incluso se habló
de “republiquetas”, casi definidas por el dominio de las oligarquías regionales
y locales. Al respecto, lo que se puede decir como una primera conclusión es
que preponderaron los intereses de las castas y clases dominantes locales y
regionales frente a los intereses de una burguesía continental o subcontinental,
que en ese entonces era prácticamente inexistente. En todo caso se descartaron
los grandes proyectos nacionales y estatales de Túpac Amaru y Simón Bolívar. Se
puede decir que se llegó como a un acuerdo y un pacto entre todas las parte al
momento de la conformación de las administraciones políticas independientes.
Terratenientes, comerciantes, iglesia, abogados, sobre todo los famosos
doctorcitos de Charcas, militares, sobre todo los del ejército independentista,
no tanto los comandantes guerrilleros, pues a ese momento se encontraban bajo
tierra o en desgracia como es el caso del “Tambor” Vargas. En el caso de las
repúblicas criollas, los indígenas fueron prácticamente descartados, lo que no
ocurrió en el pacto colonial, cuando la nobleza indígena formó parte de la
estructura de poder colonial y los caciques mediaron entre dos formas
administrativas, la relativa a las autonomías indígenas y la correspondiente a
la administración colonial. En esta
independencia los indígenas perdieron su autonomía, por lo menos la que les
quedaba y todavía conservaban durante la colonia. La guerra de la independencia
fue complicada y enrevesada, los ejércitos libertadores y realistas tenían
prácticamente casi la misma composición, españoles, criollos, mestizos, indígenas
en ambos bandos. La diferencia radicaba en los intereses que defendían, un
comercio todavía ligado al monopolio de la Corona en contraposición con un
libre comercio propugnado por Gran Bretaña. El Estado que nace en estas
condiciones es un Estado Pactante[9];
en el contexto de la distribución de fuerzas o, mas bien, en el contexto de las
fuerzas distribuidas y diseminadas se pacta, usando un discurso republicano,
aunque conservando todos los modales coloniales. A propósito, se puede decir
que todos los Estado-nación se han basado en una especie de pacto, pero entre
las fuerzas victoriosas, aunque el caso británico nos muestre también un pacto
entre fuerzas encontradas, que no terminan de definir contundentemente de parte
de quién está la victoria; en todo caso este pacto inicial del Estado-nación se
asienta en una victoria, algo que no terminó de ser concluyente en América
Latina, salvo lo que ocurrió en la Isla La Española, con la revolución y la
independencia de Haití, donde la revuelta de los esclavos comandados por François Dominique Toussaint-Louverture pone fin a la dominación francesa y a la esclavitud en
1795.
En lo que respecta a Bolivia, se ilustra muy
bien esta complicada red de alianzas en El
complejo proceso hacia la independencia de Charcas (1808-1826) de María
Luisa Soux[10];
se vuelven a repetir estos complicados procesos en plena crisis de la república
durante la Guerra Federal. También se ilustra esta perdurabilidad de la crisis
estatal en Entre la alianza y la
confrontación de Pilar Mendieta[11].
Se trata de pactos matriciales, empero también de alianzas inestables, por eso
mismo condiciones explicables de la crisis permanente estatal. Se trata de
estados que se construyen en su propia crisis política y luchan denodadamente
contra sus propias vulnerabilidades, se parecen a fortalezas en constante
desplazamiento flexible, aplastando rebeliones y resolviendo conflictos.
Estados que renacen de sus pactos y alianzas, los recomponen y los reorganizan,
empero muchas veces hasta los traicionan, como en el caso de la alianza entre
el General José Manuel Pando y el ejército aymara conducido por Zarate Willca.
Son estados construidos sobre la definición de las armas, pero también sobre la
gravitación de las propiedades latifundistas, así como sobre las formas
administrativas heredadas, las formas burocráticas, las formas jurídicas, pero
también la de las formas administrativas de las almas, correspondiente a las
parroquias. Se puede decir que la república era una idea no necesariamente una
realidad. Su existencia cobraba fuerza en los discursos, pero perdía peso
material en las prácticas, en las normas y en las instituciones. En las
repúblicas criollas se confundía los espacios públicos y privados, lo privado
latifundista, minero y comercial se confunde con lo público. Lo público fue un
espació de difícil y lenta construcción; lo mismo podemos decir de la
ciudadanía.
Hablar de Estado en estas condiciones es no
solamente hacerlo desde la tesis de la relación sino también desde la tesis de
la articulación. Desde esta perspectiva el Estado no solamente respondería a
relaciones sino a articulaciones; un Estado visto desde su ámbito relacional,
pero también de su ámbito de articulaciones, lo que comprende también el
entendimiento de sus alianzas. Un Estado como acontecimiento político es este
minucioso tejido relacional, articulador y de alianzas, que de ninguna manera
detiene el conflicto, sino al contrario, lo contiene e interpreta. Desde esta
perspectiva también podemos decir que el Estado tarda en lograr su condición
moderna, como instrumento separado de la sociedad; en principio está
fuertemente atravesado por el juego de las fuerzas, de sus intereses, de sus
perspectivas, de sus propios circuitos e imaginarios. Se puede constatar una
utopía del Estado moderno en el imaginario de las elites, sobre todo liberales,
empero un uso práctico que distribuye su ejercicio institucional de acuerdo a
los poderes locales y regionales concretos. Démonos a propósito una figura,
recurramos a una representación metafórica para ilustrar mejor lo que queremos
decir. La historia la genealogía política del Estado-nación en Bolivia se
parece al a un cuadro literario, el cual podría narrar una tragicomedia.
En un país perdido en
los inmensos territorios de la periferia concurren intentos repetidos y
minuciosos de grupos de pobladores dispersos e itinerantes por ocupar un
edificio en construcción, algo así como una torre de Babel, empero esta vez no
se trata de la proliferación de las lenguas sino de la abundancia de las formas
políticas. En cada intento se fracasa y se vuelve a intentar más tarde cuando
la construcción del edificio esté más avanzada. La pregunta que se hace un
observador es de si ¿una vez terminada la construcción del edificio podrán
ocuparla los grupos desesperados de contar con un condominio? El observador no
puede responder a la pregunta pues queda asombrado ante la diversidad y
variedad de ocupantes quienes conllevan además distintos intereses. Hay en todo
esto una sensación de improvisación, de incertidumbre, de contingencia y de
inacabamiento. Ciertamente, mientras no logran ocupar y habitarlo
permanentemente los distintos grupos el edificio, viven en otros lugares, donde
mantienen el control de sus territorios, sus antiguas casas dispersas y
barrocas. Las incursiones al edificio en construcción son asaltos intempestivos
de distintas vanguardias y dirigencias. El observador empieza a sospechar; es
posible que el edificio no sea otra cosa que un ideal, un proyecto, que en su
materialidad práctica siempre va a ser una construcción inacabada, que además
debe adecuarse constantemente a los rediseños y la escasez de material de
construcción o a los cambios de insumos.
Saliendo de la figura literaria, que nos ayuda
a ilustrar la complejidad material e imaginaria del Estado Nación, podemos
interpretar que el ideal de Estado moderno ha sido constante, ha permanecido
presente en las cabezas de las elites, lo estuvo en Simón Bolívar, lo está
ahora en la mentalidad del bloque nacionalista que domina el gobierno
indígena-popular, lo estuvo en las élites liberales de la Guerra Federal,
volvió a hacerse presente en los nacionalistas revolucionarios de las décadas
de los cincuenta y sesenta, así también, aunque de otra manera, en las élites
neoliberales.
En conclusión podemos decir que en la historia
política de Bolivia el Estado moderno se ha mantenido en construcción y
reconstrucción constante, forma parte del imaginario liberal y también del
imaginario nacionalista, también de los diseños y rediseños, de los proyectos,
de las edificaciones inacabadas y de las reformas de modernización. Sin
embargo, en esta historia, en la genealogía política del Estado, hay que
considerar los recorridos, los circuitos, las estrategias, los socavones, si se
puede hablar así, las influencias, las visitas, las salas, los lobbies, las ocupaciones temporales de distintos
visitantes, de diferenciadas clases, castas, grupos de poder. Para expresar
mejor lo que queremos decir, volviendo a la figura literaria, podemos decir que
al final el observador de la narración se da cuenta que, aquello que se llama
Estado moderno y está en construcción no es solamente ese edificio, esa
edificación visible, sino que resulta precisamente edificado por esos
recorridos, esas prácticas, esas estrategias de influencia y de ocupación
provisorias. Llamemos a esta configuración dinámica Estado barroco; dicho de otra manera, veamos a esta fabulosa
instrumentalidad, a esta maquinaria jurídico-política, a este complejo mapa institucional, que es el
Estado moderno, a partir de los recorridos, los circuitos, las relaciones de
poder que lo atraviesan ocupándolo perentoriamente, a partir de sus propios
fragmentos e intereses, en el tiempo continuo político. No se trata tanto del
análisis de las formas de gubernamentalidad, sino de las formas de penetración,
ocupación e influencia de distintos grupos y estratos de poder; se trata en
todo caso del ejercicio descarnado del poder, ejercicio dado en sus formas
no-institucionales, empero cristalizada en las prácticas que denominaremos de economía política de la coerción.
Practicas efectivas, empero no reconocidas formalmente, ni legalmente ni
institucionalmente. Sobre todo interesa esta perspectiva por las profundas y
compenetradas articulaciones de estas dinámicas moleculares con la misma
edificación del Estado moderno, compenetraciones que dan precisamente vida, si se puede hablar así, a este
Estado y a sus formas de gobierno. No se trata de la burocracia y del ejercicio
de la burocracia, tampoco de las normas y la administración de las normas,
ciertamente no se trata de la institucionalidad, sino del crudo
desenvolvimiento de las influencias, de las transacciones, de los circuitos y
las ocupaciones intermitentes del Estado por parte de los grupos y
estratificaciones que hacen uso de diversas relaciones de poder. Esta
perspectiva es importante a la hora de entender el funcionamiento efectivo del
Estado, el accidentado accionar de los gobiernos, las desviaciones prácticas de
la norma, el sentido atiborrado de las acciones administrativas, y sobre todo,
desde el enfoque de este ensayo, el uso retórico de las constituciones y sus
formas deformadas de aplicación.
Historia de la
Asamblea Constituyente
¿Dónde comienza esta historia? No puede por
cierto restringirse esta historia a la descripción temporal de las
constituyentes, convenciones y asambleas desplegadas durante los siglos XIX y
XX, diez y ocho en total[12],
pues como dijimos más arriba esta historia está íntimamente ligada a la crisis
estatal. Las asambleas constituyentes van intentar construir un nuevo Estado,
por lo menos en la letra escrita, o, de alguna manera hacer reformas
constitucionales, como es la mayoría de los casos de esta historia de
constituyentes, convenciones y asambleas, empero de lo que se trata es
comprender todo el proceso constituyente. Esto significa relacionar lo
acontecido en las asambleas constituyentes con la crisis estatal, pero sobre
todo relacionar estas acciones jurídico-políticas con los acontecimientos
histórico-políticos, relacionar las formas de expresión con las luchas sociales
y la guerra anticolonial, con su desemboque en la lucha descolonizadora.
Retomando esta perspectiva, como dijimos, este análisis quedaría incompleto si
no se termina de relacionar las formas de expresión también con los juegos de
poder. Todo esto nos lleva también a comprender que el proceso constituyente y
el poder constituyente no se reducen al texto escrito sino mas bien hay que
entenderlos como acontecimientos vitales, la constitución viva, encarnada en la
acción de las multitudes. Así mismo hay que entender que lo que se opone al
proceso constituyente y al poder constituyente no se reduce a una anterior
constitución y estructura de leyes sino a un viejo mapa institucional y el
ejercicio del poder de los grupos y estratos dominantes, aunque también de los
subalternos. En esta dinámica de la materialidad política y de la dinámica
molecular se encuentra el secreto de la contingencia y de los
acondicionamientos de los desenlaces y el despliegue efectivo de los
acontecimientos. Por lo tanto vamos a tratar de concentrarnos en el análisis de
la crisis del Estado-nación, de las luchas sociales y de las naciones y pueblo indígenas
originarios campesinos y afro-bolivianos, como define la Constitución, en el
análisis de la lucha descolonizadora y anticapitalista, así como en el análisis
de la inercia estatal y los juegos de poder. Todo esto para permitirnos una
perspectiva abierta, móvil y plural que nos ayude a interpretar la complejidad
y la pluralidad de significaciones inherentes a la Constitución del Estado
plurinacional comunitario y autonómico.
La Crisis del
Estado-nación
Ya habíamos dicho que la construcción del
Estado moderno se efectúa en el contexto de la crisis política, crisis que
expresa la crisis de los pactos, crisis del pacto colonial, crisis del pacto
señorial, crisis de la mediación de los caciques, crisis de la jerarquía
colonial, crisis de la administración colonial y su legalidad, teniendo al rey
preso por las fuerzas de ocupación francesa, crisis de la elites locales y
regionales. Todo esto en el contexto de la crisis de la minería de la plata,
pero también del monopolio comercial y mercante del imperio español, crisis
dada en el cierre de un ciclo del capitalismo, el correspondiente a la
hegemonía del capitalismo genovés, repetido con el cierre del ciclo del
capitalismo bajo la hegemonía del capitalismo holandés, en plena apertura a un
nuevo ciclo del capitalismo, el relativo a la hegemonía del capitalismo
británico, que introduce dos cambios estructurales profundos en la composición
del sistema-mundo capitalista: uno es el que tiene que ver con la articulación
e integración del Estado con el Capital, el segundo es el correspondiente a la
revolución industrial. La respuesta política a este contexto histórico crítico,
que manifiesta los alcances y la complejidad de la conformación universal de la
modernidad, van a ser, en el continente nombrado como América, las guerras de
la independencia, por lo tanto el logro de la independencia misma, conformando
repúblicas, es decir, estados modernos. En el caso de la Audiencia de Charcas
se constituye la República de Bolívar, que después va a ser llamada República
de Bolivia.
Hay que anotar que cuando se habla de crisis
del Estado-nación, este enunciado puede tener por lo menos dos connotaciones
temporales: una que se hable de crisis cuando se cierra el ciclo del
Estado-nación, otra que se dé la crisis mas bien al comienzo, en el nacimiento
mismo del Estado-nación. Este parece ser el caso boliviano y de otros países
del continente. Se trata de una crisis en la composición misma del nacimiento
del Estado-nación, de alguna manera como anunciando su propia incompatibilidad.
Hablamos entonces de la crisis del Estado-nación en tanto construcción
incompleta, como inacabamiento, en el sentido de una incongruencia inherente.
Al respecto, puede ser que todos los estados modernos hayan enfrentado esta
disconformidad, sin embargo, muchos de ellos, sobre todos los Estado-nación del
centro de la geopolítica del sistema-mundo-capitalista, sin descartar a los
Estado-nación de la periferia, han resuelto el problema mediante la violencia y
el monopolio de la violencia imponiendo a sangre y fuego la nueva
institucionalidad y el imaginario de la nación. Otros Estado-nación de la
periferia habrían aplicado también la violencia, empero a pesar de los
aplastamientos de los pueblos nativos, no habrían terminado de resolver el
problema, dejando pendiente la compatibilidad y la coherencia institucional y
la articulación de la formación económica y social, optando por la renovación
incierta de pactos y acuerdos provisorios, entendidos más como treguas, que
repetidamente han sido traicionados. Este es el caso de la República de
Bolivia.
Que la crisis sea de inacabamiento no quiere
decir que se pueda resolver acabando de construir, de completar el
Estado-nación. Esto parece ya no ser posible en el contexto avanzado y
consolidado de la mundialización, en el contexto de la propia crisis de la
modernidad, sobre todo teniendo en cuenta la maduración y emergencia de las
fuerzas descolonizadoras. La solución a la crisis permanente del Estado en
Bolivia, inventada por las multitudes, movimientos sociales, naciones y pueblos
indígenas originarios, proletariado nómada, es la configuración del Estado
plurinacional comunitario y autonómico. Una perspectiva intercultural y
descolonizadora que enfrenta la estrategia de la transición pos-capitalista.
Una perspectiva que reivindica a las naciones y pueblos indígenas originarios y
se abre a las posibilidades y potencialidades de otros proyectos civilizatorios
alternativos a la modernidad y al capitalismo.
De la resistencia a la
ofensiva indígena y popular
Se puede decir que fueron cinco los procesos de
modernización, incluyendo a las reformas borbónicas, del último periodo
colonial: las reformas borbónicas (fines del siglo XVIII), la misma
constitución e institución de la república (1825-1826), las reformas liberales
(1899-1920), la revolución nacional (1952-1964), las reformas estructurales
neoliberales (1985-2000). De todos estos procesos el de mayor impacto y
profundización fuel el correspondiente a la revolución nacional, todo esto
sobre todo por las características de la propia revolución con clara
participación obrera, campesina y popular, por las reformas profundas que
introduce, la nacionalización de las minas, la reforma agraria, el voto
universal y la reforma educativa, por el proyecto de constituir la nación a
partir de la simbiosis del mestizaje, como ocurrió en otras partes de América
Latina, siendo el caso más paradigmático el mexicano. Sin embargo, este proceso
de construcción del Estado-nación, que se puede decir es el único intento serio
de constituir un Estado-nación, fracasa debido a las contradicciones internas
mismas de la revolución, el proletariado tenía una versión propia de la
construcción del Estado-nación, en tanto que las clases medias, si se puede
hablar así, tenían otra versión de la construcción del mismo-Estado. Para el
proletariado se trataba de una transición al socialismo, para las clases medias
y quizás también para el campesinado, se trataba de una revolución democrática
y burguesa. La revolución nacional fracasa también por sus propias
indefiniciones y ambigüedades, sus propios retrocesos y traiciones; los
gobiernos nacionalistas del periodo de la revolución terminan entregándose a la
hegemonía norteamericana, convirtiendo al país en zona de influencia del
sistema de libre empresa, conformado en el ciclo de hegemonía del capitalismo
norteamericano. Así mismo, y no podemos dejar de mencionarlo, la revolución
nacional cae por los niveles irracionales de burocratismo y los escandalosos
alcances de la economía política del
chantaje, es decir, de la corrupción, la corrosión de las formas
administrativas por las prácticas prebéndales y clientelares, el funcionamiento
de los circuitos de influencia y de presión, así como de ocupación esporádica
del complejo edificio de la construcción del Estado moderno.
El último proceso de modernización fue el
proceso neoliberal, que no se puede decir que intenta conformar y consolidar el
Estado-nación, sino más bien se propone articular la economía boliviana a la
globalización por medio de la estrategia de la privatización, lo que se llama
en la jerga de los estudios críticos acumulación por despojamiento y
desposesión de los recursos naturales, de las empresas públicas, de la economía
popular y del ahorro de los trabajadores. Los trabajadores, el proletariado,
los pueblos indígenas, el pueblo resiste a las reformas neoliberales en un
contexto de correlación de fuerzas nacionales y mundiales adverso. La
resistencia no logra cambiar el curso programado del proyecto neoliberal, sin
embargo es la experiencia mediante la cual se constituyen un nuevo sujeto
insurgente que emerge de las profundidades de las estructuras de larga duración
históricas, las estructuras de la rebelión anticolonial, de la memoria larga,
este es el sujeto indígena que ocupa el vacío político dejado por el sujeto
proletario, que había definido las características de las luchas desde 1945
hasta 1986, año de la desesperada marcha por la vida, desplegada por los
trabajadores mineros, que intentaban detener el cierre de los centros mineros y
la relocalización. A lo largo de la década de los noventa se articulan nuevos
movimientos que aparecen como movimientos anti-neoliberales, movimientos
anti-privatizadores, movimientos de resistencia de todo tipo, que poco a poco
van adquiriendo forma y perfil definidos. La irrupción de las marchas indígenas
de tierras bajas por la dignidad y el territorio de 1990 y de 1992 abre un
periodo de acumulación de fuerzas y de organización de los movimientos
indígenas y originarios, planteando como reivindicación la recuperación,
reconstitución, reconocimiento y defensa de los territorios indígenas. Este
planteamiento abre una nueva perspectiva e interpretación a la lucha política,
la significación de la problemática territorial y la demanda de los derechos de
las naciones y pueblos indígenas originarios. Esta emergencia descolonizadora
ya plantea la necesidad de reformas constitucionales, tema que va a ser
retomado durante el ciclo de movimientos sociales de 2000 a 2005 como
convocatoria a la Asamblea Constituyente.
El ciclo de movimientos sociales de 2000 a 2005
se caracteriza por una permanente ofensiva, se puede nombrar a todo el periodo
de luchas sociales como una movilización prolongada. También se caracteriza por
la proliferación de múltiples movimientos y diversos perfiles de los
movimientos, sin embargo hay determinadas movilizaciones gravitantes en todo el
desplazamiento de las luchas. Podemos mencionar dos formas de movilizaciones
decisivas en todo el ciclo: las relativas a la guerra del agua y a la guerra
del gas. Estas movilizaciones en defensa
del agua y de la vida, así como en defensa de los recursos naturales,
particularmente de los hidrocarburos, como acontecimientos políticos y sociales
irradiantes a todo el país, como que se desdoblaron convergiendo en dos
ciudades y en dos tiempos sucesivos. La guerra del agua estalló en Cochabamba
en abril de 2000, pero también se dio otra guerra del agua en la ciudad de El
Alto prolongada durante dos años, en el 2004 y 2005. La guerra del gas estalló
en la ciudad de El Alto en octubre de 2003, pero también se dio otra guerra del
gas en mayo y junio de 2005 en varias ciudades, La Paz, el Alto, Oruro, Potosí,
confluyendo la movilización en Sucre. Se puede decir que estas movilizaciones
fueron los ejes articuladores del ciclo de movilizaciones, transfirieron
responsabilidades a la Asamblea Constituyente en relación a una concepción
ecológica y soberana de los recursos naturales. Otro acontecimiento referencial
e irradiante del ciclo de movilizaciones fue el bloqueo indígena y campesino de
septiembre de 2000, cuando emerge nuevamente no solamente la cuestión de la
tierra sino también la cuestión que ahora llamamos plurinacional, que en ese
entonces se planteó en el discurso de las dos Bolivia, la indígena y la blanca-mestiza.
Este acontecimiento se comporta mas bien como sustrato de todo el ciclo de
movilizaciones, conectado a las estructuras de larga duración de la rebelión
indígena. Estos dos ejes y este sustrato del ciclo de movilizaciones terminan
dándole una textura a todo el proliferante flujo de movilizaciones, de marchas,
de protestas, de bloqueos y pronunciamientos. Las marchas de los y las
cocaleras comenzaron antes del 2000 y atravesaron todo el periodo del ciclo de
movilizaciones, sus reivindicaciones eran más bien focalizadas,
correspondientes a la zona del Chapare y los Yungas, y casi circunscritas a la
defensa de la hoja de coca, empero terminaron formando parte de todo el tejido,
uno de los colores de la narrativa del awayo.
Otras marchas como la de los y las prestatarias, los jubilados, la llamada
clase sándwich, forman también parte del colorido de la narrativa colectiva de
las movilizaciones. En conjunto, los acontecimientos del ciclo de
movilizaciones son como el plano de consistencia, el plano de intensidades, de
todo el proceso; son también el antecedente, el referente y la causa del
proceso constituyente. No podríamos explicar el proceso constituyente con su
núcleo instituyente de la Asamblea Constituyente, tampoco interpretar
apropiadamente la Constitución sin tener en cuenta el ciclo de movilizaciones.
La Asamblea
Constituyente
La Asamblea Constituyente tiene dos
convocatorias; una práctica y efectiva dada por las propias movilizaciones, un
cabildo en Cochabamba, la Agenda de Octubre y como mandato de las
movilizaciones de mayo y junio de 2005; otra formal dada por el Congreso. Estas
dos convocatorias nos muestran el intervalo de la contradicción en la que se va
mover la propia Asamblea Constituyente y la redacción del texto constitucional,
contradicción que puede expresarse como conflicto entre el poder constituyente
y el poder constituido. Esta contradicción explica no solamente el conflicto
sino también todos los dilemas de la redacción de la Constitución, así como lo
sucedido después de la aprobación de la Constitución en Oruro. Como se sabe
sucede algo inaudito, el Congreso se declara constitucional y revisa la
redacción aprobada por los constituyentes, violando de esta forma los alcances
ilimitados del poder constituyente, forzando una corrección de la redacción por
parte de un poder constituido, limitado en sus atribuciones, como es el
Congreso. Esto se hizo lastimosamente en connivencia con el ejecutivo; el
objetivo era claro, limitar los alcances de la Constitución.
La
Asamblea Constituyente se instala el 6 de agosto de 2006 en la ciudad de Sucre,
capital de Bolivia, acompañada por un desfile apoteósico de las naciones y
pueblos indígenas originarios, pero también por un desfile militar; lo que nos
muestra también los contrastes del escenario donde se va a desenvolver las
sesiones de la Asamblea. La composición de la Asamblea Constituyente es la siguiente: cuenta con 255 asambleístas
mayoritariamente representantes sindicales e indígenas. La correlación de
fuerzas, móvil y flexible por cierto, es la siguiente: El Movimiento al
Socialismo (MAS) cuenta con 142 asambleístas, en tanto que el resto de las
representaciones políticas cuenta con 113 asambleístas. Como se puede ver el
MAS contaba con la mayoría absoluta, un 56%, empero no podía resolver el
problema de la aprobación, pues la convocatoria formal, la del Congreso,
introduce en la redacción de la convocatoria la fórmula de aprobación por dos
tercios del texto constitucional. La discusión en una primera etapa dentro de
la Asamblea Constituyente se va demorar en resolver esta problemática de la
aprobación, nombrada sugerentemente como de la aritmética de las decisiones.
Para resolver este problema se van distinguir etapas en el proceso de
aprobación, la aprobación de detalle y la probación integral del texto, también
se van a identificar temas cruciales que tendrían que ser aprobados por dos
tercios o en consenso. El tratamiento del problema de la aprobación es tedioso
y genera el primer conflicto de la Asamblea Constituyente, conflicto que
detiene las sesiones por aproximadamente medio año. Quizás valga la pena
detenerse un poco en este primer conflicto para mostrar de una manera
ilustrativa la marcha de las contradicciones que atraviesan a la Asamblea
Constituyente.
Recurriendo
a la comparación, tomemos en cuenta la solución por la que opta la Asamblea
Constituyente de Ecuador respecto del problema de la aprobación, en este caso
se aprueba por mayoría simple. En Bolivia, teóricamente la aprobación debía
haber sido por mayoría absoluta, sin embargo, como dijimos, el Congreso
introduce la fórmula de los dos tercios. La primera comisión de la
constituyente, encargada de elaborar el reglamento de la Asamblea Constituyente,
llega en doce días a elaborar el reglamento y a un acuerdo, dos tercios para el
texto final, dos tercios para el desafuero y dos tercios para la revisión del
reglamento; todo lo demás era por mayoría absoluta. La bancada del MAS se reúne
para discutir esta propuesta, cuando la mayoría de las bancadas departamentales
se inclinan por la propuesta de la comisión, se interrumpe abruptamente la
reunión y se declara cuarto intermedio. Una comisión del ejecutivo llega a
Sucre con la orden de mantener la posición por mayoría absoluta, a pesar de que
se les informa que se llegó a un acuerdo en la comisión, de que si no se
acordaba un arreglo la Asamblea Constituyente podía entrar a un conflicto sin
precedentes, y que, además la mejor forma de aprobar por mayoría absoluta es
aceptar la aprobación por dos tercios en algunos temas. Lo que viene después es
conocido, no se acepta la propuesta de la comisión y estalla el conflicto.
Después de medio año se llega a un acuerdo parecido al de la comisión de
reglamento.
Sobre
qué nos ilustra esta experiencia; primero que el conflicto se explica en gran
parte por la contradicción inherente entre el poder constituyente y el poder
constituido; segundo que es muy grave no tomar en cuenta la experiencia en el
terreno de los constituyentes, quienes evalúan las condiciones concretas del
desenvolvimiento de la Asamblea, esta desconexión entre la experiencia de los
constituyentes de la bancada mayoritaria de la Asamblea y el ejecutivo va a
traer consecuencias graves, debido a órdenes y orientaciones desatinadas del
ejecutivo a la propia dirección de la Asamblea; se pierde mucho tiempo en
problemas como el de la aprobación dejando pendientes las tareas primordiales
como era de concentrarse en la estructura del texto constitucional y en la redacción
de la Constitución.
Otro
conflicto también pone en peligro la continuación de la Asamblea Constituyente,
este conflicto va a ser conocido como el conflicto de la “capitalía”, que
consiste en la supuesta reivindicación de Chuquisaca por el retorno de la sede
de gobierno a la capital, de la ciudad de La Paz a Sucre, reivindicación
asumida políticamente por el Comité Interinstitucional de Chuquisaca y
respaldada por las organizaciones cívicas de la llamada “media luna”, Santa
Cruz, Tarija, Beni y Pando. Este conflicto es sumamente grave dada las
circunstancias; primero porque la sede de la Asamblea Constituyente se
encontraba en Sucre; después por que el conflicto estalla cuando se inicia el
trabajo de las comisiones de la estructura del texto constitucional, una vez
cumplidos los encuentros territoriales; tercero por que el conflicto impide que
se termine de redactar el texto constitucional en el plazo de tiempo, de un
año, dado por la convocatoria del Congreso a la Asamblea Constituyente para
terminar con la redacción de la Constitución. Una vez cumplido el tiempo
otorgado la Asamblea se encuentra en dificultades, está obligada a contar con
una ampliación del plazo; para tal efecto tenía al alcance dos alternativas,
una, que la propia Asamblea, recurriendo a sus propias atribuciones, amplié su
propio tiempo de funcionamiento, la otra, que el Congreso, quien había
convocado formalmente a la Asamblea Constituyente, sea el que amplíe el plazo.
Lo segundo significaba supeditarse nuevamente al poder constituido.
Lastimosamente se decide por la segunda alternativa obedeciendo a las
decisiones del ejecutivo. Estas supeditaciones constantes del poder
constituyente al poder constituido van a
tener consecuencias no sólo en el desarrollo mismo de la Asamblea Constituyente
sino también en la redacción del texto constitucional, en la revisión que sufre
la redacción de la Constitución y en desenlace posterior, que tiene que ver con
la aplicación de la Constitución.
Haciendo un
balance de lo sucedido podemos decir que a pesar de las grandes dificultades y
contradicciones que tiene que afrontar la Asamblea Constituyente, a pesar de la
revisión humillante que tiene que sufrir el texto constitucional aprobado en
Oruro, la Asamblea logra redactar y aprobar una Constitución, donde los ejes
fundamentales del mandato de las movilizaciones y de la propuesta del Pacto de
Unidad para la Asamblea Constituyente se mantienen; esto es el planteamiento
descolonizador de la fundación de un nuevo Estado, las condicionantes fundamentales
del nuevo Estado, la condición plurinacional, la condición comunitaria y la
condición autonómica. Los derechos de las naciones y pueblos indígenas
originarios campesinos y afro-bolivianos son constitucionalizados. Se plasman
los valores y principios de las naciones y pueblos indígenas originarios,
orientadores de la interpretación de la Constitución como el vivir bien, suma qamaña, suma kausay,
ñandereko, ivimarey, la complementariedad
y reciprocidad, además de los
principios universales democráticos. En
lo que respecta a la Organización Económica del Estado, se conserva la
perspectiva de la economía social y comunitaria en el contexto de la
articulación e integración complementaria de la economía plural. El modelo
económico comprende un enfoque ecológico y territorial encaminado al vivir
bien. Toda esta concepción y este espíritu constituyente, que se preserva
recogiendo el mandato de las luchas sociales, es la médula de la Constitución
Política del Estado, lo demás tiene que interpretarse a partir de este núcleo
conceptual, a pesar de las contradicciones que puedan haberse dado. Hay que
comprender a la Constitución como la construcción dramática del pacto político.
En este sentido se comprende no sólo la complejidad del texto, sino también la
presencia dispersa y esporádica de artículos que pueden sonar a
contradictorios. La propia constitución contempla la posibilidad de su reforma,
este recurso puede servir para mejorar la coherencia y la armonía del texto
constitucional de acuerdo al espíritu constitucional y a la voluntad del
constituyente.
La Constitución es
aprobada el 2008 en Oruro con la
presencia de 164 de los 255 asambleístas, es decir con el 64% de su
conformación. La redacción de la Constitución es revisada por el Congreso, que
efectúa 144 modificaciones que afectan a 122 artículos. En términos
cuantitativos la Constricción aprobada en Oruro es modificada en un 30%. Una
vez acontecido esto, quedaba pendiente la aprobación del pueblo boliviano. El
Congreso aprueba la convocatoria al referéndum constitucional y el 25 de enero de 2009 el pueblo boliviano aprueba la Constitución
Política del Estado con el 61,43% de los
votos. La Constitución política del Estado Plurinacional de Bolivia fue promulgada
el 7 de febrero de 2009 por el Presidente Evo Morales y publicada en la Gaceta Oficial de Bolivia el 9 de febrero de 2009, fecha en que
entró en vigencia.
Interpretación
genealógica de la Constitución
Se pueden hacer varias interpretaciones de la
Constitución, situarse en distintas perspectivas, detenerse en describir lo que
dicen los artículos, por lo menos los más importantes, se puede desarrollar una
interpretación constitucional y tener discusiones jurídicas con este propósito.
Sobre todo esto último se ha hecho viniendo de las tradiciones constitucionales
y jurídicas. No creemos que se trate de esto, sobre todo tratándose del proceso
constituyente boliviano, que está íntimamente vinculado con las luchas sociales
y descolonizadoras de los movimientos sociales y los pueblos indígenas
originarios campesinos y afrobolivianos. Se trata de contar con una
interpretación desde el espíritu y la voluntad constituyente, ¿qué es lo que
han querido transcribir las multitudes y el poder constituyente? ¿Cuál es la
significación histórica y política de la Constitución a partir de los saberes
comunitarios y colectivos, a partir de las pasiones y esperanzas de las
multitudes? ¿Cuál es la significación del texto comprendiendo el espesor
histórico y cultural de su propia memoria? Vamos a abordar entonces la
interpretación de la Constitución desde los paradigmas de la pluralidad, que la
propia Constitución exige, desde la gramática de las multitudes, desde las
normatividades colectivas de las luchas. También vamos a tener en cuenta el
recorrido de la dramática construcción del pacto social, la propia historia
efectiva de la Asamblea Constituyente.
El primer
artículo de la Constitución abre el nuevo escenario constitucional, el nuevo
horizonte histórico político, establece que:
Bolivia se constituye en un
Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre,
independiente, soberano, democrático, Intercultural, descentralizado y con
autonomías. Bolivia se funda en la pluralidad y el pluralismo político,
económico, jurídico, cultural y lingüístico, dentro del proceso integrador del
país.
Este artículo, como dijimos, tiene que ser
leído desde varias perspectivas, indudablemente su redacción corresponde a un
acuerdo político entre la propuesta del informe por mayoría, que recoge lo
sostenido en la Comisión Visón de País, que a su vez defiende el documento
articulado del Pacto de Unidad. La propuesta de las organizaciones atribuía las
características de plurinacional, social y comunitario. La caracterización
social de derecho se encontraba ya en la anterior Constitución y fue defendida
por una de las minorías dispuestas a acordar una redacción conjunta. La
definición del Estado como libre, independiente, soberano, democrático,
intercultural, también se encuentra en la anterior caracterización
constitucional del Estado; la caracterización nueva viene, fuera de la
definición de plurinacional comunitario, de la definición de descentralizado y
con autonomías. Esto es resultado de la incorporación en la Asamblea
Constituyente de las reivindicaciones regionales, que demandaban
descentralización y autonomías. Lo nuevo en la caracterización del Estado es su
condición plurinacional, su condición comunitaria y su condición autonómica. En
este sentido se puede decir que el nuevo horizonte descolonizador e
intercultural se abre con la comprensión de que se trata ahora de un Estado
plurinacional comunitario y autonómico, ya no hay cabida para el Estado-nación.
Constitucionalmente este Estado habría muerto; de lo que se trata es de fundar
y construir el Estado plurinacional comunitario autonómico mediante
transformaciones estructurales institucionales, económicas, políticas, sociales
y culturales, abriendo el espacio a formas de relacionamiento integrales y
participativas entre los ámbitos políticos y sociales. La forma, el contenido y
la expresión de lo que se llama Estado se convierten en instrumento de las
sociedades, las comunidades, las naciones y pueblos indígenas originarios
campesinos y afrobolivianos, del proletariado nómada, de los estratos
populares, del pueblo. Se puede decir que el primer artículo de la Constitución
Política del Estado define la transición necesaria del Estado social de derecho
al Estado plurinacional comunitario y autonómico, comprendiendo, claro está,
las descentralizaciones administrativas y políticas. Por otra parte el artículo
da una clave fuerte para la transición:
Bolivia se funda en la
pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y
lingüístico, dentro del proceso integrador del país.
Esto es, el pluralismo, pensar la transición
desde la pluralidad; interpretar la Constitución desde las móviles perspectivas
de la pluralidad; aplicar la constitución respondiendo al pluralismo político,
económico, jurídico, cultural y lingüístico. Esto significa no solamente el
reconocimiento pleno de la interculturalidad, de su manifestación y ejercicio
en múltiples planos, sino también el cambio epistemológico. No se puede pensar y
posibilitar esta transición desde un pensamiento universal, esto sería volver
al monoculturalismo, no se puede transitar la transición manteniendo las mismas
formas y estructuras institucionales correspondientes al Estado-nación
subalterno; no se puede mantener la forma dominante económica del capitalismo
dependiente, que es la forma de la economía-mundo en la periferia de la
geopolítica del sistema-mundo capitalista; no se puede mantener el dominio del
sistema jurídico único, incluso en el caso de una apertura a ciertas formas de
la justicia indígena originaria campesina; se debe entonces, abrirse
plenamente, consecuentemente, desde la episteme y praxis pluralista, al
pluralismo jurídico. Es comprensible que deben liberarse las potencialidades
culturales, inhibidas por la cultura dominante, no sólo poniéndolas en igualdad
de condiciones, sino también convirtiendo a las culturas en verdaderos mundos
simbólicos, significantes e imaginarios, capaces de una hermenéutica abierta y
enriquecedora de interpretaciones e intercambios culturales. Ciertamente debe
quedar claro que el pluralismo lingüístico no se reduce al reconocimiento
constitucional de las lenguas de las naciones y pueblos indígenas originarios
campesinos, no puede reducirse a la oficialización de estas lenguas, sino que
exige que se liberen las potencialidades lingüísticas y culturales de las
lenguas, promocionando su reconstitución plena.
El segundo artículo de la Constitución ratifica
las condiciones plurinacional, comunitaria y autonómica, desde la perspectiva
fuerte de la descolonización. El artículo dice que:
Dada la existencia
precolonial de las naciones y pueblos indígena originario campesinos y su
dominio ancestral sobre sus territorios, se garantiza su libre determinación en
el marco de la unidad del Estado, que consiste en su derecho a la autonomía, al
autogobierno, a su cultura, al reconocimiento de sus instituciones y a la
consolidación de sus entidades territoriales, conforme a esta Constitución y la
ley.
El artículo 2 de la Constitución convierte el carácter
plurinacional del Estado en un camino de descolonización; se constitucionaliza
la condición ancestral de las naciones y pueblos indígenas originarios
campesinos, por lo tanto el derecho al dominio ancestral sobre sus territorios,
a la libre determinación, el derecho a la autonomía y al autogobierno. Aquí radica el desplazamiento fuerte
respecto al Estado moderno, al Estado-nación, al Estado centralizado; este
desplazamiento debe ser retomado en las leyes fundacionales del nuevo mapa
legal, del nuevo mapa institucional en la transición fundacional del Estado
plurinacional comunitario y autonómico. Cuando el artículo establece que las
naciones y pueblos indígenas originarios tienen derecho a su cultura, al reconocimiento de sus instituciones y a la
consolidación de sus entidades territoriales exige no sólo crear las
condiciones institucionales de la interculturalidad sino la incorporación de
las instituciones propias a la forma de Estado, tal como va a ser expresado en
los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios. Esto también
implica un descentramiento profundo del Estado moderno por la forma de
organización del nuevo estado, que exige un pluralismo institucional. Otro
tópico importante tiene que ver con los territorios indígenas, territorios que
no sólo deben plasmarse en el nuevo ordenamiento territorial sino que deben
concebirse en su propio espesor cultural y formas espaciales, en armonía con la
Madre Tierra, los seres vivos y los ecosistemas. A partir de estos desplazamientos
jurídicos y políticos debe comprenderse que la descolonización no solamente es
cultural sino que implica profundas transformaciones institucionales y en los
ámbitos de las relaciones de las comunidades, de las sociedades y de los
pueblos con sus hábitats. A esto es a lo que podemos llamar alternativa
civilizatoria a la modernidad. En este sentido la autonomía debe ser concebida
plenamente, en toda su integralidad, y no como un apéndice de un Estado. Mas
bien el Estado está constituido por autonomías, la forma de Estado es un
entrelazamiento de autonomías. Este es el carácter plural del nuevo Estado; el
pluralismo autonómico nos lleva a un pluralismo de gobiernos. La
descolonización no solamente es desandar el camino colonial, desmontar los
engranajes de la dominación colonial, sino también avanzar por los caminos de
la emancipación.
En el artículo 3 se define al pueblo, tema que fue de
fuerte discusión en la bancada del
Movimiento al Socialismo (MAS). Algunos decían que el pueblo no se
define, mientras otros planteaban que dado el carácter diverso e intercultural
del pueblo, había que definirlo. Como se puede ver, es la segunda posición por
la que se optó prácticamente en consenso. Sin embargo, esta redacción sufrió
varios cambios, quedando con una descriptiva, a partir de su condición cultural
e identidad colectiva. Por eso el artículo expresa que:
La nación boliviana está
conformada por la totalidad de las bolivianas y los bolivianos, las naciones y
pueblos indígena originario campesinos, y las comunidades interculturales y
afrobolivianas que en conjunto constituyen el pueblo boliviano.
Al respecto
debemos hacer una aclaración, cuando se habla de comunidades interculturales se
habla de todas las poblaciones y conformaciones demográficas cuya composición
es explícitamente intercultural, como son las poblaciones de las ciudades, las
poblaciones migrantes, las poblaciones multiétnicas. Esta aclaración es
indispensable cuando la organización sindical de los llamados anteriormente
colonizadores se nombra como interculturales, y después de su último Congreso,
interculturales originarios; la aclaración tiene que ver en el sentido de que
la definición del pueblo boliviano que se refiere a las comunidades
interculturales no solamente se refiere a estas poblaciones de migrantes
climáticos sino a toda condición social y demográfica e intercultural diversa y
entrelazada, por lo tanto también se refiere a las poblaciones urbanas así como
de asentamientos multiétnicos. Desde el punto de vista del discurso constitucional
es interesante que se defina el concepto de pueblo de una manera plural,
mostrando su composición compleja y diferencial, de esta forma se acerca el
concepto de pueblo al concepto de multitud renacentista, dejado de lado por el
propio proceso de estatalización que vivieron las sociedades y los países. De
esta forma el concepto de pueblo se acerca más a su composición plural, a su
múltiple perfil, volviendo a abrir las compuertas a una desestatalización de la
sociedad, incursionando nuevamente por las rutas de la autogestión y la
participación.
Los tres artículos que hemos analizado, hasta el
momento, nos muestran el carácter intercultural, el carácter comunitario, el
carácter autonómico, el carácter descolonizador y el carácter pluralistas de la
Constitución. Es así como comienza la Constitución, con una ruptura
epistemológica con el pensamiento único, con el pensamiento universal, con el
pensamiento moderno, se abre a la circulación de distintos paradigmas y, por lo
tanto, a la transformación de los mismos, al desplazamiento y a la
transformación de las formaciones enunciativas y discursivas. Pero, lo que es
más significativo, apunta a la transformación pluralista del Estado, a la
transformación pluralista de las instituciones y de la política. No se puede
interpretar la constitución sino es desde este pensamiento pluralista, lo que
tiene implicaciones no solamente en la interpretación sino también en la
producción significativa de un pluralismo normativa y de un pluralismo
institucional. Quizás aquí radica uno de los problemas de acceso a la
interpretación de la Constitución que, en los círculos oficiales y los círculos
de la oposición se sigue haciéndolo desde lecturas estrechas, circunscritas al
constitucionalismo académico, al modelo jurídico-político del derecho o, en el
mejor de los casos, a una sociología constitucional o una sociología política,
que no dejan de limitarse a estructuras conceptuales generales y universales,
como si hubiesen objetos de estudios susceptibles de ser afectados por las
teorías, conmoverse ante la mirada científica, descubriendo sus secretos
ocultos. Lo que mas bien nos muestra la episteme pluralista es que estamos ante
construcciones políticas-conceptuales de campos de objetividad, entendidos como
campos de posibilidad, perspectivas descubiertas por los recorridos y los
viajes, sobre todo por las luchas sociales que abren nuevos horizontes de
decibilidad y de visibilidad. Las leyes que se deriven y se construyan con la
participación popular nos son repeticiones monótonas del formato de leyes
anteriores, sino instrumentos contra-normativos de cambio. En la medida que no
se entiende esta apertura y, por lo tanto esta ruptura, se comprende que la
aplicación de la Constitución se encuentra detenida y el proceso de transformaciones
estancado, moviéndose en un círculo vicioso, el círculo vicioso de la
repetición y la restauración. El quiebre sólo puede ser producido por el
trasgresión de las prácticas, sobre todo de las prácticas políticas y las
prácticas legislativas, por la fractura de las prácticas de gobierno,
abriéndose al acto de gobierno de las multitudes, al acto perceptivo de la
construcción colectiva de las leyes, al acto primordialmente político, que es
la efectuación concreta de la lucha de clases y de la guerra anticolonial; no
la reducción de la política al manejo administrativo, a la policía, no la defensa del orden, que en la medida que no se lo
afecte reproduce el orden liberal y el orden colonial. Por eso la importancia
de los artículos de la Constitución, sobre todo los que marcan el inicio
instituyente y constituyente del modelo de Estado.
Vamos a dejar pendiente los artículos 4, 5 y 6. El
artículo 4 trata de la libertad de religión y de creencias, que en definitiva
es la declaración del Estado laico, a pesar de las modificaciones hechas en la
redacción, que buscaban amortiguar la expresión; el artículo 5 trata de la
oficialización de las lenguas de las naciones y pueblos indígenas y
originarios; el artículo 6 trata sobre la ratificación constitucional de la
ciudad de Sucre como capital, además de establecer los símbolos del Estado. Nos
concentraremos en artículos que consideramos estratégicos, como son el artículo
7, que define el sujeto de la soberanía. Este artículo se encuentra en el
capítulo segundo, donde se establecen los principios, valores y fines del
Estado. Así también el artículo 8, donde se definen los principios
ético-morales de la sociedad plural. De aquí saltaremos al tercer capítulo que
trata del sistema de gobierno, capítulo que analizaremos íntegramente en sus
dos artículos, el 11 y el 12.
El artículo 7 establece que el sujeto de la soberanía es
el pueblo, dice expresamente que:
La soberanía
reside en el pueblo boliviano, se ejerce de forma directa y delegada. De ella
emanan, por delegación, las funciones y atribuciones de los órganos del poder
público; es inalienable e imprescriptible.
Esta es una declaración primordial democrática, supone
la transferencia de la legitimación del poder al pueblo, el ejercicio de la
soberanía en el pueblo, la potencia de elaborar leyes en el pueblo. Este
artículo es de suma importancia, sobre todo por que contrasta con la definición
primera del Estado como social de derecho. El artículo 7 expresa claramente que
la soberanía radica en el pueblo, no en la ley, con lo que queda relativizada,
supeditada y articulada la característica de social de derecho. Estos
contrastes nos muestran la presencia todavía de complejas combinaciones en una
transición constitucional, en el contexto de una Constitución de transición, en
el proceso de las transformaciones pluralistas del Estado. ¿Cómo interpretar
esto sobre todo cuando un poco más abajo, en el capítulo sobre el sistema de
gobierno, el artículo 11 defina a este sistema como de democracia
participativa? En primer lugar, como dijimos más arriba, la característica del
Estado como social de derecho se encuentra en una definición compleja y plural
de Estado unitario social de derecho plurinacional comunitario y autonómico. Es
en este pluralismo constitucional dónde debemos encontrar la ubicación relativa
de la caracterización del Estado como de social de derecho. Esta discusión es
importante al momento de la elaboración de leyes que sustenten las
transformaciones institucionales. En la interpretación que hacemos de la Constitución
es de suma importancia tener en cuenta algunos condicionamientos históricos y
políticos, la condición temporal de la transición, la condición radical de la
transformación, la condición política de la descolonización, la condición
epistemológica del pluralismo y la condición de la heterogeneidad
intercultural. Este es el contexto para interpretar el texto, para desentrañar
la textura del texto, para figurar, configurar y refigurar las imágenes
inherentes a un texto descolonizador. Pero también este es el contexto para la
comprensión conceptual que sirve de marco teórico para la elaboración de las
leyes; así como también este es el contexto histórico y político para el
desarrollo de las transformaciones institucionales.
El artículo 7 continúa estableciendo que la soberanía se
ejerce de forma directa y de forma delegada, combinando el ejercicio directo de
la participación con el ejercicio delegado de la representación. Aquí también
nos encontramos con la combinación de formas de soberanía o de ejercicio de la
soberanía. Hablamos entonces de una soberanía plural. ¿Cómo puede entenderse
esto? El pueblo ejerce la soberanía de acuerdo a su propia compleja
composición, hablamos del ejercicio de la
soberanía de los distintos sujetos y subjetividades, las colectivas, las
comunitarias, las individuales, el ejercicio de la soberanía de las naciones y
pueblos indígenas originarios campesinos y afrobolivianos, el ejercicio de la
soberanía del proletariado, el ejercicio de la soberanía popular, el ejercicio
de la soberanía de los ciudadanos, ejercitando también su ciudadanía
plurinacional e intercultural. Como se podrá ver estamos ante una
transformación pluralista de los conceptos. Esto es importante al momento de
descentrarnos de la modernidad universal e ingresar a las modernidades
heterogéneas, que es como debemos asumir un presente de interpelación y de
emergencias, modernidades barrocas y modernidades alternativas.
Cuando se dice que de la soberanía que radica en el
pueblo emanan, por delegación, las
funciones y atribuciones de los órganos del poder público, no se dice otra
cosa que lo que dice la tesis sobre el poder constituyente. La tesis afirma que
del poder constituyente emana el poder constituido; pero el problema es que
esta institución termina limitando al poder constituyente, limitando los
alcances desbordantes del poder constituyente. La teoría del poder constituido
es la teoría que establece los límites al ejercicio directo del poder
constituyente. Esta contradicción es inherente al ejercicio mismo de la
soberanía, a la realización misma de la soberanía, en tanto y en cuanto ésta se
da en forma delegada. En el caso de la Constitución boliviana lo importante es
resolver el problema en las tareas relativas a las trasformaciones
institucionales correspondientes a la fundación del Estado plurinacional
comunitario y autonómico. La institución de los órganos del poder público deben
darse de tal forma que el poder constituyente no se quede relegado a las
puertas del aparato institucional, sino hacer que el poder constituyente
atraviese la propia maquinaria institucional, la utilice como instrumento,
llegando a desplazar los propios límites que impone el poder constituido. De lo
que se trata es que lo constituido no solamente esté transformado pluralmente,
interculturalmente, comunitariamente y participativamente, sino que
constantemente esté abierto a su reinvención, adecuándose a las distintas
problemáticas que se le presenten. Entre ellas las problemáticas territoriales
y eco-sistémicas. La nueva institucionalidad exige plasticidad, flexibilidad,
salir de las formas rígidas de las estructuras administrativas liberales. La
salida de las hipertrofias burocráticas no se encuentra en las reformas
institucionales modernizadoras, que hasta ahora lo único que han hecho es
conformar distintos sedimentos de estrategias administrativas, formando una
geología institucional densa. La clave de la desburocratización parece
encontrarse en la relación directa de la gestión de las políticas públicas con
las poblaciones concretas que son el fin de estas políticas. Hablamos de la
gestión compartida, también de la cogestión e, incluso, dependiendo de los
casos en la autogestión. Como se puede ver, el ejercicio de la soberanía
popular no es meramente un problema jurídico, de interpretación jurídica, de
legislación, tampoco de realización institucional, sino que es un problema
práctico, de realizaciones concretas de la participación y el control social.
No vamos a leer completo el artículo 8, pues la parte
que corresponde a lo que podríamos llamar los principio negativos, ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas
flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón), está en discusión por las
corrientes descolonizadoras y los investigadores de los primeros periodos
coloniales, sobre todo el relativo al siglo XVI, quienes dicen que no son
principios del incario sino de la Colonia. También estuvo en discusión por
algunos amautas, quienes plantean que son cuatro categorías y no tres. En todo
caso, creemos que la importancia de los valores radica en lo que sigue:
El Estado asume y promueve como principios ético-morales
de la sociedad plural: … suma qamaña
(vivir bien), ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi maraei
(tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble).
Estos valores son primordiales pues tienen que ver con
el proyecto civilizatorio del vivir bien, la vida armoniosa, la vida buena, la
tierra sin mal y el camino o vida noble. A la luz de la apropiación de la
Constitución y de su uso político, cultural y social, sobre todo respecto a la
problemática del cambio climático, estos valores se han convertido en las
resoluciones de Tiquipaya en el modelo civilizatorio alternativo al
capitalismo, a la modernidad y al desarrollo del vivir bien. Entonces el vivir
bien se convierte no solo en una transversal en el texto constitucional, en la
estructura del texto, sino también en un macro-modelo que articula tres modelos
constitucionales: el modelo de Estado, plurinacional comunitario; el modelo
territorial, el pluralismo autonómico; el modelo económico, social y
comunitario. El vivir bien no sólo le da una perspectiva y abre un horizonte
civilizatorio sino también le da sentido y dirección a la aplicación de la
Constitución.
¿Qué es el vivir bien? Esta es una de las traducciones
del aymara y del quischwa más discutidas en Bolivia y Ecuador, se ha traducido
del suma qamaña aymara y del suma kausay quischwa. Los aymaristas y
quischwistas no se han puesto de acuerdo; hay interpretaciones puntuales, que
tienen que ver con los usos prácticos del lenguaje presentes, en contextos
específicos; así como interpretaciones contextuales, recurriendo a figuras como
el taqui, el camino, la armonía,
interpretada como pacha. También se
dan interpretaciones filosóficas que conciben el vivir bien como plenitud o
vida plena. El término qamaña está
asociado al término qamiri, que
quiere decir jaque, es decir alguien,
hombre y/o mujer, rico, empero en el sentido de que tiene condiciones y sabe
vivir bien. La discusión lingüística va continuar y quizás mejore las
condiciones de la interpretación; lo sugerente es que el vivir bien ha sido
apropiado políticamente como proyecto político y cultural de las naciones y
pueblos indígenas originarios, por los movimientos sociales, por la Asamblea
Constituyente, por el gobierno y por la Conferencia de los Pueblos y
Movimientos sociales Contra el Cambio
Climático, por el proyecto de Planificación Plurinacional del Vivir bien.
En otras palabras, el vivir bien ha adquirido vida propia, forma parte de la
enunciación política y del debate plurinacional, que se ha irradiado al manejo
discursivo de parte de la cooperación internacional, incluso de estudios en
algunas universidades. No vamos a abordar este tema tan rico en lo que respecta
a la invención de horizontes o, si se quiere, en la renovación de utopías,
desde la discusión de la verdad del vivir bien. Consideramos que si bien esta
discusión puede ser esclarecedora sobre todo cuando se desprende desde la
erudición y desde la investigación, no resuelve los usos políticos y culturales
que se hacen en el presente de las transiciones y de los procesos abiertos por
los movimientos sociales. ¿Entonces qué es el vivir bien desde esta
perspectiva?
El vivir bien es la búsqueda de alternativas a la
modernidad, al capitalismo y al desarrollo, la búsqueda de lograr una armonía
con los ecosistemas, una armonía con los seres vivos, sus ciclos vitales, con
las comunidades, sociedades y pueblos. Es una búsqueda de lograr un nuevo ámbito
de relaciones, nuevas formas de producción y reproducción sociales, armónicas
con las formas de reproducción de la vida. En este sentido es una búsqueda para
lograr resolver los grandes problemas como los relativos a la soberanía
alimentaria, a la escasez de agua, al calentamiento global, a la pobreza, a la
explotación, a la discriminación, a las dominaciones polimorfas sobre la Madre
tierra, los seres, los cuerpos, los pueblos, las mujeres. ¿Es una nueva
utopía? Se podría decir que sí sobre
todo si pensamos el horizonte emancipador que abre, pero también es una crítica
al bienestar, al desarrollo, a la reducción de las valoraciones de las
condiciones y la calidad de vida a los códigos economicistas del ingreso y del
gasto.
La declaración de principios, valores y fines no
solamente contiene valores de las naciones y pueblos indígenas originarios sino
también valores democráticos largamente conquistados y posesionados en la
historia de las luchas sociales. El artículo en su segunda parte establece que:
El Estado se sustenta en los
valores de unidad, igualdad, inclusión, dignidad, libertad, solidaridad,
reciprocidad, respeto, complementariedad, armonía, transparencia, equilibrio,
igualdad de oportunidades, equidad social y de género en la participación,
bienestar común, responsabilidad, justicia social, distribución y
redistribución de los productos y bienes sociales, para vivir bien.
Lo interesante de este enunciado es que la combinación
de valores democráticos y los de las naciones y pueblos indígenas originarios
sustentan la predisposición ética en la perspectiva del vivir bien, con lo que
resulta que el vivir bien es también una construcción posible desde los valores
democráticos. Lo que nos lleva nuevamente a plantear la alternativa en tanto
apertura a las modernidades heterogéneas, en contextos dinámicos de
hermenéuticas interculturales. El enunciado también nos plantea los recorridos
de las distintas disposiciones de los sujetos y las subjetividades, también la
complementación, si se puede hablar así, de los sujetos individuales,
colectivos, grupales, comunitarios. Pero sobre todo el enunciado define la
posibilidad de una valoración del vivir desde la composición de valores
plurales y combinados.
En el capítulo tercero sobre el sistema de gobierno se
produce uno de los desplazamientos más importantes en lo que respecta al
ejercicio de la democracia, por lo tanto al ejercicio del contra-poder, pues se
constitucionaliza no sólo la participación sino el sistema de gobierno, el
sistema político, de la democracia participativa, que se ejerce pluralmente.
Este pluralismo democrático y participativo transforma constitucionalmente el
ejercicio de la democracia. Ya no se trata solamente de la transferencia
simbólica de la soberanía del rey al pueblo, sino de la transferencia efectiva
del ejercicio del poder de la burocracia administrativa al pueblo, creando
nuevas formas de gobierno o de gubernamentalidad, que llamaremos gobierno de
las multitudes.
El artículo 11 establece en el numeral I que:
La República de Bolivia
adopta para su gobierno la forma democrática participativa, representativa y
comunitaria, con equivalencia de condiciones entre hombres y mujeres.
Este enunciado configura el ejercicio plural de la
democracia y también la concepción de un pluralismo democrático. Esto es
retomar la profundización y expansión de la democracia por los caminos de las
formas de la democracia, formas plurales que además comprenden dos figuras
avanzadas, el ejercicio directo y el ejercicio comunitario de las formas de la
democracia, compartiendo su vigencia con el ejercicio representativo de la
democracia. Este pluralismo democrático, esta democracia plural, plantea desafíos
complejos en lo que respecta a las formas de gobierno, que llamaremos
pluralismo gubernamental. Lo que equivale también a diseñar y construir de
manera compartida los espacios del pluralismo institucional. En lo que respecta
a la constitucionalización de las reivindicaciones de género, el artículo
establece la equidad de género en la representación. Este es un gran avance en
lo que respecta al reconocimiento del sujeto femenino en la configuración
política del Estado plurinacional comunitario y autonómico. La pluralidad del
Estado también tiene que ser entendida desde la perspectiva de género, como
pluralidad introducida por la sensibilidad, inteligibilidad y praxis
femeninas.
En el segundo numeral el artículo dice que:
La democracia se ejerce de
las siguientes formas, que serán desarrolladas por la ley:
Directa y participativa, por
medio del referendo, la iniciativa legislativa ciudadana, la revocatoria de
mandato, la asamblea, el cabildo y la consulta previa. Las asambleas y cabildos
tendrán carácter deliberativo conforme a Ley.
Este ejercicio directo de la democracia es el que
reivindica el proyecto más anhelado por los movimientos autogestionarios y
auto-determinantes. Mediante la efectuación de las formas de la democracia
directa se da sustento y materialidad política a la democracia participativa.
El referendo, la revocatoria de mandato, la asamblea, el cabildo y la consulta
previa son las formas de la democracia directa. Se trata de mecanismos de
deliberación y de participación en la construcción colectiva de la decisión
política. ¿Si el proceso ha sido construido por asambleas y cabildos como
recursos de la movilización, por qué no van a ser precisamente las asambleas y
los cabildos los recursos de la conducción del proceso? Ciertamente en el mismo
artículo se dice que la asamblea y el cabildo son instancias deliberativas
cuyos alcances serán definidas por la ley. Este es uno de los lugares donde se
manifiesta a la vez la voluntad de abrirse a la participación y una
preocupación por delimitarla. En todo caso habría que vivir la experiencia de
la participación para comprender sus dinámicas y entrelazamientos, además de
las relaciones con las otras formas democráticas, antes de pretender regular la
participación con una ley.
Ciertamente la forma de la democracia representativa es
la más conocida, además es la que funciona en los sistema políticos
republicanos, que consideran que la forma representativa es la única forma de
democracia. Esta reducción de la democracia a su forma delegada y representativa
ha reforzado la división entre representantes y representados, entre
gobernantes y gobernados, reforzando también la relación de dominación en todas
sus formas. Aunque la forma de democracia representativa se ha ido ampliando y
extendiendo en la medida que las luchas por la ampliación de los derechos han
ido plasmándose, esta extensión de la democracia representativa con la
expansión de los derechos no resuelve, sin embargo, la problemática del
ejercicio del gobierno de todos, del gobierno del pueblo, también de la
problemática de la articulación entre comunicación, deliberación, argumentación
colectivas y formulación de políticas consensuadas, materializadas en gestiones
publicas transparentes. Estos problemas solo se pueden resolver si salimos del círculo
de la democracia representativa y se profundiza la democracia con el ejercicio
de formas de democracia participativas, como son la democracia directa y la
democracia comunitaria.
En el artículo en cuestión la democracia representativa
se la define así:
Representativa, por medio de
la elección de representantes por voto universal, directo y secreto, conforme a Ley.
El gran avance del ejercicio plural de la democracia es
la democracia comunitaria. Esta es una transformación descolonizadora de la
política, sobre todo al reconocer las formas propias de participación
colectivas, de mandos rotativos, de juegos de complementariedades y de caminos
(taqui) que recorren las autoridades
originarias en el ascenso de sus responsabilidades. Aunque el artículo se
atiene a definir el carácter de representación directa comunitaria, por medio de la elección, designación o
nominación de autoridades y representantes, atendiendo a las normas y
procedimientos propios de las naciones y pueblos indígenas originarios
campesinos, el hecho jurídico de la constitucionalización de la democracia
comunitaria abre el espacio a la institucionalización de las estructuras y
prácticas del ejercicio de las formas de gobierno comunitario. Desde esta
perspectiva podemos hablar de la transformación comunitaria del Estado y las
formas de gobierno, así como de las formas de gestión.
En el artículo se define así a la democracia
comunitaria:
Comunitaria, por medio de la
elección, designación o nominación de autoridades y representantes por normas y
procedimientos propios de las naciones y pueblos indígena originario
campesinos, entre otros, conforme a Ley.
Por lo tanto el ejercicio plural de la democracia se da
en esta composición rica de formas democrática, en su ejercicio propio de cada
una de estas formas, en la combinación y complementación de las mismas, en la
articulación de estas formas que conforman un mapa abierto y dinámico de los
campos políticos.
En cuanto a la organización del Estado, se cambia el
nombre de los poderes por el nombre de órganos, creándose un nuevo órgano o,
mas bien, convirtiendo a la Corte Electoral en Órgano Electoral Plurinacional.
La discusión sobre este artículo fue importante, pues, en un principio se
planteó coherentemente que debería constituirse un poder social, que además
debía ser la matriz de todos los otros poderes, de donde emerjan éstos. Esta
propuesta de los dirigentes sociales era consecuente con el sentido histórico-político
de las luchas, los movimientos sociales
de las naciones y pueblos indígenas originarios, era coherente con el alcance
ilimitado del poder constituyente, se establecía la base amplia y participativa
de la organización del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Empero el
argumento del ejecutivo fue que no se podía confundir a los dirigentes sociales
con los funcionarios, que una cosa eran la organizaciones sociales y otra las
organizaciones políticas. Con estos argumentos se impidió dar lugar a una de
las más avanzadas formas de organización del Estado, replanteando la propia
composición de los poderes desde la matriz fundante del ejercicio mismo del
poder, del gobierno y de la organización estatal. Del poder social es de donde
emanan los otros poderes, tomados no como división sino como formas de
funcionamiento del poder social. Lo que quedó de este planteamiento es lo que
se trasladó al Título VI de la Constitución Política del Estado, donde se
define la Participación y el Control Social. Volviendo a la interpretación
integral de la Constitución podemos decir que con la definición del sistema de
gobierno como democracia plural, participativa, directa, representativa y
comunitaria, y con el título sobre la Participación y Control Social, se puede
recuperar el sentido inicial de cómo construir una nueva forma de organización
del Estado.
El artículo 12 establece que:
El Estado se organiza y
estructura su poder público a través de los órganos Legislativo, Ejecutivo,
Judicial y Electoral. La organización del Estado está fundamentada en la
independencia, separación, coordinación y cooperación de estos órganos.
En el numeral II se amplían las funciones de la
organización del Estado al Control, a la Defensa de la Sociedad y la Defensa
del Estado. Se está hablando de mecanismos legales de control y defensa, como
se puede ver en los desarrollos específicos de la Constitución al respecto.
Aunque interpretando desde el espíritu constituyente también se puede llegar
interpretar como ejercicios políticos de control y defensa, ejercicios
atribuidos a la misma sociedad, tareas prácticas de las organizaciones, las
instituciones, los colectivos, las comunidades, los grupos y los individuos. De
este modo puede resolverse el problema en beneficio del sentido participativo
de la democracia plural.
El enunciado del numeral citado es el siguiente:
Son funciones estatales la
de Control, la de Defensa de la Sociedad y la de Defensa del Estado.
Dejando claro que se trata de órganos independientes los
correspondientes a la organización del Estado, recogiendo además implícitamente
la figura de la división, el numeral III deja despejado que no puede haber una
unificación de poderes, ni tampoco una invasión de los mismos, ni transferencia
de sus funciones. Esta idea de división de poderes debe ser discutida a la luz
del espíritu constituyente, de la voluntad constituyente, así como del sentido
histórico y político del Estado plurinacional comunitario y autonómico, de las
transformaciones institucionales y estructurales que implica.
Esta figura de la división se expresa en el artículo de
la manera siguiente:
Las funciones de los órganos
públicos no pueden ser reunidas en un solo órgano ni son delegables entre sí.
Conclusiones
Se hizo el análisis del proceso constituyente, que
todavía no ha concluido, pues nos encontramos en la etapa de la aplicación de
la Constitución. También nos concentramos en el Capítulo primero, que trata
sobre el modelo de Estado, del Título I, que trata sobre las bases
fundamentales del Estado. Se puede decir que estos artículos son fundamentales
pues dan inicio a la interpretación de la Constitución, definiendo los marcos
conceptuales desde los cuáles hay que leer el texto constitucional de una
manera integral.
Para comenzar con las conclusiones podemos decir que
estamos ante una Constitución de transición, de la transición descolonizadora,
correspondiente a la construcción de un Estado en transición, que es el Estado
plurinacional comunitario y autonómico, en una coyuntura mundial que está
caracterizada como de la crisis de la modernidad y del capitalismo. Aquí radica
el valor de esta Constitución, por diseñar las bases y mecanismos de la
descolonización, partiendo de la exigencia de las transformaciones
institucionales y la fundación del Estado plurinacional comunitario y
autonómico. Esto significa la muerte constitucional del Estado-nación, que es
la forma moderna del Estado liberal, que a su vez, en los territorios de la
periferia, responde al carácter colonial del Estado al desconocer los derechos
de las naciones y pueblos indígenas originarios, al desconocer sus
instituciones, normas y procedimientos propios.
Partimos de que el proceso constituyente se debe a la
crisis del Estado, una crisis permanente desde los inicios mismos de la
república. Se ha mostrado que una manifestación de la crisis se da en los
reiterados pactos para sostener la endeble administración del poder, también se
ha redefinido la idea de Estado moderno en la periferia del sistema-mundo
capitalista como la de un Estado en construcción y articulado a circuitos de
redes, influencias, presiones, cohechos,
ocupaciones de disímiles grupos de poder. Después de una evaluación de
los intentos de modernización del Estado y teniendo en cuenta los fracasos
sucesivos de las reformas de modernización, además de la crisis del proyecto
neoliberal, del desenlace de esta última reforma estructural, se concluye que
ya no hay cabida para seguir construyendo el Estado nación en plena crisis
global del capitalismo y de la modernidad. Se deduce que se ha abierto una
etapa de transición descolonizadora y alternativa al capitalismo, a la
modernidad y al desarrollo, y que esta etapa puede ser considerada como la
temporalidad de las condiciones de posibilidad históricas de la
descolonización, de la transición pos-capitalista y trans-moderna, condiciones
de posibilidad histórica que hacen de contextos mundiales de la crisis del
Estado nación. Se puede entender entonces que se dan también entonces las
condiciones históricas de posibilidad de la construcción del Estado
plurinacional comunitario, como forma organizacional estatal en la transición
descolonizadora.
El análisis ha remarcado el sustrato de proceso
constituyente, sustrato candente de movilizaciones, luchas sociales y de las
naciones y pueblos indígenas originarios campesinos y afrobolivianos. Es este
sustrato el que explica la apertura al proceso constituyente y el ingreso a una
temporalidad descolonizadora. A propósito se ha señalado que el ciclo de
movilizaciones de 2000 al 2005 puede ser interpretado a partir de un tejido de
la eclosión social, este tejido tiene dos ejes articuladores, la guerra del
agua y la guerra del gas, y un plano de
consistencia, la emergencia de los levantamientos indígenas desde las
estructuras largas de la rebelión y la memoria larga anticolonial. Estos ejes y
este plano de consistencia articulan y son atravesados por múltiples
movilizaciones y marchas de los distintos sujetos de la interpelación;
cocaleros, gremialistas, proletariado nómada, jubilados, prestatarios e incluso
policías que demandaban mejores condiciones. Los movimientos sociales se
caracterizan por su capacidad de convocatoria y su perspectiva autogestionaria,
estos movimientos se sostienen y sustentan una movilización prolongada, que
derrota al modelo neoliberal, abriendo el horizonte del proceso constituyente.
La Asamblea Constituyente ha sido definida como el
escenario convulsivo de la construcción dramática del pacto social. Asamblea
que se ha movido en el dilema contingente de la contradicción entre el poder
constituyente y el poder constituido, dilema que ha afectado su
desenvolvimiento, en un contexto adverso de una ciudad que termina oponiéndose
al proceso constitúyete, a la asamblea y a la Constitución que se iba
elaborando, en un contexto donde las oligarquías regionales intentan trucar el
proceso constituyente, recurriendo a movilizaciones fuera de la Asamblea y
boicot dentro de la Asamblea. Empero, a pesar de todo, la Asamblea logra
aprobar una Constitución que recoge los mandatos más caros de las
organizaciones y movimientos sociales y de las naciones y pueblos indígenas
originarios campesinos y afrobolivianos.
En lo que respecta al modelo de Estado, a los doce
primeros artículos analizados de la Constitución, hemos visto que los tres
primeros artículos configuran el Estado plurinacional comunitario y autonómico,
en tanto instrumentalidad de la transición descolonizadora, exigiendo una
epistemología pluralista y dando apertura a transformaciones pluralistas
institucionales y estructurales. Los otros artículos analizados constituyen las
bases jurídicas y políticas de la democracia participativa, del ejercicio
plural de la democracia, nombrado como un sistema de gobierno de la democracia
participativa, representativa y comunitaria.
La crisis del proceso
Antes una anotación sobre el concepto de
proceso, prosessus, en latín, que
significa ir adelante, hacia un fin, comprendiendo el transcurso del tiempo,
fases sucesivas; hay en la idea de proceso un presupuesto acumulativo, también
evolutivo, incluso de transformación. Está claro que el concepto contiene el
sentido teleológico, de encaminarse a un fin, y de alguna manera que todos los
componentes del proceso están articulados, no necesariamente como una unidad,
empero sí afectando simultáneamente una dirección, una orientación. También
puede entenderse el proceso como una producción, usando la metáfora del proceso
productivo, donde se controla la transformación de las materias primas en el
proceso productivo mediante la intervención de los medios de producción, la
tecnología, y la fuerza de trabajo, la administración de la composición del
capital, llegando a la realización del producto y la valorización del valor.
Ciertamente hay que comprender que se trata de una metáfora cuando se usa el
concepto de proceso para referirse a los acontecimientos políticos, a la lucha de
clases, a la lucha descolonizadora, pues en este caso no se controlan las
condicionantes, los factores intervinientes, las múltiples singularidades
intervinientes. Lo que da la sensación de un cierto control, de una afectación,
es la fuerza de las movilizaciones, la fuerza de la multitud, la fuerza de la
masa, la participación de las organizaciones, el flujo interpretativo de los
discursos interpeladores. Para que haya proceso, en el sentido riguroso del
término, es menester que se dé una constante afectación, cambio y
transformación de las condiciones, factores, estructuras, instituciones,
relaciones, singularidades intervinientes. De alguna manera una especie de
control de la composición del acontecimiento. En la medida que la
transformación de las condiciones no se da no es tan fácil sostener hablar de
proceso para referirse a la coyuntura y a las coyunturas del periodo crítico.
En este sentido lo que vamos a hacer es poner a prueba el concepto de proceso
en relación al periodo de crisis y de emergencia que se vive en Bolivia desde
el 2000 al 2011.
Es imprescindible hacer una reflexión teórica
sobre el proceso que vivimos, llamado proceso de cambio; reflexión teórica pues
requerimos evaluar la complejidad del curso de los acontecimientos inherentes,
sus articulaciones, complementariedades y vecindades, la fuerza de sus
tendencias, la correlación de fuerzas, los ritmos, las resistencias y
obstáculos al cambio. Sobre todo responder a la pregunta: ¿Por qué está en
crisis el proceso? Decimos que hay crisis por las evidencias que se presentan
en la coyuntura del proceso: 1) el proceso se ha estancado, no puede
realizarse, seguir ascendiendo, continuar con los cambios, con las
transformaciones; 2) no se aplica la Constitución aprobada por la mayoría del
pueblo boliviano, al contrario, en vez de lograr las transformaciones
institucionales, las transformaciones estructurales económicas, políticas,
sociales y culturales, se mantiene la vieja maquinaria estatal, se restaura el
Estado-nación, se mantienen las normas y prácticas liberales; 3) se producen
enfrentamientos entre el gobierno indígena y popular con el pueblo, con las
organizaciones indígenas originarias, con sindicatos campesinos y
organizaciones e instituciones regionales, ciertamente también con los sindicatos
obreros y de los sectores urbanos de maestros y trabajadores de salud; 4) se
devela con la medida de nivelación de precios, llamada popularmente gasolinazo,
las profundas contradicciones y estancamiento del proceso. Al respecto de esta
medida conocida popularmente como gasolinazo, se trata de una medida
antipopular, pensada desde la más cristalizada mentalidad monetarista, medida
de shock, que termina mostrándonos el estancamiento del proceso de
nacionalización, el dominio de las empresas trasnacionales, la efectiva
vigencia de los procedimientos neoclásicos en el gabinete económico, la
bondadosa política con las transnacionales mineras, la derechización de la
conducción del gobierno, perdido en un imaginario industrialista, que no es
otra cosa que la supeditación a las necesidades de energía de una potencia
emergente vecina. Por lo tanto es esta crisis política la que debe ser
analizada.
A propósito, no es suficiente decir que todo
proceso vive esta curva de ascenso y descenso, que llega a un momento cuando
las contradicciones logran estancar el proceso, detenerlo, que es menester en
esa coyuntura precisa, resolver las contradicciones acumuladas, de tal manera
que se afecte a las correlaciones de fuerzas en el campo político, en el campo
social, en el campo económico y en el campo cultural, empujando las
transformaciones institucionales postuladas por los movimientos sociales.
Tampoco es suficiente decir que las razones de este estancamiento se encuentran
en el realismo político y pragmatismo optado, en el diferimiento de las tareas
de cambio; así como no es suficiente decir que un bloque dominante nacionalista
se ha hecho cargo de la conducción del gobierno y del proceso; por lo tanto
empuja el desenlace del proceso a una dirección y orientación estatalista,
centralista, nacionalista, industrialista y desarrollista, desestimando la
realización de las trasformaciones estructurales y la fundación del Estado
plurinacional comunitario. De lo que se trata es de comprender como se ha
llegado a una situación donde las formas del contra-proceso apuntan a no sólo
detener el proceso mismo sino también a desarticularlo. Nos acercaremos a este
análisis a través de la evaluación de la dinámica molecular de las fuerzas
concurrentes del proceso.
Hipótesis
La crisis múltiple del Estado emergida desde
las entrañas mismas del mapa inscrito de los dispositivos de poder, de los
diagramas de poder, que atraviesan los cuerpos, crisis manifestada como crisis
política, en la contundencia de las movilizaciones explosivas que atravesaron
los espesores subjetivos y los mapas sociales, sus geografías políticas y
cartografías, durante seis años de luchas insurreccionales sostenidas, muestra
la vulnerabilidad de las instituciones, de la clase política y de la maquinara
estatal, empero también oculta los sedimentos acumulados de las costumbres, de
los sentidos comunes, le las propias organizaciones y dirigencias involucradas
en la movilización. En otras palabras, la rebelión social y de los pueblos
indígenas originarios, los levantamientos populares múltiples, expresan la
fuerza de la interpelación de los sujetos colectivos, empero terminan ocultando
el carácter conservador de los sujetos individuales, de las subjetividades
labradas en las instituciones y organizaciones. La movilización social abre el
horizonte descolonizador, plurinacional, comunitario y autonómico del proceso,
empero esconde la persistencia y fortaleza de esta persistencia, por así
decirlo, de las estructuras consolidadas de una sociedad heredera de las
patrimonios y transmisiones coloniales.
Las fuerzas capaces de convocatoria a la
movilización, capaces de desplegar formas organizativas autogestionarias y de
autoconvocatoria, con fuerte configuración organizacional horizontal, no
estaban preparadas para inventar nuevas formas de administración
autogestionarias. Esto se puede observar cuando la Coordinadora del Agua y
Defensa de la Vida debe hacerse cargo de la administración del agua en
Cochabamba, se opta a volver a la administración municipal, donde se termina
ahogando el proyecto de administración autogestionaria. Casi lo mismo ocurre o
algo parecido cuando las dirigencias se hacen cargo de las administraciones
municipales, donde terminan ahogados por las normas, procedimientos y formas
administrativas del viejo Estado. Terminan tragadas y lo que es lo peor se
convierten en los mejores defensores de estas administraciones liberales y
nacionales. Lo más patético ocurre cuando el MAS llega al gobierno, el poder
termina tomando al MAS y no el MAS al poder. El MAS se convierte, a través de
los celosos ministros invitados, en el mejor dispositivo de mantención,
conservación del Estado-nación, como forma moderna del Estado liberal y como
forma oculta, opaca, del Estado colonial. El gobierno llamado indígena-popular
se agarra de las redes, de los amarres, de los engranajes e instrumentos
operativos y técnicos del Estado, buscando refugio en el aprendizaje dramático
de la administración pública. Los altos funcionarios y los mandos medios,
incluso la poca dirigencia que ingresa al aparato ejecutivo, terminan
convirtiéndose en los mejores defensores del sistema administrativo, de sus
normas y sus prácticas. Se gana de esta forma un nuevo funcionario, perdiéndose
un dirigente. ¿Qué nos muestra esta experiencia? ¿Qué los postulados, las
agendas y los objetivos que se proponen los movimientos sociales son sólo
utopías, que no pueden trastrocar las estructuras fosilizadas de una sociedad
de clases y de un Estado colonial? ¿O mas bien, qué no hay voluntad política,
que no hay las condiciones para la realización de esta voluntad, que no se dan
las condiciones subjetivas, para usar términos de una vieja discusión? El
problema es que no es tan fácil responder a esta pregunta, pues tenemos, de
todas maneras, a pesar de la construcción dramática del pacto social y
político, aprobada una Constitución, la escritura de los planteamientos caros
de las movilizaciones: Estado plurinacional, comunitario, autonómico, modelo
pluri-institucional del Estado, democracia participativa, modelo de pluralismo
autonómico, modelo de economía social y comunitaria, manteniendo la condición
comunitaria del Estado y apuntando a la perspectiva de un paradigma alternativo
al capitalismo, la modernidad y el desarrollo, el vivir bien. Esta decisión es
mayoritaria, está constitucionalizada, ese es el programa político, ese es el
querer de la mayoría de los bolivianos. ¿Cómo es que no se convierte este
querer en voluntad o cómo la voluntad no se plasma en materialidad política y
en un nuevo mapa institucional? Considero que para poder responder esta
pregunta es menester considerar un grave problema político, que puede ser
llamado como de disyunción, desencajamiento, desacoplamiento, incluso de hasta
contradicción política; problema político que tiene que ser comprendido, hecho
inteligible, mediante una cruda interpretación: en el fondo, a pesar de los
discursos, el gobierno, los ministros, los funcionarios, tampoco el MAS, y,
lastimosamente, la dirigencia ejecutiva de las organizaciones, no creen en la
Constitución. Consideran que es un discurso político bueno para lanzarlo en las
campañas electorales, contra la derecha, y en los escenarios donde se recicla
la ritualidad y ceremonialdad del poder, está bien para el teatro político,
pero no para aplicarla, no para tomarla en serio, menos para usarla como
instrumento de transformación. Esa posición nos muestra fehacientemente que se
ha llegado al poder para estar en el mismo, aposentarse, gozar de sus beneficios y privilegios, pero
no para transformarlo, se ha llegado al Estado para mantenerse en el mismo,
habitarlo, pero no para destruirlo y construir otra forma política que ayude a
efectuar las emancipaciones múltiples.
El llamado modelo económico extractivista tiene
varado a todo el campo económico en las formas de reproducción de la
dependencia, de la supeditación y subsunción a las formas de acumulación del
capital a escala mundial. En este sentido se entiende que todos los
dispositivos administrativos, normativos e institucionales estatales estén
condicionados por las formas de la economía extractiva y estén para mantener
este sistema, conservarlo e incluso mejorarlo, ampliando la expansión
extractiva. Por eso mismo se puede entender que la administración estatal de la
economía sea uno de los espacios más conservadores y resistentes al cambio. No
es tan fácil cambiar las políticas económicas cuando estas se han consolidado
en las formas de funcionamiento de las oficinas del gabinete económico. Menos
aun cuando se trata enfoques y métodos incorporados desde los programas de
apoyo de la cooperación internacional. Hay como una concomitancia entre los
programas internacionales y las reformas nacionales en la perspectiva de reforzar
los engranajes del orden internacional, de la dominación mundial del centro
sobre la periferia del sistema-mundo capitalista. No es casual entonces que en
este espacio de acción institucional se haya gestado el gasolinazo, tampoco que
se oriente la política económica desde la cautelosa lectura del supuesto del
equilibrio macroeconómico. Usando términos relativos a la metáfora
arquitectónica del Prefacio de El capital, podríamos decir que entre estructura económica y superestructura jurídica, política,
ideológica y cultural, se produce un condicionamiento perverso induciendo una
estrategia económica dependiente. Estos condicionamientos materiales impiden la
aplicación de la Constitución en lo que respecta a la transformaciones
económicas, al cambio de modelo económico, salir del modelo extractivista e
ingresar a un modelo productivo-producente, orientado a la economía social y
comunitaria, articulando y complementando la economía plural de una manera
integral, en la perspectiva de la democracia económica, la armonía ecológica y
la soberanía alimentaria, en el horizonte del vivir bien.
No se ha construido el sistema de gobierno de
la democracia participativa, no se ejerce la democracia plural, ejerciendo la
democracia directa, representativa y comunitaria. No se han abierto las puertas
a la participación y el control social. Al contrario, se mantienen las formas
de gestión liberal, que separa Estado de sociedad civil, gobernantes y
gobernados, especialistas de neófitos, los que saben respecto de los que no
saben, es decir, recreando la división del trabajo entre la clase política
respecto de las y los ciudadanos, las y los trabajadores, las comunidades. Por
lo tanto se trae, como consecuencia de todo esto, el moverse en un círculo
vicioso, los que creen saber terminan repitiendo lo mismo que hicieron la
burocracia y los funcionarios de anteriores gobiernos, reforzar la
auto-referencia de un sistema institucional parasitario, que sirve para
mantener las dominaciones múltiples, bajo la ilusión de que se hace política,
cuando lo que se hace es legitimar las estructuras de poder.
No se han abierto los espacios de crítica y
autocrítica, al contrario se han cerrado, optando mas bien por descalificar
estas opciones, de reforzar las formas de reproducción de la alabanza
generalizada, del contingente de aduladores, los llamados popularmente lluncus, recreando los escenarios
patéticos de supeditación servil a los jefes, ocasionando grotescas
sobre-estimaciones de sus egos. Empujando con todas estas prácticas sumisas a
la desconexión institucional de la realidad, generando microclimas
organizacionales aislados de los contextos concretos, de las contradicciones y
de los conflictos. De esta forma se puede explicar la formación de una
consciencia paranoica en los altos funcionarios, que los empuja a la permanente
defensa y a identificar enemigos por todas partes.
No se ha podido extirpar la corrupción, mas
bien se ha generalizado, invadiendo expansivamente zonas que antes estaban como
exentas de estas prácticas, pues estaban al margen de ellas. Se retoma la idea
del botín en expresiones como que ahora nos toca, reutilizando viejas prácticas
prebéndales y clientelares, de circuitos de influencias, de corrosiones
exacerbadas, demoliendo con esta imposición de relaciones morbosas las
posibilidades de prácticas transformadoras y comprometidas con el cambio. Lo
grave de esta proliferación corrosiva es que se articulan redes de alianzas
complicadas entre las viejas castas dominantes y ciertos estratos de decisión
política.
Conclusiones
Hay que acercarse a la dinámica molecular del
proceso para comprender sus cursos, sus rutas y recorridos, sus
contradicciones, su campo de posibilidades, sus tendencias y sus correlaciones
de fuerzas. Sobre todo tratar de explicarse la crisis del proceso. Teniendo en
cuenta las hipótesis planteadas y la experiencia del proceso, lo que llama la
atención es la separación casi inmediata entre ejecutivo, incluso gobierno, y
movimientos sociales en lo que respecta a la construcción de la decisión política,
de las políticas públicas y de las medidas que deberían estar destinadas al
cambio. En otras palabras, los que lucharon y abrieron el camino del proceso no
gobiernan, gobiernan los funcionarios. Quizás esta separación forma parte
importante de la matriz de la crisis, empero para tratar la matriz de la crisis
debemos tener una mirada integral. Tampoco debemos circunscribirnos sólo a las
condicionantes internas de la crisis del proceso sino también debemos abrirnos
a sus condicionantes externos; no podemos olvidar que nos encontramos insertos
en un sistema-mundo y en una economía-mundo capitalista, que, por lo tanto
estamos también afectados por la crisis global. En este sentido, al conjunto de
hipótesis relativas a las condicionantes de la crisis del proceso, debemos
añadir una lectura de la crisis estructural del capitalismo.
¿A qué llamamos crisis estructural del
capitalismo? Hablamos de una crisis
múltiple, crisis de reproducción, de sobreproducción, crisis de hegemonía,
crisis financiera. Esta crisis es estructural porque afecta al sistema-mundo y
a la economía-mundo capitalista, pero lo hace bajo las condiciones históricas
concretas, las que corresponden al ciclo del capitalismo vigente, nos referimos
al ciclo que contuvo la hegemonía norteamericana y ahora contiene el dominio a
secas de los Estados Unidos de América. Este ciclo ha ingresado a su fase de
crisis financiera, que es como el lugar especulativo del sistema económico del
capital, cuando se transfiere la crisis de sobreproducción a los mecanismos
especulativos financieros. Los Estados Unidos hegemonizan el despliegue del
ciclo de acumulación capitalista vigente desde el fin de la segunda guerra
mundial, imponen su sello, transformando el sistema de libre comercio,
conformado por la hegemonía británica, en un sistema de libre empresa,
produciendo transformaciones estructurales en la forma del capitalismo,
introduciendo nuevas formas de administración industrial y de administración
económica, como el taylorismo y el fordismo, expandiendo estas formas por el
mundo, amparados por su dominio y mediante la inversión directa de capital y la
instalación de sus corporaciones trasnacionales. Esta hegemonía se clausura con
la derrota en la guerra de Vietnam, dándose lugar desde entonces a una crisis política,
a un replanteo de sus estrategias y a un dominio a secas sobre el mundo, sin
hegemonía y sin legitimidad. Hablamos de un mundo capitalista estructurado y
jerarquizado geopolíticamente y geográficamente; en la cúspide contamos con el
dominio tecnológico, militar, económico y comunicacional de los Estados Unidos
de América; después están los países centrales, que comparten la dominación y
se comportan ambiguamente, a veces como satélites, otras veces resistiendo o
abriendo la posibilidad de bloques alternativos como la Unión Europea, también
emergiendo como posibilidades de un nuevo ciclo, como es el caso del
desplazamiento capitalista de China en la red regional asiática; después vienen
los países semi-periféricos; por último se encuentra el gigantesco espacio
multi-diverso de la periferia, lugar indomable, de plurales resistencias,
aunque también de complicadas sumisiones. En este contexto del sistema-mundo
nos interesa las formas de inserción e irradiación de la crisis estructural del
capitalismo en la periferia, sobre todo interesa comprender los efectos de esta
crisis en el desenvolvimiento de las crisis políticas y las crisis económicas
en la periferia. En lo que respecta a Bolivia interesa entender cómo la crisis
política desatada el 2000 y la crisis del Estado-nación que se extiende hasta
nuestros días (2011) son afectadas, se articulan y forman parte de la crisis
estructural del capitalismo. De cómo ambos escenarios de las crisis, la mundial
y la periférica, desatan procesos de emancipación y de descolonización. Esto
sobre todo para evaluar las posibilidades y los alcances de los procesos
desatados.
Volviendo a la anotación del comienzo, podemos
concluir lo siguiente:
Los movimientos sociales desatados el 2000 y
que continúan hasta el 2005 logran desarticular la legitimidad y la dominación
de la clase política, representantes de la burguesía intermediaria y de la
casta blancoide-mestiza privilegiada por la perduración de las estructuras
coloniales, logran poner en evidencia la crisis múltiple del Estado-nación y
logran expulsar a los gobiernos neoliberales, abriendo un nuevo curso
descolonizador con el gobierno de Evo Morales, el proceso constituyente y el
inicio de un proceso de nacionalización. Empero, una vez en el gobierno, los
movimientos sociales no logran transformar las condiciones, las estructuras y
las instituciones sobre las que se conforma y reproduce el Estado-nación. Los
aparatos, la maquinaria estatal, las estructuras de gobierno, siguen siendo
prácticamente las mismas. Las prácticas de gestión siguen siendo
recurrentemente liberales, las normas de la gestión siguen las mismas lógicas
liberales. También en la sociedad perduran las estructuras desiguales, las
estratificaciones históricas, las relaciones y prácticas de reproducción de clases
y de castas. Lo que se ha dado es una irrupción indígena, un empoderamiento de
espacios, un trastrocamiento simbólico de los imaginarios coloniales. En este
sentido, lo que podemos decir es que desde el 2006 se experimentan intentos de
construir un proceso de transformación, empero de una manera diferida,
pragmática, contradictoria, que incluso puede tomarse como regresiva. Este
intento de cambio se efectúo desde el gobierno a través de políticas, que en
principio fueron de irrupción, como el inicio del proceso de nacionalización de
los hidrocarburos y la convocatoria a la Asamblea Constituyente, pero, en la
medida que pasaba el tiempo, las otras políticas fueron excesivamente tímidas,
en la medida que se dejó intacto el aparato estatal, la estructura ejecutiva y
la forma de gobierno y la forma de gestión. El intento de trasformación también
se hizo sentir, de alguna manera, desde las actividades desesperadas de las
organizaciones sociales, intentando desordenadamente incidir en las decisiones
políticas del gobierno. Así mismo desde el accionar crítico de las
organizaciones indígenas originarias, intentando redefinir voluntariamente un
proyecto coherente con la descolonización. Ciertamente el mayor intento de
transformación se efectúo desde la Asamblea Constituyente, escribiendo una
Constitución descolonizadora que apunta al Estado plurinacional comunitario y
autonómico. También se puede decir que el intento de transformación se efectúo
de una manera dispersa y distribuida, a partir de un conjunto de puntos y
líneas de enfrentamiento que intentan lograr transformaciones concretas y
específicas. Sin embargo, estos intentos no han logrado articularse y conformar
una fuerza hegemónica de conducción del proceso; han prevalecido las fuerzas
resistentes al cambio, consolidadas en estructuras, en instituciones y en la
arquitectura estatal, han prevalecido las prácticas y relaciones consolidadas
en la costumbre social. Entonces se puede decir que la articulación de un
proceso de transformación está pendiente.
En
relación a la puesta en prueba del concepto de proceso para referirnos a la
segunda etapa del periodo en cuestión, pues la primera corresponde más
claramente a un proceso de movilización social que replantea la correlación de
fuerzas en el campo político, descompagina las estructuras de poder, cuestiona
las formas de dominación y legitimación liberal del Estado-nación, barre con el
modelo neoliberal. El proceso de transformación del que hablamos, etapa cuya
delimitación arranca el 2006, no está articulado, en otras palabras, no está
conformado, se encuentra en curso de una difícil construcción; se encuentra
como emergiendo, empero enfrentando grandes resistencias y obstáculos de las
estructuras de la vieja maquinaria estatal, de las costumbres liberales, de la
ideología nacionalista cristalizada en los huesos de los funcionarios y
dirigentes. La exigencia del momento, la emergencia de la coyuntura, es desatar
una revolución cultural descolonizadora y una movilización generalizada que
reconduzca el proceso a sus cauces iniciales, establecidos en la
Constitución.
Apuntes sobre el
Estado plurinacional comunitario autonómico y pluralismo jurídico[13]
Podemos decir que el Estado plurinacional
supone una nueva concepción de la transición pos-capitalista, la anterior tesis
de transición estaba íntimamente ligada a la transición de la dictadura del
proletariado. La gran diferencia de ambas tesis consiste en que la dictadura
del proletariado pensada como transición socialista al comunismo no salía de
los horizontes de la modernidad, en cambio la transición pluralista atraviesa
los límites de la modernidad, cruza el umbral de la misma, y entra a otros
agenciamientos civilizatorios. Además se trata de transiciones pensadas
pluralmente en distintos planos y niveles. Por lo tanto la configuración del
Estado plurinacional supone otra teoría crítica del capitalismo, ya no se trata
sólo de visualizar un desarrollo desigual y combinado, ni tan sólo quedarse en
la tesis del imperialismo como fase superior del capitalismo. Ya es un avance
visualizar los ciclos del capitalismo, los ciclos de las crisis del
capitalismo, las transformaciones estructurales de los ciclos y las
transformaciones estructurales de las crisis. Pero esto no es suficiente; en lo
que respecta a la compresión del Estado plurinacional se requiere entender los
ciclos del colonialismo, sus transformaciones, la estructura de sus crisis,
además de sus estrechos vínculos con el capitalismo y la modernidad. Es
indispensable comprender la crisis civilizatoria y los alcances de la crisis
ecológica. Por otra parte es urgente situar el pensamiento pluralista en el
contexto de las cosmovisiones indígenas, en su profundo animismo e inmanencia.
La concepción del Estado plurinacional se construye desde la perspectiva de las
cosmovisiones indígenas en interpelación de la modernidad y el capitalismo;
cosmovisiones que hay que entenderlas como sistemas interpretativos dinámicos,
rememorándose y actualizándose, interpretando críticamente las conformaciones
institucionales y estructurales de la modernidad, entre ellas del Estado, sobre
todo en su condición de Estado-nación.
Entonces estamos ante la concepción de la
transición política elaborada desde las cosmovisiones indígenas en
interpelación de los paradigmas y las formas institucionales de la modernidad.
Esta tesis implica el desmantelamiento del Estado-nación en forma de
transformaciones institucionales, transformaciones que se abren al pluralismo
institucional, al pluralismo normativo, al pluralismo administrativo y al
pluralismo de gestiones. Estas transformaciones institucionales se asientan en
procesos de transformaciones estructurales. El cambio civilizatorio supone la
transformación múltiple de los ámbitos y campos de relaciones donde se recrea
la vida social. También significa la incorporación plena de las relaciones con
los otros seres y ciclos vitales que circundan, conforman y componen el mundo y
el cosmos. Estas aperturas terminan transformando los cimientos y las matrices
civilizatorias de la modernidad. Ya no hay posibilidades de una reducción de
las temporalidades a la linealidad del desarrollo y del progreso, ya no hay
posibilidades de sostener esta linealidad en la marcha de la producción y en el
espejo de la producción. Desde la perspectiva de las cosmovisiones indígenas es
imprescindible garantizar la reproducción de los ciclos vitales, por lo tanto
poder armonizar dinámicamente los ciclos de la reproducción humana, los ciclos
de la reproducción social, los ciclos de la reproducción comunitaria, con los
ciclos de los seres y ciclos vitales integrados.
El Estado plurinacional se constituye en el
desmantelamiento múltiple del Estado-nación, es el estado, en el sentido de
situación, de la transición plural, de la descolonización abierta en los
distintos planos y factores componentes de los múltiples engranajes de
dominación, es la condición móvil de los flujos des-constitutivos de la vieja
maquinaria estatal y constitutivos de los agenciamientos y dispositivos de las
formas de la participación social y política de los colectivos y
comunidades. El Estado plurinacional
supone la transformación pluralista, comunitaria, intercultural y participativa
de los instrumentos de la gestión pública. El Estado plurinacional es la
condición política y la estructura de las transformaciones, de las transiciones
transformadoras, de las metamorfosis de las prácticas políticas, democráticas y
culturales. Hay que observar al Estado plurinacional en su movimiento, en su
dilatación, en su flexibilidad y adecuación, en la expansión y proliferación de
articulaciones, en sus movimientos inclusivos, en sus dinámicas moleculares de
apertura, de democratización, de igualación, también en sus entrelazamientos
interculturales.
Genealogía del Estado
plurinacional
En adelante se describe la gestación de la idea de un Estado
plurinacional a partir de la acción de diversos sectores sociales
—especialmente indígenas—, la forma en que ello se plasmó en la Constitución y
los equívocos que aparecieron en el camino, los cuales han derivado en la
negación del proyecto plurinacional y del modelo del vivir bien. El conflicto
por el Territorio y Parque Isiboro-Sécure (TIPNIS) exhibe esos retrocesos y una
reconfiguración de alianzas entre el gobierno y distintos actores unidos
alrededor del desarrollismo extractivista.
Umbrales y horizontes
del Estado plurinacional
Hay que tratar el tema del Estado
plurinacional siempre a partir de las condiciones en que se encuentra el
debate. Y las condiciones de hoy no son las mismas que cuando empezábamos el
proceso constituyente o cuando se daban las discusiones en el Pacto de Unidad,
formado por las organizaciones indígenas y campesinas[14]. No hay que olvidar que
el Pacto de Unidad fue fundamental porque elaboró un documento sobre el Estado
plurinacional, social y comunitario, que fue entregado como mandato a los
constituyentes y que sirvió en las mesas de las 21 comisiones de la Asamblea
Constituyente.
Ahora hay otro contexto, un
contexto que se ha ido complicando. Una vez que se aprueba la Constitución
Política del Estado por el 64 por ciento de los bolivianos, supuestamente
debíamos esperar su cumplimiento. Esto significa, por lo menos dos cosas: la
muerte del Estado-nación, que es la expresión colonial del Estado liberal y de
la República, y la construcción del Estado plurinacional, comunitario y
autónomo. Sin embargo, hasta la fecha, se ha hecho todo menos eso. Se ha
restaurado al Estado-nación y su mapa institucional con sus normas y
estructuras liberales. Así, en vez de descolonizarnos, nos estamos
recolonizando.
Las condiciones del debate,
además, ahora deben ser pensadas desde el conflicto por el Territorio Indígena y
Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS), el cual nos muestra, en toda su
desmesura, lo que está ocurriendo.
Finalmente, el poder termina
tomando al Movimiento al Socialismo (MAS)
de la misma manera que acabó tomando al Partido de los Trabajadores del
Brasil (PT), al gobierno de Rafael Correa en Ecuador, así mismo al gobierno de
Hugo Chávez de Venezuela. Haciendo un balance estos gobiernos no tomaron el
poder, sino que éste los tomó a ellos. Los supuestos transformadores se
transforman en el poder y terminan ejecutando las lógicas inherentes del poder.
Las lógicas del poder no son
abstractas, son concretas, aunque se desarrollan en ámbitos de relaciones
tremendamente complejas. Hablamos de la geopolítica del sistema-mundo
capitalista, en el que hay un centro de acumulación ampliada de capital y una
periferia que le transfiere sus recursos naturales. En ese marco fijado por las
estructuras y diagramas del poder nos movemos como sojuzgados.
En ese ámbito del poder hay
operadores. Los grandes operadores son, por una parte, las empresas
transnacionales inscritas en el ciclo del capitalismo norteamericano, cuya
estructura está dominada por el capital financiero. Y, por otra parte, por el
mapa geográfico de los Estados-nación.
¿Cuáles son los umbrales y
horizontes del Estado plurinacional? Podemos decir que los umbrales se
encuentran en la clausura del Estado-nación y los horizontes se visualizan en
la lontananza de la dilución del Estado en la matriz auto-determinativa de las
sociedades. En esta transcurso se esperan las transformaciones pluralistas,
comunitarias, autonómicas, interculturales y participativas del Estado. Son
indispensables para tal efecto las transformaciones estructurales e
institucionales, los nuevos mapas políticos e institucionales, así como
normativos y de los recorridos y de las prácticas sociales. En este viaje se
espera la constitución proliferante y plural de sujetos y de subjetividades,
liberando capacidades y potencialidades corporales, emancipando las
creatividades múltiples. En este despliegue aparece la urgencia del consenso y los
convencimientos colectivos, la interculturalidad, la revolución cultural, como
herramientas de las transformaciones en la transición.
El surgimiento y papel de los Estados-nación
Los Estados-nación se
constituyeron en un momento en el que se produjeron dos fenómenos
fundamentales:
Por primera vez el Estado forma
parte de la lógica del capital y funciona como su instrumento. Ya no son
Estados territoriales todavía no integrados al capital, aunque si articulados,
pues el ciclo del capitalismo genovés los uso en la búsqueda de nuevas rutas,
como era el caso de los Estados portugués y español.
El segundo fenómeno, que se produce
en el ciclo del capitalismo inglés, es la Revolución Industrial. Ésta
transforma estructuralmente al capitalismo al trastocar profundamente las
condiciones de reproducción del capital. En esa situación surge la disputa con
España y Portugal por el monopolio que poseían esos imperios sobre sus
colonias. Por eso no es extraño que los ingleses hubieran armado a los
ejércitos independentistas.
¿Y para qué sirven los
Estados-nación en la periferia? Son Estados-nación subalternos y supeditados a
la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Son operadores de la
transferencia de nuestros recursos naturales. Y si no sirven para eso, se los
ataca, se los descarta, se saca a sus gobiernos resistentes o se los invade; se
puede hacer con ellos cualquier cosa. Esa es la lógica imperial.
En esa situación surgen las
primeras crisis del siglo XVIII, con la plata y las reformas borbónicas. Hay
levantamientos indígenas que se oponen a esas reformas porque eso supone la
ruptura de un pacto colonial entre la administración española y la autonomía
indígena, entre las formas de gobierno indígenas y las formas de gobierno
españolas, relaciones que estaban mediadas por los caciques.
Inicialmente, el levantamiento se
produce contra los caciques, donde las comunidades, representadas por los jilakatas, se enfrentan contra los
caciques, y luego se enfrentan contra las reformas borbónicas. Después, empieza
a adquirir un carácter anti-colonial y descolonizador, aunque en muchos casos
se levantaban en nombre del rey Fernando VII, preso del ejército de ocupación
francesa. Es una etapa intrincada que
debe ser estudiada con minuciosidad para comprender nuestro presente. Posteriormente, durante los periodos
republicanos, se vuelven a suceder los levantamientos indígenas, primordialmente
en defensa y por la recuperación de tierras comunitarias. También se vuelven a
dar lo que podríamos seguir llamando pactos, aunque de una manera perversa; de
esta manera se habla del pacto señorial, con
el propósito de interpretación histórica de los periodos republicanos.
El proceso en el que se resuelven estas contradicciones es el de la
constitución del Estado-nación. Podríamos decir que se termina de instituir
éste con la revolución nacional de 1952. La Constitución plurinacional del 2009
ha planteado la ruptura histórica con el Estado-nación; sin embargo, la
experiencia reciente del proceso en curso nos muestra las grandes dificultades
de lograr esta ruptura. ¿Por qué no podemos zafarnos del Estado-nación?, ¿por
qué no podemos zafarnos tan fácilmente de las estructuras coloniales inscritas
en nuestros esqueletos?
Las relaciones de poder son
relaciones de fuerza, fuerzas actúan contra fuerzas afectándolas; se puede
considerar fuerzas activas inscribiendo su incidencia en fuerzas pasivas,
reactivas o resistentes. Las fuerzas activas actúan sobre los cuerpos e
inscriben en ellos, en la superficie de los cuerpos, historias políticas,
adentrándose hacia el espesor profundo de los cuerpos, constituyendo sujetos y
subjetividades, internalizando relaciones y estructuras de poder, imaginarios,
representaciones, induciendo comportamientos y conductas. Las relaciones y
estructuras coloniales, las instituciones coloniales, se inscriben de esta
manera en los cuerpos y en el espesor de los mismos. Se cristalizan en los
huesos como violencia materializada. Es esa violencia guardada la que explica
las conductas de sumisión y supeditación, pero también, paradójicamente,
también los comportamientos que devuelven la violencia cristalizada a los
dominadores. No es suficiente devolver la violencia a los dominadores, pues
puede resultar sólo una catarsis, sólo una descarga coyuntural; de los que se
trata es de deshacerse de toda la herencia colonial, para eso es menester
desmantelar, de-construir, desandar el laberinto colonial, sus formas externas
e internas. Es indispensable el recorrido intenso de las emancipaciones
múltiples. El Estado-nación es a la vez la realización política del mapa
institucional de la república, así como la imagen y el concepto de una unidad
requerida como identidad y como monopolio de la representación y la acción
pública. El Estado-nación es el instrumento político por excelencia de la
administración del capital, ya sea para su acumulación, como para el
despojamiento de recursos naturales y territorios. Hay Estado-nación dominantes
y Estado-nación subalternos, la distribución de ambos en la geografía mundial
expresa las estructuras móviles de la geopolítica del sistema-mundo
capitalista. No es fácil desmantelar estos fabulosos aparatos, pues se requiere
resolver problemas pendientes con los ciclos del capitalismo y los ciclos del
colonialismo. Sobre todo es indispensable desarmar el arsenal aparatoso y
estratificado de las herramientas y artefactos de los recursos de la
estatalidad, de sus monopolios de las violencias y de las representaciones, de
las coerciones y de las cooptaciones. Para lograr desmantelar esta maquinaria
pesada, oxidada, pero aún en funcionamiento, aunque también fantasmagórica, es
menester descentrar las prácticas, desplazar los ámbitos de relaciones donde se
ha edificado esta instrumentalidad, desestructurar las instituciones donde se
afinca el Estado. Para eso se requiere no solo una voluntad decidida sino
constancia y consecuencia en la tarea de desmantelamiento.
La urgencia de analizar descarnadamente lo que está pasando
Estamos en una etapa en la que
necesitamos discutir a fondo estos temas y hacerlo con investigaciones
histórico-políticas. Ya no estamos en la etapa de la lucha ideológica cuando
necesitábamos grandes discursos y narrativas para interpelar al neoliberalismo
y al colonialismo y para encaminarnos en una propuesta descolonizadora. Ahora
debemos entender lo que está pasando y verlo de una manera descarnada,
transparente y sin mitos. Si nos quedamos con éstos sólo oscureceremos la
discusión, lo que impedirá actuar en el presente para lograr las
transformaciones que nos hemos propuesto. El tema es ese.
Con ese propósito es menester
reflexionar sobre los últimos conflictos, el conflicto del TIPNIS y el anterior,
el conflicto del gasolinazo. ¿Qué se muestra con lo del TIPNIS? ¿Qué nos
muestra el conflicto del gasolinazo? Hipótesis de interpretación: El gobierno
ha cruzado la línea, se encuentra al otro lado de la vereda enfrentando al
pueblo, enfrentando a las naciones y pueblos indígenas originarios. También
vemos que el gobierno no se encaminó, de ninguna manera, por la ruta de la
construcción del Estado plurinacional. Si revisamos sus leyes, todas son
inconstitucionales; son leyes que restauran el viejo Estado, no son
fundacionales ni están edificando el Estado plurinacional. Las políticas
públicas son como una continuidad de las formas administrativas liberales y
nacionalistas, repitiendo la obsesión por la ilusión del desarrollo, como en el
siglo pasado. El modelo económico se ancló en el extractivismo, modelo colonial
del capitalismo dependiente. Estos son las disposiciones políticas que llevaron
al enfrentamiento con las comunidades indígenas del TIPNIS y con las
organizaciones indígenas del CIDOB y del CONAMAQ.
Estos conflictos nos muestran la
desmesura de las contradicciones del proceso; también la enorme distancia de la
ruta restauradora del gobierno en relación a la construcción del Estado
plurinacional comunitario y autonómico. El Estado plurinacional exige
transformaciones estructurales e institucionales profundas, exige construir un
nuevo mapa institucional sobre la base de pluralismo institucional,
administrativo y normativo. Significa poner en práctica lo que los indígenas de
Ecuador y Bolivia, lo que los indígenas zapatistas y los de Guatemala, a
diferencia del pensamiento y planteamiento marxista, habían pensado: una
transición distinta y posterior al capitalismo. Se trata de una transición
civilizatoria.
Precursores del Estado plurinacional
Lo que el marxismo propuso fue la
transición a la dictadura del proletariado —no discutiremos sobre eso ahora—,
mientras que los indígenas propusieron una transición del capitalismo y la
modernidad hacia lo plurinacional y descolonizador. Es otra propuesta teórica y
política. Es, a diferencia del marxismo, una alternativa civilizatoria
diferente a la modernidad capitalista y al desarrollo.
Esa propuesta formó parte de la
matriz de las discusiones del Pacto de Unidad y de la Constituyente. Esa idea
latía en los movimientos sociales que habían abierto el horizonte hacia el
Estado plurinacional. Fueron los movimientos sociales anti-sistémicos, como los
de la coordinadora del agua, los bloqueos indígenas y campesinos en septiembre
de 2000; las articulaciones entre El Alto y los sindicatos campesinos en
octubre de 2003; y la marcha indígena de tierras altas y bajas en 2002 que no
pedía elecciones, sino Asamblea Constituyente.
Eso era lo más lógico, porque la
vía electoral sólo restauraría las lógicas de poder, las lógicas liberales. El
planteamiento del Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasusyu (CONAMAQ)
y de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB) era coherente.
Pero la decisión política se encaminaría por las elecciones y con eso se producirían
grandes confusiones.
Las confusiones y el MAS
Una de las grandes confusiones
derivó en equivocar el protagonismo electoral con la conducción de los
movimientos sociales, en creer que el MAS era el representante de los
movimientos sociales, cuando nunca lo había sido. Los movimientos tenían su
propia capacidad de convocatoria, su orgullo y su propia capacidad de
autogestión; eran movimientos autogestionarios que tenían como objetivo la
Asamblea Constituyente y de ninguna manera las elecciones.
El MAS era visto, más bien, como
un movimiento cocalero, importante, empero en comparación con los movimientos
autogestionarios, aparecía como uno de los más conservadores. Después de la
crisis de la izquierda, los restos de una fragmentación migraron, por así decirlo,
a los territorios donde se experimentaría la conformación de un instrumento
político de las organizaciones sociales, cosa que no se pudo realizar,
limitándose el proyecto a la conformación de un instrumento electoral. En el MAS se refugió parte de la vieja
izquierda. Una de las ventajas de esta experiencia fue que contaba con la
herencia de la estructura organizativa minera, que transmitieron los
relocalizados migrantes al Chapare,
además de contar con la memoria de lucha y también la intuición de
dirigentes de izquierda de esa época, como es el caso de Filemón Escobar. Estos
dirigentes encontraron la oportunidad de convertir la defensa de la coca en una
lucha anti-imperialista. En ese contexto se revivieron proyectos pendientes;
algunos grupos plantearon proyectos guerrilleros, otros grupos proyectos
insurreccionales y otros francamente se limitaron a postular proyectos
electorales. Hay que considerar que estos proyectos, de todas maneras, los
límites de estos proyectos, correspondían a los límites de la vieja izquierda.
En comparación los movimientos sociales anti-sistémicos contemporáneos habían
atravesado esos límites, estaban más allá: cuestionaban los límites
desarrollistas y modernizadores de la misma izquierda.
En la atmósfera convulsionada de
las luchas, en el avance de las victorias políticas populares e indígenas,
cuando los desenlaces de la crisis se orientaba a las salidas electorales, el
MAS llegó a ser la segunda fuerza en 2002. Este resultado electoral muestra
cambios en la predisposición de la votación, cambios que no pueden explicarse
sin las victorias políticas. Desde esta perspectiva podemos decir que las
elecciones ratificaban estadísticamente las victorias políticas. Empero estas
victorias no pueden atribuirse al MAS sino a los movimientos sociales
anti-sistémicos, autogestionarios y autodeterminantes. Lo que pasa es que los
movimientos sociales tenían capacidad de convocatoria a la movilización, empero
no tenían experiencia electoral, que si el MAS había acumulado desde su incursión
en elecciones municipales y elecciones nacionales. Después comenzaron a
plasmarse claramente las diferencias, sobre todo en el debate sobre la
nacionalización. La propuesta del MAS era de 50%-50%, respecto de la
distribución de ingresos por el gas para el Estado y las empresas
trasnacionales, mientras que la propuesta de El Alto y de los movimientos
sociales era la nacionalización de los hidrocarburos. Se puede ver en el
diagrama de las posiciones que había muchas diferencias que se acumularon en la
memoria del debate, diferencias que no se terminaron de discutir ni de
abordarse plenamente.
Llegó el 2005 y el gran conflicto
de mayo y junio. A los movimientos sociales rurales y urbanos se incorporaron
los mineros y con eso creció el perfil complejo de los movimientos. La
movilización social tomó La Paz, Oruro, Potosí y Sucre, y se obligó al Congreso
a un salto mortal de sustituciones constitucionales y renuncias para que
Eduardo Rodríguez Velzé, presidente de la Corte Suprema, asuma la presidencia
de país y responda a un nuevo mandato popular: la convocatoria a elecciones.
El mandato a este último
presidente de la sustitución constitucional ya no era la convocatoria a
Asamblea Constituyente ni tampoco la nacionalización de los hidrocarburos
encomendados a Carlos Mesa. ¿Por qué? Porque se interpretó lo acaecido, la
falta de cumplimiento de la Agenda de Octubre,
como que Mesa no había cumplido porque no era de nuestra clase ni tampoco era nuestro
gobierno, por lo tanto teníamos que nombrar a un gobierno propio para que
cumpla con la Agenda de Octubre.
Sabemos lo que vino después, con
las elecciones del 2005. El desenlace político catapultó a un presidente
indígena; con este resultado todo el mundo se sintió regocijado por eso y hubo
una gran fiesta política. Era el comienzo de la descolonización y de la ruptura
de todas las estructuras coloniales: simbólicas, psicológicas, políticas,
etcétera.
En estas condiciones de
entusiasmo, nadie quería arruinar la fiesta ni discutir y poner sobre la mesa
el temario que estaba pendiente. Y así se produce la segunda confusión; la
interpretación oficial rápida, apresurada y triunfante, decía que el MAS es el
gobierno de los movimientos sociales; cuando nunca lo fue, ni lo podía ser. No
hay un gobierno de los movimientos sociales, este enunciado es un
contrasentido.
Lo que representa el TIPNIS
Se debe tomar en cuenta estas
mescolanzas de tendencias y posicionamientos en un proceso rico en
movilizaciones, que empero derivaba en salidas electorales a la crisis
política. Estas complicaciones se deben tomar en cuenta para entender qué es lo
que está pasando ahora; qué es lo que pasa en el TIPNIS.
Lo que se devela en el TIPNIS es
la distancia del gobierno respecto al sujeto de la rebelión, el sujeto
indígena. Desde la década de los setenta, del siglo pasado, con la masacre del
valle (1974) y el despliegue del discurso katarista, pasando a 1990 con la
marcha indígena de tierras bajas, y a 2002, con la marcha de tierras bajas y de
tierras altas, se da lugar a la constitución del sujeto político indígena, que
sustituye al sujeto proletario, que había orientado la historia política desde
1945 hasta la Asamblea Popular (1971), incluso hasta la caída de la UDP (1984)
y la marcha minera por la vida (1986). En todo este lapso se produce la construcción
política de un sujeto político, en pleno sentido, comprendiendo sus
significaciones históricas, políticas y teóricas: el sujeto indígena, que
sustituye al sujeto obrero en la interpelación al sistema-mundo capitalista.
Se trata de una revolución
indígena descolonizadora —si podemos utilizar la palabra revolución— que
significa no solamente la incorporación de las cosmovisiones indígenas, o de
los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios en la
Constitución, o del criterio de una transición descolonizadora a cargo del
Estado plurinacional comunitario y autonómico, sino también significa un modelo
alternativo: el sumak kawsay o el suma qamaña, el ñande reko, el ivimarey,
traducidos en Bolivia como el vivir bien. Eso significa un modelo alternativo
al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo.
Eso es lo que se puso en la
escena internacional y también se expresó en los discursos del Presidente: que
lucharemos por la defensa de los derechos de la Madre Tierra. En Tiquipaya
declaramos la guerra al capitalismo y a la modernidad en defensa de la Madre
Tierra. Hacemos una conferencia que es una contra-cumbre y decimos que las
causas estructurales del cambio climático tienen que ver con el modelo
civilizatorio capitalista, moderno y desarrollista. Estas son resoluciones
fuertes, firmadas por todos los países de la Alianza Bolivariana para los
Pueblos de Nuestra América (ALBA) y vinculantes para el país.
A partir de entonces, el Pacto de
Unidad retoma la tarea y formula una ley de la Madre Tierra que recoge las
resoluciones de Tiquipaya y plantea una tesis fundamental: no se puede hablar
de recursos naturales, pues esto denota la explotación capitalista, la
dominación moderna de la naturaleza, convirtiendo en objetos a los seres, que
son sujetos múltiples, además de bondades, componentes, ciclos vitales
integrados y seres que tienen derechos desde la concepción de la Ley de la
Madre Tierra. Ese proyecto de ley está en la Asamblea Legislativa, que hasta
ahora no se la ha discutido y promulgado. ¿Por qué? Por una razón que deja en
claro el conflicto del TIPNIS. El gobierno se encaminó por el modelo
extractivista del capitalismo dependiente, en tanto que la constitución plantea
un modelo ideal, el vivir bien, que debe realizarse en la transición transformadora.
El TIPNIS pone en evidencia que
en este proceso hay dos proyectos que no se pueden juntar y que ya se están
enfrentando. Uno plantea la continuidad del modelo extractivista, capitalista,
dependiente y desarrollista; es la continuidad de todo lo que se ha hecho
durante los periodos republicanos hasta ahora. El modelo extractivista es un
modelo colonial; el carácter colonial de
la geopolítica del sistema-mundo capitalista es reducirnos a exportadores de
materias primas. El otro modelo es el postulado por los movimientos indígenas y
los movimientos anti-sistémicos contemporáneos, el modelo del vivir bien.
Ambos modelos civilizatorios se
enfrentaron en el conflicto del TIPNIS y ha quedado en evidencia que el
gobierno escogió por dónde ir: por la ruta del extractivismo.
El modelo que escogió el gobierno, el poder externo y las nuevas
alianzas
Hay un código minero como
borrador de anteproyecto, que todavía no lo presentó el gobierno a la Asamblea
Legislativa, pues no saben cómo van a justificarlo. Se trata de un anteproyecto
extractivista que entra en contradicción con la Ley de la Madre Tierra,
proyecto que se encuentra en la agenda de la Asamblea Legislativa; así también
entra en contradicción con el discurso previo sobre la Madre Tierra, ventilado
por el gobierno. Se trata de un código minero que vuelve a la ilusión de la
inversión de capitales internacionales, asignando también responsabilidades en
la expansión extractivista a la inversión pública, compartidas con la inversión esperada de las
grandes empresas transnacionales.
En el marco de este modelo
extractivista, en su estructura efectiva, debemos tener en cuenta las
consecuencias de una supuesta nacionalización. El proceso de nacionalización
queda inconcluso; esto se constata en el efecto desnacionalizador de los
contratos de operación; estos contratos entregaron prácticamente el control
técnico a las empresas transnacionales. De este modo, estamos en manos de
ellas. Podemos decir que las transnacionales mineras e hidrocarburíferas gobiernan.
La pregunta de ¿quién gobierna?
es importante. ¿Quién gobierna cuando estalla el conflicto del TIPNIS? Gobierna
la empresa trasnacional brasilera OAS, la empresa con la que se ha acordado la
construcción de la carretera depredadora que atraviesa el territorio indígena.
Las empresas de ese país están construyendo nuestros caminos y van a construir
el ingenio azucarero de San Buenaventura, donde, al parecer, no se plantará
caña, sino palma para agrocombustibles. ¿Quién gobierna? Vamos a hacer
macro-hidroeléctricas para darle energía a la potencia emergente de Brasil. En
el contexto mundial, podemos decir que hay un reacomodo de la estructura del
poder mundial con la aparición de las potencias emergentes: México, Brasil,
India y, fundamentalmente, la China.
El conflicto por el TIPNIS ha
destapado todo esto. En él se enfrenta el proyecto por el que se ha peleado
entre 2000 y 2005, que se expresa en la Constitución y proyecto que están
defendiendo las naciones y pueblos indígenas
originarios, organizados en el CONAMAQ y la CIDOB.
¿Quiénes están al otro lado del
conflicto? Obviamente, el gobierno y todo su aparato, pero además las
transnacionales y el gobierno del Brasil. Estamos supeditados a la política de
ese país; la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional
Suramericana (IIRSA) es el proyecto hegemónico de ese país, y el TIPNIS está
incluido en él.
¿Quiénes más? En pleno conflicto
del TIPNIS, Lula viene desesperado a hablar con Evo, luego hay una reunión en
Santa Cruz, ¿quién la financia?, ¿quiénes más están ahí? La CAINCO y las
“trillizas”: la CSUTCB, las Bartolinas y los Interculturales[15], quienes deberían seguir
llamándose colonizadores, pues demostraron no respetar la condición
intercultural, sobre todo en el bloqueo de Yucumo[16]. Esa es la nueva alianza,
la recomposición de la burguesía, la antigua con los nuevos ricos, vinculados
al proyecto hegemónico de la burguesía internacionalizada brasilera.
Hay nuevas alianzas entre quienes
apuestan por los proyectos extractivista y desarrollista, por el proyecto
cocalero y, lastimosamente, también por el proyecto que podemos llamar de la
economía política de la cocaína. Hay alianzas con los agroindustriales de Santa
Cruz, que también apuestan por el desarrollismo con la ampliación de la
frontera agrícola, y con las transnacionales.
Ese es el frente que se ha
abierto. ¿Quién va a ganar? No lo sabemos. ¿Quiénes tienen posibilidades de
ganar? Lo sabemos. Pero si se pierde el TIPNIS habrá muerto el proceso. Si no
cruza esa carretera por el TIPNIS todavía habrá una posibilidad de reconducir
este proceso.
Seguir apostando al extractivismo es apostar por una ilusión
La estructura del Estado de transición tiene una condición plurinacional, una
condición comunitaria, una condición autonómica y, obviamente, esto implica una
condición intercultural. ¿A dónde apunta todo esto? A una transición
transformadora hacia el macro-modelo del vivir bien. Éste es el modelo
civilizatorio alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo. Ese
es el sentido de la Constitución.
El planteamiento de lo
plurinacional ha traído problemas desde un principio. Las críticas han ido en
el sentido de que el Estado plurinacional nos desunirá, que cada nación pedirá
su autodeterminación y, por lo tanto, nos dividiremos. Eso responde a un miedo
o sentimiento que no evalúa claramente el significado de plurinacional.
En relación a la evaluación de la
Constitución, sobre todo de su carácter plurinacional, tomaré palabras de
Eugenio Raúl Zaffaroni, una autoridad constitucional, así también palabras de
Bartolomé Clavero, como de Rubén Martínez Dalmau, constitucionalista que apoyó
a la Constituyente; todos ellos coinciden en que estamos hablando de un nuevo
constitucionalismo. El nuevo constitucionalismo latinoamericano - que está
siendo estudiado en algunas universidades europeas - comienza con la
Constitución colombiana de 1991 y continua luego la venezolana, la anterior
ecuatoriana, la boliviana y la última Constitución ecuatoriana. Aunque hay un
antecedente importante con la experiencia de las construcción de la
Constitución brasilera, que se promulga en 1988 y tiene un plebiscito en 1993.
Empero dejemos pendiente la discusión del comienzo de este nuevo
constitucionalismo, usemos los acuerdos convencionales, por el momento,
relativos a la historia del constitucionalismo latinoamericano[17].
Estas constituciones se
diferencian de las europeas y norteamericanas en que, primero, son
participativas; segundo, no las hacen los doctorcitos y son ampliamente
discutidas; y tercero, son ampulosas: no se reducen a unos cuantos artículos
constitucionales, sino a cientos; la Constitución brasileña tiene 245 artículos, la Constitución colombiana tiene 380 artículos con 59 transitorios, la Constitución
venezolana tiene 9 títulos, 33 capítulos y 350 artículos, la Constitución ecuatoriana tiene 444 artículos y
la Constitución boliviana consta de 411 artículos. Se trata de una nueva
forma de pensar la configuración y la conformación de las constituciones, un
pensamiento que considera a la Constitución no sólo como una norma de normas,
sino como un instrumento que debe permitir transformaciones y resolver los
grandes problemas sociales, económicos y políticos heredados. En ese marco
también se habla del constitucionalismo andino, fundamentalmente de los casos
de Ecuador y Bolivia, sobre todo por la perspectiva civilizatoria del vivir
bien.
No se pueden interpretar las
constituciones de estos países a partir del derecho y del constitucionalismo,
sino que se exigen un pensamiento pluralista y un movimiento deconstructivo de
los paradigmas. Por eso se pierden los abogados constitucionalistas
tradicionales y terminan interpretando artículos como si tuviéramos que
encontrar los artículos claves, cuando se trata de una interpretación integral,
desde el espíritu constituyente, es decir, desde el preámbulo.
Por otra parte, la Constitución,
en su primer artículo, plantea un “pluralismo político, económico, jurídico,
cultural y lingüístico”. Si no somos capaces de pensar pluralmente estamos
perdidos. No se podrán interpretar estas constituciones desde visiones
universales; hay que pensar pluralmente; esta forma de pensamiento se encuentra
en las cosmovisiones indígenas, son animistas e inmanentistas. También podemos
encontrar analogías en las teorías de la complejidad. Estas analogías son
sorprendentes y plantean un dialogo intercultural de saberes, ancestrales y
contemporáneos.
Recogiendo estas características
constitucionales y del pensamiento pluralista, podemos decir que, en el proceso
en cuestión, estamos planteando una transición post estatal que se mueve en
distintos planos: sociales, económicos, políticos, culturales, jurídicos. Esta
transición supone el cumplimiento de transformaciones institucionales y
estructurales; transformaciones que tienen que venir acompañadas con prácticas
políticas participativas. Esto lo establece claramente la Constitución: la
definición de un sistema político participativo, en el que se efectúa un
ejercicio plural de la democracia; democracia directa, democracia comunitaria y
democracia representativa.
El sentido de la democracia
participativa se encuentra en la Constitución en el título VI se la Segunda
parte, Estructura y organización funcional del Estado, que trata de la
participación y el control social. Éste título plantea la construcción
colectiva de la decisión política, de la ley y de la gestión pública. Esta
práctica política es el eje de realización del Estado plurinacional: una
profunda democratización dentro de los códigos de la interculturalidad
emancipadora. Eso es, por lo menos, lo que se ha tratado en la Constitución.
Podemos ver, haciendo una evaluación somera, que estos objetivos no han sido
alcanzados.
Sabemos que hay una concepción de
interculturalidad que viene del pluralismo liberal, que arrojó instrumentos
importantes como el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de las Naciones
Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Se trata de pluralismo
liberal que no hay que descartar, aunque en la constituyente y en la
Constitución se trató de ir hacia un pluralismo emancipador y descolonizador.
Entonces, a quienes se preguntan
sobre si el Estado plurinacional nos divide o no, les plantearía la siguiente
interrogante: ¿No es al revés? ¿Acaso lo que aparentemente nos ha unido, más
bien no nos dividió? Esa aparente unidad
del Estado-nación consistió en un proyecto mestizo colonial que invisibilizó
nuestra propia pluralidad y diversidad.
Eso no sólo ocurrió en Bolivia o
en el sur, en la periferia del sistema-mundo capitalista; también pasó en Europa.
Los Estados europeos terminan de constituirse después de sus grandes
expansiones coloniales y de la tarea emprendida por sus grandes
administraciones extraterritoriales, en el combate a sangre y fuego por el
dominio, la conquista y la colonización. Estos estados modernos también luchan
por hacer desaparecer las múltiples lenguas practicadas en sus territorios, por
imponer la lengua nacional. La colonialidad es una herencia dramática y
demoledora, que nos ha afectado a unos y a otros; ha sido un instrumento al
servicio de la acumulación de capital. La interpretación histórica adecuada de
la conformación de la nación, de la comunidad imaginada, es que es posterior a
la conformación del Estado moderno. La interpretación ideológica es la que supone que el Estado se
conforma a partir de la nación, como una continuidad institucional de su
existencia. Al respecto las investigaciones de Immanuel Wallerstein son
esclarecedoras; a partir del seguimiento de las estructuras de larga duración y
de sus ciclos se constata empíricamente que la nación es una construcción
estatal. Primero se construye el Estado, y su legitimación ideológica es la
invención de la nación; ésta es una comunidad imaginaria.
Las rebeliones del siglo XVIII en
Perú, Bolivia y Ecuador se enfrentaron a las formas de dominación colonial.
Este es como una matriz de arranque, la configuración inicial de la estructura
larga de la rebelión, aunque se hayan dado antes rebeliones mas bien locales,
como una especie de anuncio. La historia larga de las rebeliones, esta lucha
anticolonial a lo largo de la historia se dio en diferentes contextos; es
imprescindible reflexionar sobre ellos y sus diferencias. Por ejemplo, es
distinta la situación histórica y política durante la Guerra Federal
(1898-1899). En esa ocasión, el guerrero aymara Zárate Willka llegó a un
acuerdo con el General liberal Pando en términos de construir un sistema
federal; ahí se piensa en un federalismo aymara a partir de un posible
nacionalismo aymara. Sin embargo, por miedo al ejército aymara, norteños y
sureños, liberales y conservadores o federales y unitarios apresuran un acuerdo
que termina con una solución estrambótica: ya no hay federalismo, sino se
mantiene el unitarismo; empero, como compensación de consuelo, se da lugar al
traslado de la sede de gobierno de la ciudad de Sucre a la ciudad de La Paz.
Esos son los límites de la clase política.
Un debate similar se tuvo en la
Comisión de Visión de País de la Asamblea Constituyente. ¿Cuál debería ser la
configuración del Estado plurinacional? Una de las hipótesis puestas en mesa
planteó directamente que Estado
plurinacional no puede ser unitario, tiene que tener la forma de una
confederación de naciones. Eso está en los anales de la Asamblea Constituyente
y en el informe de minoría de la Comisión, que fue más bien un informe de
izquierda y no de derecha como ocurrió en las demás comisiones.
En la Asamblea Constituyente se
llegaron a dar este tipo de debates, pero no se los pudo recoger por los mismos
miedos de quienes ven con un gran recelo la conformación del Estado
plurinacional. También se manifestaron posiciones conservadoras en nuestros
compañeros, indígenas y campesinos. Había una especie de terror a que se
discuta sobre una confederación de naciones porque el mito de la unidad, del Estado
unitario, estaba muy impregnado en ellos.
De esta manera, por inclinación
mayoritaria, se llegó a la solución del Estado unitario, social, de derecho
plurinacional, comunitario y con autonomías. En relación a esta solución, sin
embargo, los problemas de la construcción del Estado plurinacional seguían
pendientes; se requería para plasmarlo un nuevo ordenamiento territorial. Al
respecto se planteó una acción concreta:
Hagamos un nuevo ordenamiento
territorial, ¿cómo vamos a construir el Estado plurinacional si no hay un nuevo
ordenamiento territorial? La expresión espacial del Estado-nación es la
geografía política de los departamentos. No podemos mantener eso y también
tenemos que cambiarla si es un Estado autonómico.
Pero nadie se atrevía a asumir
esta tarea, sobre todo por razones de apego localista; nadie quería que le toquen su cantón o su
provincia. Como se ve, las posiciones conservadoras también estaban entre
nosotros. Además, las alianzas que se dieron en la Constituyente fueron
complicadas; inclusive, algunas compañeras se aliaban a las asambleístas de la
derecha en temas como el aborto y las opciones sexuales.
En relación a este prejuicio
sobre la unidad, podemos decir que lo plurinacional mas bien nos une más porque
expresa de manera coherente, no solamente nuestra diversidad, sino los
proyectos civilizatorios latentes. Además expresa una percepción ecológica: hay
que pensar lo plurinacional no sólo desde la perspectiva de lo plural cultural
o plural civilizatorio, sino también desde la perspectiva territorial: los
ecosistemas. La cohesión se construye sobre la base del reconocimiento de las
diferencias y la pluralidad, no en abstracto, suponiendo una identidad nacional
y una unidad forzada.
Lo plurinacional es una dimensión
que plantea otro tipo de cambios en plena crisis del capitalismo, en plena
crisis civilizatoria de la modernidad y de estos Estados
En Abya Ayala, la propuesta
indígena, que comienza con el levantamiento zapatista y termina con los
levantamientos bolivianos, es un planteamiento inquietante que va más allá de
las propias propuestas políticas concebidas dentro de los límites de la
modernidad.
El planteamiento es trastrocador,
tiene consecuencias políticas, no se tata del despliegue enunciativo de unos
intelectuales radicales, sino que es un producto participativo del saber
colectivo. Estas propuestas han sido construidas colectivamente en congresos y
reuniones
Lo interesante de estos
planteamientos de transición es que en su formulación y expresión ya
desapareció la figura del intelectual de vanguardia, en todo caso sólo es de
retaguardia, y también desapareció la figura del partido revolucionario,
externo a los movimientos sociales; son sujetos colectivos los que están
emergiendo. Si queremos entender el Estado plurinacional, por lo menos
deberíamos acercarnos al “pensamiento del sur” propuesto por Boaventura de
Sousa Santos, a la sociología de las ausencias, a la sociologías de las
emergencias, a la ecología de los saberes y a la ecología de las
temporalidades.
Entonces hay que empezar a pensar
pluralmente. Ese es el gran desafío y, además, salir del mito de la modernidad,
el mito del progreso, del desarrollo. No es posible concebir una evolución al
estilo del darwinismo de Spencer, basado todavía en esas insostenibles figuras
evolutivas que distinguen lo salvaje, lo bárbaro y lo civilizado.
Ese es un cuento positivista de
legitimización de la modernidad, tremendamente cuestionado, no sólo por
racista, sino porque no tiene ningún sentido. ¿Por qué? Porque se ha develado
que no hay una modernidad, sino muchas. La corriente de la subalternidad hindú
lo ha planteado: estamos moviéndonos en una heterogeneidad de modernidades.
El historiador francés Serge
Gruzinski, radicado en México, plantea que había otras modernidades posibles.
Esa otra modernidad la que construían España y Portugal, de alguna manera en
connivencia con las noblezas indígenas, aztecas, incas y de otras regiones de
Abya Ayala. Era una modernidad que articulaba a la China y a la India,
amarradas por circuitos navegantes y por
entrelazamientos interculturales, también por misiones religiosas, como
la de los jesuitas. Desde el punto de vista cultural y religioso, era una
modernidad que articulaba a La Nueva España, es decir el actual México, a los
circuitos de un mundo y una modernidad barroca. Esta otra modernidad se
clausuro abruptamente ante la emergencia
de otra modernidad que va disputar la hegemonía mundial, una modernidad
vertiginosa que se configura a partir de la revolución industrial inglesa.
Esas modernidades heterogéneas se
expresan en los diarios náhuatl de nobles indígenas que empiezan a escribir
desde una perspectiva de mundo, difundiendo una nueva versión del renacimiento,
ahora indígena, con una comprensión diferente de la modernidad y del mundo.
El debate sobre la modernidad es
amplio y complejo. De todas maneras, es aconsejable dejar de creer que estamos moviéndonos sólo
en nuestras localidades, en nuestro sitio circunscrito; no hay eso desde la
Colonia. Desde esa época estamos atravesados por procesos absorbentes
problemáticos: nos hemos reconstituido de una manera barroca, y lo indígena ha
adquirido un carácter de resistencia, pero esta reinvención de lo indígena se
hace en este espacio de la modernidad.
Inicialmente, hay una invención
del indio desde la perspectiva de los conquistadores. Éstos tienen que llamar
indígena al nacido en el lugar, a toda esa multiplicidad de pueblos y culturas,
de civilizaciones y territorialidades, que habitaba el continente, el Abya
Yala. Lo curioso es que en realidad los indígenas en Europa eran los nobles por
herencia. Aquí, ese concepto se invierte de acuerdo a los términos impuestos de
la dominación colonial. Una vez homogeneizados como indígenas las múltiples y
diversas sociedades, pueblos y poblaciones del continente, una vez vivida la
experiencia de la descalificación y la discriminación, lo indio, lo indígena,
es recuperado políticamente, reivindicado y valorizado en la guerra
anticolonial y descolonizadora. Es como
dice Franz Fanon en Los condenados de la
tierra: La violencia cristalizada en mis huesos se revierte contra el
dominador.
Hay una reinvención para
actualizar utopías no realizadas, pero sobre todo para inventar un mundo
emancipado. La propuesta indígena en el continente, en los Andes, no puede
resolverse sólo en la región, menos en un solo país; estamos obligados a que
sea una propuesta con características mundiales. Es esto precisamente lo que ha
ocurrido en Tiquipaya; e esto lo que se ha planteado en la conferencia de los
pueblos. Allá se ha convocado a una internacional de los pueblos en defensa de
la Madre Tierra, contra el capitalismo y la modernidad.
La discusión sobre los modelos de
desarrollo, sobre los modelos alternativos, se da en el ámbito latinoamericano
de las ciencias de vanguardia, más que en las ciencias académicas.
Las preguntas sobre el
desarrollo, sobre desarrollo alternativo y alternativas al desarrollo no se
pueden responder desde el supuesto positivo del desarrollismo. Los marxistas
latinoamericanos de los años 60 ya habían dicho que el desarrollo produce
subdesarrollo y éste produce una dependencia de la que hay que salir. Entonces,
seguir creyendo en el desarrollo extractivista es seguir cavando en lo mismo,
seguir constituyéndonos en esa dependencia y reproduciendo constantemente el
subdesarrollo. Ese es un absurdo.
La respuesta está en nuestra
Constitución y es muy clara: la complementariedad articulada e integrada de la
economía plural que avanza en la perspectiva de la economía social y
comunitaria. Ésta tiene que avanzar, fundamentalmente, a partir de una
articulación complementaria entre las distintas formas de organización
económica: la comunitaria, la privada y la estatal. Pero integradas hacia un
fin y ese fin tiene que ser la economía social y comunitaria con la perspectiva
del vivir bien. Eso plantea una transición. Obviamente, de la noche a la mañana
no saldremos del extractivismo, pero hay que empezar a salir porque si no
estaremos perdidos en el círculo vicioso de la dependencia y el sometimiento.
Así, cuando nos preguntan de
dónde vamos a sacar la plata para la salud y la educación, es absurda la
respuesta de que tenemos que seguir apostando por el extractivismo. ¿No se dan
cuenta de que no somos nosotros quienes verdaderamente ganamos?
Como dice Sergio Almaraz Paz:
Aquí, en las periferias del sistema-mundo capitalista quedan los cementerios mineros,
aquí quedan los huecos que dejan las explotaciones extractivistas. Aquí no
queda la ganancia; unos pocos ganarán: grupos de la burguesía intermediaria,
los que están en el gobierno y se han hecho cargo del Estado. Quizás parte del
derrame de todo esto vaya al Tesoro General de la Nación y a las burguesías
intermediarias. Quienes se llevan el gran pedazo de la torta, quienes ganan
realmente son los que controlan los monopolios financieros, los que controlan
la acumulación de capital.
Seguir apostando al modelo
extractivista es una locura, es apostar a la ilusión. No tiene sentido. ¿Cómo
salir de eso? Hay que salir del modelo extractivista, apostar por otro modelo
energético alternativo, por la soberanía alimentaria, que tiene que ver con la
reproducción de la vida humana. Y eso significa, fundamentalmente, resolver los
gigantescos problemas que se manifiestan en el mundo.
Es indispensable la armonía con
los seres y los ciclos vitales integrales de la Madre Tierra. Si no, estamos
perdidos. Hay que recordar que estos temas se plantearon en la escuela marxista
de Frankfurt; esta corriente crítica quiso superar los límites del horizonte de
experiencia de Marx. Adorno y Horkheimer encontraron que Marx se había limitado
a un horizonte, el de la revolución industrial inglesa; esta limitación lo
llevó a creer que era suficiente una crítica a la economía política. En
realidad es indispensable una crítica a la matriz de la economía política
capitalista, es indispensable una crítica a la modernidad. La modernidad
produjo mitos como el progreso y que se puede dominar a la naturaleza.
A propósito de la separación
entre sociedad y naturaleza, que se produce en la modernidad, el concepto de
naturaleza es un invento moderno que supone precisamente una separación dominante, la separación entre
sociedad y naturaleza. Desde una perspectiva ecológica, no hay tal separación,
nosotros formamos parte del gran oikos,
del gran hogar, y si destruimos nuestro
hogar nos estamos destruyendo a nosotros mismos. En comparación, la propuesta
más civilizatoria es la del vivir bien en contraposición con un proyecto
destructivo, desforestador y depredador que es el capitalismo.
Notas sobre el pluralismo jurídico
Cuando hablamos de derechos no
podemos olvidarnos de que todas las generaciones de derechos se basan en el
presupuesto de la igualdad. Desde la declaración de los derechos del hombre
hasta la declaración de los derechos humanos tenemos el desarrollo legislativo
de este presupuesto de la igualdad. Los derechos de primera generación, los
derechos individuales, civiles y políticos; los derechos de segunda generación,
los derechos sociales, los derechos de los trabajadores; los derechos de
tercera generación, los derechos colectivos, los derechos comunitarios y de los
pueblos indígenas; y los derechos de cuarta generación, los derechos de la
madre tierra, de los seres y ciclos vitales; todos ellos suponen el principio y
el concepto de igualdad. Hablamos del despliegue de la igualdad en distintos
contextos históricos, políticos y culturales; hablamos de diferentes sujetos,
individuales, sociales, colectivos y seres componentes de la madre tierra. No
podríamos hablar de esta diferencia, de la comparación de esta diferencia, de
la pluralidad y del respeto a la diversidad, sin contar con el concepto de
igualdad. En este sentido, se podría decir que la historia de los derechos
corresponde a la historia de las luchas y la ampliación de derechos en la
modernidad, a pesar de la historia contradictoria, dramática, colonial, de
explotación capitalista, dada en la conformación de la modernidad, a pesar que
se haya tenido que arrancarle a la modernidad los derechos colectivos y los
derechos de la madre tierra, luchando contra la hegemonía cultural e ideológica
de la transvaloración universal de los valores.
Cuando hablamos de pluralismo
jurídico, de administración de justicia indígena originaria, también lo hacemos
suponiendo la heterogeneidad de las modernidades, la hibridez de sus
conformaciones y configuraciones. Se trata de formas administrativas de
justicia distintas, diferentes, que se mueven bajo otros valores, otra ética,
otra lógica, que son arrancadas al sistema de la administración de justicia
imperante, de corte liberal. Cuando hablamos de normas y procedimientos propios
lo hacemos desde la actualización de prácticas ancestrales, retomadas en el
presente, en mezcla, en sincretismo, en simbiosis con prácticas que se han
venido cristalizando desde la colonia, pasando a los periodos republicanos, con
sus deformaciones modernizadoras. Cuando hablamos de instituciones propias, nos
referimos a estructuras y organizaciones comunitarias resistentes a la
desterritorialización y a la descohesión comunitaria. Esta propiedad de las
instituciones ancestrales es recuperada, actualizada, en forma de sistemas
comunitarios dinámicos, que también interpretan sus contornos. Estas
instituciones viven las exigencias de la contemporaneidad, resisten y dan
respuestas a las fuerzas de la modernidad. El derecho a la interculturalidad,
el derecho a la existencia, el derecho a mantener su propiedad ancestral, forma
parte del entrelazamiento cultural, pero también de proyectos políticos
alternativos.
¿Cómo entender lo de la
jurisdicción indígena originaria campesina de la Constitución boliviana? ¿Cómo
entender la Ley de deslinde jurisdiccional? Para efectos de su comprensión no
podemos desligarnos del contexto dibujado más arriba; la jurisdicción indígena
originaria campesina forma parte de las conquistas del proceso constituyente,
que tiene como contenido estratégico la tarea inmensa de la descolonización. La
Constitución boliviana contempla tres jurisdicciones: la jurisdicción
ordinaria, la jurisdicción ambiental y la jurisdicción indígena originaria
campesina. En concreto este es el pluralismo jurídico del que se habla constitucionalmente.
Por lo tanto un problema fundamental va a ser el deslinde de las
jurisdicciones. De cómo se haga este deslinde va a depender la apertura al
pluralismo o su clausura, la creación de espacios diferentes y alterativos que
permitan la recreación de otras formas y contenidos de expresión, de otras
materialidades prácticas y de otros substratos ético-culturales. Esta tarea de
deslinde era una gran oportunidad para lograr una complementariedad abierta
entre las jurisdicciones y permitir la expansión de las formas de expresión y
formas de administración de justicia alternativas a la jurisdicción ordinaria;
empero esta tarea se la ha culminado rápidamente sin responder a la demanda de
discusión, de reflexión, de crítica y de análisis descolonizador. A pesar de
haber consultado a las organizaciones y pueblos indígenas, se ha desechado los
aportes de la participación, prefiriéndose el consejo del gremio de abogados
que ha cerrado filas contra cualquier apertura. Por eso se tiene una norma que
norma los procedimientos propios de las naciones y pueblos indígenas; lo que
implica una violación de los derechos de las naciones y pueblos indígenas
originarios. La Ley de deslinde jurídico termina arrinconando a la jurisdicción
indígena originaria campesina dejándola en un espacio tan restringido que
prácticamente no le queda materia importante de administración de justicia.
Después de esta Ley la jurisdicción indígena originaria campesina termina
supeditada a la jurisdicción ordinaria y al sistema de justicia hegemónico, que
sigue siendo el liberal.
A propósito de esta reducción, de
esta supeditación, de esta re-colonización es indispensable hacer un balance de
lo sucedido, buscando visualizar las fuerzas, la correlación de fuerzas, las
estructuras de poder, los intereses preponderantes, que impiden avanzar en el
tratamiento abierto y emancipador de estos temas primordiales. En tal sentido
trataremos de lanzar algunas apreciaciones sobre el estado de la cuestión y el
estado de fuerzas que han empujado a una solución tan pobre y represora como la
Ley de deslinde jurisdiccional.
Para comenzar una pregunta: ¿cuál
es la situación de las prácticas, del esquema de comportamientos, de las
estructuras, de las concepciones inherentes de la efectuación de la administración
de justicia de acuerdo a normas y procedimientos propios en las comunidades?
¿Cuál es el mapa diferencial de estas prácticas tanto en las comunidades
llamadas originarias y las comunidades campesinas? Esta información es
indispensable para contar con una base material social y cultural en cuanto
respecta a las posibilidades de realización misma de la jurisdicción indígena
originario campesina.
Una revisión de lo que ocurre en
el Altiplano arroja luz sobre el estado y situación de la justicia comunitaria.
Para tal efecto tomaremos como fuente los resultados de la investigación del
equipo de la Fundación Diálogo, dirigida por el antropólogo Ramiro Molina. El
área de estudio se sitúa en las jurisdicciones indígenas de Achacachi,
Carabuco, Sicasica y Viacha. El estudio nos dice que el sistema de autoridades
se basa en la forma de organización sindical, aunque se combina con la forma de
organización del ayllu. A lo largo de la historia se notan dos tendencias;
desde la década de los cincuenta, sobre todo después de la revolución nacional
y la reforma agraria, la tendencia de la organización rural va a ser la de la
forma del sindicato. Desde las décadas de los ochenta y noventa la tendencia a
la recuperación de la forma de organización del ayllu va a ser notoria. Esto
quizás se deba a la irrupción del movimiento katarista, al proyecto político y
cultural descolonizador, también al trabajo de movimiento indianista, así como
también, de una manera concreta al trabajo del Taller de Historia Oral. Lo que
se va a notar desde un principio es la diferencia de las formas de organización
y las diferentes combinaciones entre ayllus y sindicatos.
En Achacachi las comunidades
tienen en la base como autoridades al secretario general y su directiva,
secretarios de relaciones, de justicia y de actas. En las subcentrales
cantonales se tiene como autoridades al Secretario General Sub Central
Cantonal y su directiva. En la primera
sección de la provincia, Achacachi, se tiene como autoridad al Secretario
Ejecutivo Cantonal y su directiva. En cambio en Carabuco contamos con una
combinación entre autoridades originarias y autoridades sindicales. Se tiene en
la base como autoridad al Jilkata y segunda hacienda, también se tiene al
Secretario General y su directiva. Como se puede ver tenemos a las comunidades
organizadas en ayllus y sindicatos. Los cinco cantones de Carabuco tienen una
central agraria por cada cantón. En Sica Sica también tenemos una combinación
de autoridades, empero esta vez la forma de organización de las autoridades
originarias atraviesa toda la estructura organizativa. En el ayllu se tiene
como autoridades al Secretario General y su directiva, en los trece cantones se
tiene a un Subcentral por cantones, también a un Jiliri Mallku, a un Sulka
Mallku y a un Jilacata, así también se tiene a una autoridad política, que es
el corregidor y agente cantonal. En el nivel del municipio se tiene como
autoridad a la Central Agraria, en el nivel provincial al Ejecutivo Provincial.
En Viacha se nota la presencia organizativa del ayllu; en la saya, en la
comunidad se tiene como autoridad al Jiliri Mallku, al Sulka Mallku, al Jalja
Mallku, que es la justicia, al Kelka Mallku, a los Kamanis Yati Kamani, al Yapu
Uywa Kamani, a los Anat Kamani Chasqui, que son los vocales. En los nueve ayllus
se tiene como autoridad a los subcentrales, donde funge el Jiliri Mallku del
ayllu; después se tienen a la markas o cantones, donde funge el Jach’a Mallku;
por último tenemos al Suyu o Provincia Ingavi, donde funge el Jiliri Jach’a
Mallku del Suyu, acompañado por el Jiliri Jach’a Sullka Mallku, Jiliri Jach’a
Jalja Mallku, que es la justicia, también al Jiliri Jach’a Kelka Mallku, y a
los Kamani de educación, de agricultura y deportes.
¿Qué nos muestra esta forma
organizativa combinada? Las formas organizativas campesinas y comunitarias
están atravesadas y cruzadas por estratificaciones y estructuras organizativas
ancestrales y modernas, afectadas ciertamente por los periodos coloniales, así
como los acontecimientos de los periodos republicanos. Empero, tenemos también
a una forma sindicato que tiene como matriz a la forma ayllu; entonces la misma
forma sindicato es un devenir sindicato desde el devenir ayllu. Lo mismo ocurre
al revés, el sindicato ha afectado a la forma ayllu, lo ha condicionado a las lógicas
de las estructuras organizativas del sindicato. Las formas de representación de
ambas formas de organización también se ven entremezcladas. Esto no solamente
afecta a la representación en lo que tiene que ver a la delegación comunitaria,
sino también afecta a las prácticas, a la toma de decisiones, así como a las
ceremonias. Esta figura de por sí compleja, se complica más con la presencia de
las llamadas autoridades políticas, que representan al Estado. Todo esto, todo
este mapa, se hace sugerente cuando se trata de comprender el funcionamiento de
la administración de justicia.
En el documento de
sistematización de la investigación sobre justicia comunitaria se escribe que
la muestra del poder que tienen las
autoridades originarias es el uso del chicote. En las sayas estudiadas, el
chicote es utilizado por las autoridades en las fiestas patrias y en las
fiestas de comunidades. Las autoridades utilizan el chicote desde que asumen el
cargo hasta que por rotación deben transferirlo[18].
El símbolo de autoridad es entonces el chicote, pero también el pocho, cuyo
color depende de la región, así también se lleva un sombrero de ala ancha. En
el documento de sistematización se anota que aparte del Jiliri Mallku (máxima autoridad originaria), los
representantes que más intervienen en la justicia comunitaria, desde la
recepción de las denuncias, la investigación y la sanción, son los jaljas
mallkus. A nivel de la saya se tiene al Jalja Mallku, el Jalja Mallku del
Ayllu, a nivel de la marka el Jalja Jach’a Mallku y a nivel del Suyu el Jiliri
Jach’a Jalja Mallku[19].
Sin embargo, no son todas las autoridades que intervienen en la administración
de justicia; además de las autoridades originarias intervienen también en la
administración de justicia comunitaria otras como el Kama Amauta, sabio, cuya
ocupación es la de regularizar con los jaljas mallkus los procesos que deben
ejercer los casos denunciados[20]. Los kama amautas son
cargos a nivel de la marka, así mismo se tiene compartiendo a este nivel al
corregidor, autoridad política que intercede en los conflictos que son
transferidos desde el ayllu hacia la marka[21]. Es el mismo caso del
Agente Cantonal quien interviene en los conflictos transferidos por la saya al
ayllu.
Una anotación de la
sistematización hay que retener:
Es importante hacer notar que indistintamente del tipo de organización
sociopolítica, las autoridades descritas cumplen varias funciones, entre ellas,
las políticas y religiosas ceremoniales, al mismo tiempo las jurídicas, como
parte del sistema de turnos. Por otra parte, es necesario resaltar el grado de
legitimidad que tienen estas autoridades, por lo cual se cumplen los requisitos
mínimos que hacen del sistema jurídico, no solamente vigente por la presencia
de autoridades sino por su poder coercitivo, altamente legítima y base
fundamental de las estructuras organizativas comunitarias[22].
Hablamos entonces de autoridades
polifuncionales; no estamos ante la especialidad de funciones y la
individualización de los responsables, no estamos ante la autonomización del
espacio administrativo de justicia de otros espacios como el político y
económico, como es el caso de la institucionalidad moderna. Las autoridades comunales ocupan varias
funciones, son responsables de varias funciones; su autoridad moral las unge
como autoridades polifuncionales. Esto nos muestra que las esferas sociales,
económicas, culturales y políticas no están separadas. Una buena administración
de justicia responde a un manejo integral de los problemas, de los conflictos,
de las transgresiones a las normas y procedimientos propios comunitarios. Es
entonces la autoridad moral y la representación comunitaria la que avala y
sostiene estas funciones articuladas. Además se cuenta con el Amauta para
atender el seguimiento a los procedimientos y también consejos de índole
“espiritual”. Esta figura transversal repite el ciclo y el taki, el camino que tienen que seguir los jaque, los alguien, los adultos, la pareja chacha-warmi. La tarea
de las autoridades de justicia comunitaria es armonizar; resolver los
problemas, los conflictos, los casos de transgresiones a la norma comunitaria,
armonizando, buscando la armonización y el retorno al equilibrio. Este es el
sustrato de la administración de justicia comunitaria. Empero, como se puede
ver, este sustrato ha sido afectado por las otras formas de administración de
justicia, por la forma de administración de justicia ordinaria, liberal,
vigente formalmente en el país; también ha sido afectada por las formas y
prácticas de la institucionalidad política del Estado. En este sentido se
pueden observar mezclas, entrelazamientos, combinaciones, que terminan
incidiendo en las propias prácticas de la administración de justicia
comunitaria.
A propósito de esta problemática,
del entrelazamiento de formas institucionales, de estructuras y de formas
administrativas, debemos preguntarnos qué significa el deslinde, ¿qué debe
hacer una ley de deslinde jurídico? ¿Qué hay que deslindar? ¿Separar
competencias? ¿Distinguir campos de dominio? ¿Defender a la forma de
administración de justicia dominante, la liberal? ¿Potenciar la forma de
justicia comunitaria, comunal, la jurisdicción indígena originario campesina?
¿Cuál es la tarea de una ley de deslinde jurisdiccional en el contexto de la
construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico? Estas son las
preguntas a las que tenemos que responder ante el asombro de leer una ley de
deslinde jurisdiccional promulgada por
el gobierno de Evo Morales Ayma, una ley de deslinde que ha optado por
defender la administración de justicia liberal, recomponiendo su dominio en
todos los terrenos, incluso avasallando los campos de dominio de la
jurisdicción comunitaria.
¿Qué quiere decir deslinde?
Deslinde, acción de deslindar, que quiere decir señalar, distinguir los
términos de un lugar, aclarar una cosa para que no haya confusión ni
equivocación en ella. Es interesante
relacionar esta palabra con otra, desliar, que quiere decir deshacer el lío,
desatar lo liado, separar los lías del mosto. También podemos relacionarla con
la palabra desligar, que quiere decir desatar, soltar las ligaduras,
desenmarañar y desenredar una cosa no material, así también, en otros
contextos, absolver de las censuras eclesiásticas, dispensar de la obligación
contraída, picar, hacer sonar las notas con una breve pausa entre ellas[23]. Empero interesa sobre todo
relacionar con el sentido de deslinde en lo que tiene que ver con los linderos,
con la necesidad de delimitar los alcances y límites de los linderos, pleitos
numerosos, que obligaron a la acción de deslinde, donde intervienen autoridades
para solucionar los pleitos de linderos. Quizás sea este el referente más
interesante en lo que respecta al deslinde jurisdiccional. Los linderos son
límites dominios de propiedad, limitan, señalan, el alcance de estos dominios,
son marcas que distinguen las fronteras de propiedad, si se puede hablar así.
El deslinde jurisdiccional tiene que ver con la delimitación de los alcances
del dominio jurisdiccional de las formas de administración de justicia; en este
caso distinguir los alcances y el dominio de la jurisdicción indígena
originaria campesina de la jurisdicción ordinaria; también podría suceder en lo
que respecta a la jurisdicción ambiental. Empero el problema radica aquí de
saber en qué contexto hablamos, en qué nivel hablamos, local, comunitario,
regional. Esto es importante pues las competencias de las jurisdicciones pueden
variar dependiendo del lugar, de si es local o regional, como hemos podido ver
en lo que respecta a la organización de la administración de justicia
comunitaria en el Altiplano. Hasta la fecha de la ley de deslinde la
competencia de la administración de justicia sobre temas de tierras era un
atributo de las autoridades originarias y de las autoridades sindicales en el
nivel comunal; se puede decir incluso que dependiendo de los casos también a nivel
regional. Esta competencia la habrían perdido con la Ley promulgada.
Por otra parte, no sólo se trata
de comprender los distintos niveles de la jurisdicción indígena originario
campesina y por lo tanto concebir acciones de deslindes múltiples en los distintos
planos de concurrencia; de lo que se trata es de potenciar la administración de
justicia comunitaria, la jurisdicción indígena originario campesina en los
distintos niveles y planos. Este potenciamiento es adecuado a la construcción
del Estado plurinacional comunitario y autonómico. De lo que se trataba no era de restringir
sino de avanzar, reforzar, expandir, reconstituir la posibilidad de una
administración de justicia complementaria e integrada, teniendo como uno de sus
ejes a la jurisdicción indígena originario campesina. De lo que se trata es de
enriquecer y ampliar las formas de administración de justicia logrando avanzar
en una concepción intercultural, plurinacional y comunitaria. Empero, la
Asamblea Legislativa Plurinacional se ha desentendido de estas tareas y ha
preferido retroceder restaurando mas bien los alcances de la jurisdicción
ordinaria, invadiendo incluso los dominios de la competencia comunitaria.
Gestión pública e
interculturalidad
Uno de los temas más inquietantes con la transformación
estatal tiene que ver con la gestión pública, el conjunto de instrumentos y
acciones encaminadas a realizar las políticas públicas. Herederos de la gestión
pública liberar y de las reformas de modernización del Estado, se tiene la
tarea imperiosa de transformar el Estado, de construir el Estado plurinacional
comunitario y autonómico, por lo tanto de realizar transformaciones
institucionales que sean la base del nuevo Estado o del Estado en transición.
En este contexto y teniendo en cuenta la Constitución política del Estado se ha
discutido por ocho meses a la cabeza del Ministerio de Economía y Finanzas el
Anteproyecto de Ley de Gestión Pública Plurinacional Comunitaria e
Intercultural. En el presente ensayo vamos a detenernos en el análisis de esta
propuesta, sobre todo teniendo en cuenta los alcances de las transformaciones
institucionales exigidas por la Constitución.
Un primer punto en la elaboración del
anteproyecto de ley de gestión pública es el concepto de gestión pública. En
relación a la construcción del nuevo Estado se requería prioritariamente una
nueva concepción de la gestión que no solamente escape a los moldes de la
gestión pública liberal, incluso neoliberal, si consideramos la última reforma
de modernización del Estado. ¿Qué tipo de gestión exige la Constitución? Esta
es la pregunta insistente a la que se ha buscado responder con la propuesta de
gestión pública articulada a la condición plurinacional, a la condición
comunitaria y a la condición intercultural. Estos son los tres ejes de la
gestión pública del nuevo Estado. Ahora bien, qué significa articular estos
tres ejes en la gestión pública.
La condición plurinacional exige
transformaciones pluralistas del Estado, esto equivale a salir de la
homogeneidad institucional moderna y adentrarse en el pluralismo institucional,
que a su vez implicaba conformar un pluralismo administrativo, un pluralismo
normativo y un pluralismo de gestiones, incorporando la institucionalidad
indígena originaria campesina a la institucionalidad del Estado. Esta tarea
significa la conformación de una arquitectura compleja que comprenda distintas
formas institucionales, que articule distintas formas institucionales, las
mismas que logren sistematizar las formas de gestión de las naciones y pueblos,
de las comunidades y de las sociedades que constituyen a la formación
económica-social-cultural de Bolivia. El pluralismo institucional se convierte
en la base material del Estado plurinacional.
La condición comunitaria exige la irradiación
de la forma institucional y de gestión de las comunidades en el Estado. Sobre
todo se busca asumir la gestión comunitaria como forma de gestión alternativa a
las formas de gestión liberales, especialistas y separadas de la sociedad.
Ciertamente estas formas de gestión son persistentes en el área rural, entonces
no se trata solamente de reconocer, si se puede hablar así, institucionalizar,
las formas de gestión comunitarias, sino también de irradiar en el Estado la
gestión comunitaria. No hay que olvidar que se trata de un Estado comunitario,
el que define claramente la Constitución, además de un Estado plurinacional. La
condición comunitaria rompe con la separación entre la esfera pública y la
esfera privada, nos muestra claramente que hay una esfera comunitaria donde lo
público y lo privado desaparecen y dan lugar a la participación plena de lo
común.
La
condición intercultural plantea uno de los desafíos más importantes de la
transformación estatal, que obviamente no se resume al reconocimiento y
circulación de las lenguas y que va más allá del entrelazamiento e
interpretación cultural, de la convivencia cultural. En términos
institucionales significa conformar condiciones institucionales para el
ejercicio pleno de la intra-inter-transculturalidad. Esta tarea va más allá del
aprendizaje de las lenguas, incluso de su circulación simbólica y práctica,
pues se trata del potenciamiento y la realización de la diversidad cultural, de
su intercambio, interpretación y entrelazamiento en igualdad de condiciones.
Desde la perspectiva de la articulación de los
ejes plurinacional, comunitario e intercultural en la gestión, se trata de
efectuar transformaciones pluralistas, transformaciones comunitarias y
transformaciones interculturales de los instrumentos de la gestión. Todo esto
significa también hacer las transformaciones participativas de los instrumentos
de la gestión, tal como exige la Constitución. El sistema de gobierno de la
democracia participativa, del ejercicio plural de la democracia, directa,
representativa y comunitaria, exige la gestión participativa. En el título
sobre participación y control social de la Constitución se establece la
construcción colectiva de la gestión pública, esto es la participación en todos
los niveles de la gestión.
Una vez hecho esto, una vez definido el
concepto gestión pública plurinacional, comunitaria e intercultural, la tarea
es transformar los instrumentos de la gestión, la planificación, la ejecución,
el seguimiento y la evaluación. La tarea más difícil es esta, pues aquí radica
el cambio de gestión; en la materialidad institucional, en la materialidad de
las prácticas institucionales, es dónde realmente cambia la gestión. La clave
en esta transformación práctica se encuentra en dos formas de desplazamiento de
la gestión; uno tiene que ver con la búsqueda del impacto de la gestión. No
concebir la gestión por la administración de la norma, del cumplimiento de la
norma, tampoco por el logro de los resultados, sino por el impacto. Concebir la
gestión como un instrumento de transformación. La otra forma de desplazamiento
radicaba en la transformación pluralista, comunitaria y participativa de los
instrumentos de la gestión. Se trata de realizar la planificación integral y
participativa, tal como establece la Constitución, así como cumplir con el presupuesto
participativo. Lo mismo pasa con la ejecución, la misma que debe ser
participativa y con control social. El seguimiento forma parte del control
social y la evaluación debe ser integral, teniendo el impacto y el cambio
logrado, comprendiendo el control y la participación social. Por lo tanto estos
desplazamientos transformaban en la práctica los instrumentos de la gestión.
El anteproyecto de ley de gestión pública
plantea dos medios para incursionar en la trasformación de la gestión pública;
una es la Escuela de Gestión Pública, que debería hacerse cargo no solo de la
formación de los servidores públicos en el nuevo concepto de la gestión de
todos los gobiernos, desde el nivel central hasta los niveles autonómicos, sino
también debería formar a los que van hacer de control social y van a ejercer la
participación social. La escuela de Gestión Pública formaría parte una
revolución cultural, que tiene como tarea la transformación de los
comportamientos, de las conductas y de las prácticas. Claro que también de las
prácticas. Otro medio de transformación de la gestión es la conformación del
gobierno electrónico, que vendría a ser un gobierno paralelo. El gobierno
electrónico tiene como tarea no sólo el acceso abierto a la información sino
precisamente hacer efectiva la participación y la construcción de las
decisiones colectivas.
Estos medios, la Escuela de Gestión Pública y
el gobierno electrónico, y los ejes de la gestión, la condición plurinacional,
la condición comunitaria y la condición intercultural, no podrían lograr las
transformaciones de la gestión pública si es que no hay movilización. Es
indispensable para el despliegue y la realización de la revolución cultural la
movilización, la participación de todos en las transformaciones en la transición.
La construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico no se realiza
sin movilización popular. Las transformaciones no son tareas de funcionarios
sino de movimientos sociales antisistémicos.
Uno de los temas importantes a dilucidar para
comprender estos planteamientos tiene que ver con la crítica al Estado liberal,
a la forma del Estado liberar, conformado como Estado-nación, sobre todo en lo
que tiene que ver con la separación entre Estado y sociedad. Esta separación
que corresponde a una gran división del trabajo entre los que gobiernan y los
gobernados. La nueva relación se encamina por la ruptura de esta separación,
por reintegrar el Estado a la sociedad, por convertirlo en un instrumento de la
sociedad y al servicio de la sociedad. Hablamos entonces de una sociedad
integral, que ha recuperado sus funciones de autogobierno y autodeterminación
en un proceso democrático sin precedentes, profundizando y ampliando el
ejercicio de la democracia. Haciendo efectivamente posible el gobierno del pueblo.
Ahora bien, la gestión pública plurinacional
comunitaria e intercultural tiene que incorporar la gestión autonómica, en
todos sus niveles, comprendiendo su potestad gubernativa y su potestad
legislativa, además de la potestad jurídica para las autonomías indígenas
originarias. En este terreno autonómico ciertamente es importante comprender la
gestión comunitaria de las autonomías indígenas de acuerdo a sus normas y
procedimientos propios, de acuerdo a su institucionalidad propia, cosmovisiones
propias y gestión territorial, ambiental y beneficio exclusivo de los recursos
naturales renovables.
Como se podrá ver, asistimos al desafío de la
transformación de la gestión pública en múltiples niveles. La apertura a esta
complejidad se beneficia con la ampliación y profundización de la democracia,
con la viabilización de las emancipaciones y los alcances mayores de las
libertades y la realización de los derechos. Sobre todo es importante esta
transformación pluralista de la gestión por la apertura y la invención de
nuevas formas de gubernamentalidad, que no son la de la razón de Estado, la
liberal y la neo-liberal, sino la gubernamentalidad de las multitudes.
Ciertamente hay temas más técnicos que tienen
que ver con los procedimientos y las rendiciones de cuentas, procedimientos y
rendición que se tiene que hacer en el contexto de la participación social. La
rendición de cuentas debe ser abierta y a la sociedad, debe ser transparente y
debe responder a los compromisos con la transformación no solo institucional
sino también de la realidad social. Ahora bien los procedimientos son múltiples
y variados, dependiendo de lo que se trata, de las políticas y de las tareas,
de las funciones, de los controles y las operaciones. Este tópico de los
procedimientos no se lo puede resolver en el anteproyecto de ley, tiene que ser
tratado en las reglamentaciones y atendiendo a las problemáticas concretas.
Hay otros dos temas más que contempla el
anteproyecto de ley y que vale la pena mencionarlos; uno es el que tiene que
ver con la gestión de las empresas públicas y el otro tema es el del
presupuesto y la contabilidad. En lo que respecta a las empresas públicas la
Constitución establece la necesidad que el Estado participe en toda la cadena
productiva e incursione decididamente en la transformación del modelo
económico, hoy por hoy primario exportador, es decir, modelo extractivista. La
Constitución prohíbe taxativamente exportar materias primas. El Estado entonces
debe plantearse la industrialización de los recursos naturales. Las empresas
públicas deben cumplir con esta tarea, aunque también se comprende la
conformación de empresas públicas de servicios. En ambos casos el Estado se
mueve con los recursos naturales declarados estratégicos y destinados al vivir
bien. El papel del Estado se encuentra en el contexto de la parte
constitucional que titula Organización Económica del Estado, parte que define
la finalidad de construir una economía social y comunitaria, además de entrar
en armonía con la naturaleza, de garantizar la biodiversidad, los equilibrios
ecológicos, los usos limpios de la energía. Entonces, como se ve, asistimos
también a una nueva concepción de empresas públicas, que ya no son aquellas que
formaron parte del proyecto de sustitución de importaciones, en la intención de
la revolución industrial, sino aquellas que deben crear una transición al Vivir
Bien respondiendo a las demandas del mercado interno, quizás incluso al
proyecto de una segunda revolución industrial digital-cibernética. Esto
equivale a desplazarse a una nueva concepción de la gestión de las empresas
públicas. Algo que no se hizo en el anteproyecto de ley en consideración.
Hablando de las transformaciones de la gestión
pública también el anteproyecto toca un tema neurálgico, el tema del
presupuesto, que quizás es uno de los más importantes desde el punto de vista
de la condición material económica de la realización de la gestión misma. Este
es el lugar más importante pues se decide la disponibilidad de los recursos
para el funcionamiento del Estado. Dependiendo del tamaño del presupuesto, de
su composición, se determina el carácter mismo del funcionamiento del Estado y
el carácter de su reproducción. En la transición hacia un Estado plurinacional
comunitario y autonómico, la decisión sobre la estructura de presupuesto es
decisiva pues determina la dirección misma de los recursos. En el anteproyecto
el tratamiento de este tema también es uno de los más conservadores. Se sigue
manteniendo los criterios centralistas heredados del presupuesto, no se avanza en
el presupuesto participativo, por lo tanto tampoco se viabilizan aperturas para
avanzar en esta perspectiva.
Lo mismo ocurre con un tema íntimamente
vinculado al presupuesto que es el de la contabilidad, el de las llamadas las
cuentas nacionales. También ocurre lo mismo; el Ministerio de Economía y
Finanzas Públicas no ha querido ceder estas herramientas imprescindibles,
herramientas que son claves en la configuración de una estructura de poder en
el mismo gobierno.
Ambos temas deben ser discutidos y ventilados
abiertamente, el del presupuesto participativo y el de las cuentas nacionales,
sobre todo cuando se trata de transformar, de orientar las políticas en el
sentido de la transformación, más aún cuando se trata de transformaciones que
se orientan a abrir un horizonte pos-capitalista.
Hasta aquí una evaluación del anteproyecto de
ley de gestión pública, el mismo que ha quedado pendiente, pues nunca se lo
presentó al gabinete para su consideración. En adelante nos concentraremos en
la problemática intercultural, que el mismo anteproyecto aborda como un eje
primordial de la nueva gestión pública.
Gestión intercultural
Haciendo una evaluación de las dos gestiones de
gobierno, desde el 2006, se puede concluir taxativamente que no hubo
incorporación de la interculturalidad a la gestión pública, como tampoco hubo
un cambio de gestión. Se mantuvo la gestión liberal, las mismas normas y la
administración de las normas, las mismas prácticas, por lo tanto se restauró el
mismo Estado-nación. En esta situación es muy difícil esperar transformaciones
interculturales de la gestión. Lo que se hizo de manera muy poco creíble es
pedir el aprendizaje de las lenguas nativas a los funcionarios. Se abrió un
viceministerio de descolonización y una unidad de des-patriarcalización en el
viceministerio. No se puede decir que estas modestas creaciones corresponden a
dispositivos interculturales, a pesar de los matrimonios andinos que ha
propiciado el viceministro. La gestión en su conjunto del gobierno se ha
seguido moviendo en los marcos de la estructura y la concepción normativa
liberal, hasta neoliberal, si consideramos la famosa ley 1178, que es una ley
de control y administración. El gobierno no se ha planteado una discusión seria
sobre el problema de la interculturalidad en la gestión pública, ha optado por
seguir en las mismas prácticas y ofrecer algunos cambios simbólicos y de
nombres, que no tienen mayor trascendencia en la gestión misma.
¿Cómo explicar este rezago, esta inercia, este
estancamiento de la vieja institucionalidad? Este rezago está relacionado con
la cuestión estatal no resuelta. La arquitectura estatal, la maquinaria del
Estado, sus formas, sus engranajes, sus agenciamientos, dispositivos y
prácticas se mantienen persistentemente. No se ha desmantelado el Estado-nación,
el gobierno se encuentra preso en este condicionamiento institucional, jurídico
y político. Esta herencia estatal es como la matriz y la estructura del poder,
de las relaciones de poder, de las relaciones de fuerza, que son relaciones de
dominación. Una de las formas de dominación es precisamente la cultural. El
desconocimiento y el encubrimiento de las culturas ancestrales de las naciones
y pueblos indígenas originarios forman parte de la deculturación y
aculturación, pero sobre todo de la violencia simbólica contra otras
expresiones comunicativas, simbólicas e interpretativas. Los proyectos
indigenistas de los gobiernos populistas lo que hacían es acentuar la condición
de supeditación y subordinación de las culturas nativas, convirtiéndolas en
folclore o reconocimiento de museo, quizás también como recurso ideológico,
como antecedente del mestizaje. Ahora bien, en la medida que esta condición de
subalternidad se mantiene, no es modificada radicalmente, sobre todo en lo que
tiene que ver con sus relaciones con las formas institucionales, la
interculturalidad no es posible.
En relación a esta problemática lo que llama la
atención es la disociación entre lo que ocurre socialmente y lo que pasa
institucionalmente. Hablamos de sociedades atravesadas por el entrelazamiento
cultural, por sincretismos, simbiosis culturales, también por resistencias
culturales y actualizaciones culturales; empero estatalmente la mono-cultura
dominante se impone, es la cultura oficial, la lengua oficial, el referente oficial
el que se usa. Ciertamente se han incorporado en la ceremonialidad del poder
rituales andinos, empero estos son como adornos en el despliegue de
representaciones nacionalistas persistentes.
En contraste, la interculturalidad se hace
posible cuando la interpretación entre las culturas se da de manera horizontal,
cuando los horizontes históricos culturales, la diferencia de los horizontes
culturales, son constantemente abiertos en la circulación e intercambio
cultural. Para que esto ocurra es indispensable salir de los marcos en los que
se mueven las relaciones de dominación. En la creación de estas condiciones
pueden jugar un papel de apertura, de liberación y potenciamiento precisamente
las transformaciones institucionales y el reconocimiento de derechos colectivos
y comunitarios.
Sin embargo, en esta discusión hay que
distinguir la interculturalidad que viene del pluralismo liberal, de la
interculturalidad emancipadora que trata de ser construida como propuesta
indígena. La diferencia radica en que el multiculturalismo liberal reconoce la
existencia de otras culturas a partir de la centralidad de la modernidad
dominante. Forma parte de la ampliación de derechos. En tanto que el la
interculturalidad emancipatoria deviene de un pensamiento pluralista y la
condición pluralista de las culturas, esto equivale a no tener una centralidad
sino redes, mallas, tejidos de encuentros, haciendo posible un juego de
interpretaciones y de-codificaciones. Incluso la diversidad cultural se abre a
modernidades heterogéneas.
Empero la pregunta es: ¿Cómo se hace posible
una interculturalidad emancipatoria? Acompañando esta pregunta, en relación a
la gestión pública intercultural, debemos también preguntarnos: ¿Qué es una
gestión pública intercultural? ¿Cómo se conforma una gestión pública
intercultural? A estas preguntas vamos a tratar de responderlas
hipotéticamente, pues estos temas requieren de experiencia y experimentación.
En todo caso una mirada teórica del problema sobre todo de las posibilidades de
aplicación puede ayudar a comprender el alcance de las transformaciones
pluralistas de la gestión pública, sobre todo el alcance de las
transformaciones interculturales de la gestión pública.
La primera hipótesis, que ya lanzamos y la
retomamos, es que la transformación intercultural de la gestión pública
requiere de una revolución cultural y de que esta revolución cultural implica
la movilización general. Una transformación del Estado no se hace sin
movilización. En este escenario hay que tomar en cuenta varias cosas, una de
ellas es que se requiere tener plenamente informada a la población sobre los
alcances de la revolución cultural, sobre la riqueza y la complejidad de la
interculturalidad, sobre la necesidad de las transformaciones interculturales
de la gestión pública, sobre la significación de una gestión pública
intercultural. Una segunda condición que tiene que cumplir esta movilización
por la revolución cultural es la comunicación en las lenguas, pero también en
las culturas, lo que implica el uso de los imaginarios y sistemas simbólicos
implícitos. Esta movilización debe convertirse en una fiesta de encuentros
culturales donde todas las naciones y pueblos sean convocados para mostrar sus
más ricas formas de expresión como aporte a la revolución cultural.
Ahora bien, cuando se trata de la gestión
pública intercultural, es importante que las culturas ocupen el espacio
público, se hagan cargo de las transformaciones interculturales de la gestión
pública, que aporten a los cambios de las normas, comportamientos, conductas y
prácticas de la gestión. Sobre todo es importante la irrupción de los códigos
culturales. La transformación estatal tiene que ser apropiada por las culturas,
por las naciones y pueblos, por sus formas de organización, por sus formas
institucionales. Esto implica ya pensar en un Estado no sólo como Confederación
de naciones y pueblos sino también como Encuentro Permanente de Culturas, donde
se dé lugar la interpretación abierta entre las mismas, enriqueciendo las
posibilidades mismas de la condición humana.
Todo esto parece una utopía, sobre todo por la
bondadosa figura del encuentro festivo de las culturas. En la medida que nos
movemos con figuras hipotéticas no se tienen en cuenta las dificultades, los
problemas, los obstáculos concretos, que tienen que ver con contradicciones y
microfísicas del poder, microclimas culturales, micro-políticas y
micro-sociologías locales. Más de un problema aparece cuando se efectúa, cuando
se realiza, cuando se pasa a la práctica. El ámbito de realizaciones o mas bien
los ámbitos de la realidad, son muchos mas complejos de lo que pueda elucidar
la teoría o el programa de transformación. Esta es razón suficiente para exigir
una constante evaluación, la apertura a la crítica y a la autocrítica, la
apertura a aprender, a construir colectivamente las transformaciones estatales.
Una de las condiciones de la transformación
intercultural tiene que ver con la transformación de los espacios públicos, con
la ocupación pluralista de los espacios públicos, con la reinvención de lo
público. Son estos contextos los que permiten la apertura concreta a las
participaciones sociales en la conducción de lo público. Ahora bien, en lo que
respecta a los procedimientos técnicos, a las normas específicas y a la
administración de las normas, sobre todo al manejo especialista de la función
pública, es indispensable que estas labores sean transparentes y ampliamente
conocidas, para que pueda hacerse seguimientos y se viabilicen observaciones y
correcciones desde los distintos sujetos involucrados. Como se puede ver, no se
niegan las tareas especializadas, sino que la especialización no debe
convertirse en una excusa para dar lugar a las separaciones entre especialistas
y profanos. Se debe dar apertura a la revisión pública de la práctica de
funciones y de tareas especializadas, sobre todo buscando la circularidad, la
rotación, la administración abierta y el control social.
Otro tema importante que hay que introducir, en
relación al alcance de la revolución cultural que comprende la
interculturalidad emancipadora, es la liberación de las capacidades y
potencialidades de las culturas, sobre todo de las que han sido inhibidas por
la modernidad. Esto implica la liberación de las potencias creativas y de los
imaginarios radicales. Esta tarea también implica abrir la promoción de
investigaciones sobre la arqueología y la genealogía de las culturas,
abriéndose a la memoria profunda de las mismas, a sus umbrales y horizontes.
Conclusiones
Una primera conclusión tiene que ver con las
resistencias gubernamentales a los cambio y transformaciones, concretamente se
niegan cambiar sus prácticas, la gestión pública. Esta es la razón por la que
el Anteproyecto de Ley de Gestión Pública Plurinacional Comunitaria e
intercultural ha sido archivado.
Una segunda conclusión tiene que ver con la
necesidad de vincular la condición intercultural del Estado plurinacional con
el conjunto de transformaciones pluralistas del Estado. La interculturalidad en
la gestión pública depende de la creación de condiciones de posibilidad histórica,
que tienen que ver pues con la construcción del Estado plurinacional
comunitario y autonómico.
Una tercera conclusión tiene que ver con que la
transformación intercultural de la gestión pública está asociada a la
revolución cultural y a la movilización general. Revolución cultural que busca
la revolución de las conductas, los comportamientos, las prácticas y las
mentalidades.
Una cuarta conclusión tiene que ver con la
interculturalidad emancipadora, concepción que exige una Confederación de
Naciones y Pueblos además de un Encuentro Permanente de las Culturas abiertas a
una interpretación horizontal, creativa y potenciadora de las relaciones
inter-subjetivas.
La constitución en medio de la tormenta[24]
¿Es inviable la
Constitución Política del Estado?
Esta es una pregunta que escuche por ahí.
También es como una hipótesis. Ambas, la pregunta y mucho más la hipótesis, son
apresuradas. No responden a una preparación de la pregunta, a una evaluación
del proceso constituyente, tampoco a la evaluación de la gestión de gobierno
que debería aplicar la Constitución. No responde a un análisis de coyuntura,
tampoco a un análisis de la crisis del proceso. Responde a otra cosa, a una
predisposición. Un sentimiento y una impresión adelantada de que la
Constitución es demasiado ampulosa, también demasiado exigente, define
demasiados derechos, que el Estado no puede cumplirlos. ¿Por qué se hace eso?
¿Por qué se hace esa pregunta? ¿Por qué se lanza esa hipótesis? ¿Se presupone
que debemos desechar la Constitución? De todas maneras la discusión que propone
la pregunta y la hipótesis es importante, vamos a abordarla abriendo el debate,
la lectura del problema desde varios ángulos.
Lancemos otras preguntas: ¿Por qué sería la
Constitución Inviable? ¿El Estado plurinacional comunitario y autonómico es
inviable? ¿Es un proyecto imposible? ¿No podemos salir del Estado-nación? ¿Esta
invención indígena de la condición plurinacional del Estado es imposible de
realizar? Estas preguntas deberían ser
las principales en el debate y no si hay excesivos derechos que el Estado no
puede cumplir, pues este tema del no cumplimiento de los derechos se encuentra
en todos los estados, en todos los gobiernos y en todas las
constituciones. Las constituciones abren
horizontes que deben ser asumidos y hacia los cuales debemos aproximarnos. Los
derechos fundamentales que establece la Constitución le da prioridad a los
derechos sociales sin descuidar los derechos civiles y políticos. Es donde se
plantea el derecho de los bolivianos a la vivienda, al trabajo, al agua
potable, a los servicios, a la energía, a la salud, al medio ambiente sano.
¿Por qué no poner esto en la Constitución? ¿Tiene o no tiene derecho todo
boliviano y boliviana a estas
condiciones, que son condiciones de una buena vida? ¿Es acaso imposible cumplir
con estas demandas? La razón de existencia de un Estado es precisamente cumplir
con estos derechos fundamentales, si no los cumple, un Estado no se merece la
existencia. Si sigue existiendo el Estado sin cumplir con esta satisfacción de
la población es porque se basan en el desprecio de no sólo estos derechos sino
de la propia gente. En el fondo se supone que la mayoría de la gente esta
asociada a la condición de “pobreza” de una manera natural; como qué ha vivido
acostumbrada en ausencia de estas condiciones, de condiciones adecuadas para
vivir, entonces pueden seguir haciéndolo. Están habituados. Esa actitud es la
demostración más clara de que estos Estados sirven a los intereses de las
clases privilegiadas, de las clases dominantes, que obviamente gozan de
sobremanera de esos derechos.
No es un buen argumento decir que no hay dinero
para abordar el cumplimiento de estos derechos. Pues al decir esto, los que
dicen no se dan cuenta que están mostrando las grandes falencias
administrativas y de distribución de los recursos. Una demostración; para
muestra basta un botón. El programa de gobierno de vivienda popular, que
contaba con bastantes recursos, se ha desmoronado, no por falta de dinero, sino
por corrupción. El dinero se ha esfumado, las empresas fantasmas se han llevado
el dinero y no han construido viviendas. Lo poco que se ha construido con otras
empresas suena a negociados pues las casas no cumplen con los mínimos
requisitos de habitabilidad adecuada y cómoda. A los ministros y viceministros
involucrados, en vez de pasarlos a la justicia y a ser investigados, se los
premia con otros puestos. ¿Cómo se pueden entender estas señales sino como
complicidades opacas? En contraste se muestra, como ostentando, una compulsiva
construcción de edificios de departamentos de lujo y para oficinas. Claro que
en este caso está metida la banca, con los préstamos, y las grandes
constructoras, que cuentan con estos préstamos, y probablemente el lavado de
dólares. Entonces se produce una oferta especuladora de viviendas caras, que
obviamente no están destinadas a los pobres. ¿Qué tiene que ver con esto el
gobierno? Las políticas económicas permiten este destino del dinero acumulado
por la banca, que es como de cuatro mil millones de dólares, sin exigirle
mediante leyes y políticas una orientación productiva. Hay una suerte de
complicidad en este circuito especulativo. Respecto a este ejemplo podemos
decir que ilustra que no es un problema de recursos, sino una falta total de
voluntad, de disposición a transformar las condiciones de vida; en vez de esto
se da una especia de complacencia con lo que ocurre. Una renuncia a todo
cambio.
Lo mismo podemos decir con los otros derechos
fundamentales. No se trata de que se cumplan de la noche a la mañana, sino de
comenzar un tránsito transformador que avance en su cumplimiento. No se puede
aceptar de ninguna manera que no se pueden cumplir con los derechos
fundamentales. Esto no hace inviable a la Constitución. Lo que no se puede
aceptar es que se acepte como viable lo que ocurre, la mantención de la
diferenciación abismal de clase, la persistencia de un orden social
discriminador y explotador, que arrincona a la mayoría de la población a la
marginalidad. No se puede aceptar que algunos o muchos acepten como natural las
condiciones de vida de la mayoría de la población, condenada a la miseria. La
explotación social, la discriminación, la marginalidad, la miseria, no son
fenómenos naturales sino históricos sociales. Estas realidades son productos de
estructuras de poder, de relaciones de fuerza. Lo que la Constitución ha puesto
en mesa es precisamente esto, que los diagramas de poder deben cambiar, que las
relaciones de fuerza deben cambiar, que la correlación de fuerzas debe
transformarse a partir de la participación abierta de las multitudes, de los
estratos populares, del proletariado, de los movimientos sociales
anti-sistémicos, de las naciones y pueblos indígenas originarios.
Lo que no se puede olvidar es que la
Constitución es producto de la crisis múltiple del Estado, crisis que abrió el
terreno a fabulosas movilizaciones, luchas sociales con características
semi-insurreccionales. El proceso constituyente asumió las demandas populares,
de las naciones y pueblos indígenas, los tomó en cuenta y las trabajó en la
Asamblea Constituyente, donde se escribió el texto constitucional, que
contempla jurídica y políticamente las pasiones, los deseos, las esperanzas y
las utopías de la gente, conformando un escrito que abre un horizonte
histórico-cultural, un horizonte civilizatorio, estableciendo las rutas de la
transición transformadora del Estado y la sociedad. La Constitución fue
aprobada por la gran mayoría del pueblo boliviano. Este es el hecho político
que no puede olvidarse, que no puede borrarse con ninguna triste pregunta sobre
la viabilidad del proceso, sobre la viabilidad de la Constitución, ni con su
hipótesis consecuente de la inviabilidad del proyecto.
A propósito de hipótesis en juego y en
consideración, podemos lanzar una hipótesis política con el objeto de
interpretar lo que acontece. No es que es inviable la Constitución sino que el
gobierno jamás la tomó en serio, creía que era un librito que podía ponerlo en
la vitrina y usarlo para propaganda, de manera discursiva, mientras ejecutaba políticas
que respondían a la orientación dada por un grupo reducido del ejecutivo. Esta
orientación es la continuación del modelo extractivista colonial del
capitalismo dependiente. El gobierno interpretó la confianza de la gente como
si le dieran un cheque en blanco, creyó que podía jugar con esta confianza
mientras hacía lo que quería, otra cosa, diametralmente diferente a la
Constitución. Se equivocó; el pueblo se levanto contra el gasolinazo, el pueblo
defendió el TIPNIS, apoyando la marcha indígena, obligando al gobierno y a la
Asamblea Legislativa a promulgar una ley en defensa del territorio indígena y
de la madre tierra. Ahora el pueblo va exigir el cumplimiento de la
Constitución.
La Constitución Política del Estado es un
horizonte, éste define una transición civilizatoria, hacia el vivir bien;
establece la transformación pluralista, comunitaria, autonómica, intercultural
y participativa del Estado; se abre a un modelo económico que apunta a la
economía social y comunitaria, partiendo de la complementariedad integrada de
las formas de organización económicas existentes, transitando por la
industrialización de los recursos naturales, la intervención del Estado en la
economía, en el marco de un condicionamiento ecológico, en armonía con la
biodiversidad, en clave sustentable. El eje de esta transición es la soberanía
alimentaria. Este horizonte abre un espacio de tránsito que debe ser remontado.
De lo que se trata es de esto, de programas de transición; unos pueden ser más
largos que otros, más curvos que otros, más complejos que otros, mas diferidos,
pero estos programas diseñan caminos, rutas que conducen a transformaciones
estructurales e institucionales. Se sabe que después de unos pasos, que van en
ese sentido, vienen otros; no como ahora, de acuerdo a la conducta ambivalente
del gobierno, cuando se tienen improvisaciones calamitosas, pasos
desconectados, que empero conducen a la regresión y a la restauración. No es un
tema de recursos, este cuento siempre ha sido utilizado como espectro en contra
los pueblos que demandan. No es falta de capitales, pues las empresas
trasnacionales se llevan grandes capitales en la condición material de recursos
naturales. Se trata de relaciones de poder. El gobierno ha preferido continuar
con la sumisión y la supeditación a los poderes vigentes, del país e
internacionales, antes de pelear contra ellos junto al pueblo.
Volviendo a la pregunta del principio, ¿es
viable el Estado plurinacional comunitario autonómico? La construcción de este
Estado exige la muerte del Estado-nación, la sustitución de éste por el Estado
plurinacional mediante transformaciones profundas estructurales e
institucionales, que implican el pluralismo institucional, administrativo,
normativo y de gestiones. ¿Por qué no se podrían hacer estas transformaciones?
¿O es que se cree que el Estado-nación es eterno o es el fin de la historia? Lo
primero no es sostenible empíricamente pues conocemos la historia y genealogía
del Estado, se ha venido transformando no sólo desde esa historia europea de
los estados patrimoniales, salidos de feudalismo, pasando por los estados de
las monarquías absolutas, para llegar a las repúblicas, cuando se conforman los
estados modernos, los llamados Estado-nación. Sino también, desde una
perspectiva más amplia, incluyendo a los otros continentes; se puede hablar de
la forma de Estado correspondiente a lo que se nombró como despotismo asiático,
que corresponde a lo que llamó Marx el modo de producción asiático,
comprendiendo sus diferencias, sus particularidades y singularidades, que Marx
no pudo tomar en cuenta. Lo mismo podemos decir en el caso de Mesoamérica y la
región andina, donde se conforman otras formas de estados, basadas en una
articulación centralizada o confederada, dependiendo de los casos, de las
comunidades, de las formas de comunidad involucradas. Tal parece que podemos
hablar de esta forma política e institucional complementaria, que comprende un
juego complejo de confederaciones combinadas con centralizaciones sobre la base
de la articulación territorial de formas de comunidad. Algunos investigadores
han encontrado analogías con los estados asiáticos, empero estas son
comparaciones apresuradas, que no pueden sostenerse desde la perspectiva de las
recientes investigaciones. En todo caso, cuando hablamos de la forma Estado,
desde una perspectiva amplia, no necesariamente se usa la concepción marxista
de Estado, tampoco la concepción moderna de Estado, sino una perspectiva
epistemológica diferente. Gilles Deleuze y Félix Guattari comprenden la forma
general de Estado como aparato de captura, como configurado y conformado por la
práctica y función de captura; así también por su conflicto con las formas
nómadas de las sociedades, con los espacios lisos, constantemente abiertos e
inventados por los recorridos itinerantes. Se trata de aparatos de captura
asociados a la construcción de espacios estriados, opuesto a los espacios lisos
de las formas de ocupación y organización nómadas. Esta es una perspectiva
diferente para entender la genealogía de los estados, que incluso hace más
inteligible la crisis de los estados modernos. Empero, independientemente de
las teorías del Estado no se puede sostener, desde ningún punto de vista la
tesis de la inmovilidad del Estado-nación.
Ahora bien, la hipótesis tardía del fin de la
historia y de su culminación realizada en el Estado liberal, es también
insostenible. ¿Fin de la historia? ¿Fin de los tiempos? ¿Realización absoluta
de la historia en la forma de política liberal? ¿Fin de las guerras? Todo esto
también implicaría el fin de la política; ¿la realización subjetiva e
individual del último hombre? En el conocido libro de Francis Fukuyama El fin de la historia y el último hombre,
el autor se esmera por exponer estas tesis, utilizando proposiciones
fragmentarias de Hegel y de Nietzsche, por lo tanto des-contextuadas, bajo una
lectura voluble de sus obras, polémicas y contrastadas por cierto, incluso
opuestas. Por lo tanto la fuerza de este libro no radica en el uso escolar de
los filósofos alemanes sino en otro lugar. Podemos decir que el peso radica en
el inmenso peso del orden mundial de las dominaciones, conformado después de
las guerras mundiales y la guerra del Vietnam. Una especie de Imperio moderno, como figuran Antonio
Negri y Michael Hardt en el Imperio y
en Multitud, retomando su tesis
revisada en Commonwealth. No vamos a
discutir aquí esta tesis sobre la figura moderna del imperio, tampoco el debate abierto y las críticas que ha suscitado.
Así mismo no vamos a tomar una posición en este ensayo al respecto; dejaremos
pendiente la evaluación del debate. Lo que interesa es mostrar la función
ideológica del libro de Francis Fukuyama, la legitimación teórica de este orden
mundial, llamados por unos Imperio,
por otros imperialismo, o formas desenvueltas y complejas de imperialismos
coaligados. El peso de las tesis de Fukuyama radica en la situación mundial, la
estructura del poder mundial, en la
realidad constatada de la coyuntura, visualizada por el autor como fin de la
historia y no como crisis. De todas maneras el mismo Fukuyama revisó sus
posiciones en libros posteriores, ante la evidencia de la continuación de las
guerras, las guerras del golfo, la nueva guerra en los Balcanes, la guerra de
Chechenia y las guerras de intervención en Afganistán, Irak, Libia[25].
Lo que importa es ver que tanto en la historia
como en el presente no es sostenible la hipótesis de la inmovilidad del Estado;
en la historia sufre transformaciones en
su propia genealogía, en el presente no deja de ser afectado por las
contingencias, la crisis y las luchas. No hay fin de la historia, tampoco puede
sostenerse que el Estado liberar es la realización suprema de la historia
política. De la misma manera, no se puede sostener, en una perspectiva menos
ambiciosa que la tesis de las transformaciones que podemos llamar reformista,
incluso escéptica, que el Estado tal cual se encuentra no requiere experimentar
cambios y modificaciones. La adecuación del Estado a los requerimientos
estratégicos y de políticas, incluso si se quiere su mejoramiento, entiéndase
éste como modernización o no, implica desplazamientos administrativos, por más
estrechos que sean. Estas transformaciones, estas modificaciones, estas
reformas estatales no pueden detenerse con el argumento de la inviabilidad.
Este argumento no sólo es conservador, sino expresa un abismal desconocimiento
de la política, de la historia estatal y de la complejidad institucional. Este
argumento expresa la pusilanimidad de quienes pronuncian estas apreciaciones,
su desapego completo de la política, su renuncia a toda mejora, no soló al
cambio, que sería mucho pedirle. Una muestra del profundo nihilismo incrustado
en sus cuerpos y comportamientos.
Durante las dos gestiones del gobierno de Evo
Morales se tuvieron varias oportunidades de viabilizar las esperanzas, los
deseos, las pasiones, los objetivos trazados por los movimientos sociales
anti-sistémicos. Al principio, el 2006, cuando se asume el gobierno, contaba
con todo el entusiasmo de la gente, con todo el apoyo, toda la legitimidad,
toda la fuerza para comenzar por lo menos desplazamientos significativos en lo
que respecta a la modificación de la función estatal. Se trataba de cambiar las
prácticas de la política, las prácticas de la gestión, las prácticas de la
ejecución, las prácticas de los estratos de funcionarios. Romper con la
ceremonialidad del poder, la sombra inaudita de edecanes y sombras que
acompañan a ministros y viceministros. Comenzar con la forma de democracia
participativa, con la expresión del poder popular. Pero no lo hizo, prefirió
mantener la vieja ceremonialidad del poder; edecanes, sombras de todo tipo y
características conductas serviles, además de entornos de “lluncus” que crean
microclimas de desapego de la realidad, amueblando los espacios de la función
pública con el derroche de alabanzas serviles
a los jefes. Al principio los nuevos ministros, de origen popular,
manifestaron su asombro ante estas demostraciones, empero después de un tiempo
perentorio les comenzó a gustar; dejaron placenteramente que continúe este
ritual espantoso de servilismo, de acompañamiento fatídico de sombras y
“llunqueriós” que encubren la pesada carga burocrática ineficiente e ineficaz.
¿Qué no se podía hacer nada? ¿Qué era inviable?
¿Quién lo dice? Incluso en una perspectiva reformista, en el lapso de tiempo
anterior a la promulgación de la Constitución, no se trataba de grandes cambios
sino de pequeños desplazamiento hacia otro orden de relaciones en el ámbito
político y gubernamental. Lo importante en estos casos es obviamente la
voluntad política, pero sobre todo la acción, la decisión y la práctica de las
modificaciones. Lo importante es comenzar, definir fácticamente un punto de
partida, después lo que sigue. Estas decisiones no se las tomaron; es
comprensible que todo esto se haya dado en un ambiente de sorpresas. Se llegó
directamente al gobierno al haber sacado la mayoría absoluta; no hubo necesidad
de la pugna en el congreso y en las calles. Después el llegar al ejecutivo sin
experiencia alguna. Empero estos saltos abruptos pueden provocar el principio
una suerte de inmovilidad y una sensación de vulnerabilidad; sin embargo, hay
como dos alternativas: una aceptar lo que se ha heredado, ocupar sus espacios,
sin cambiarlos; otra, intentar cambios, desmarcándose de la herencia. Se optó
por lo primero, dejando los cambios para después, postergando la decisión hasta
la aprobación de la Constitución. Por este camino no se cambio la arquitectura
estatal, la estructura normativa y la administración de las normas liberales.
Se trató de compensar con medidas vinculadas a la Agenda de Octubre, la
nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a la Asamblea
Constituyente. Medidas que no sólo respondían al programa definido por los
movimientos sociales, sino también medidas que abrieron rumbos políticos del
proceso recuperando la capacidad soberana del pueblo. El problema era que si
bien estos rumbos eran de apertura, se lo hacían en un mapa institucional que
se había mantenido incólume. No
tardarían de llegar las contradicciones. No se puede sostener un proceso de
nacionalización y un proceso constituyente con un mapa institucional conservador.
Este mapa condicionó los comportamientos políticos respecto al proceso de
nacionalización y en relación al proceso constituyente. Esta es la razón última
de que el proceso de nacionalización se haya truncado y de que el proceso
constituyente haya terminado en una Constitución no asumida como mandato, sino
como discurso, quedando en la práctica como modelo ideal.
Otro gran momento, quizás cualitativamente más
importante que el anterior, sobre todo por la oportunidad otorgada de
transformaciones estructurales e institucionales profundas, fue cuando se
aprobó la Constitución. El mandato es
abolir el Estado-nación y construir el Estado plurinacional comunitario y
autonómico. Con este mandato y la aprobación por la mayoría del pueblo
boliviano se podía iniciar un proceso de transformaciones pluralistas,
comunitarias, autonómicas, interculturales y participativas del Estado. Para
esto se requería no sólo difundir la Constitución sino aprenderla
colectivamente, también aprehenderla socialmente, discutirla abiertamente y
asumirla como programa político y de movilizaciones transformadoras. En vez de
hacer esto, se limita todo a la difusión sin su aprendizaje colectivo, sin
asumirla ni siquiera por el gobierno y el ejecutivo. Se opta de manera
improvisada sacar 100 leyes, transfiriendo esta responsabilidad a los
ministerios. Los resultados son elocuentes; las leyes que se promulgan no son
constitucionales, no son fundacionales, sino que responden a la inercia y
continuidad de la forma de hacer leyes por parte de ministerios burocráticos,
por parte de abogados, que se creían ser los indicados por su formación, sin
haber entendido el proceso ni el sentido histórico-político de la Constitución.
Sin embargo, se abrieron espacios de trabajo en equipos que tomaron en serio la
apropiación de la Constitución y la elaboración de leyes fundacionales. Vamos a
nombrar dos, por la proximidad que tuvimos con ellos. Uno es el espacio de
trabajo del anteproyecto de ley de gestión pública, el otro es el espacio de
equipos multidisciplinarios del Plan Plurinacional del Vivir Bien. Ambos
proyectos culminaron después de varios meses de trabajo y discusión. Uno de
ellos, el anteproyecto de gestión pública se presentó al Ministerio de Economía
y Finanzas Públicas, encargado oficial del anteproyecto. Sin embargo, el anteproyecto
hasta ahora no se lo expuso al gabinete para su discusión. El otro proyecto, el
del Plan Plurinacional del Vivir Bien, llegó incluso a presentarse en el
gabinete donde se aprobó la parte conceptual del plan, dejando pendiente las
políticas y metodologías. Una vez ocurrido esto se interrumpió abruptamente
este perspectiva, indispensable para la aplicación de la Constitución, para
incursionar en el modelo económico alternativo, para articular el trabajo del
ejecutivo, de los ministerios e instituciones en el sentido de su propia
transformación, contemplando también las tareas de transformación social,
económica, política, cultural, encargada a la planificación integral y
participativa con enfoque territorial. En ambos casos se muestra que el ejecutivo
ya iba por otro lado, no por la transformación y el cumplimiento de la
Constitución. Había ya escogido el camino de retorno, el de la restauración del
Estado-nación y mantenerse en el modelo extractivista.
¿La razón de esto es que es inviable la
Constitución? ¿Es imposible cambiar la gestión pública? ¿Es imposible la
planificación integral y participativa con enfoque territorial, como establece
la Constitución? ¿Cómo se puede saber si no se ha intentado? La verdad es que
se renuncio antes de efectuar el recorrido de estas posibles experiencias. ¿Es
que la gestión liberal, burocrática, pesada, sedimentada en varios estratos
administrativos es la única viable? ¿Estamos condenados? ¿Quién lo dice? El
problema que las propuestas de cambio se estrellaron con intereses consolidados
y cristalizados en el aparato del Estado.
Los funcionarios, la mentalidad de los funcionarios, a la que se
adscriben plenamente los ministros, no podían aceptar cambios que atentaban con
los intereses de la clase de funcionarios, de la clase burocrática del país.
Se podía comenzar con la aprobación de la ley
de gestión pública plurinacional comunitaria e intercultural, después seguir
con desplazamientos y transformaciones institucionales sobre la base de una
ingeniería institucional, de una ingeniería de la transformación, que podría
llevar sus tiempos diferenciales, dependiendo de las áreas. Empero se
retrocedió ante esta posibilidad, optando por aferrarse a lo mismo, encubriendo
esta ineptitud con discursos rimbombantes. Lo mismo ocurrió en el caso del Plan
Plurinacional del Vivir Bien. Se podía seguir adelante, en el trabajo en
equipos, elaborando las políticas, las estrategias, abriéndose a la
participación en todos los niveles, incluyendo los gobiernos autonómicos, las
asambleas legislativas, las poblaciones y organizaciones de los territorios.
Quizás esto habría durado su tiempo, empero ya se habría comenzado a consensuar
un plan plurinacional del vivir bien orientado a abolir el modelo extractivista
y construir el modelo alternativo productivo, ecológico, de la economía social
comunitaria, en la perspectiva del vivir bien. Hubieran aparecido muchas
dificultades en el camino; en su momento deberían enfrentarse las mismas de una
manera participativa y abierta, buscando nuevamente salidas, en la perspectiva
del horizonte abierto, la Constitución y la planificación integral y
participativa.
¿Faltaban recursos para hacer todo esto? De
ninguna manera. Lo que faltó es voluntad política. Se entiende que se pasó por
momentos problemáticos de enfrentamiento con las oligarquías regionales, con
los partidos de la derecha, con los medios de comunicación empresariales. Este
periodo atraviesa todo el proceso constituyente, se vuelve altamente violento
después de la aprobación de la Constitución, con la toma de instituciones y
ciudades del oriente. Este periodo concluye en la masacre de El Porvenir, en el
departamento de Pando. La derecha es derrotada políticamente y militarmente.
Esta derrota se refleja en su derrota electoral del 2009, no llegan a tener ni
siquiera el tercio de la Asamblea Legislativa, políticamente esta derecha se
disemina. Al respecto hay que hacer dos anotaciones; primero que el conflicto
con la derecha no puede detener, no puede suspender, la necesidad de los
cambios institucionales; al contrario, inmovilizarse es hacerse
vulnerables ante la ofensiva de la
derecha. Por otra parte, una vez culminado el conflicto, con la consolidación
electoral de la absoluta mayoría del MAS en la Asamblea Legislativa, en la
segunda gestión de gobierno, se tenía limpio el camino para realizar las
transformaciones diseñadas por la Constitución. Empero, paradójicamente,
ocurrió lo contrario; en la segunda gestión el gobierno se mostró más
conservador, más defensivo, más alejado de la Constitución, incluso cometiendo
flagrantes violaciones a la Constitución tomando medidas que lo enfrentaron al
pueblo. Una de esas medidas fue la llamada nivelación de precios; la otra
política descabellada y contraria a la Constitución, fue el compromiso del
gobierno con el gobierno brasilero, con la empresa OAS de atravesar la
carretera por el núcleo del TIPNIS, territorio indígena y parque protegido por
la Constitución y por las leyes, violando los derechos de las naciones y
pueblos indígenas y los derechos de la Madre Tierra. En ambos casos el gobierno tuvo que enfrentar
la movilización popular y en ambos casos fue derrotado.
La pregunta es por qué ocurrió esto, justo
cuando se tenía la mejor disposición para aplicar la Constitución. Para
responder a esta pregunta vamos a recurrir a hipótesis de interpretación del
lapso del proceso que corresponde a las gestiones de gobierno.
Hipótesis
Habría que recurrir al recurso y uso adaptado
del método estructuralista, a su esquema metodológico, que se estructura a
partir de opuestos, de opuestos binarios. Aparece una oposición entre dos
etapas claras del proceso; la primera corresponde a la etapa de las luchas
sociales (2000-2005); la segunda etapa corresponde a las gestiones de gobierno
(2006-2011). Ambas etapas se oponen, una abre el horizonte mediante la
intensidad de las luchas, la otra parece clausurar esta apertura, cerrando este
horizonte y retornando al anterior, el correspondiente al Estado-nación.
Auscultando en la segunda etapa, la oposición parece repetirse, aunque en menor
contraste, pues también pueden entenderse como una continuidad regresiva. El
contraste es entre la primera gestión y la segunda, la primera gestión inicia
el proceso de nacionalización, convoca a la Asamblea Constituyente y promueve
bonos, que implican redistribución del ingreso; durante la segunda gestión se
lanza la medida de nivelación de precios, una medida de shock, al mejor estilo monetarista,
enfrentando el gobierno al pueblo; también se desata el conflicto del TIPNIS,
enfrentando el gobierno con las naciones y pueblos indígenas originarios, las
organizaciones indígenas y el pueblo que apoyó la marcha. Otro contraste que
podemos anotar es que durante la primera gestión estalla el enfrentamiento con
las oligarquías regionales y los partidos de derecha, en tanto que en la
segunda gestión se establece la alianza con la burguesía.
El método estructural remarca los contrastes en
la perspectiva de armar estructuras explicativas; si bien este método se ha
aplicado prioritariamente en el análisis lingüístico, en el análisis
antropológico, en el estudio de los mitos y de las instituciones culturales,
también es susceptible de aplicarse en el análisis de otros campos, como el
político. Si bien se encuentran avances de este recurso analítico
estructuralista en investigaciones sociológicas, no ocurre necesariamente lo
mismo con los análisis políticos, a no ser que consideremos los trabajos de
Bourdieu y Foucault como si fuesen estructuralistas o post-estructuralistas,
como los han calificado sus críticos y detractores. Ciertamente hay una marcada
tendencia a resaltar los contrastes como opuestos en el armado de la estructura
explicativa; esto hay que tomar en cuenta para no perder de vista la génesis y
genealogía molecular del proceso mismo.
En todo caso es interesante preguntarse sobre
lo que muestra la estructura armada por el análisis estructuralista. Al
respecto, es importante antes hacer algunas anotaciones sobre la lógica en la
que se mueve el estructuralismo. No olvidar que se trata de una problemática
del sentido y del significado, del sistema de signos que sostiene la formación
de sentidos y significados. Lo que se trabaja son las lenguas, los sistemas de
signos, los sistemas de símbolos, las armaduras culturales, configuradas a
partir de lo que podríamos llamar sistemas de mitos. Estamos como ante
narrativas y textos que tienen que interpretarse a partir del develamiento de
sus estructuras. Cuando salimos de estos sistemas y entramos a terrenos
institucionales, como los relativos a las formas de organización, también se
trata a las instituciones culturales como si fuesen sistemas de signos; se
busca en estos sistemas institucionales sus estructuras subyacentes para poder
interpretar sus sentidos y significados, que no dejan de ser culturales. Ahora
bien, cuando nosotros nos desplazamos hacia los ámbitos y campos políticos, y aplicamos
el método estructuralista de una manera adaptativa, lo mismo, podemos encontrar
estructuras a partir de las oposiciones binarias; estas estructuras nos van a
volver a plantear el problema del sentido y del significado de las estructuras
políticas. El análisis estructuralista en los terrenos políticos no es un
análisis histórico, tampoco empírico, ni descriptivo. Podemos también decir que
tampoco es un análisis genealógico, no es un análisis del presente a partir de
una mirada retrospectiva del pasado. Es un análisis que busca el sentido y el
significado político a partir de las estructuras encontradas. Ocurre como si
estuviéramos ante lenguajes políticos conformados por acciones y hechos; de lo
que se trata es de descifrar los sentidos estructurales que nos plantea una
trama de hechos y de acontecimientos.
¿Qué nos dice una estructura política
configurada a partir de oposiciones binarias? Desencadenamiento de las luchas
en contraposición de la gestión de gobierno, emancipación en contraposición de dominación,
utopía en contraposición de realismo, ascenso en contraposición de descenso,
participación en contraposición de especialización, y así sucesivamente. ¿Qué
nos dice la articulación entre la primera etapa del proceso, la de las luchas,
y la segunda etapa del proceso, la de gobierno? ¿Qué nos dice la articulación
entre la primera gestión de gobierno y la segunda? ¿Qué nos dice la
articulación entre medidas progresistas y medidas regresivas? ¿La estructura
compleja de estos opuestos, de estos contrastes, devela una escisión profunda
de la política?
La política no solamente distingue amigo de
enemigo sino que se da como relación imposible entre amigo y enemigo; la
política también distingue utopía de realidad y se da como imposible
articulación ente utopía y realidad; la política distingue emancipación y
dominación, se da en la imposibilidad misma de unir emancipación y dominación.
La política se da en esa escisión, en esa separación, en ese choque, como un
intento imposible de unir lo contrapuesto, lo antagónico, la contradicción
misma. La política emerge de este choque, de esta pugna, de esta lucha
profunda. Es como si no lograra resolver su problema una y otra ves, empero
para para intentarlo de nuevo, una y otra vez. La política es como una explosión
y un proceso desgarrado, que vuelve a nacer de su propia derrota. Su victoria
relativa, que también puede interpretarse como su derrota relativa, radica en
su nacimiento incesante, en la latencia e irradiación de la esperanza y el
entusiasmo. Una vez que logra emerger y posesionarse en el espacio-tiempo
destrozando la estabilidad de las dominaciones, nada puede volver a su estado
inicial; todo ha cambiado, aunque esta efervescencia termine desplazada por un
nuevo sosiego, aunque la rebelión termine derrotada por un nuevo
conservadurismo.
Que una mirada estructuralista interprete la
composición contradictoria de la política, de los procesos políticos, de los
asensos y descensos de las revoluciones, no quiere decir que hay una especie de
condena o de fatalidad de que esto ocurra siempre así; esto no es así, pues
desde otra perspectiva no estructuralista, desde un análisis
histórico-político, desde un análisis genealógico, se puede develar otras
posibilidades otras potencialidades y otras alternativas de desenlaces. Lo interesante del análisis estructuralista
es que expresa la trama contenida en un mapa de institucional, en una
cartografía política, en un contexto de realidad. Mientras estos diagraman no
cambien parece ser que la trama va desenvolver su propio recorrido como una
escritura o una narrativa. En cambio si logran cambiar los diagramas, si logran
emerger planos de consistencia, planos de intensidad, que transformen los mapas
de fuerza y el mismo sentido de los mapas institucionales, se abren campos de
posibilidad para otros desenlaces.
El problema no está en que no hay otros
contextos de realidad que el que parece repetirse, sino que, en la medida que
persistan determinados diagramas de poder, determinadas cartografías,
determinados mapas de estructuras y relaciones de poder, estos hacen como
condicionamientos para repetir la trama, aunque sea con distintas versiones. La
tarea entonces de los movimientos emancipatorios es afectar no solo el
escenario político, en el sentido de la ocupación de instituciones, del
gobierno, del Estado, sino de modificar las condiciones mismas del espacio de
las fuerzas, del espacio de las instituciones. Inventar otros espacios y
tiempos, desterritorializar y reterritorializar, modificar la condición misma
de los espacios. Por lo tanto. Nos abrimos con esto a otra producción de
sentidos y significados más allá de la política.
La rebelión no solamente es contra el poder,
contra el Estado, contra las dominaciones, sino contra la propia historia,
contra las propias condiciones de posibilidad históricas. Hay que salirse de la
historia para escribir otra cosa.
Retomando la pregunta sobre los contrastes del
proceso, podemos decir que, en la medida que no se ha modificado el mapa
institucional, el diagrama de poder, la curva del proceso vuelve sobre sí
misma, como que retorna al peso gravitacional de sus condicionantes. El orden
tiene que restablecerse, aunque en otro escenario. Las jerarquías retornan y
las diferencias, las dominaciones vuelven, aunque los ejecuten otros personajes
y nuevas alianzas. Y lo más perturbador es que se restablecen las
supeditaciones al orden de dominación mundial y las formas de hegemonía
regional; peor aún, se restablecen los circuitos perversos de la corrosión y la
corrupción, que acompañan como lógicas y relaciones paralelas a las relaciones
y lógicas oficiales del poder.
Sería peligroso quedarse con la impresión de que la hipótesis anterior
suspende a los protagonistas políticos de sus responsabilidades en la
incidencia del proceso, como si todo fuese una historia de estructuras y
relaciones, donde no intervienen los sujetos, las personas, los actores y
perfiles individuales. Sabiendo además que los sujetos también responden a
relaciones y estructuras constitutivas.
Nada más equivocado que esta impresión; los individuos, los perfiles
individuales inciden en los desenlaces del proceso, aunque estos desenlaces no
pueden explicarse por la actuación personal en los mismos. Esto sería caer en
la comprensión de la política como si fuese una novela o, en el peor de los
casos, una eterna conspiración. Esta es la inclinación del sensacionalismo de
los medios, pero también de los analistas políticos, así como de los llamados
políticos. Una vez que nos hemos puesto de acuerdo en que estamos hablando de
matrices histórico-políticas, de estructuras y relaciones de poder, de
diagramas de fuerzas, de mapas institucionales, como condicionantes de los
decursos políticos, la pregunta que tenemos que hacernos es ¿cómo inciden los
perfiles individuales en los cursos y desenlaces de un proceso? Vamos a tratar
de responder a esta pregunta con otra hipótesis interpretativa.
Estamos en desacuerdo con el conjunto de
teorías que le dan un papel preponderante al individuo en la historia, sobre
todo cuando estos individuos se sitúan en lugares decisivos de los
acontecimientos. En primer lugar porque el suponer individuos históricos en
contraste con individuos que padecen la historia forma parte de un supuesto
altamente discutible; primero, precisamente por razones que tienen que ver con
las figuras complejas de acontecimiento y de proceso. No hay individuos que
hagan solos historia, siempre responden al ámbito de relaciones en los que se
encuentran, sobre todo relaciones con organizaciones, movimientos, masas,
multitudes. En todo caso el papel de los individuos llamados históricos se
encuentra en interrelación con conjuntos, colectivos, clases, naciones y
pueblos, que actúan en el mapa dinámico de los acontecimientos. Segundo, estos
individuos son producto de imaginarios colectivos, aunque también del
imaginario de los historiadores. La historia no es una novela, empero los
individuos, todos los individuos, los llamados históricos y los que padecen la
historia, no dejan de tener responsabilidades en el decurso de los
acontecimientos.
¿Cuál es esta responsabilidad? Las decisiones
que se toman, las acciones que se asumen, las prácticas en las que se
participa, incluso, obviamente las relaciones en las que se comprometen, juegan
un papel en la incidencia de los hechos. Estas responsabilidades son altamente
comprometedoras cuando se asume la función de gobernante. Las decisiones que se tomaron al principio,
en los primeros pasos del gobierno durante el 2006, las decisiones sobre la
forma del proceso de nacionalización, las decisiones sobre la forma de
convocatoria a la Asamblea Constituyente, las decisiones sobre la forma de los
contrato de operaciones, las decisiones sobre las políticas económicas, las
decisiones sobre la nivelación de precios, las decisiones sobre los acuerdos
con el gobierno de Lula da Silva el 2008 y la aceptación de la construcción de
la carretera que pasaría por el TIPNIS, incluyendo la aceptación de que sea OAS
la constructora de la carretera, son decisiones que ciertamente han incidido en
el decurso del proceso.
Ahora bien, estas decisiones se dan en
contextos, en marcos institucionales, en ámbitos de relaciones y de estructuras
de poder, se dan también en atmósferas donde otros también toman decisiones.
Los dirigentes de las organizaciones toman decisiones, los dirigentes medios y
las bases también toman decisiones. El pueblo también toma sus decisiones,
aunque generalmente lo hace en las elecciones, y circunstancialmente en
momentos de emergencia y movilización general. Unas decisiones pueden
reforzarse con otras, viendo los mapas en juego de los conjuntos de las
decisiones, o en su caso truncarse, provocar desplazamientos. Ocurre que, en la
primera gestión de gobierno el mapa de las decisiones es como acompasado, las
decisiones se refuerzan, se complementan, por decirlo así. El conjunto de las
organizaciones, que acompañaron a las movilizaciones del 2000 al 2005, decide
replegarse y dejar la iniciativa al ejecutivo. Las tensiones que pueden haberse
creado quedan como diseminadas en el contexto. Aunque hay que considerar sus
variabilidades debido a tal o cual tema; incluso cuando se llegan a dar
conflictos, como el caso de Huanuni donde se enfrentaron obreros mineros y
cooperativistas, estos son de carácter corporativo y gremial. No llegan a
cuestionar el mapa de las decisiones concomitantes.
Los conflictos entre percepciones y decisiones
encontradas se dan en la segunda gestión de gobierno, cuando parte del bloque
de apoyo al gobierno decide oponerse al gasolinazo, cuando las organizaciones
indígenas deciden defender el TIPNIS y el pueblo boliviano de las ciudades, las
organizaciones sindicales urbanas, la COB, deciden apoyar la marcha indígena de
defensa del TIPNIS. En este caso no solo se constata el conflicto de las
percepciones, también el conflicto de las subjetividades y las decisiones, sino
que se muestra palpablemente que las decisiones de los gobernantes no
prosperan, tiene que retroceder ante un levantamiento popular y abrogar la
medida de nivelación de precios, tiene que retroceder ante una marcha indígena
persistente y que cuenta con el apoyo de las ciudades, sobre todo de la ciudad
de La Paz y del distrito 14 de la ciudad de El Alto. Las decisiones inciden en
el decurso, empero lo hacen en el contexto de relaciones y estructuras de
poder.
Lo que se puede observar en lo que respecta a
las decisiones del gobierno, a su insistencia en una conducción altamente
centralizada y, podríamos decir, elitista, en una orientación que pasó de
pragmática a inconstitucional, apostando por la continuación del modelo económico
extractivista, apostando por el autoritarismo y descartando la participación,
ha ahondado la crisis del gobierno y la crisis del proceso. En este caso la
estructura de los perfiles personales de los gobernantes se ha terminado de
convertir en obstáculos para viabilizar soluciones concertadas en la
imprescindible tarea de revitalización del proceso.
Los perfiles individuales, las estructuras
subjetivas, pueden volverse obstáculos en un proceso que requiere circulación
de ideas, de debates, flujo de críticas, que requiere participación y
construcción colectiva de la decisión política, que requiere la democratización
de la gestión. Quizás el lugar más difícil de cambios sea uno mismo, ese lugar
donde se guardan secretos, memorias, frustraciones y logros, pero sobre todo
ese lugar profundo donde se forma la persona y la personalidad, sobre la matriz
incognoscible del sujeto y la subjetividad. Podremos hasta decir que ese
espesor del cuerpo donde se aloja el sujeto es a la vez el lugar donde se
conservan los efectos más moduladores del poder, así como también es el lugar
turbulento de las crisis y de la escisión del sujeto, lugar también de la
ruptura del equilibrio interno.
Si se termina aceptando el guion del caudillo,
del clarividente, de especialista, del jefe, del experto, se termina aceptando
un rol, un papel que reproduce precisamente la diferencia entre el que manda y
el que obedece, dejando de lado la posibilidad de construir el conocimiento de
lo que ocurre y las políticas de incidencia y transformación en la coyuntura de
manera colectiva. Se reproduce la élite, los entornos, es decir, las estructuras
que separan al gobierno del pueblo. Se convierte a los gobernantes en los amos
de la política y al pueblo en espectador.
Esta es precisamente la estructura de la trama de los gobiernos
liberales, criticados por esta separación y esta división de roles. De esta
forma en las repúblicas la democracia se reduce a la periodicidad de las
elecciones, en tanto que el ejercicio democrático termina convirtiéndose en un
ejercicio burocrático de funcionarios y especialistas. En este sentido la
democracia no se ejerce, no se ejerce el gobierno del pueblo. Llama la atención que esto haya ocurrido
precisamente con un presidente y un gobierno que usan hasta el cansancio el
eslogan zapatista de gobernar obedeciendo.
No solo habrían entrado en contradicción pasado
y futuro, estructuras del pasado y tareas del futuro; también la maquinaria
fabulosa heredada del Estado-nación y la tarea de construir un Estado
plurinacional comunitario y autonómico; así como viejas practicas
administrativas y la exigencia de la democracia participativa, el ejercicio
plural de la democracia; sino también habrían entrado en colisión estructuras
subjetivas, perfiles subjetivos, conservadores frente a la necesidad de abrirse
a relacionamientos fluidos, intersubjetividades plásticas, potencialidades
creativas colectivas. Los lugares más difíciles de cambiar son estos perfiles
patriarcales, estas complicidades machistas conformadas en fraternidades
cómplices.
Conclusiones
Una primera conclusión tiene que ver con que no
es que la Constitución es inviable, lo inviable es el estado de cosas
existente, la perdurabilidad de la explotación, la desigualdad, la
discriminación, la sumisión y el sometimiento. No son inviables los derechos
fundamentales, las cuatro generaciones de derechos, los derechos individuales,
civiles y políticos; los derechos sociales; los derechos colectivos y los
derechos de la madre tierra; lo inviable es seguir por el camino del no
cumplimiento de estos derechos. Lo inviable no es el Estado plurinacional
comunitario y autonómico, sino el mantenernos en la condición de un
Estado-nación subalterno, administrador de la transferencia de nuestros
recursos naturales al centro del sistema-mundo capitalista. Lo inviable no es
optar por un modelo económico alternativo que salga del extractivismo, apunte
ala industrialización de los recursos naturales, a la soberanía alimentaria,
bajo los condicionamientos ecológicos y de una concepción sostenible, en la
perspectiva del vivir bien, lo inviable es continuar por la ruta del
despojamiento y la destrucción del modelo extractivista.
Una segunda conclusión tiene que ver con que no
es sorprendente que el proceso haya llegado al nivel de las contradicciones
profundas manifiestas en los conflictos del gasolinazo y del TIPNIS; las
contradicciones profundas, históricas y políticas forman parte de todo proceso,
de toda revolución. Revisando la historia podemos ver que ninguna revolución ha
podido sortear estas contradicciones, ha terminada hundida en las mismas. De lo
que se trata ahora es de resolver las contradicciones en el sentido de la
profundización del proceso; esta profundización sólo se la puede hacer con el
empleo del ejercicio plural de la democracia, el ejercicio de la democracia
participativa, la construcción de consensos, además de las transformaciones
estructurales e institucionales que requiere la construcción del Estado
plurinacional comunitario y autonómico.
Un a tercera conclusión tiene que ver con que
las contradicciones de las que hablamos tienen que ver con estructuras,
relaciones y diagramas de poder, que, en la medida que no se los desmantele,
terminan condicionando, determinando, orientando las estrategias y políticas
del gobierno. De lo que se trata es de enfrentar y desmantelar estas
relaciones, estas estructuras, estos diagramas de poder, acompañados por
movilizaciones populares, de tal manera que la invención de otro mundo, de un
mundo alternativo, de la transición civilizatoria forme parte de la experiencia
colectiva y los saberes colectivos, las prácticas y las acciones colecticas,
dando pasos firmes de transformación compartida por todos.
Una cuarta conclusión tiene que ver con la
responsabilidad individual de los gobernantes. No escapan de la responsabilidad
y su incidencia en el decurso del proceso por orientar el análisis a las
relaciones, estructuras y diagramas de poder, sino que su responsabilidad
aparece en el ámbito de la toma de decisiones, donde los individuos, las
reuniones de individuos, los espacios de decisión de grupos que agrupan
individualidades delegadas, terminan asumiendo una forma de gobierno, una forma
de gobernar que incide gravitatoriamente sobre los desenlaces. Se ha dicho que
este lugar, de la subjetividad y de los perfiles subjetivos, es el que entra en conflicto con los grandes
desafíos del momento, pues es el sitio más conservador del proceso. Este es el
lugar donde se guarda la memoria patriarcal.
El crepúsculo de los caudillos
El crepúsculo cierra el día, es también el
comienzo de la noche y anuncia otro día, el amanecer. Podemos usar esta figura,
como se lo ha hecho repetidas veces, para referirnos a la clausura de una
época, en este caso una época signada por el imaginario del patriarca. En la
historia política latinoamericana se ha identificado a los caudillos como la
expresión arrebatada de la personificación fuerte de la crisis política y
también la emergencia política de lo popular. Ocurre como si en ciertas
personalidades se plegaría la expectativa y la esperanza de los grandes
estratos de los condenados de la tierra; también estas personalidades fueron
los símbolos de las naciones imaginadas como emergencia dramática. Aparecen
como acontecimientos históricos empero son productos de creativos imaginarios
colectivos. La multitud los inventa, pues proyecta en ellos sus esperanzas e
ilusiones; se convierten como los mesías, portadores de del cambio de ciclo y
el anuncio de nuevos tiempos. Hay que estudiar detenidamente el perfil de estas
apasionadas subjetividades. Los caudillos terminan atrapados en las tramas de
estos imaginarios, terminan asumiendo su papel en guiones altamente exigentes.
La masa no podría perdonarlos si no se parecen a sus retratos. Ambos, masa y
caudillo, viven sentidamente su complicidad con un proyecto salido de las
entrañas mismas de los deseos y pasiones colectivas.
Ahora bien, no podemos homogeneizar el perfil
de los caudillos, no solamente porque lo que corresponden a distintos periodos,
a distintas épocas, a distintos contextos, sino también por sus propias
singularidades, por sus propias individualidades, sus propias historias de
vida. Comparándolos vamos a encontrar grandes diferencias. Son también estas
diferencias las que tienen que ser comprendidas a partir de lo que representan.
Sin embargo, los caudillos cargan en el cuerpo de su simbolismo con el
dramatismo contradictorio de la historia política de sus propios países. En la
historia de la región, por lo menos, desde el corte que produce la colonia,
aparecen los caudillos como salidos de terremotos sociales y políticos,
expresando las profundas crisis estatales de las coyunturas vividas. Durante el
siglo XVIII los caudillos indígenas emergen desde la profundidad de las
comunidades y pueblos dominados por las estructuras coloniales impuestas, por
la administración colonial que entró en crisis; también emergen de las grietas
abiertas por la crisis de la colonia y
del imperio español. Durante el siglo XIX emergen caudillos criollos y mestizos
como expresión de las contradicciones de los nacidos en el continente americano
y los peninsulares. Una economía pujante basada en la minería y el comercio
choca con el monopolio de los peninsulares, protegidos por la administración de
los virreinatos y capitanías. Todo esto se da en plena declinación de la
dominación española y portuguesa de los mares, declinación que acompasa el
cierre de los ciclos del capitalismo genovés y holandés. Estos ciclos
transfieren la posta a la hegemonía británica en un nuevo ciclo del
capitalismo, estructurado a partir de la revolución industrial y la
incorporación plena del Estado como instrumento de la acumulación de capital.
Frente al monopolio español y portugués, los británicos enarbolan la bandera
del libre mercado. En este contexto los caudillos criollos y mestizos
simbolizan los proyectos republicanos.
Durante el siglo XX, cuando declina la
hegemonía británica y el ciclo que va a caracterizarla y emerge como potencia
los Estado Unidos de América, abriendo un nuevo ciclo y una nueva hegemonía, el
ciclo caracterizado por la libre empresa y por las revoluciones administrativas
y productivas a escala, el fordismo y el taylorismo, un ciclo determinado también
por el consumo de la energía fósil, emergen caudillos nacionalistas como
expresión de las contradicciones entre las naciones y Estados-nación
periféricos con el imperialismo, que es la caracterización conceptual que se da
a esta hegemonía, aunque también a una combinación compleja entre capital
financiero y Estado-nación dominantes. Estos caudillos cargan, en el cuerpo del
simbolismo que representan y en el simbolismo de su cuerpo que experimentan,
con los proyectos de soberanía y de independencia nacional, construidos en
luchas sociales de matriz nacional-popular. Las nacionalizaciones de los
recursos naturales y de empresas trasnacionales, las políticas económicas de
sustitución de importaciones, del fortalecimiento del mercado interno, por lo
tanto también de industrialización, forman parte de acciones políticas
estatales que buscan transformar las estructuras de la dependencia y
sustituirlas por una institucionalidad estatal moderna y democrática.
Las contradicciones inherentes a estos procesos
someten a los gobiernos populistas, a sus proyectos y a sus bases sociales a
duras pruebas. El desenvolvimiento de los procesos, de sus contradicciones,
lleva a los mismos a puntos de encrucijada, donde hay que escoger por la
profundización de estos procesos o por una salida aparentemente cautelosa de
equilibrios y negociaciones, que ha conducido al desenlace de catastróficos
hundimientos o de deshonrosas claudicaciones. En la historia latinoamericana
sólo se cuenta con un caso donde la lucha nacional antimperialista se convirtió
en un proyecto socialista. Las contradicciones del proceso nacional,
antimperialista y en contra de la dictadura, condujo al punto decisivo; la
profundización del proceso llevó rápidamente a una salida social y geopolítica,
en el contexto de la guerra fría entre dos superpotencias, una capitalista, la
otra con-figurante del llamado socialismo real. Este proceso sigue en curso,
aunque en otro contexto, ya no de la guerra fría, sino el de la globalización
avanzada del capitalismo tardío, bajo el dominio absoluto de las redes del
capital financiero. Otras contradicciones han aparecido en la construcción del
socialismo en un solo país, contradicciones nacidas de la demanda creciente
social de bienes, debido a la profesionalización a gran escala de la población,
contradicciones debidas al aislamiento, agravadas por el bloqueo impuesto,
también contradicciones del mismo proyecto socialista en plena crisis de la
modernidad, acompañada por la crisis ecológica.
A fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI
aparecen nuevamente la figura carismática de los caudillos, en un contexto
mundial altamente complejo, signada por las crisis financieras, el diferimiento
financiero de la crisis, la especulación y las burbujas financieras; también de
un escenario de guerras de nuevo tipo, casi policiales del gendarme del orden
mundial capitalista, guerras por el control de las reservas petroleras, serie
de guerras que están lejos de haber terminado. Contexto mundial del capitalismo
que anuncia el agotamiento del modelo energético, basado en la energía fósil,
mostrando síntomas peligrosos de la crisis ecológica, debidos al desborde de la
contaminación, la depredación ambiental y los desequilibrios ecológicos.
Podemos también hablar de la crisis de la forma Estado y las formas de
representación políticas. Estos caudillos expresan el desacuerdo de la gente
con el proyecto neoliberal, basado en el despojamiento de los recursos
naturales, ahora dados a gran escala, a través de megaproyectos como los conformados
con la mega-minería, interpretados en su tendencia global en el proyecto
neoliberal efectuado como programa de privatizaciones, proyecto del capitalismo
tardío que tienden a privatizarlo todo, incluyendo a los espacios públicos y
bienes naturales. Una de las característica de estos caudillos es haber
emergido de luchas sociales anti-neoliberales; otra de las características
tiene que ver con que los procesos en los que están insertos se enfrentan a
desafíos del fin de ciclos; el ciclo capitalista de hegemonía norteamericana,
el ciclo de la modernidad, el ciclo de la energía fósil, pero también enfrentan
el desafío de lograr otro proyecto emancipatorio ante la crisis del proyecto socialista. Se puede detectar
estas búsquedas en los discursos sobre el socialismo del siglo XXI, también en
los discursos sobre el Estado plurinacional y los planteamientos civilizatorios
sobre el vivir bien. Los procesos en cuestión han expresado sus visiones
políticas en constituciones que pretenden ser la apertura al nuevo horizonte
abierto por las luchas sociales.
Aquí es donde se muestra el perfil contradictorio
de los caudillos. Forman parte de la herencia de la solución carismática de la
política cuando, en cambio, sus procesos se encaminan al diseño de democracias
participativas. Terminan replegándose a los proyectos inconclusos de los
imaginarios nacional-populares cuando, en cambio, sus procesos se abren a la
condición plurinacional, a construir estados plurinacionales, por lo menos en
dos de los casos emergentes. Al hacerlo reproducen una contradicción profunda
en sus gobiernos, precisamente al intentar concluir con los proyectos
inconclusos de desarrollo nacional, enfrentándose a demandas de alternativas al
desarrollo, sobre todo por parte de los pueblos indígenas. También, al hacerlo,
terminan manteniendo la fabulosa maquinaria chirriante y oxidada del Estado-nación,
con toda su burocracia, centralización y normas administrativas liberales. Los
caudillos se convierten en los puntos neurálgicos de la crisis política en una
nueva encrucijada de los procesos. ¿Por donde ir? ¿Por la profundización del
proceso o por la administración dilatada de la crisis? A diferencia de los
caudillos de los siglos pasados, los caudillos del siglo XXI son pragmáticos,
realistas y cautelosos; se inclinan mas bien por lo segundo, por la
administración desplegada de la crisis económica y política. Los caudillos del
siglo XXI no tienen el perfil heroico de los tiempos gloriosos de la lucha
antimperialista, prefieren investirse de los oropeles de aquellos
protagonistas, nombrarlos como sus antecesores, pero sin seguir sus ejemplos.
Los caudillos, en general, la figura de los
caudillos, lo que representan, el simbolismo que expresan, sobre todo por el
imaginario al que responden, forman parte de las complexiones subjetivas más
antiguas correspondientes a las sociedades patriarcales. La interpretación de
la significación de los caudillos tiene que remontarse a esta figura ancestral
basada tanto en la forma de la familia que tiene su eje simbólico de
dependencia en el padre, así como también en la complicidad de la fraternidad
masculina. Las relaciones patriarcales devienen desde entonces, desde los
remotos tiempos en que las sociedades antiguas construyeron el eje simbólico
del poder en la figura dominante del padre. Seguramente vamos a encontrar
variedad de expresiones, perfiles, mitos, de esta figura dominante masculina;
en algunos casos ligados al anciano de la familia o de las familias vinculadas
consanguíneamente, en otro caso vinculados al guerrero o también al chamán, al
adivino, al que lee las marcas y los signos, al interprete de los sueños. La
mitificación del patriarca ha sido favorecida por el mismo proceso de
sedentarización, por la conformación de las sociedades agrarias, también por la
formación de las ciudades ceremoniales o comerciales, donde las fraternidades
podían generar alianzas duraderas y estratégicas. Esta figura, el mito del
patriarca, también ha sido favorecida por la consolidación, expansión y
difusión de las religiones monoteístas. La unidad trascendente de la divinidad
creadora se asienta en la memoria empírica y referente del padre de todas las
cosas. En relación a este arquetipo único del comienzo de los tiempos se
encuentra la aparición de los mensajeros, del mesías, de los anunciadores del
apocalipsis y del juicio final. Los imaginarios milenaristas proliferaron al
cumplirse los milenios o los ciclos conmensurados de distintas maneras. Si bien
esto acontecía en los imaginarios religiosos, sobre todo populares, en los
periodos tempranos de la modernidad estos significados se transfieren al campo
político. La figura carismática del patriarca se adecúa en los espacios de la
lucha política, donde el padre conductor aparece como el caudillo, el líder, en
el que se depositan las esperanzas de una gran familia, que es el pueblo, que
son los desposeídos. No podía ser sino un mesías político el que se convierta
en la promesa de la emancipación, promesa que antes era de la salvación. Se
entiende entonces la capacidad de convocatoria que tienen los caudillos en la
medida que despiertan profundas esperanzas religiosas, interpretadas como
esperanzas políticas. Las luchas políticas se pueden convertir en guerras
santas.
El gran problema de esta enigmática herencia y
profunda memoria subjetiva es que construye una dependencia infantil de los
seguidores, esta dependencia se conforma en una relación figurada de hijos con
el padre, relación de subordinación y obediencia; radica en la autoridad que
otorgan los valores semi-religiosos. Esta relación jerárquica es un obstáculo
para liberar relaciones horizontales que permitan la crítica. Esta relación de
dependencia es un obstáculo para crear las condiciones de posibilidad de un uso
crítico de la razón, también para lograr desprender formas democráticas
participativas. El problema histórico-cultural y civilizatorio de este devenir de
las estructuras patriarcales es que se asienta en el desconocimiento político
de las mujeres, de sus potencialidades creativas, de su alteridad potencial
para construir otros ámbitos de relaciones y otros horizontes civilizatorios.
Las mujeres han tenido que conquistar el reconocimiento de la igualdad, el
derecho a voto, la ampliación de los derechos ciudadanos y el derecho a
participar en los ámbitos considerados de dominancia masculina.
Las estructuras patriarcales se encuentran en
los substratos organizativos e imaginarios de las instituciones, sobre todo son
el sostén imaginario, simbólico del poder; en conjunto son como el arquetipo
ancestral del Estado. El devenir Estado arraiga en esta metamorfosis de las
relaciones y estructuras patriarcales, desde su conformación en las comunidades
y sociedades agrarias, basadas en la cohesión de las relaciones consanguíneas y
alianzas familiares, hasta la formación de los estados modernos, pasando por
una variedad de instituciones sociales y políticas que formalizan las
relaciones de poder. El cuestionamiento a las formas autoritarias, a las
limitaciones a la democracia y al ejercicio de la democracia, a las
limitaciones a las formas múltiples y plurales de la ciudadanía, incuso el
cuestionamiento al Estado, nunca va a ser completo si es que no se adentra la
crítica a esta matriz patriarcal. Los cimientos del Estado se encuentran en
estas estructuras patriarcales. Por eso la crítica al Estado, como instrumento
separado de la lucha de clases y de la dominación colonial, la crítica al
Estado-nación, en la perspectiva de descolonizar el Estado y construir un
Estado plurinacional comunitario y autonómico, nunca va tocar raíces si es que
no se hace sobre todo una critica al Estado patriarcal.
La figura del caudillo revive de una manera
individualizada y personificada los significados y los usos simbólicos del
Estado patriarcal. Por eso su figura es tan compleja, tan paradójica y
contradictoria. Puede llevar adelante proyectos y expectativas
nacional-populares, empero acompañadas por formas de supeditación y dependencia
de la masa. En un principio, cuando nace un proyecto nacional-popular esta
relación apasionada con el líder puede incidir en los alcances de la
convocatoria, puede cohesionar fuertemente a los seguidores, empero, en la
medida que el conflicto alcanza niveles de mayor complejidad o cuando a nivel
de gobierno se tienen que asumir decisiones políticas, esta forma carismática
de la política se convierte en una debilidad del proceso mismo. Impide la
maduración política del pueblo, de las multitudes movilizadas, impide la
politización de la base, su incorporación participativa en las decisiones
políticas.
No se puede culpar a los caudillos de estos
desenlaces, pues no hay que olvidar que son producto también del imaginario de
la gente, el pueblo los inventa. Los caudillos caen atrapados en la trama de
estos imaginarios. Hay entonces como una complicidad entre ambos, caudillo y
masa, caudillo y pueblo. El imaginario del caudillo lo tienen incrustado en su
propio cuerpo, en sus propias conductas y comportamientos, en sus propios
imaginarios, los conglomerados y pueblos organizados y movilizados. Esto se
hace visible y evidentemente problemático cuando los caudillos asumen el
gobierno; las dirigencias, las organizaciones involucradas, tienden a desplegar
una relación de dependencia con el Estado, que aparece decodificado como figura
paternal. Esta relación con el Estado patriarcal, con el caudillo-padre, puede
prosperar en formas complicadas de clientelismo. Con lo que las organizaciones,
las dirigencias, los conglomerados, involucrados terminan perdiendo su propia
potencia política y terminan no solamente supeditados y cooptados, sino
inmovilizados.
La crisis múltiple del Estado-nación, la crisis
de representaciones, la crisis política, en sentido general, muestran que estas
formas, contenidos, expresiones de las relaciones y estructuras de poder se han
desgastado, incluyendo, claro está, la figura carismática del caudillo. La
crisis del Estado-nación exige transiciones a otra forma de Estado o si se
quiere a otra forma de organización política de la voluntad general. La crisis
de las representaciones exige que abandonemos las formas delegadas de la
democracia representativa y construyamos las condiciones y las bases de la
democracia participativa. La crisis política exige salir de la definición de la
política a partir de la relación amigo-enemigo, construyendo relaciones
solidarias y hospitalarias que van más allá de esta dicotomía amigo-enemigo. En
la apertura de este horizonte la alteridad potencial del feminismo de-colonial,
de las diversidades subjetivas, se convierte en una promesa hacia una
transición civilizatoria más allá de la política.
Tribulaciones del
caudillo en tiempos del poder comunitario
Las limitaciones y contradicciones del caudillo
en tiempos de emergencia de la circulación de los saberes y del poder
comunitario se hacen estridentes. Más que las propias instituciones modernas,
mas que el Estado-nación, más que las formas de organización partidaria y de
los sindicatos, que han sabido convivir y compartir con los caudillos, es la
emergencia de los movimientos sociales anti-sistémicos, el resurgimientos de
las asambleas, cabildos y comunidades, la circulación de los saberes y la
participación colectiva, con sus formas autogestionarias y de autoconvocatoria,
lo que ha terminado cuestionando y haciendo evidente el anacronismo de la
figura del caudillo. El caudillo no corresponde a las luchas del presente, no
puede sostenerse ante la manifestación de iniciativas colectivas, de
deliberaciones abiertas, de debate y discusiones callejeras. No puede sostener
su perfil individual y personalizado ante la multitud, los múltiples rostros y
voces que emergen y se hacen presentes, que hacen gala de sus elocuencias y el
despliegue del lenguaje de sus cuerpos. El caudillo no puede sostenerse ante la
exigencia de la participación y el avance de la democracia participativa. Se
encuentra de sobra en estos escenarios; es una reliquia del pasado. Empero lo
acompañan fuerzas que no quieren deshacerse de las instituciones, de los
agenciamientos concretos de poder, de las relaciones y estructuras, que
sostienen privilegios, monopolios, centralismos y clientelismos. Hay como una
resistencia desesperada ante los cambios de contextos y de la subversión de la
praxis. Es sintomático el comportamiento de este bloque conservador ante la
apertura abierta por la Constitución. Para la gente coaligada en este bloque
conservador la Constitución es un texto útil para la propaganda, pero no para
aplicarlo ni cumplirlo. Incluso, paradójicamente y forzadamente puede ser
utilizada para mantener el estado de cosas, el mapa de las instituciones
liberales, el Estado-nación, el modelo extractivista y, sobre todo, los ámbitos
de circuitos clientelistas conectados al Estado y manejados por el gobierno.
Ciertamente la figura del caudillo es completamente funcional a los intereses
de casta, de clase y de élite de este bloque. Necesitan del caudillo, requieren
de este símbolo de autoridad, usan la imagen de patriarca, no sólo para
mantener el estado de cosas sino para lograr reproducir las sumisiones, los
servilismos, las dependencias y clientelismos. Por eso alimentan la figura del
caudillo y también, por eso mismo, paradójicamente, lo tienen al caudillo como
un rehén de sus entornos. Aunque el caudillo acepta placenteramente este
enclaustramiento dorado, acogido por alabanzas y pleitesías.
Un síntoma indicativo de la convivencia entre
instituciones modernas y Estado-nación con la figura emblemática del caudillo
es el sistema presidencialista. Esta forma republicana y de la democracia
formal; aunque en el mismo esquema político podía haberse dado otro sistema
representativo y de gobierno, por ejemplo el parlamentarista. Nadie está tomando
partido por el parlamentarismo, pero lo ponemos como ejemplo para mostrar que
incluso en el marco liberal había otras opciones. Empero el presidencialismo,
aunque se presenta formalmente como forma de gobierno republicana y liberal,
como forma de representación y organización de las decisiones, refuerza con su
jerarquía la figura del caudillo. El monopolio de las decisiones no sólo queda
en el Estado, en su núcleo ejecutivo, que es el gobierno, sino que queda en
manos del presidente. Obviamente es el presidente y los entornos los que
terminan expropiando la voluntad al pueblo y usan esta referencia para imponer
su voluntad particular.
Hay otros problemas derivados del
presidencialismo. Entre estos tenemos que mencionar la restricción de la
deliberación, con ello del cotejamiento y de los contrastes. Restricciones que
pueden derivar en la suspensión de la libertad de expresión y de pensamientos,
que acompañan a la restricción de la deliberación junto al apocamiento del
raciocinio. En todo caso, revisando la historia política de los regímenes
republicanos, podemos decir que los presidencialismos son más propensos a
limitar los alcances de la democracia que los parlamentarismos. No es una
defensa del parlamentarismo, empero como que la selección de la opción presidencialista
esta ligada a requerimientos de centralización
y concentración del poder de las élites dominantes. Aunque esto no sea
categórico, son las tendencias prácticas inherentes a las experiencias
políticas las que han mostrado esos desenlaces. También, claro esta, pueden
darse formas combinadas entre presidencialismo y parlamentarismo; empero lo que
se observa en América Latina es la preponderancia de la forma presidencialista,
incluso su reforzamiento entregando al presidente prerrogativas especiales en temas
estratégicos. Sin embargo, debemos recordar que la discusión no es sobre las
alternativas del presidencialismo o del parlamentarismo, sino de evaluar cómo
la forma presidencialista refuerza la figura anacrónica del caudillo.
Otro espacio donde se observa el anacronismo
del caudillo es su contraste con los campos problemáticos del presente; medio
ambiente, crisis ecológica, crisis energética, soberanía alimentaria,
transgénicos, alternativas al desarrollo, derechos de las naciones y pueblos
indígenas originarios, derechos de la madre tierra, alternativas de transición
al modelo extractivista, alternativas a la industrialización en la revolución
tecnológica científica y cibernética, democracia participativa. Estos problemas
rebasan a la convocatoria del caudillo y
de sus mapas de fuerzas, de sus diagramas institucionales, de sus
bloques de complicidad y clientelismo, que lo sostienen. El tratamiento y la
resolución de estas problemáticas altamente complejas requieren de participaciones
deliberativas, criticas, requieren de circulación de conocimientos y saberes, de
contrastaciones, de construcciones colectivas de la comprensión de los
problemas, de formación de consensos, de incorporación de saberes tradicionales
y de las sabidurías comunitarias, cosa que la lógica centralista, monopolista,
elitaria y clientelista que mantiene el Estado-nación, el gobierno de
administración liberal, las cúpulas de especialistas y abogados, en combinación
y componenda con el caudillo, no puede soportar. Este diagrama de fuerzas que
sostienen al caudillo entra en contradicción con esta emergencia de la
democracia participativa y de las lógicas colectivas y comunitarias.
No deberíamos extrañarnos que un caudillo que
incluso llega a incorporar en su discurso tópicos como la defensa de la madre
tierra, la descolonización, la emancipación indígena, el vivir bien, termine
efectuando en la práctica políticas públicas totalmente contraria a los
discursos emitidos en campañas, en foros internacionales, en la primera etapa
de la gestión de gobierno, sobre todo durante el proceso constituyente. ¿Cómo
explicar este contraste? No olvidemos que ante todo el caudillo es un
imaginario, es un símbolo, emergido de las profundidades de las matices
históricas del poder, de las relaciones y estructuras patriarcales, que ha
vivido sus reconfiguraciones con los códigos de las representaciones
milenaristas, también con las experiencias modernas de las migraciones a las
ciudades, donde los marginados reviven al mesías en su forma política y
comunicacional. El caudillo también cree en su propia imagen, se deja atrapar
por ella, se considera un profeta y portavoz de los vientos de cambio. Empero
esto no va más allá del juego de imágenes; mientras esto quede en los escenarios,
en los discurso, en la plasticidad del
lenguaje de la imagen, no hay problema. El problema comienza cuando hay que
llevar a cabo la promesa. Pues esto significaría romper con el mismo teatro
político a la que ha sido reducida la realidad, y al hacerlo romper con los
andamiajes, con las estrategias inherentes al montaje. Como en un efecto
dominó, desencadenaría la ruptura con las complicidades de los entornos y de
los clientelismo. En otras palabras se derrumbaría la estructura de poder donde
se sostiene el caudillo. El defender efectivamente la madre tierra, en la
práctica, lo llevaría a cuestionar el modelo económico que sostiene el Estado,
el modelo extractivista. Esto exige poner en cuestión todas las articulaciones
y circuitos entrelazados del modelo económico del círculo vicioso de la
dependencia. Incluso habría que discutir consecuentemente el sentido de la
industrialización y del mercado interno, su ligazón con las imposiciones del
mercado externo. El mismo sistema financiero se encontraría cuestionado, el
papel de la banca. De este modo se volvería a problematizar la propiedad
privada de la tierra. El uso de la tierra por parte de los terratenientes y
campesinos, el uso de los transgénicos, el efecto desforestador, depredador y de generación de desiertos por parte de los
monocultivos. Empero, sobre todo, el tratamiento de estos problemas, al
requerir el concurso de colectividades y de formas abiertas de participación,
de acceso a la información y de transparencia, evaporaría la importancia del caudillo
en este ajetreo democrático.
El caudillo es parte de una trama, de una
textura dramática, trama y drama que responden a una escritura dada, sobre todo
a un formato de leyenda. Esta trama lleva a la soledad absoluta del caudillo,
sobre todo, paradójicamente, cuando aparece más protegido por la maquinaria
estatal, que cada vez más se parece al Estado de excepción, cuando más adulado se encuentra por la
organizados grupos de funcionarios, por el copamiento de todos los poderes del
Estado, por el control de la mayoría parlamentaria. El caudillo puede cumplir
con la actuación pero no puede realizar su fantasía, no puede materializar sus
promesas, pues significaría salir del encantamiento. El caudillo es una
ficción; lo inquietante es que se trata de una ficción funcional a la política,
a la política de Estado, al ejercicio de prácticas políticas, clientelares, de
poder, que nada tienen que ver con el imaginario de esperanza que alimenta el
caudillo. Por eso la vida de los caudillos es dramática, terminan martirizados
por las propias masas que han creído en ellos o terminan desterrados, también
pueden terminar como en el Otoño del
patriarca de Gabriel García Márquez, desolados, aislados del mundo, abandonados
en su fortaleza de angustias y comedias.
En este contexto interpretativo es imposible
sostener la tesis de la conspiración, la tesis de la traición. Esta tesis es
muy simplista, reduce todo al factor subjetivo individual, otorgándole el
privilegio del control racional de todas las variables. El caudillo no puede
traicionar, es parte de su trama, de su drama, por lo tanto también de sus
contradicciones. Vive su papel empujado por las olas de la ficción. Lo
asombroso es que los caudillos creen en la tesis de la conspiración; se sienten
traicionados, encuentran hasta en su sombra los signos de la conspiración. En
este contexto el caudillo ya no responde a ningún principio de realidad sino a
sus propios fantasmas, a su propio imaginario que inventa enemigos por todas
partes. El caudillo se siente incomprendido y saboteado. Por eso es capaz de
desencadenar la represión más sañuda, creyendo que ésta ya está justificada.
Mientras el caudillo se encuentre en la ventaja
de tomar decisiones políticas lo va a hacer, respondiendo a los compromisos, a
las complicidades, a los circuitos clientelistas. Pues en estos espacios se
siente protegido. Puede ocurrir que en
ciertos momentos y hasta en ciertos casos el caudillo opte más bien por la
imagen que pregona y tome otras decisiones, más próximas a las esperanzas de la
ilusión que encarna que al pragmatismo de las relaciones de poder donde está
incrustado. Esto ocurre muy escazas veces, sobre todo al principio de su
gestión, cuando todavía no esta montado el escenario, tampoco esta consolidado
el mapa de relaciones concomitantes. Es muy improbable que esto ocurra en una
etapa avanzada de su gestión; aunque estos actos heroicos se pueden dar. En
esas circunstancias hasta sus entornos lo pueden considerar peligroso.
Ahora bien, cuando dijimos que el caudillo es
prácticamente un rehén de sus entornos, también dijimos que esto se da con la
complicidad gustosa del caudillo. Esta relación es enmarañada, resulta que
también los entornos se tienten seducido por el caudillo, pero también
temerosos. El caudillo se convierte en el jefe, también el juez, se encuentra
sobre ellos, puede dirimir, pero también mandar en pleno sentido de la palabra.
Como la tendencia de los entornos es no hacer crítica al jefe, la palabra del
jefe es la verdad indiscutible. Su participación en las reuniones es inhibida
por la presencia central del jefe. Es como ir a un examen; cuando la tensión
sube y los examinados sufren. En estos estrechos escenarios del poder la
telaraña de las relaciones entre jefe y subalternos es una red atrapante para ambos,
jefe y entorno. Desde una perspectiva, el caudillo es rehén de los entornos;
pero desde otra perspectiva, desde la perspectiva del jefe, de la autoridad
suprema, el caudillo es el poder absoluto, es un dictador, ante el cuál
tiemblan ministros, viceministros, técnicos, funcionarios de todo tipo. Por
eso, estas relaciones concomitantes en los estrechos escenarios del poder,
pueden mirarse también como dramas pasionales. Hay como una competencia por
agradar al jefe; un gesto, una mirada, una palabra, un silencio, pueden ser
interpretados como desaprobaciones, ante las cuales los funcionarios terminan
profundamente deprimidos. En estos trámites se ocultan informaciones negativas,
se presentan mas bien los informes positivos, de tal manera que ambos, jefe y
entornos, terminan atrapados en sus propias mentiras.
Esta puede ser una de las explicaciones de cómo
se construyen los errores garrafales en política. La imagen que tiene el poder
de la realidad es como si ésta fuera un espejo de los sueños de grandeza.
Entonces los datos que se asumen de la realidad, que pasan el filtro, son los
que confirman la imagen positiva que tiene el poder de sí mismo. Cómo todo va
bien, cómo se supone que tienen la aceptación de la gente y de la opinión
pública, se toman decisiones en el marco agradable de este paraíso. Si la
respuesta es de rechazo por parte del pueblo, que tiene que soportar las
consecuencias de estas decisiones, entonces la interpretación mecánica del
conjunto de funcionarios, del bloque en el poder, es que han sido
incomprendidos, de que la gente requiere de explicaciones más minuciosas. Estas
explicaciones tienen que ser armadas y las fuentes de estas explicaciones no
pueden ser otros que los cuadros positivos y de avance, de crecimiento y de
logros del gobierno. De este modo las explicaciones se convierten en propaganda.
Lo que termina haciendo exasperar a la gente que vive la vida cotidiana y tiene
otra perspectiva de la realidad.
Si una medida ha sido rechazada, incluso si el
gobierno se ha visto obligado a retroceder, abrogando su medida, esto no quiere
decir que ha renunciado a cumplirla y a efectuarla. Es cuestión de tiempo; el
gobierno no puede estar equivocado, tiene una perspectiva más amplia que el
pueblo, ve más lejos; lo que pasa es que el pueblo no ha comprendido la
estrategia. La medida queda suspendida como una espada de Damocles. La medida
puede volver a aparecer cualquier rato, disfrazada, como si fuese otra medida,
incluso la medida consultada al pueblo. La psicología de los políticos es de
antología, son los grandes prestidigitadores, tienen al alcance múltiples
herramientas, muchas artimañas, pueden optar por caminos de los más
laberínticos para llegar a los objetivos trazados. Nunca se inmutan, están como
acostumbrados a moverse en esos territorios movedizos, esa tierra de nadie,
entre la ficción y la realidad. Para los políticos la objetividad es ese
procedimiento habilidoso de convencimiento, esa constante negociación entre
realidad y ficción, con el objeto de lograr domesticaciones de determinados
recortes de realidad, que son su campo de dominio. Sus hipótesis se corroboran
cuando logran imponer una política, una ley, una estratagema. Han burlado a los
demás.
Empero todo esto son los campos de dominio de
las relaciones y estructuras de poder, donde la figura del caudillo cabalga
como el fantasma insomne. Estos dominios se ven amenazados por los nuevos
campos problemáticos, los contextos de realidad presentes, los nuevos sujetos
sociales, las nuevas relaciones intersubjetivas, las vocaciones
autogestionarias, autodeterminantes y de autoconvocatoria. Estos dominios se
ven amenazados por la construcción de nuevas relaciones emergentes,
horizontales, participativas, colectivas, comunitarias, expresión de saberes
colectivos. Ante la evidencia de que los tiempos han cambiado, la herencia
política, de las prácticas, de sus instituciones y de sus imaginarios, ha
quedado obsoleta. No puede responder a los desafíos del momento. No puede
resolver los problemas. No puede encontrar salidas, salvo la del círculo
vicioso de la propia reproducción del poder y de lo mismo. Para resolver estos
problemas, para abordar estos desafíos, se requiere de otros ámbitos de
relaciones, de otras formas políticas, participativas, colectivas, del
intelecto general y de los saberes colectivos, de la formación de consensos y
convocatorias multitudinarias, y sobre todo de formas gubernamentales de las
multitudes.
[1]
Marie Danielle Démelas: La invención
política. Bolivia, Ecuador, Perú en el siglo XIX. IFEA-IEP.
[2] Revisar de María Luisa
Soux El complejo proceso hacia la
independencia de Charcas (1808-1826). Guerra, ciudadanía, conflictos locales y
participación en Oruro. Plural 2010; La Paz.
[3]
Tristán Marof: La tragedia del altiplano. Claridad
1935; Claridad.
[4] Revisar de Álvaro García
Linera, Introducción al Cuaderno
Kovalevsky de Karl Marx, La Paz, Ofensiva Roja, 1989.
[5] Gayatri Chakravorty Spivak: Crítica de la razón poscolonial. Hacia una
historia del presente evanescente. Akal 2010; Madrid.
[6] Carta de Carlos Marx a
Vera Zasulich. Material de formación política de la «Cátedra Che Guevara– Colectivo AMAUTA».
[7]
Revisar de Pierre Rosanvallon El capitalismo utópico. Nueva visión
2006. Buenos Aires.
[8] Revisar de Franz Fanon Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica. México.
[9]
Rossana Barragan: El Estado Pactante. Tesis de Doctorado.
Publicación en preparación.
[10] María Luisa Soux: El complejo proceso hacia la
independencia de Charcas (1808-1826). Guerra, ciudadanía, conflictos locales y
participación indígena en Oruro. Plural 2010; La Paz.
[11] Pilar Mendieta: Entre la alianza y la
confrontación. Pablo Zarate Willka y la rebelión indígena de 1899 en Bolivia.
Plural 2010; La Paz.
[12]
Revisar de Rossana Barragan y
José Luis Roca Regiones y poder
constituyente. Una historia de pactos y disputas. PNUD 2005. Cuadernos del
Futuro. La Paz.
[13] Esta es una parte de Contradicciones y transformaciones en el
proceso. Hay que tener en cuenta que corresponde a una exposición oral. Ha
tenido que pasar por varias revisiones en su transformación a la escritura.
También se hace una corrección de un dato que se da en la premura de la exposición,
que empero se corrige; se trata del tamaño de la Constitución del Brasil.
[14]
El Pacto de Unidad está conformado por la CNMCIOB-BS, la Cidob, el Conamaq, la
CSUTCB y la CSCIB (ex Confederación de Colonizadores).
[15]
Las organizaciones a las que
alude el expositor son: la cámara de Industria, Comercio, Servicios y Turismo
de Santa Cruz (Cainco), la Confederación Sindical Única de Trabajadores
Campesinos de Bolivia (CSUTCB), la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas
Indígenas Originarias de Bolivia "Bartolina Sisa" (CNMCIOB-BS) y la
Confederación Sindical de Comunidades Interculturales de Bolivia (CSCIB).
[16] En septiembre de 2011,
cerca de esa población, afiliados a la CSCIB impidieron el paso de la octava
marcha indígena.
[17]
La Constitución de la República Federativa del Brasil fue promulgada el 5 de
octubre de 1988. En
ella se establece que Brasil es un Estado democrático de
derecho y de estructura Federal. En 1993 se
llevó a cabo un plebiscito para que el pueblo decidiese la forma
de gobierno, eligiendo entre monarquía y República;
también sobre definiese el sistema de gobierno, presidencialista o parlamentarista. El
resultado fue continuar con la forma en vigor: un régimen republicano de
sistema presidencialista, junto con la división tripartita de poderes. La República Federativa del Brasil
está compuesta de 26 Estados
federados y el Distrito Federal.
[18] Ramiro Molina Rivero: ¿Dos racionalidades y una lógica jurídica? La justicia comunitaria en el
Altiplano boliviano. Sistematización y análisis realizado por Ramiro Molina
Rivero y Ana Arteaga Bohrt de testimonios recopilados por estudiantes del
programa de técnico universitario superior del programa de justicia comunitaria
(PJC) de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).
Fundación Diálogo 2008; La Paz. Pág. 45.
[19]
Ibídem: Pág. 45.
[20]
Ibídem: Pág. 45.
[21]
Ibídem: Pág. 45.
[22]
Ibídem: Pág. 45.
[23]
Ver Gran diccionario enciclopédico visual. Océano 1996. Barcelona.
[24]
Paráfrasis al título de la novela de Lin Yutang Una hoja en la tormenta. Editorial Sudamericana 1999; Buenos
Aires.
[25] Los libros publicados en
español de Francis Fukuyama son: América
en la encrucijada. Ediciones B. Trust: la confianza. Ediciones de
Bolsillo 1998. La construcción del Estado: hacia un nuevo orden mundial en el
siglo XXI. Ediciones de Bolsillo 2004. El fin de la historia y el
último hombre. Editorial Planeta 1992. El fin del hombre:
consecuencias de la revolución biotecnológica. Zeta Bolsillo 2008.
La gran ruptura; Punto de Lectura 2001.